Aromas de tabaco y caos Capítulo 18
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Capítulo 18

El portón de madera macizo volvió a abrirse.

Las mujeres, descansadas y felices, regresaban a sus puestos de trabajo.

Las vacaciones eran algo diferente para ellas.

Esa sensación que durante aquellos días habían sentido, liberadas de la obligación diaria de acercarse a la fábrica, les resultaba extraña y a la vez maravillosa.

Como siempre, después de colocarse el uniforme, bajaban con algarabía y buen talante hacia el interior de la factoría.

Otra vez la rutina, la labor, las compañeras, las prisas, el agobio, pero todo aquello formaba parte de su vida, estaba ligado a ellas como lo estaban sus hijos o cualquier otra obligación ajena al trabajo.

Aurora y Lola habían disfrutado del camino de ida. La mañana aún era cálida y preparaba un precioso día de agosto. Una jornada que se antojaba luminosa, cálida y veraniega.

A pesar de que ambas no habían perdido el contacto durante aquel tiempo, aún tenían cosas que contarse, ya que sus encuentros durante ese periodo habían sido rápidos y casuales.

Al contrario que en otras ocasiones, cuando las dos jóvenes compartían jornadas de playa, bailes en las diferentes verbenas de verano y otras muchas cosas, ese año, cada una había hecho su vida.

Lola estuvo dedicada casi en su totalidad a la atención de su tía, la cual enfermó a principios de la primavera y su mejoría no acababa de llegar; las últimas noticias que había tenido no eran nada halagüeñas, los doctores le habían comunicado que ya estaba próximo el fin y que no había posibilidad alguna de tratar el tumor que padecía.

Aurora, por su parte, disfrutó de un verano atrayente.

Si bien no había comenzado del todo derecho, a medida que fue avanzando, mejoró.

La muchacha estaba contenta. Su madre, poco a poco, volvía a la normalidad.

Su hermana Laura, al menos ella, había acercado posiciones y la relación era más sosegada.

Pero aún quedaba la espina de Adela. En cuanto a su hermano, “La Manca” iba aceptando que ella no era culpable de aquel suceso y que solo la mala cabeza de su hijo lo había llevado hasta donde ahora estaba, al cementerio de Ciriego.

En lo referente a la relación con Manuel, esta parecía estable.

Habían salido continuamente y, aunque no se podía considerar un noviazgo, la verdad es que todo apuntaba a que en breve se formalizase.

Aurora seguía con cuidado los pasos del muchacho, no tenía muy claro si sus intenciones eran las de casarse o si lo único que buscaba era entretenerse con ella.

Por eso, la mujer había procurado eludir encuentros que pudieran ser comprometedores y estuvo gran parte del tiempo esquivando las insinuaciones de Manuel a pesar de tener unas ganas inmensas de sucumbir a sus pretensiones.

Los talleres parecían deshabitados. El silencio que se sentía al entrar contagiaba a las cigarreras que, calladas, iban colocándose en su lugar de trabajo.

El ambiente infringía frío, desamparo, dejadez, pero realmente aquello era solo producto de la imaginación.

Al estar días sin asistir, parecía como si estuvieran las zonas de trabajo abandonadas.

En escasos minutos, aquellos lugares tomaron vida y el sonido de las voces femeninas comenzó a inundar todos y cada uno de los rincones de la vieja fábrica.

Las cubetas, llenas de manillas unas y de tripa otras, comenzaban a invadir los pasillos centrales de la nave; las máquinas, poco a poco, iban calentándose; las mujeres reclamaban labor a los mozos a gritos.

Todo volvía a ser igual, la rutina volvía de nuevo a sus vidas.

Ricardo entró en el taller con las manos en los bolsillos, la barbilla levantada, los hombros bien armados y la mirada como distraída; parecía que estaba de paseo por Castelar.

Miraba de un lado a otro con aire de superioridad y, de vez en cuando, levantaba su mentón a modo de saludo.

Aquella actitud hizo que algunas operarias le señalaran con la vista y, a su paso, hicieran gestos y burlas sobre sus andares opulentos.

Ya era público que había sido nombrado encargado.

Si una cosa era segura en la fábrica, no era otra que las noticias volaban y, a pesar de que muchas veces los dimes y diretes podían resultar falsos, en este caso, cuando el bulo comenzó a correr, a nadie le resulto extraño.

En boca de todos estaba la relación más o menos “familiar” que el muchacho tenía con el Ingeniero Jefe.

Después de su paseo triunfal, se acercó hasta Lola.

Esta cargaba la tolva subida en un pequeño banco de madera.

Se bajó cuidadosamente y, en lugar de colocarse de nuevo en la máquina, rodeó la misma como buscando algo que se le hubiera caído, intentando despistar o hacer que desistiera de acercarse a ella.

Bien sabía Lola lo que estaba buscando y ahora, además, estaba convencida de que él creía que lo iba a conseguir.

Pero la muchacha, en principio, no estaba por la labor, no acababa de gustarle aquel señorito.

A ella le gustaba su Paco y, a pesar de que ya no estaba en Santander, vivía con la ilusión de que pronto se cansara de su aventura alemana y regresara junto a ella.

Por eso no quería compromisos con ninguno.

No le hacía ascos a pasar un buen rato, pero dejando claro que era una mujer libre y que no pensaba casarse nunca.

Ricardo, por fin, consiguió después de un buen rato, acercarse a Lola.

—¿Qué, flaca? ¿Cómo te va la vida?

—Tú dirás. Como puedes ver, me tocó la lotería, pero como no tengo otra cosa mejor que hacer, me he dicho... vete a dar una vueltuca por la fábrica, mujer. Y mira, por aquí, de paseo.

—Mira que eres arisca, ¿eh? ¿Por qué tú y yo no podemos llevarnos bien? Con lo que a mí me gustas, ¡guapa!

—¡Anda, quita! Que porque tú no tengas nada que hacer, no quiere decir que las demás tampoco tengamos. Déjame, que tengo mucha labor por sacar, estos Superiores están pidiendo a gritos que les haga caso.

—Vale, pero recuerda, más tarde o más temprano tú y yo tendremos una conversación.

—¡Hala, que sí, hijo! Corre. Déjame tranquila, guapín.

—No te olvides que ahora soy encargao y...

Lola despegó su pie del pedal de la máquina y se acercó furiosa al muchacho:

—Mira, monín... Poco me importa que seas encargao .

Como vuelvas a tocarme las narices, o se te ocurra cualquier tontería, te voy a esperar a la salida, te voy a agarrar por esos cuatro pelos que tienes y te voy a arrastrar por toda la calle Alta abajo.

¡Anda y que te zurzan! Y que sepas que con la Lola tienes tó el pescao vendido ¡Listo!

Ricardo se separó de la chica y continuó andando con el mismo aire que llevaba al principio, como si lo que la muchacha le hubiera dicho no tuviera ninguna importancia.

Pero su sangre hervía de rabia y, desde ese instante, se propuso buscar la forma de hacer que cayera en sus manos.

Aunque para ello tuviera que utilizar cualquier artimaña.

Aurora había estado observando la escena y desde su puesto había notado la expresión en los ojos de su amiga cuando esta hablaba con Ricardo. En el descanso, se acercó rápidamente a ella y le preguntó sobre el incidente.

—Ten cuidado, mujer, tienes la lengua muy larga, ahora es un encargao . No te das cuentas de que no le puedes decir lo que le has dicho.

—¿Y él? ¿Él sí puede decirme a mí lo que quiera? ¡Pues no me da la gana! este todavía no se ha enterao que yo soy de barrio. Y que a la hija de mi madre no le toca nadie el moño si no quiere.

—Si yo te entiendo, Lola, pero... sabes cómo están las cosas.

¿Quién te dice que no se le ocurre ir con algún chisme donde el Jefe y te busca un problema?

Mira lo que pasó con “La Bizca” antes del verano por culpa de un chismorreo.

Viene alguien con un cuento y, mientras comprueban que es mentira, te echan a la calle y, encima, te meten en líos políticos sin comerlo ni beberlo.

—Me da igual. ¡Le arrastro! ¡Qué tenga claro que le arrastro! Vamos a comer el bocadillo que tengo hambre. Tratar con medios días me abre el apetito — dijo, cambiando la voz y en tono irónico.

Estaban sentadas en el borde de la pequeña fuente cuando vieron cómo Manuel atravesaba el patio.

Este le dedicó una amplia sonrisa a su chica y ella le devolvió el gesto.

Justo cuando iba a entrar por la portería, se encontró con Ricardo, que salía de la zona de oficinas.

Tras un instante de conversación, los dos regresaron dentro.

—Ves, ya se lo está contando — le dijo Aurora a Lola.

—¡Y a mí, qué!

—Nada, mujer. Pero de todos modos yo también se lo voy a decir. Que escuche las dos versiones, porque a saber qué le ha contado ese.

—¡Vamos! que tengo mucha labor. Además, la máquina hoy me va fatal, se conoce que ha perdido la costumbre de trabajar y la tía no responde ni mal ni bien — le indicó Lola con gesto sonriente a su compañera.

Al terminar la jornada, a pesar del hambre y las ganas que tenía de llegar a casa, decidió esperar, a la puerta del vestuario, a que Manuel saliera.

Normalmente, no lo solía hacer, pero estaba interesada en aclarar con él lo sucedido aquella mañana entre Ricardo y Lola. Intentaría que este aplacara a su amigo. Temía que aquel suceso pudiera costarle caro a su compañera.

La manera de pensar de la plantilla con respecto a Ricardo había cambiado.

Se corrió la voz de que mantenía relaciones con la policía secreta e, incluso, se le acusaba, siempre con sumo cuidado, de que él había sido el culpable de los despidos que se habían producido en la fábrica al poco de llegar.

Aurora tenía miedo de que a su amiga le pasara algo así.

Manuel, sin embargo, no le dio la más mínima importancia al tema.

No creía en los comentarios que corrían entre el personal.

El conocía a su amigo desde pequeño y nunca había estado implicado en historias políticas.

Después de una breve conversación, se ofreció a llevarla hasta casa y Aurora aceptó. La dejó en la puerta y ya cuando ella se disponía a entrar en el portal, Manuel la llamó:

—¡Rubia! ¿Te acuerdas que te dije que tenía familia en México que iba a venir a vivir aquí?

—Sí, tu tío y tu prima, me parece.

—Exactamente, pues ya están a punto de llegar.

Eso parece, aunque todavía no han decidido la fecha.

Cuando vengan, descansarán en el Balneario de Solares.

Ya sabes, hasta que la casa esté preparada.

Bueno, el piso, que por fin mi madre consiguió uno en el Paseo Pereda.

Cuando lleguen, un domingo vamos a ir a verlos. ¿Qué te parece?

—¿Quién? ¿Tú y yo?

—Claro, tonta, ¿quién va a ser, tu vecina?

—Bueno, de aquí allá... hablamos. Me da un poco de vergüenza. Ya me dirás tú que se me ha perdido a mí con esa gente tan rica.

—Mira que eres tontuca, para mí son gente normal y corriente, ni ricos ni ná .

Son mis parientes y punto. Además, ellos no son como esos estirados que te miran por el encima del hombro.

¡Ah! Y otra cosa, dentro de unas semanas es el cumpleaños de mi prima; mañana o pasado vamos a ir a Presmanes a recoger una pulsera para ella que tiene mi tío encargada, estoy a la espera de que me haga llegar el dinero y, en cuanto lo tenga, allí que vamos los dos como si fuéramos marqueses.

Y, después, te voy a invitar a merendar en el Munich, allí sentaducos nos vamos a poner moraos, ya verás.

—¡Ay, madre! En que líos me metes, hijo. Hasta mañana, hermoso.

El olor a pimientos asados inundaba toda la escalera.

Ya era época y seguro que su madre, en cuanto los vio en el mercado, no pudo resistirse a ellos.

No había pimientos rojos más carnosos, más sabrosos y más ricos que los de Isla.

Su madre siempre lo decía. Los asaba con cariño y esmero; poco a poco, sobre la chapa de la lumbre.

Luego, los dejaba sudar un montón de horas y, después, se deleitaba pelándolos y haciendo tiras de ellos.

Duraban todo el invierno, ya se encargaba de aprovisionarse bien, los metía en unos tarros que solamente utilizaba para eso y, así, los conservaba de un año para otro.

—Uf, que olor, madre, ¡con el hambre que tengo!

—Pues tengo preparados unos huevos con patatas y pimientos que te vas a chupar los dedos. ¿Has subido el pan?

Aurora había olvidado recoger la barra. Sin cerrar la puerta de entrada, le gritó a su madre que no lo había hecho y salió a todo correr hacia la panadería de Torre, esperando que estuviese abierta.

Al doblar la esquina, según bajaba las escaleras en dirección a San Emeterio, le pareció distinguir a Ricardo a la puerta del “Popu”. Estaba hablando con una chica.

Entró a recoger el pan y volvió de nuevo la vista hacia la pareja. Su atención se centró en él, pero al instante reconoció a la mujer con la que estaba. Era Lola. ¿Qué demonios hacían juntos? Para nada parecía que discutiesen; al contrario, se los veía tonteando como dos pipiolos.