Capítulo 15
El ajetreo en la casa de la familia Faz de Trebyllente era agotador. Un ir y venir de personas y mercancías abarrotaban la cocina de Laura. La pequeña Isidora iba a tomar su primera comunión. La preparación del evento implicaba a todos y cada uno de los habitantes de aquella mansión.
Adela se sentía desbordada con los preparativos; el vestido de la niña, los trajes de los pequeños, los zapatos, los lazos.
.. todo ello, la llevaba de cabeza. Y, además, por si no tenía suficiente, Marcela le encomendó también todo lo referente a los atuendos de los señores.
Iba de un lado a otro, quejándose de los quehaceres que aún le faltaban, pero sin parar de trabajar.
Los niños correteaban a su alrededor tirando continuamente de su delantal y reclamando la atención a la que estaban acostumbrados.
Ella debía morderse la lengua, ya que continuamente se topaba con la señora, quien, atenta, controlaba los movimientos de la joven.
Después de la celebración, estaba programado el viaje hacía Irún.
Allí, la familia materna, como todos los años, reposaba durante los meses estivales.
Aquel año, debido a la comunión de “Isita” las vacaciones se habían retrasado.
Además, Doña Fátima las había pospuesto a propósito, a la espera de que algunos negocios que su marido tenía pendientes pudieran quedar resueltos.
Algo que al final no había podido concluirse.
Por tanto, Nicanor no iba a poder acompañar a la familia.
Adela estaba entusiasmada pensando que iba a ir de vacaciones con ellos.
La muchacha no había salido jamás de Santander y el hecho de conocer nuevos lugares le fascinaba.
No solo eran las vacaciones, sino que se libraba de la limpieza anual que se hacía en la casa.
Allí quedaban, Marcela y Laura que se encargarían de la misma.
Doña Fátima entró en el cuarto de planchar con un ímpetu desbordante. Adela allanaba con esmero las ropas para el evento.
—Adela, ¿cómo van las prendas?
—Bien, señora, ya está casi todo dispuesto. ¿Los niños llevarán las camisas blancas o las cremas?
—No lo sé. Aún no lo he decido. Tú ten listas las dos y ya veré cuál de ellas les pongo, dependerá del día.
Por cierto, he decidido que no vendrás con nosotros a Irún.
Hay que hacer mucha labor en la casa y, además, el señor no viajara con nosotros.
Por lo tanto, te quedas y ayudas a tu hermana y a Marcela en lo que ellas te digan.
Aparte, haces limpieza exhaustiva en los armarios de los niños y te encargas personalmente de la ropa que pueda necesitar mi esposo.
—Pero, Doña Fátima, ¿quién atenderá a los niños?
—Ese no es problema tuyo. De sobra sé yo lo que tengo que hacer.
La señora salió igual que había entrado. Cerró la puerta con tanta fuerza que los pequeños cristales que formaban dibujos en ella, estuvieron a punto de caer.
Abajo, Laura no paraba ni un momento. Estaba cansada, pero disfrutando de lo lindo con el evento.
Era su gran momento, la señora le había permitido dejar volar su imaginación y había aceptado las recomendaciones para el menú que ella le había dado.
Marcela estaba muy contenta viendo a la chica trabajar con tantas ganas y seguía las indicaciones que esta le daba, procurando poner atención en todas y cada una de las observaciones que la joven le hacía sobre la decoración de las fuentes.
La niñera entró enfurecida en la cocina:
—¿Qué haces tú aquí? ¿Ya has terminado tu trabajo? ¿Dónde están los niños? —preguntó Marcela, plantándose con los brazos en jarra delante de ella.
—Déjame, bastante tengo con la señora como para tener que darte a ti explicaciones.
Marcela cruzó los brazos y miró fija y desafiante a Adela.
—¿Tú todavía no has entendido para que estás aquí verdad? No has entendido lo que eres tú y mucho menos quién soy yo. ¿Qué piensas, que no sé lo que te pasa? Vaya si lo sé. Tú estás remontada porque no viajas con los señores. ¿Sabes una cosa? Me alegro.
—¡Cállate, anda!
—¡A mi tú no me mandas callar! Aquí, la única que tiene que callarse eres tú. Y abrirás la boca solamente cuando te pregunten. Por lo tanto, vamos a empezar otra vez. ¿Qué haces aquí?
Adela bajó los ojos y, doblegando su carácter, contestó:
—Necesito coger el costurero.
—Pues cógelo y vuelve a tu trabajo.
Laura había dejado lo que tenía entre manos y estuvo pendiente del desarrollo de la conversación entre las dos mujeres. Cuando su hermana salió por la puerta, Marcela le hizo un gesto con la cabeza para que continuara trabajando mientras ella abandonaba la cocina.
La chica se quedó observando la dirección que tomaba la mujer y, al ver que se dirigía hacia los rosales, dio por hecho que estaría un tiempo entretenida con las flores.
Marcela, cuando se incomodaba o se sentía nerviosa por algún motivo, se refugiaba allí.
Aunque en aquella ocasión no era para relajarse por lo que se acercaba, sino porque debía recoger las más lucidas para adornar la casa por la celebración del día siguiente.
Laura apagó los fogones, se limpió las manos en el delantal y salió en busca de Adela. Quería saber qué era lo que le ocurría.
La encontró repasando los botones de los babis de los pequeños, para incluirlos en el equipaje. Adela levantó los ojos al sentir que la puerta se abría. Pensó por un momento que sería de nuevo la señora, pero en esa ocasión la visita era de su hermana.
—¿Qué ha pasado? ¿Por qué dice Marcela que no vas con los señores de vacaciones?
—Ya ves. A saber. La señora me ha dicho que no me necesitan. Que me quede aquí y limpie con vosotras la casa. ¡No te digo! Esa... ¿Qué se cree que soy yo? Yo soy la niñera. No la fregona.
—Bueno, mujer, también yo soy cocinera, pero ya sabes que aquí hay que hacer un poco de todo.
—Ya, ya sé lo que me dices. El caso es que me han fastidiado el verano.
—Mejor, así te quedas conmigo, verás que bien vamos a estar aquí las dos.
Además, creo que Marcela no va a dormir en la casa.
Estará por el día, pero a media tarde se va a ir con su familia.
Y los sábados y los domingos no aparecerá.
Estaremos aquí como reinas, toda esta casa para nosotras.
Igual que marquesas. — comentaba alegremente Laura mientras se dirigía a la ventana desde donde podía ver cómo Marcela iba recogiendo las rosas y las colocaba sobre el cesto de mimbre.
—¡No seas idiota! ¿Tú no vas a crecer nunca o qué? Nos quedamos de fregonas y a atender a Don Nicanor, que no se va a ninguna parte. Con lo cual, puedes ir olvidándote de todas esas maravillosas historias que te creas tú sola en esa cabeza de chorlito que tienes.
Laura se dio la vuelta sobresaltada y cruzó los brazos en señal de enfado, a la vez que dejó caer su pie con fuerza sobre la madera.
—¡Pero, qué dices! No puede ser. ¿Y por qué no se va?
—Lo que estás oyendo. Además de no ir de vacaciones a Irún, voy a tener que aguantar aquí al señor.
Teniendo en cuenta que debo de ocuparme de su ropa y de sus necesidades, ya me contarás tú a mí qué tipo de marquesas vamos a ser.
Te digo que... ¡No sé cuánto tiempo voy a resistir!
, ¿eh? ¡Cualquier día... me largo! No he nacido yo para servir a nadie.
—Pero, qué estás diciendo ¿Y dónde vas a ir? No pensarás ir a casa de mama, ¿verdad? Buena estará “La Manca” con nosotras. Como para ir a pedir asilo. Conmigo no cuentes, hija.
—Puede estar como esté, o como la de la gana. Pero es mi casa y, la guste o no, me tendrá que ver la cara.
—Bueno, eso de que es tu casa...
—¿Ah, no? ¿Y de quién es?
—¡Pues de ella! Que para eso ella paga el alquiler o.
.. ¿acaso lo pagas tú? Yo te digo que conmigo no cuentes.
Soy muy feliz en esta casa y no pienso perder mi puesto.
Estoy harta de tus historias. De tus cabezonerías.
De los malos modos y de tus órdenes. Y, ¿sabes?
también yo me alegro de que no te lleven a ninguna parte.
Aunque eso quiera decir que voy a tener que ver tu cara desagradable y escuchar tus juramentos durante todos los días de este verano.
Laura salió de la estancia, dejando tras de sí un estruendo provocado por el portazo que produjo al golpear la puerta sobre su marco.
Adela se quedó sorprendida. Jamás pudo imaginar que su hermana tuviera aquel carácter.
Nunca la había visto de aquella manera. Tal vez, su hermana, su manejable, dócil y obediente hermana pequeña, comenzaba a sacar los pies del tiesto y eso era algo que Adela no se podía permitir.
Necesitaba tenerla de su lado, sumisa como siempre.
Alguien estaba abriendo los ojos a Laura y, por los detalles que observaba, la culpable no era ni más ni menos que Marcela, aquella mujer de rasgos duros y mirada impenetrable a la que su hermana había conseguido ablandar el corazón.
Pero, bueno, tenía todo el verano por delante para reconducir el carácter y la conducta de la muchacha.
Si durante años había sacado lo que quería de ella, no iba ahora a dejar que se le fuera de las manos.
Don Nicanor conversaba por teléfono con alguien. Al pasar cerca de la habitación, Laura no pudo evitar escuchar la plática.
—Sí, sí, ya está todo solucionado, me quedo en Santander.
No sabes qué descanso. Solo pensar que tenía que soportar a toda la parentela de mi mujer, se me revolvía el estómago.
No, no, tranquilo. Me quedo con el servicio, he convencido a Fátima para que no se las lleve.
Alguna noche podemos celebrar alguna que otra fiesta privada.
¿Qué te parece? Las daré descanso y nosotros podemos preparar una buena timba, bien acompañados. .. bueno, ya sabes...
Algo le preguntaron al otro lado del teléfono y el hombre contestó, socarronamente:
—Sí, eso va de maravilla chico, ella también se queda.
Ya la falta poco, unos cuantos halagos y algún que otro detalle y cae, seguro que cae.
Está en mis manos. Como te dije, es ambiciosa y cuatro palabras bonitas, con gesto triste y desamparado, servirán para hacerla derretirse entre mis brazos.
La verdad, es que... la veo y los ojos se me salen de las órbitas.
Las carcajadas del señor hicieron que Laura comenzara de nuevo a caminar.
Se ruborizó al entender lo que este estaba insinuando y, por un momento, su cabeza imaginó las palabras que su interlocutor había dicho.
Intentando no hacer ruido, se alejó de la puerta.
¿Cómo podía pensar aquel hombre que ella era tan tonta como para dejarse engatusar por el señorito de turno?
Ofendida, se refugió de nuevo entre los fogones, prendió los fuegos y comenzó a colocar cacerolas y pucheros.