Capítulo 20
El otoño llegó de repente. Los días comenzaron a menguar y las jornadas grises y con lluvia acompañaban casi de continuo el devenir de los paisanos. Los mejores compañeros para el paseo eran el paraguas y el gabán.
El viento del nordeste, en mayor o menor medida, guardaba a la ciudad.
Los nubarrones grises llenaban el cielo que a ratos se despejaba para en un instante volver a cubrirse.
Tonos apagados inundaban cada uno de los rincones de la capital, las aguas de la bahía adquirían una tonalidad distinta en cada momento y la humedad en el ambiente penetraba en los cuerpos norteños.
Pero todos estos ingredientes formaban parte de la vida de los santanderinos.
Días de incesante calabobos que resultaban pesados, pero a la vez imprescindibles.
El clima formaba parte de la vida de la ciudad, el relente que inundaba el ambiente se colaba en los huesos de la gente y forjaba en sus habitantes un carácter más arisco e incluso pudiera parecer menos sociable que el de otras regiones del país.
A Margarita Abascal Argüeso le chocó el talante de sus paisanos, quizás habían sido muchos los años que había pasado fuera y no recordaba bien su manera de ser.
Pero, a los pocos días, ya se había habituado a ello.
Nada tenía que ver el carácter de los mexicanos con el de los montañeses.
Al igual que su meteorología; la mujer no terminaba de acostumbrarse a aquel desapacible y húmedo clima.
Acostumbrada como estaba a la calidez de las tierras mejicanas, comenzaba a notar como sus huesos se resentían con la humedad.
Solamente llevaban veinte días en Santander y ya echaba terriblemente de menos aquellas lejanas tierras.
Ella había disfrutado de los suaves veranos de Santander, cuando en vacaciones venía con sus padres.
Las tardes bajo los árboles que rodeaban la casona eran un recuerdo constante, los baños en el río, las ferias de los pueblos de alrededor, los ganaderos tirando de sus vacas en los prados, las siegas.
.. Todo aquello formaba parte de sus recuerdos; eso y otras muchas cosas que se asomaban cada día a su mente y a las cuales intentaba no prestar demasiada atención.
Había aprendido a vivir sin dejar que la nostalgia la asfixiara.
Había aceptado la soledad, que solo se rompía con la compañía de su padre.
Nunca había tenido suerte con los hombres, y ahora ya, aunque no era demasiado mayor, no albergaba ninguna esperanza de encontrar a esa persona que acompañara sus días.
Sentía cierta envidia de otras chicas e incluso de sus primas que, a pesar de carecer de los recursos económicos que ella tenía, habían encontrado hombres guapos y trabajadores que les habían hecho convertirse en felices esposas y madres.
Los días en el Gran Hotel Balneario de Solares le estaban resultado aburridos.
Las jornadas eran interminables y, si bien su padre recibía visitas constantemente de amigos y colaboradores, en las cuales los negocios monopolizaban en gran medida las conversaciones, ella, salvo en dos ocasiones, no había tenido la compañía de nadie.
Hoy, sin embargo era un día diferente. Aprovechando que la mañana no estaba del todo desapacible, después del desayuno, le propuso a su padre ir a oír misa a la Iglesia de Santa María de Cudeyo. Había escuchado comentarios sobre ella y tenía curiosidad por conocer las bondades de las que hablaban.
El chófer les acercó hasta el templo y, una vez allí, Margarita decidió dar un pequeño paseo por los alrededores antes de entrar a la iglesia, mientras su padre conversaba con un indiano conocido con el que, al parecer, había tenido algún tipo de negocio en América.
Observó con atención, gracias a la ubicación privilegiada que aquel alto ofrecía, cómo se apreciaban un sinfín de casas y prados que formaban los diferentes pueblos que lo rodeaban.
Se acercó hasta el humilladero de sillería situado frente a la iglesia y advirtió sus cuatro arcos.
Se fijó en la cruz y en la representación de la Piedad que albergaba, y apreció que no parecía tan antigua, debían de haber colocado otra en el lugar de la original, que posiblemente había quedado destruida tras algún incidente a lo largo de los años.
Don Elías se acercó a buscar a su hija, las campanas replicaban a misa y ya era el último aviso.
La mujer se agarró del brazo de su padre y juntos recorrieron el pasillo de la iglesia.
Mientras caminaban, Margarita admiraba el interior.
De frente, un precioso retablo presidía el templo.
Pasó gran parte de la misa ojeando la iglesia, eran muchos los detalles que llamaban su atención.
Mientras lo hacía, su cabeza no podía dejar de pensar en la visita que por la tarde tendría; por fin, su primo Manuel iba a presentarle a su linda Aurora, como él la llamaba.
Tenía curiosidad por conocerla, había oído hablar tanto de aquella chica que estaba deseando ver cómo era realmente.
Sentía un poco de envidia, seguramente nadie había hablado nunca de ella con tanto cariño y tanta admiración.
Solo había algo que le resultaba un poco preocupante, su situación familiar.
—-
Manuel esperaba en la puerta de la estación a que Aurora llegara. Ya tenía los billetes de ida y vuelta con rumbo a Liérganes. Aunque, realmente, su estación de destino era Solares.
Le había costado mucho convencer a la muchacha para que por fin le acompañase a visitar a sus parientes.
No quiso hacerlo la primera vez que se había acercado al Balneario; consiguió que fuera con él a comprar las alhajas que su tío le iba a regalar a su prima pero, luego, no había logrado que le acompañara.
Aurora apareció deslumbrante. Llevaba un bonito abrigo de paño fino, de color marrón oscuro, que ella misma se había cosido.
Lo vio el invierno anterior en almacenes Simeón, una tarde que paseaba con Lola.
Ambas fueron varias veces al comercio aprovechando que allí trabajaba una conocida.
Con la ayuda de la dependienta, tomaron un pequeño boceto del mismo; las dos, dentro del probador, dibujaron a toda velocidad los detalles y midieron la prenda.
Luego, en los mismos almacenes, compraron el paño que necesitaban y Aurora comenzó a coser.
Bajo el abrigo, la joven llevaba una falda “tubo” del mismo tono y una camisa estampada. La verdad es que estaba guapísima, parecía una gran señora; su porte, su estilo y sus formas llamaban la atención de los viandantes.
Cuando Manuel la vio acercarse, no pudo por menos que sonreír, se sentía orgulloso de aquella mujer.
Besó su mejilla a la vez que la piropeaba y ella, sonrojada aunque complacida, se cogió del brazo del muchacho y ambos se encaminaron hacia el andén.
Era temprano aún para la salida del tren.
No obstante, ya que los vagones estaban abiertos, entraron en uno de ellos y tomaron asiento.
Durante todo el trayecto, Manuel fue contando detalles de los parientes a los que iban a visitar.
Le describió como era su vida y que hacía en México cuando vivía con ellos.
La puso al corriente sobre el carácter de su prima Margarita, el cual resultaba un tanto engañoso ya que, a primera vista, parecía una persona amable y tranquila, pero lo cierto era que cuando la conocías no era tan afable; era diferente, parecía amargada y la mayoría de los días estaba decaída, triste y, sobre todo, malhumorada.
Manuel no entendía cómo una mujer a la que no le faltaba de nada podía tener esa actitud tan agria, que en la mayoría de las ocasiones pagaba con el personal de servicio que tenía en la casa.
Caprichosa y engreída, sabía que era lo único que su padre tenía y se aprovechaba de la situación.
En muy pocas ocasiones la había visto reír y divertirse cuando asistía a alguna fiesta o, si se celebraban en su casa, era todo una mentira.
Se mostraba excesivamente cordial, pero aquello solo era apariencia.
Al terminar el festejo, volvía a encerrarse en su mundo.
Esos eran los únicos momentos en los que él la había visto feliz.
Bueno, esos y cuando hablaba con el capataz del rancho, él también sabía cómo hacerle reír. Manuel le indicó a Aurora que él siempre había pensado que entre ellos había algo, pero nunca había podido comprobarlo.
Sin saber muy bien por qué, Aurora le preguntó el nombre del capataz. Manuel, extrañado, la miró y dibujó una sonrisa con sus labios.
—No creo que fuera tu padre, si es eso lo que estás pensando.
—Y, ¿por qué no? Puede que mi padre esté en México, ¿no crees?
—Puede. No seré yo quien diga lo contrario, pero me has oído hablar muchas veces de él, no era de Santander, era aragonés, o al menos eso creo yo.
Aunque, a decir verdad, jamás se lo pregunté.
Bueno, además... no tuve mucha relación, aparecía de ciento en viento y, cuando lo hacía, era para hablar con mi tío sobre el ganado y las tierras.
Los dos continuaron el trayecto en silencio, contemplando el paisaje verde y soleado.
De vez en cuando, Manuel hacia algún comentario sobre el mismo, pero Aurora no estaba excesivamente habladora aquel día, se encontraba nerviosa, no sabía si iba a estar a la altura de las circunstancias.
Una gente tan distinguida, tan rica, tan.
.. de qué iba a hablar ella, igual no era capaz de mantener una conversación con aquellas personas.
Para él era sencillo, eran su familia y, aunque su clase social distaba bastante de la de ellos, eran de la misma sangre.
—¿Por qué estás tan callada? ¿Qué te pasa?
—Nada, estoy un poco nerviosa, sabes que este no es mi lugar. ¿De qué voy a hablar yo? ¿Qué puedo decir? ¡No tenía que haber venido! Lo sabía.