Aromas de tabaco y caos Capítulo 19
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Capítulo 19

La ciudad estaba en su máximo esplendor. Un ir y venir de gentes inundaba sus calles y paseos.

Sus playas lucían cubiertas de hamacas, casetas, cestos y toallas que reflejaban días de asueto y descanso.

Los teatros ofrecían conciertos y actuaciones que ayudaban al entretenimiento de turistas y habitantes.

Y, a todo ello, había que añadir el desenlace de la regata Plymouth-Santander que estaba a punto de arribar a la costa cántabra.

La expectación era máxima, todo el mundo estaban deseando ver las embarcaciones.

Se sabía por la prensa que en primer lugar iba “Lafita”, un yate inglés tripulado por su propietario, pero había mucho interés por conocer cómo quedaría el “Erivale”; en él viajaba María Lola Piñeiro, una señorita santanderina, lo que hacía de alguna manera que los oriundos mostraran más interés por la regata.

Desde el club de regatas, Nicanor seguía las noticias que los barcos de guerra “Tritón” y “Pinzón” iban dando sobre el desarrollo de la competición.

Estaba previsto que la entrada del primero, fuera sobre las dos de la madrugada.

Esperaría a su buen amigo Mason y le daría la enhorabuena por su victoria, luego se retiraría.

Aquella era la última noche que disfrutaba de su “soltería” y estaba deseando hacerlo por todo lo alto.

Adela estaba nerviosa. La señora Fátima había avisado de su regreso. Mañana por la tarde, la casa estaría otra vez llena de gente. Los niños correrían de nuevo y la señora volvería a mostrarse arrogante como siempre. Además, vendría acompañada de su amada e insoportable madre.

Trasteaba por la cocina, impaciente, a la espera de que su hermana se dispusiera a acostarse.

—Estoy muerta, ¿eh?

—¿Sí?, pues no sé de qué. No has dado palo al agua en todo el día. Te has pasado la jornada vuelta p’acá y vuelta p’allá . ¡No sé de qué estás cansada!

—¡Y a ti que te importa! Lo que tenga que hacer, ya lo haré. Hasta mañana por la tarde no llegan las bichas, con lo cual tengo toda la mañana para preparar las cosas. ¿No te vas a la cama? — le dijo Adela, suavizando el tono de voz.

—No, quiero hacer un bizcocho. Seguro que a los niños les gustará tomarlo con un buen tazón de chocolate cuando lleguen mañana del viaje.

—Y, ¿por qué no lo haces por la mañana?

—Tengo que ir a la plaza, hay que llenar la despensa.

Estos días hemos ido tirando con lo que había, pero ahora ya hay que comprar.

Por cierto, ¿Ya no piensas acompañarme a la plaza para espiar mis encuentros con el Fonso o qué?

Lo digo porque no me vendría nada mal, que si no voy a venir cargada como una burra.

—Pues no, no tengo ninguna intención de hacerlo. Además, si iba contigo, bien sabes porque lo hacía. No quería que cayeses en los brazos de un tenderuco de barrio. Por cierto... no te dije que... el otro día le vi muy acaramelado con una gordura, por Miranda ¿verdad? Se me olvidó comentártelo.

Laura se volvió hacia ella con los ojos llenos de ira.

De sobra sabía que Fonso tenía novia. Era una chiquita que trabajaba en la casa de los Ochoa.

Ellas habían coincidido alguna que otra vez en el puesto y Laura había notado las miradas cómplices y los gestos que ambos se dedicaban.

Además, uno de los días que se había acercado a San Antonio, al salir de misa, les había visto entrar en “La Gloria”.

Laura no se lo había contado a su hermana para que esta no disfrutara con su pena.

Pero aquello no había servido de nada, la bruja se había enterado de igual manera.

La conversación se dio por zanjada con aquella mirada. Adela se metió en la habitación y cerró la puerta.

Durante más de dos horas y media estuvo esperando que su hermana se acostase.

Cuando por fin esta lo hizo, esperó como de costumbre el tiempo suficiente para que se durmiera.

Pero aquella noche Laura no tenía sueño, daba vueltas y más vueltas en la cama.

Decidió serenarse e intentar conciliar el sueño.

Ya estaba dormida cuando el golpe producido al cerrarse la puerta principal de la casa la despertó.

Levantó la cabeza y vio a su hermana dormida.

No habían pasado ni diez minutos cuando sintió un pequeño crujir; sin moverse, siguió escuchando aquel sonido.

Las maderas del suelo de la habitación fueron las culpables de que Laura reparase en la escapada de su hermana.

Esperó un tiempo prudencial, más bien justito, y salió tras ella.

En la cocina no estaba y tampoco en el servicio.

Subió cuidadosamente los cinco peldaños que daban acceso a la planta principal y observó desde allí mismo el reflejo que la sombra de su hermana proyectaba sobre la pared de la escalera.

Desde allí, escuchó como una puerta se abría y un timbre de voz que no era el de su hermana.

Esa voz, ronca, fría e inconfundible, era la de Nicanor.

No podía creer lo que estaba presenciando. Su hermana se estaba metiendo en la cama con el señor. Sintió unas ganas inmensas de subir a buscarla y bajarla de los pelos. Pero decidió volver tranquilamente a la habitación y esperar a que regresara.

Adela entró sonriente y dicharachera. Para su sorpresa, Nicanor tenía preparada una botella de champán francés y una cajita de bombones rellenos de licor.

Según entró, la agarró por la cintura con fuerza y comenzó a besarla apasionadamente.

Retozaron como animales, sabedores de que aquella, por el momento, sería la última vez.

Adela estaba rendida a los encantos de aquel hombre y atendía sin recelos todas y cada una de las peticiones que Nicanor le hacía.

Deseosa de dar placer, se mostraba activa y complaciente.

Él también era consciente de que aquellos escarceos terminaban, pero además sabía que aquella relación tenía que finalizar.

No podía arriesgarse a que su mujer se enterase.

La fortuna de la que hacía gala la familia Trebyllente no era de él. Era única y exclusivamente de su mujer.

Laura, esperaba impaciente el regreso de su hermana.

No comprendía cómo podía haber llegado a ese extremo.

Una cosa era tontear y dejarse llevar en un momento determinado, pero meterse en la habitación del señor, aquello eran palabras mayores, estaba jugando con fuego.

Si la señora llegaba a enterarse, las pondría a las dos de patitas en la calle; y con razón.

A pesar de los intentos por mantenerse despierta, sucumbió al sueño y se quedó profundamente dormida.

La luz de la mañana se colaba por las rendijas de la contraventana. Abrió los ojos sobresaltada y se incorporó rápidamente, dirigiendo la mirada hacia la cama de su hermana.

Allí estaba Adela, durmiendo plácidamente. Miró el reloj, ya casi era la hora de levantarse. Sintió rabia por haberse dormido y le sacudió a su hermana un golpe seco en la espalda que le hizo despertar de golpe.

—¿A qué estás jugando? ¿Te falta sesera o qué?

—¿Qué dices, estás loca o qué?

—¿Loca yo? Yo estoy loca, sí. Aquí la única loca y sinvergüenza que hay, eres tú.

¿Cuánto tiempo llevas subiendo a la habitación del señor?

¿Qué creías, qué no iba a enterarme nunca?

Y... no me digas que no sé lo que estoy diciendo.

Te seguí anoche, te vi entrar en la habitación, estuve esperando horas a que bajases. Eres corta, pero que muy corta.

—¿Quieres escucharme? Algo tendré yo que decir, ¿no?

—¡No! Tú no tienes que decir nada, estoy harta de tus tonterías, de tu soberbia, de tu poderío, ese que en el fondo no es más que una mierda.

¿Sabes una cosa, lerda? Esto el señor lo tenía preparado.

Escuche una conversación que mantenía con un amigo, en ella hablaba de cómo estaba convenciendo a una mujer.

Tonta de mí, pensé que era yo. Porque...

¿sabes una cosa? También a mi me ha tanteado, pero al escuchar esa conversación procuré alejarme de él.

Aunque claro, no era por mí. Era por la señorita Adela.

La lista, la entendida, la guapa, la chula.

.. ¡la idiota! Como esto me cueste el puesto. .. ¡te mato!, te lo juro que te mato.

—¡Bueno! ¡Ya está bien! ¡Cállate! Me importa muy poco lo que tu pienses, no tienes ni idea de lo hay entre nosotros. ¡Me quiere! ¡Entérate! Yo no soy tú. Que tú no hayas conseguido llegar a nada con él, no quiere decir que a mí no me haga caso. Te repito: ¡Me quiere!

—¡Tonta! Pero que poco lista eres, de verdad.

Mira, sigue con tus historias, con tu cabeza de trapo, ¡sigue!

Pero ten en cuenta una cosa. El día que te deje, no quiero que me digas ni una sola palabra.

Es más, no quiero saber absolutamente nada.

Y cuando... cuando tengas algún problema, que lo vas a tener, arréglatelas tú sola, que pa eso eres tan lista.

—¡Déjame en paz! ¡Vinagre! ¡Estoy harta de tanto sermón! — contestó Adela mientras volvía a cubrirse con las sábanas.

Laura salió de la habitación, enrabietada, atravesó la cocina como alma que llevaba el diablo y abrió la puerta de la calle. Se paró al notar en sus pies la húmeda y fría hierba. Cerró los ojos e intento calmar la ira que inundaba todo su ser.

—-

Ya llevaba Aurora más de hora y media larga a pie de máquina cuando vio llegar a Lola.

Estaba deseando hablar con ella. Que le explicara.

Que le diera razón de lo que ella había visto ayer.

Lola, como todos los días, en cuanto tuvo ocasión se acercó hasta la máquina donde Aurora trabajaba.

Tenía la misma cara de siempre, los mismos ojos risueños y alegres.

—Uf, chica, menuda mañanuca tengo. Se puso muy maluca la tía y hasta que no ha llegado mi prima Cionín no me he podido mover. ¡No me faltaba más, chica!

—Ya. Y... ¿qué tal la has dejado?

—Ya sabes, esto no tiene solución, lo peor es verla sufrir de esa manera. ¡Cuánto mejor era morirse! Me da una pena terrible. Ver una mujer como ella, que ha sido capaz de comerse el mundo, allí tirada en la cama como un saco dolorido, roto y viejo... es espantoso.

Aurora notó a su amiga disgustada con el padecimiento de su tía y, por un momento, pensó en no preguntar sobre el encuentro que había mantenido ayer con Ricardo. Pero, cuando iba a desistir, vio entrar al susodicho en el taller.

—Vaya, por ahí viene el mendrugo ese — dijo Lola.

—Ayer no pensabas lo mismo cuando estabas rajando con él a la puerta del “Popu”.

—¿Qué dices? ¿Yo? ¿Ayer? Pero, ¿de qué hablas, chica?

—No me toques las narices, Lola, que te conozco mejor que si te hubiera parido.

—Pero...

—¡Pero nada!, ¿tú a que estás jugando? ¿Por qué no me lo cuentas de una vez?

¿Te crees que soy idiota o qué? Me dices que no vas pa casa.

Resulta que me quedo aquí esperando que salga Manuel para hablar con él de lo tuyo y.

.. claro, con razón me decía el otro que no me preocupase.

¡Ya te digo! Seguro que la única que no está aquí al tanto de lo que pasa soy yo.

Lola miró a su amiga con ojos de pena y la cabeza gacha, se acercó a ella y, muy bajito, le dijo:

—¡Coño! perdóname, no sé cómo pude pensar que no ibas a enterarte. Es verdad, me acompañó a casa. Lo que pasó ayer, solo fue una pantomima.

—No entiendo nada. Estoy empezando a creer que soy lerda de verdad.

—No, mujer, no digas eso. Solo que pensé que era mejor así.

—Pero... ¿por qué no me la has dicho? Si yo he sido la primera que te dijo que fueras a por él. Que parecía un buen tipo. Aunque ahora, la verdad, ya no pienso lo mismo después de todas las cosas que han pasado, pero bueno.

—Lo necesito. Necesito hacerle creer que... bueno, que estamos juntos.

—¿Qué le necesitas? ¿Tú? ¿Para qué?

—Pufff... Quiero colocar a la Cionín aquí.

Ricardo está bien posicionado en la fábrica, tiene buenas aldabas ya lo sabes.

Quiero que entre a trabajar, pero sabes que no es fácil, hay mucha lista, un montón de hijas de compañeras están esperando y, además, yo quiero meterla cuando mi tía muera.

Ahora necesito que esté con ella. ¿Me entiendes?

—¡Pues no! No entiendo porque una tontería como esa no me la has dicho antes. Parece mentira que a estas alturas no confíes en mí.

—Necesito que la gente crea que me llevo a matar con él para que, cuando mi prima entre, nadie tenga nada que decir. Como que estaba en la lista y la ha tocao. Por eso monté el número de ayer. No por otra cosa.

—Mira, chavala. Pero, ¿qué tontería me estás contando?

—Ay, bueno. No te enfades, ya sé que hago mal, pero ¿qué quieres?

, nos hace falta. Tú sabes que en mi casa no hay mas sueldo que el mío.

Y con él ayudo a toda la familia. La Cionín necesita el trabajo y si tengo que hacer el tonto con él, pues.

.. ¡qué! lo hago y se acabó. Y a ti, pues.

.. no te he dicho nada porque me daba vergüenza decírtelo.

Lola tenía los ojos enrojecidos y húmedos.

Aurora posó sobre su hombro la mano y apretó con fuerza en señal de cariño.

Sabía lo que a su amiga le estaba costando aquello.

Ella, que bebía los vientos por su Paco, iba a tener que tragar saliva y aguantar las payasadas de Ricardo.

Ciertamente, era duro para ella y en parte, aunque aún le costaba entender por qué se lo había ocultado, hasta cierto punto lo comprendía.

Una mujer orgullosa como era Lola teniendo que arrastrarse de alguna manera por un puesto de trabajo para su prima; era algo impensable, incluso para su mejor amiga.

El Capillo

Son las hojas del cigarro que envuelven la tripa y la mantienen unida. Esta influye en el sabor, el aroma y la combustibilidad del puro y su sabor debe ser compatible con el de la tripa

y la capa.