Aromas de tabaco y caos Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Al principio, y a pesar de su sobrada autoestima, intentaba creer que todo era producto de su imaginación.

¿Cómo un señor como Nicanor iba a fijarse en la niñera de la casa?

¿Qué podía ella aportarle? ¿Qué interés podía él tener?

Pero, por otro lado, su ego excesivo, su soberbia y la superioridad que consideraba tener sobre otras personas de su misma clase, le llevaban a pensar que, realmente, ella era una mujer diferente a los ojos de aquel hombre.

Las conversaciones banales que mantenían en un principio fueron desviándose hacia otros asuntos más personales y, en pocos días, comenzaron a ser más íntimas y particulares.

Además, ambos iban aportando a aquellos diálogos ese doble sentido especial, con un punto de picaresca, que ofrecen las pláticas de futuros amantes.

Desde el principio, Adela fue consciente de ello y buscaba la forma de centrar la conversación en lo que a ella realmente le interesaba, aportando siempre frases y dichos con doble sentido que, al momento, eran rematadas por Nicanor; así conseguía endulzar la mente de su jefe e ir calentando peligrosamente el ambiente.

Laura, al contrario que su hermana, estaba más relajada.

Ella, desde el principio, notó que era del agrado del hombre y aquello no le gustaba demasiado.

Además, después de escuchar aquella conversación que él había mantenido con algún amigo por teléfono, había procurado distanciarse lo más posible de él.

Dejó de preparar el café todas las tardes, como venía haciendo desde que comenzó a trabajar, alegando que estaba ocupada y que Marcela le había dicho que no debían tener trato con los señores.

Lo que Laura no sabía era que aquella conversación nada tenía que ver con ella.

Nicanor supo desde el primer día que aquella joven de ojos pequeños y sonrisa agradable no era el tipo de mujer que él frecuentaba.

Sin embargo, Adela hacía que sus instintos más íntimos se activaran cada vez que la veía.

Así, al cabo de unos días, Nicanor decidió ir macerando con ahínco la relación con la niñera.

Las conversaciones cada vez eran más subidas de tono.

Las “segundas” se convirtieron en “primeras” y la muchacha ya estaba casi en el saco.

El hombre era consciente de que su tiempo se estaba terminando, el verano pronto cedería y su mujer y sus hijos regresarían a Santander.

Los sábados podían ser los días indicados para pasar la noche con Adela.

Marcela aprovechaba para ir a visitar a su tía y pernoctaba con ella.

Nicanor lo sabía, ya solo le faltaba librarse de Laura.

Pero, por el conocimiento que tenía de la situación familiar de las muchachas, consideraba que eso no iba a ser tarea fácil; la chica no tenía donde pasar la noche.

Por lo tanto, solo quedaba una opción si quería disfrutar con Adela; correr el riesgo de que Laura pudiera sorprenderlos.

Algo que no le hacía ninguna gracia. Pero no tuvo que esforzarse en buscar el momento, ya que Adela fue quien le animó.

Advirtió al hombre de que su hermana tenía un sueño muy profundo.

La mayoría de las noches, cuando ella por algún motivo se levantaba, jamás echaba en cuenta su ausencia.

Le invitó directamente diciéndole que si a él no le parecía mal, cuando Laura estuviera profundamente dormida, se acercaría hasta su estancia.

Nicanor, por supuesto, no encontró ningún inconveniente.

Aquella noche, cuando el silencio en la casa era dominante, cuando nadie podía escuchar el jadeo acompasado de dos cuerpos que se atraen y emanan deseo, Adela cayó en los brazos maduros y sabios de Nicanor.

La pasión desmedida deambuló por aquella habitación a lo largo de la noche.

La luz de la madrugada les sorprendió aún despiertos, retozando entre aquellas sábanas blancas de hilo que arropaban sus cuerpos desnudos y sudorosos.

Sorprendidos por la mañana, exhaustos y plenos de placer, decidieron dar por concluida aquella larga y apasionada noche.

Adela debía abandonar la habitación si no quería ser descubierta por su hermana.

La muchacha se encontraba eufórica, sus ojos brillaban tanto que, al reflejarse sobre el espejo que adornaba la escalera, eran capaces de iluminar el hall de entrada.

Día sí y día también, los encuentros se sucedieron.

Ya no importaba que Marcela también estuviese en la casa.

Lo único que contaba para Adela era que había conseguido llegar a la cama de Nicanor.

En su condición de amante, se sentía importante.

Era consciente de que nadie debía saber de esa relación.

También era sabedora de que jamás tendría con él nada fuera de aquellas cuatro paredes.

Era conocedora de cuál era su sitio. Todo eso lo sabía, pero estaba convencida de que aquel era el hombre de su vida.

Además, si algo tenía claro, era que él la amaba como nunca había amado a nadie.

Así se lo decía, una y otra vez, y aquello era motivo suficiente para continuar de por vida con aquella relación.

No importaba el riesgo, ni la soledad de las noches en las que ella sabía, vería y escucharía como el matrimonio departiría alegremente, solos o con amigos durante las fiestas en la casa; o cómo día tras día, Nicanor y Fátima ascenderían juntos las escaleras que les conducirían a su habitación.

Así fue como Adela, por fin, vio su sueño cumplido.

Pensaba que tirándose en los brazos de aquel hombre su futuro iba a estar solucionado.

Bien claro tenía que nunca ocuparía el lugar de Fátima, pero pensaba que aquella situación le podía permitir tener una serie de prebendas, junto con algún que otro detalle o algún sobre lleno de pesetas que le hicieran más llevadera la vida.