Aromas de tabaco y caos Capítulo 17
34%

Capítulo 17

En la casona de Pérez Galdós, se había hecho el silencio.

Después de las idas y venidas, de las voces de un montón de niños corriendo aceleradamente por los jardines, de las atenciones constantes que los miembros del servicio habían tenido que dedicar a los invitados, había llegado, por fin, la calma.

Marcela arreglaba con sumo cuidado las rosas e intentaba que volvieran a lucir tan bellas como siempre.

El trato que algunos pequeños les habían propinado hizo que tuviera que dedicarles más tiempo del deseado, hojas ajadas que debía quitar porque estaban secas ya, pétalos caídos dentro y fuera del estanque que adornaban; incluso la tierra, que servía de sujeción, estaba deseosa de sus cuidados, seca y agrietada, ya que la lluvia hacía días que no visitaba la capital y el calor estaba siendo sofocante.

La mujer, según iba acicalando el rosal, se sentía culpable del estado en el que se encontraba y se juraba a sí misma que no consentiría más que los niños anduvieran cerca de su querido plantío.

Don Nicanor, nada más salir su esposa por la puerta, comunicó al servicio que disponían de cuatro días de descanso.

Marcela no lo pensó dos veces, metió en su pequeña maleta un poco de ropa y sus jabones y se dispuso ligera camino de la estación; por nada del mundo estaba dispuesta a perder ni un solo minuto de esas cuatro jornadas.

Deseaba llegar a su pueblo y disfrutar allí de su familia y de su gente.

Bañarse por la noche en el Miera, cuando el calor apretaba y la luna resplandeciente alumbraba sus dulces aguas en ese recodo del río que orillaba su casa, era algo que le hacía perder el sentido.

Allí dentro, escondida entre las piedras grandes y chicas, de cantos redondeados y suave tacto, recibiendo los delicados embistes que la corriente serena y constante le propinaba, esperaba sosegadamente la visita de su gran amor.

Un amor que no iba a llegar. No obstante, ella mantenía lleno su corazón con el recuerdo de las caricias y las palabras de aquel hombre.

Un hombre que no supo entender la necesidad que existía en su casa cuando ella tuvo que ir a servir a la capital y que jamás se lo perdonó.

Él, por despecho, decidió casarse con una prima segunda, solo por rabia.

Pero Marcela seguía amándole con locura.

Tal vez, eso fue lo que hizo que su carácter cambiara y, donde primero hubo una chica delicada y salada, ahora solo asomaba una mujer dura y agria.

En cuanto a Laura y Adela, decidieron, como no podía ser de otro modo, permanecer en la casa.

Don Nicanor aprovechó sus días de asueto y se trasladó con unos amigos a la finca que estos tenían en Puente Viesgo. Por lo tanto, ellas quedaron como dueñas y señoras de la mansión.

Laura había aprovechado los ratos que Adela bajaba a la Magdalena a mojar un poco sus pantorrillas para acercarse por el barrio.

Se había encontrado con su madre y con su hermana y, aunque la conversación no había sido del todo placentera, tampoco se podía decir que hubiera sido excesivamente brusca e incómoda.

Había conseguido, en parte, su propósito, que no era ni más ni menos que el de acercar posturas y no perder el contacto con ellas.

Era sabedora de que, más tarde o más temprano, necesitaría de ellas y, además, la situación en la que se encontraban no iba para nada acorde con su manera de pensar y de sentir.

Laura adoraba a su madre y era consciente de los sacrificios que aquella mujer había hecho a lo largo de su vida para sacar a sus hijos adelante.

La actitud de Adela no le gustaba e intentaba, cada vez que salía el tema, enderezar el camino hacía una posible reconciliación con su madre; pero esta se mostraba orgullosa y resentida y, rápidamente, cambiaba de asunto.

Tal y como Manuel le había prometido, a las cinco de la tarde la estaba esperando.

La muchacha escuchó el sonido de la Vespa y se asomó a la ventana.

Vestía un traje beige de verano, que posiblemente había traído de México, y una camisa blanca de lino impoluta, que iba acompañada de una corbata en tonos marrones claros que conjuntaban perfectamente.

Aurora volvió a mirarse en el espejo. Al ver tan arreglado a su acompañante, dudó sobre el vestido que ella había escogido para la ocasión y decidió ponerse otro un poco más acicalado.

Carmen entró en la habitación para avisar a la chica de que su cita ya la esperaba y, sorprendida al ver cómo se quitaba la ropa, indagó:

—¿Qué haces? ¡El Loluco está esperando! ¿No vas o qué?

—Sí, sí, ahora mismo. Pero, ¿Usted le ha visto cómo viene? Si parece un pincel. Voy a ponerme el vestido de gasa rosa que me hice para la boda de la hija de la Luisa.

—¡Sí, sí! Ponte ese que estás guapísima con él. Voy a sacarte el bolso y te dejo también mi pulsera de monedas.

—Mama, ¿Qué pulsera? ¿No se acuerda que la llevamos a empeñar?

—¡Me cago en el Obispo de Santoña! Pues es verdad. Vaya cabeza tengo.

Aurora se vistió deprisa, era cierto que aquel sencillo vestido le sentaba como un guante.

Se ceñía hasta su cintura, que quedaba marcada en un lateral de la misma con un adorno dorado.

El vuelo de su falda apenas necesitaba una pequeña brisa para ondear con gracia.

Sus finas y tersas piernas se marcaban mínimamente al caminar y el tono de aquella tela alegraba su tez e iluminaba sus ojos.

Pintó sus labios en un tono rosa claro, y marcó una sombra muy suave sobre sus párpados.

Se soltó la coleta y cepilló su melena unas cuantas veces.

Dudó sobre si colocarse el pasador sobre su pelo o dejar el cabello suelto.

Se decidió por la segunda opción después de probar dos o tres veces.

Carmen la miraba mientras se daba los últimos retoques y, orgullosa, no paraba de piropearla.

Por fin había terminado. Agarró el bolso, besó a su madre en la frente y bajó deprisa las escaleras. Antes de salir del portal, volvió a colocar de nuevo su vestido y se miró a sí misma hasta donde su vista alcanzaba.

Manuel esperaba pacientemente apoyado en la pared del edificio. Al ver salir a la mujer, el pitillo que sus dedos sostenían recibió la última calada de su boca antes de caer. Atónito, no acertaba a mediar palabra. Aurora estaba radiante. Ni en sus mejores sueños la hubiera imaginado más bella.

—¡Estás de dulce, rubiuca!

—Anda, calla, zalamero. Tú también estás muy guapo. ¿No vamos en la moto?

—No. No pienso perder la oportunidad de que todo Santander me vea con una mujer tan guapa.

—Y, ¿se puede saber dónde vamos como dos pimpollos, de puesto y dispuesto?

—Pues, mira, de momento, al Suizo a tomar un café.Después, al teatro Coliseo a ver a Isabel Garcés. ¿Qué te parece?

—¿Al teatro? ¡No he ido en mi vida! ¿Y qué vamos a ver?

—Pues, qué va a ser, mujer. Una obra de teatro.

Sacó del bolsillo interior de su chaqueta las entradas y leyó el título de la obra.

- Diario íntimo de la tía Angélica . Debajo pone José María Pemán, este debe de ser el autor.

—¡Ah! Pues bien. Y, ¿de qué va?

—¡Qué curiosa eres! No sé, ya lo veremos. Pero seguro que nos gusta. Digo yo.

Caminaban bajo el sol de finales de julio, intentando buscar las sombras que hicieran menos sofocante el paseo.

Bastaron apenas unos pasos para que Manuel intentara tomar la mano de Aurora, aunque esta la rechazó con recelo.

Pero, a la vez, le ofreció una sonrisa cómplice y pícara que el muchacho interpretó con agrado.

Aquella tarde tenía todos los ingredientes necesarios para ser diferente.

—-

Tras aquellos días de descanso, las mujeres de la casona retomaron el trabajo.

Las tres bregaban con ahínco en la casa.

Cortinajes, cristaleras, bronces, lámparas, platas, espejos, muebles y tapicerías iban poco a poco reluciendo.

Se habían repartido bien las labores y ello les permitía reposar de vez en cuando.

A media mañana, un café. Por la tarde, un chocolate caliente bajo el cedro del jardín; y, después, un pequeño paseo hasta Piquio que agradecían soberanamente.

Disfrutaban oteando a las señoras que, de vacaciones, paseaban ataviadas para la ocasión por el Sardinero.

A la vez, veían como el tranvía, lleno a rebosar, devolvía a sus calles y a sus barrios a los santanderinos que hasta allí se acercaban.

Se arrimaban hasta la primera escalera y observaban cómo los mozos recogían los cestos y los enseres de playa, poniéndolos a buen recaudo por si en la noche la lluvia se presentaba y calaba aquellos bellos sillones de mimbre donde las señoras descansaban su cuerpo y se protegían del sol.

Luego, tranquilamente, retomaban el camino de vuelta por la Cañía; poco a poco, ascendían aquella parte de la empinada calle Joaquín Costa para tomar a continuación la de Calatayud y desembocar en Pérez Galdós, a pocos pasos de la Casona.

Normalmente, Nicanor no había llegado a casa cuando ellas regresaban de su paseo.

Las tres comentaban “lo suelto” que el señor estaba aquel verano.

Incluso Marcela estaba sorprendida. No era un hombre que acostumbrara a permitirse libertades pero, ciertamente, andaba el hombre aparentemente disipado.

Muchas, por no decir todas las noches, Laura no tenía que preparar la cena y aquello a Adela comenzaba a molestarle.

Al quedar como encargada de sus cosas, había ido estrechando lazos con él y, sin darse apenas cuenta, la muchacha había comenzado a notar atracción hacia el señor.

Realmente, aquella situación le encantaba.

Aunque de entrada se mostró reticente al diálogo con él, poco a poco comenzó a buscar las ocasiones y, aprovechando que sus labores le ofrecían la posibilidad de mantener un trato directo, no perdía la oportunidad de colarse en su habitación con cualquier excusa o adentrarse en la sala de lectura para ofrecer algún servicio que el hombre pudiera necesitar.