Capítulo 20 #2
—Pero... ¿qué estás diciendo? te he dicho mil veces que son personas como nosotros. No tiene por qué haber ningún problema. Tú habla como quieras y de lo que te parezca. No tienes que fingir nada, no tienes que inventar nada, solo tienes que ser tú misma. ¿Está claro, rubiuca?
—Para ti, todo esto es muy fácil. ¡Qué vergüenza! lo estoy pasando fatal, creo que me falta hasta el aire.
—Pues recupéralo. Estás preciosa, eres encantadora, hueles de maravilla, lo tienes todo.
Pero, ¿qué crees? ellos ya saben que no eres una chica de la alta sociedad.
¿Qué iba a hacer yo con una de esas? Eres una chavala normal, como yo.
Tranquila, por favor. Verás, cuando lleguemos vamos a ir a saludar a un amigo que estudió conmigo, vive cerca de la estación, es fácil que nos esté esperando.
Después, vamos a comer a una casa de comidas que preparan unos caricos que te vas a chupar los dedos, Casa Enrique se llama.
Cuando regresé de México, vine con mis padres y mis hermanos; mi tío me había encargado unas gestiones que tenía que hacer en el Ayuntamiento de este pueblo y fue él precisamente quien me recomendó que trajera a la familia a comer aquí.
Me dio dinero, claro, porque yo no tenía ni una perra gorda.
El tren comenzó a frenar lentamente, el sonido chirriante que ocasionaba la acción se clavaba en los oídos de Aurora.
Antes de parar del todo, la muchacha se puso en pie, sacudió su falda y se colocó sobre los hombros el abrigo de paño que con tanto esmero se había hecho.
Manuel dispuso su brazo a la espera de que este fuera asido por la muchacha, pero ella, con un gesto y una sonrisa, le indicó que fuera por delante.
El muchacho bajó primero y tendió su mano para ayudarla.
Una vez en el andén, Aurora sí aceptó el brazo de su compañero.
Con paso firme, ambos salieron de la pequeña estación de Solares.
Dos silbidos cortos, pero fuertes, dirigieron la cabeza de Manuel hacia su izquierda. Corriendo, se acercaba hacia ellos “El Pituso”.
—¡Coño, Pituso! ya veo que no has olvidado nuestra contraseña. — le dijo Manuel entre risas y aspavientos.
Los dos hombres se fundieron en un abrazo acompañado de unos enormes golpes en la espalda en señal de alegría por el encuentro. Mientras, Aurora, que se había distanciado un poco, observaba la escena sin apenas poder aguantar la risa.
“El Pituso” apareció al encuentro de su amigo, como aquel que acaba de salir de la cuadra.
Unos pantalones de mahón sucios y roídos, unas alpargatas desgastadas, la americana llena de manchas y bolas, la boina calada hasta las orejas y un olor a boñiga que resultaba de lo más desagradable.
Aurora se percató en un momento de todos esos detalles y, a la vez, pensaba en cómo evitar el tender su mano cuando aquel muchacho fuera a saludarla.
Sacó los guantes del bolso y se dispuso a encajarlos en sus manos.
Justo en el momento en el que consiguió encasquetárselos, “El Pituso” se volvió hacia ella, la agarró por los hombros y le plantó dos besos, uno por mejilla.
Aurora no tuvo tiempo de reaccionar y lo único que se le ocurrió fue sonreír amablemente al cumplido del joven.
—Bueno, chavalucu , ¿qué es de tu vida? Me alegré muchu cuando me pasaron el recao .
Pero, ¡calla!, que me lié en la güerta y se me fue el santu al cielu .
Casi se me pasa la hora el tren. Mira que pintas traigo, ná más que quité la chaqueta de faena y me puse esta que estaba un pocu más curiosa.
Bueno, y me aseé un pocu . — dijo el muchacho, mirando a Aurora.
—Ya te veo, con lo fino que eras tú en la capital, aquí estás desconocido. Eras el que llevaba los zapatos más limpios de todo el colegio.
—¡La hemos jodío !, como pa no, menúos capones me pegaba el Hermano Lucas cá vez que estaban sucios. Si yo creo que se me han quedao los orejas p’alante de tantos como llevé.
—¡Anda, que!... menudo eras tú.
—Venga, vamos onde Enrique y tomamos unos chiquitus , yo os invito que pa eso estáis en mi pueblu .
—Por cierto, Pituso, tengo intención de comer ahí, ¿Quieres comer con nosotros?
- Ná , que va, yo me tomo un par de chatus y me voy pa casa, que la vieja mía ya tiene la comida prepará . Pero oye, se come muy bien, la Juanita guisa de maravilla.
El bar estaba lleno de lugareños que alegremente comentaban la jornada.
Aurora sintió como todas las miradas se posaron en ella cuando entró y no pudo por menos que ruborizarse.
Intentó colocarse de manera discreta al lado de la barra, pero cobijada en Manuel.
Los dos hombres hablaban sin parar, se notaba que habían convivido muchas horas y aquello les hacía compartir cantidad de anécdotas e historias.
Ella observaba el ir y venir constante de platos.
Desde el lugar donde estaba, podía advertir el movimiento de cazuelas y sartenes que había en la cocina.
Una mujer joven y sonriente trasteaba ágilmente alrededor de los fogones.
Una chapa enorme, llena a rebosar de cacharros humeantes que desprendían un sinfín de aromas capaces, por sí solos, de abrir el apetito hasta a un muerto.
Aurora perdió por completo el hilo de la conversación, observaba con atención los movimientos de aquellas mujeres en la cocina. Su vista estaba tan fija en ellas, que hizo que una de las chicas se le quedase mirando.
—¡Pituso! ¿No vas a sentarte a comer con estos mozos? — dijo la mujer desde la cocina.
—¡Qué hay, Juanita! ¿Cómo va el día? No, yo no puedo, pero ellos están deseando probar tus guisos. ¿Qué tienes preparao?
—De sobra sabes tú lo que tengo yo en la lumbre. Por cierto, dila a tu madre que mañana me mande más caricos, que ando ya un poco escasa.
—No hay problema, ya los acercu yo. Dalus bien de cumer , que estos son genti de capital, ¿eh? Ya sabes comu se las gastan.
La mujer colocó el paño de cocina con el que estaba secando los platos sobre su hombro izquierdo con gesto muy remangoso, puso las manos sobre sus caderas y con una mueca alegre le contestó.
—¡Como van a comer aquí, no lo van hacer en ningún sitio de la capital! Tú déjalo de mi cargo y verás cómo se ponen. ¡Morados... ya verás! Niñuca, — dijo dirigiéndose a Aurora — ahora mismo se van a levantar unos forasteros. Os preparo la mesa y os sentáis a comer.
En apenas quince minutos, Aurora y Manuel estaban saboreando aquellas delicias.