Capítulo 16
Aquel no estaba siendo el mejor verano de la vida de “La Manca”.
Estaba desolada. A pesar de seguir con sus faenas, cuando estaba en casa el sentimiento de culpa podía con ella y la llenaba de angustia.
Por más que todas las personas que la rodeaban le decían, por activa y por pasiva, que aquello no había sido culpa suya, la mujer no podía quitarse de la cabeza el final que había tenido su hijo.
La idea de que su muerte se produjera de la manera que lo hizo, por una brutal paliza, le hacía sentir miedo por sus hijas.
Temía por ellas, pero en especial por Aurora.
Había llegado incluso a ir tras ella alguna mañana sin que esta se diera cuenta, motivada únicamente por el temor a que la estuvieran esperando en cualquier esquina.
Sabía que aquella tunda que le había costado la vida a su hijo era producto de sus deudas y vivía con el corazón encogido, pensando en que aquella cuadrilla de acreedores algún día les pudiera atacar.
Carmen solía bajar a refugiarse en los brazos de Nando.
Necesitaba el cariño y la comprensión que él le ofrecía.
Mientras estaba a su lado, se sentía segura, querida y sobre todo, acompañada.
Su relación, en los últimos meses, había progresado más que durante los largos años que llevaban juntos. Ya no se escondían.
Un día, Carmen calculó mal el tiempo. Entre charla y arrumaco, se acercaron las once de la noche y su hija estaba a punto de llegar. Decidió salir por la calle Bonifaz, donde estaba la puerta trasera de la ferretería. Pero el destino caprichoso quiso dejar al descubierto su secreto.
Aurora subía tranquilamente por la calle Gándara cuando observó como su madre se despedía muy cariñosamente de Nando.
El hombre, al llegar a la esquina con Santa Lucía, rodeó por la cintura a “La Manca” con sus brazos esqueléticos y la atrajo hacia él con fuerza.
Ella dejó que su cuerpo se acercara y, elevando sus talones a la vez que levantaba su cuello, buscó la boca de su compañero.
La muchacha no pudo por menos que dibujar una gran sonrisa en su cara.
Muchas veces le había insinuado a su madre aquella relación y en todas las ocasiones ella se la había negado.
Decidió esconderse en un portal, a la espera de que Nando desapareciera de su camino.
No quería que el hombre se sintiera avergonzado.
Iba pensando en la manera de decirle a su madre que la había visto sin que esta se sintiera abochornada. Atravesó Bonifaz y siguió subiendo por Lope de Vega. Su caminar era poco menos que inconsciente, estaba dando un pequeño rodeo absorta en ese pensamiento.
Al llegar a la esquina de su calle, pudo ver a lo lejos, junto al portal de su casa, la figura de un hombre que, sentado sobre una moto, esperaba.
Al momento, no pudo reconocerle, pero sí al vehículo.
Era Manuel. ¿Qué haría allí? ¿Estaría esperándola?
Aurora respiró profundamente, intentando recuperar el aire que le faltaba debido al esfuerzo por el ascenso de la cuesta.
Aligeró el paso y levantó la cabeza. No tenía la más mínima intención de saludar a Manuel.
Ignoraría su presencia igual que lo había estado haciendo en la fábrica.
Un montón de veces, el joven había intentado hablar con ella.
Se acercaba por el taller buscándola con la mirada e intentaba reponer los materiales que esta necesitaba, pero ella no le había dado chance en ningún momento.
Aún faltaban unos cuantos pasos para llegar a la altura de su casa, cuando Manuel interceptó su camino.
—Hola, rubiuca. ¿No te dijo el Ricardo que me esperaras?
Aurora miró con ojos desairados al joven y continuó caminando. Manuel la sujetó del brazo.
—¡Suelta! Tú y yo no tenemos nada que hablar. ¡Estás perdiendo el tiempo y me estás haciendo perder el mío!
—¿Seguro que no tenemos nada de qué hablar? Yo opino que sí. Y además, diría que mucho. Por lo menos, si no quieres hablar, escúchame. Yo sí tengo algo que decir.
La chica notaba cómo su cuerpo se estremecía, tenía una sensación extraña. Por un lado, unas ganas inmensas de mandar a paseo a aquel personaje y, por otro, una alegría intensa que llenaba sus ojos de brillo. Debía decidir qué hacer en medio segundo.
Tiró de su brazo con fuerza, soltándose de la mano con la que Manuel lo sujetaba. Colocó su chaqueta sobre los hombros y cruzó los brazos. Levantó su mentón de forma altanera y le dijo:
—¡Habla! ¡Soy toda oídos!
—Perdóname. No tenía ni idea. No sabía que aquella chica era hermana tuya. Fui a San Pedro y eché un baile, bueno o... dos, no me acuerdo, pero... fue solo por pasar el rato. Además, todavía tú y yo no teníamos nada. Bueno, tampoco ahora lo tenemos pero... me gustas, y tú lo sabes.
—Y... ¿Ya está todo? Pues, buenas noches, que tengo sueño.
—¿No me vas a decir nada? ¿No me vas a perdonar? ¿No vas a olvidar? ¿Qué te pasa? ¡Joder! esto es una tontería. Mira, no voy a estar detrás de ti toda la vida. ¡Así que, tú verás!
—¿Qué yo veré? ¿Qué tengo que ver? ¿Qué cada vez que a ti te dé la gana te vas a ir de juerga con tus amigos y para demostrar lo machito que eres vas a ir ligando con todas las que se te pongan delante?
Tenía que haber hecho caso a mis compañeras, bien que me advirtieron de ti.
“El niñuco va de Dandi Aurora”, todas me decían lo mismo.
“No te fíes de él”. Y yo, como una tonta voy y. ..
Aurora no pudo terminar la frase. Manuel la agarró con fuerza y la atrajo con ganas hasta él. Pegó su cuerpo ardiente al de la muchacha y posó sus labios sobre los de ella con deseo.
Ella tenía que resolver aquel momento, solo tenía dos posibilidades. O dejarse llevar por el deseo que estaba invadiendo todo su ser o, por el contrario, recriminar la actitud de Manuel. ¿Qué debía hacer? ¿Qué pedía su corazón que hiciera? ¿Qué necesitaba su cuerpo? ¿Qué hacía en ese momento?
Dejarse llevar era sencillo. Más que eso.
Ese era un deseo contenido, el momento soñado.
Tantas noches había pensado en ese beso.
En un beso robado como aquel. Pero, por otro lado, posicionarse firme le haría entender que no era una mujer fácil como él podía pensar.
Pero eso, de qué le iba a servir a ella.
Lo que realmente quería aquella mujer, y lo que necesitaba, era sentir como por todos y cada uno de los poros de su piel entraba el deseo que emanaba del cuerpo de Manuel.
Estaba ansiosa de sus caricias, necesitaba sentir apasionadamente, quería perder la cabeza por completo y olvidarse de prejuicios, entregarse con ardor, recibir con ansia y pasión el sexo de aquel hombre, pero.
.. De pronto, apartó su boca de la de Manuel con rabia y le soltó un bofetón que dejó al chico sin habla por un momento.
Corriendo, entró en el portal y subió las escaleras deprisa.
Él la siguió hasta el primer descansillo. Al no alcanzarla, no quiso continuar y desde allí le gritó:
—Te ha gustado tanto como a mí. Mañana a las cinco vengo a buscarte. ¡Ponte guapa!
Aurora, al llegar a su rellano, se quedó parada. Sus pómulos sonrosados delataban el sofoco. Notaba el calor de sus mejillas, sus labios ardían y, desde su estómago, nacía una sensación de ansiedad que hacía temblar todo su cuerpo. Estaba contenta, pero a la vez confundida.
Debía componerse, su madre estaba aún despierta y, con toda seguridad, había visto a Manuel esperando. Con todo, y a pesar de sus intentos, su cara reflejaba alegría y sus ojos brillaban tanto como lo hacía la luna aquella maravillosa noche de julio.