Aromas de tabaco y caos Capítulo 14 #2
30%

Capítulo 14 #2

Durante la misa, vieron a su madre y a su hermana en los bancos delanteros.

Ellas permanecieron atrás, escondidas y lejos del ángulo de visión de ambas.

Luego salieron apresuradas del templo y se situaron en un lateral hasta que todo el mundo en procesión abandonó el recinto.

Los remordimientos afloraban convertidos en lágrimas.

Ninguna decía nada, ninguna quería reconocer los errores cometidos y los que estaban cometiendo.

Sabían que si se hubieran acercado a ellas durante la misa, estas posiblemente las hubieran acogido con alegría.

Pero su orgullo no les permitía dar el brazo a torcer.

Eran muchas las ocasiones en las que habían fallado y la vergüenza, vestida de orgullo, tiraba de sus ganas hacia atrás, obligándolas de nuevo a caer en otro error.

Cuando Luisa, su vecina de toda la vida, amiga y confidente de su madre, subió hasta Pérez Galdós a comunicarles el fallecimiento de su hermano, tuvieron que aguantar el rapapolvo que esta les propinó.

No les quedó más remedio que tragar saliva y escuchar la reprimenda de la mujer.

Luisa las había medio criado, era la que se encargaba de ellas cuando su madre estaba trabajando.

Una mujer a la que no se le podía hacer callar, su carácter duro, al igual que su estampa, albergaba un corazón amable protegido por su bravura exterior.

Luisa era conocedora por Carmen de los desplantes que las muchachas le hacían y, en cuanto las tuvo delante, les “leyó la cartilla” sin dejarse ni una sola coma.

A pesar del repaso que les había dado, asistieron a los actos del sepelio por su hermano, aunque sin cambiar su postura.

No compartieron el duelo con su madre. Frías, se acercaron a ella y, como si de cualquier otra persona se tratase, posaron sobre su frente un beso que a Carmen le supo agrio como la hiel.

Apenas terminó el entierro, las dos desaparecieron del cementerio.

Cuando Carmen repasó con la mirada la cara de todas y cada una de las personas que la acompañaban, esperando encontrar la de sus hijas, ya no pudo ver sus rostros.

Advirtió a lo lejos cómo Adela y Laura se desvanecían en la distancia.

No fueron capaces de despedirse de su madre ni de ofrecerle su apoyo.

Ni que decir tiene del trato que le dieron a Aurora.

No se acercaron a ella en ningún momento y, cuando esta lo hizo, por su madre, porque viera al menos un gesto, secamente Adela le dijo:

—Bueno, ¿contenta, no? Uno menos.

Aquella frase revolvió el estómago a la muchacha y, por respeto a su hermano muerto, se dio la vuelta sin contestar aquellas palabras llenas de odio.

Adela estaba empeñada en acercarse a la verbena que se celebraría tras los actos piadosos, pero Laura no tenía el cuerpo para fiestas.

Le daba pudor que las vieran bailar y divertirse cuando hacía un mes escaso que su hermano había perecido.

Pero, como siempre, la voluntad de Adela se impuso sobre ella.

Ambas descubrieron su cabeza y guardaron en el bolso la mantilla negra.

Luego, Adela sacó la barra de carmín y la pasó sobre sus labios.

Dispuestas a divertirse, se dirigieron hacia la verbena.

Terminada la procesión, Aurora y su madre retornaban a casa. Al pasar junto a la tasca cercana a su vivienda, Aurora vio la moto de Manuel.

No quiso mirar hacia el interior. Su madre no sabía nada del muchacho y no era el momento de presentaciones. Manuel, que estaba a la espera de Aurora, salió apresurado al ver que la chica cruzaba por delante de la puerta.

Aurora escuchó a su espalda una voz conocida e inconscientemente esperada que la llamaba. Las dos mujeres se volvieron al unísono y vieron como Manuel corría hacía ellas.

De fondo, ya se escuchaban los primeros acordes del bolero “Santander... eres novia del mar...” , los cuales eran interpretados magistralmente por la orquesta “Colilla”, que hacía las delicias de los que llenaban la pista de baile, danzando animosos y sonrientes. La verbena había comenzado.

—Buenas tardes, señora. Soy Manuel Tezanos. Compañero de su hija en la Tabacalera. Un placer.

—Hola hijo, encantada.

—Lo primero, quiero darle mi más sentido pésame. Siento mucho la desgracia.

—Muchas gracias, Manuel. Y... lo segundo... que quieres llevarte a mi hija al baile, ¿verdad?

Manuel sonrió y escondió un poco la cabeza en señal de apuro.

Aurora, por su parte, se quedó perpleja con el descaro del chico. Sabía que cara no le faltaba, pero, ¿presentarse así a su madre? La muchacha, por la mañana, se lo había advertido en la fábrica:

—No tengo ganas de jota. Iré a misa y, después, pa casa.

No tenía ninguna intención de asistir a la verbena. No quería dejar a su madre sola.

—Pues, sí. ¿Cómo lo sabe? Es que, verá... Con lo guapa que esta la moza, me parece una pena que se vaya para casa, justo ahora. Yo le prometo que se la voy a cuidar como si de una porcelana se tratase. Y, además, no se la voy a traer nada tarde, que... ¡tenemos que trabajar mañana!

Carmen se rió con ganas y miró a su hija. Los ojos de Aurora tenían un brillo especial. Era como si aquel muchacho hubiera traído una ráfaga de aire fresco y puro a su vida.

—¡Cómo no voy a dejar que te la lleves! Anda, camina pa’l baile. Disfrutar de la verbena y festejar a nuestra Señora como se merece. ¡Ahora, me la cuidas, ¿eh? O, si no... te vas a enterar tú quién es Carmen, “La Manca”.

—Muchas gracias, señora.

Manuel se arrimó a Carmen y la besó en la mejilla. Aquella liviandad sorprendió a las mujeres y Aurora, medio enfadada, le hizo un gesto de desagrado que sirvió para comenzar la cita como casi siempre, riñendo.

La fiesta estaba de lo más animada. El día, a pesar de haber amanecido nublado, fue abriendo y la tarde acompañó los festejos con una temperatura serena que no hacía necesaria la chaqueta. Incluso el tenue nordeste resultaba placentero.

A los pies del templete, los jóvenes, los niños y los más mayores danzaban risueños al son de los pasodobles, los boleros, las cumbias y todo tipo de ritmos alegres que animaban el ambiente.

A la derecha de la zona de baile, un bar ambulante servía chiquitos de vino, cervezas Cruz Blanca y refrescos que mitigaban a unos el acaloramiento producido por el baile y, a otros, simplemente ayudaba a mojar el gaznate, que seco quedaba debido a las conversaciones que junto a la barra del mismo mantenían.

Las banderas adornaban los balcones y un gran número de pequeños farolillos de papel colgaban sobre la pista de baile.

Aurora y Manuel se acercaban despacio. Iban escuchando, cada vez más cerca, el bullicio y la algarabía. Habían terminado de aclarar las diferencias que el incidente del beso había provocado y decidían si tomar antes algo o lanzarse directos al baile.

Adela y Laura charlaban con Jacinto y Pancho, dos vecinos del barrio a los que conocían desde crías.

Las chicas contaban lo que hacían en su trabajo y cómo vivía aquella gente rica y poderosa a los que ellas servían.

Los muchachos escuchaban las explicaciones aparentemente embobados, sobre todo con las cosas que Adela contaba.

Pancho, más que atender las explicaciones que esta daba, le lanzaba a Laura miradas e intentaba hacer gestos que animaran a la chica a bailar con él.

Cansado de la conversación, se puso al lado de la pequeña de las hermanas y, acercándose a su oído, le dijo:

—Tú... esto que tu hermana cuenta, ¿ya te lo sabes, verdad? ¿Por qué no movemos un poco el esqueleto, has visto que bien toca esta orquesta?

Laura miró de reojo a su hermana, esta seguía dando palique a Jacinto y él, de vez en cuando, bostezaba y dirigía la mirada hacia los lados, intentando buscar a alguien que le sirviera de coartada para desaparecer.

Adela no era santa de la devoción de nadie.

Por todos era conocido su talante altanero y sus aires de grandeza, pero Jacinto, se había sentido atraído por ella desde pequeño y, tiempo atrás, habían mantenido una relación.

.. extraña. Fue secreta y breve, ya que la chica no tenía intención de que nadie supiera que se veían en ocasiones.

Para ella, solo fue un juego del que aprovechó las caricias y los detalles de Jacinto.

Sin embargo, para él aquello fue un calvario.

Se enamoró hasta las trancas de la muchacha y, cuando le pidió que fuera su novia, esta soltó una carcajada, acompañada de desprecios y burlas.

El chico, avergonzado y dolido, se juró que algún día le devolvería el golpe y esperaba la oportunidad de hacerlo pacientemente.

Con esa intención, cuando a lo lejos vio aparecer a las dos hermanas, pensó que era la oportunidad de pagar con moneda a la chica.

Para ello, solicitó la ayuda de Pancho, pero, a medida que iban pasando los minutos y escuchaba la plática de Adela, una repulsa hacia ella iba apoderándose de él.

Su intención primaria de conquistarla y pasar un rato con ella había dejado paso a otra muy diferente; la de salir corriendo a la más mínima oportunidad.

No soportaba su risa, sus poses, su gesto creído, el color de sus labios, sus manos rechonchas.

Todo en ella empezaba a molestarle, hasta la colonia que llevaba le producía mareo.

Decididamente, se le habían quitado las ganas, antes prefería sobar los pechos de “La Chata”, aunque aquello le costara unas pesetas, que tener que besar a aquella mujer altiva que tenía delante de sus ojos, por muy guapa que estuviera.

Mientras hablaban, Adela no dejaba de fisgar.

De un lado a otro dirigía su mirada. En uno de esos vistazos, encontró en la barra del bar una cara que le resultó conocida.

Más que eso, encontró aquella cara que llevaba buscando desde hacía más de un mes.

Se disculpó con Jacinto y se dirigió hacia él.

A medida que se acercaba, iba percatándose de quién era la persona que acompañaba al joven.

Para su sorpresa, la mujer que le estaba haciendo sonreír no era ni más ni menos que Aurora, su hermana.

El odio recorrió su cuerpo como una mecha impregnada en gasolina.

Sus manos se apiñaron con fuerza, con rabia, sus palmas sintieron como sus uñas se clavaban en ellas, infringiendo un dolor silencioso que canalizaba hacia su ira.

Recompuso su cabeza, sacudió su falda, respiró hondo y caminó tranquila, rígida, serena y fría, hasta donde ellos estaban.

Saludó primero a Manuel. Se situó de forma que su hermana quedara poco menos que a su espalda.

Después, se volvió hacia ella y, como siempre, con remango y mala leche, nada más que por cumplir, le soltó un simple “hola”, apagado y quejoso.

Pero el desconcierto se apoderó de Adela al ver como Aurora tomaba las riendas de aquel encuentro.

Ya eran muchos los desplantes sufridos y decidió lanzarse al ruedo.

—¿Qué?... Hay tiempo para festejos, pero no para visitas y misas, ¿verdad? Madre lleva esperando vuestra aparición desde el día del entierro que, por cierto... la dejasteis allí tirada. Poca vergüenza tenéis las dos. ¿Qué hizo ella para recibir vuestro desprecio?

—No te alteres, hermanita, que vengo... en son de paz. Además, ¿quién te ha dicho a ti que puedes sermonearme? ¡Hasta ahí podíamos llegar! A la hija de mi madre, nadie la dice lo que tiene que hacer, ¿te enteras? Pues venga, que este chico tan guapo y yo tenemos que hablar.

Manuel presenciaba la disputa sin mediar palabra.

No quería provocar a Adela. A pesar de que él había conocido a una mujer dulce y tranquila, se le antojó que era un bicho.

Aquella era la hermana de Aurora, la mujer con la que él había estado bailando en el Río de la Pila.

Vaya metedura de pata. Tantas mujeres como había en Santander y, para una vez que se le ocurre bailar con alguna, va a dar con la hermana de su novia.

—Este chico es mi novio. Y... no sé de qué le conocerás, pero dudo mucho que tú tengas nada que hablar con él. ¿No es así, Manuel?

—Pues... la verdad es que no. No tenemos nada que decirnos.

—¿No? Pues... fíjate que yo no diría eso. Al menos, en San Antonio no era eso lo que me decías mientras posabas tus manos en mi culo y dejabas caer besucos sobre mis mejillas, a la vez que intentabas adularme con palabras bonitas.

Aurora recordó las palabras de “La Chinche”. O sea, que... ¿era cierto? Manuel había estado bailando con una mujer en San Antonio y esa mujer era ni más ni menos que Adela.

Encorajinada, recogió el bolso que había posado sobre la barra y salió corriendo. Manuel intentó seguirla, pero Adela agarró su brazo para impedírselo. El chico sacudió con fuerza el mismo, liberándolo de la sujeción de la mujer y, aceleradamente, fue tras de su chica.

El bullicio, el ruido, la gente que, arremolinada en corrillos, hablaba, impedían a Manuel ir más deprisa.

Intentaba no perderla de vista entre la multitud, a la vez que sorteaba como podía a quienes se encontraba en su camino.

Cuando consiguió salir de aquella maraña humana, ella ya estaba lejos.

Al llegar a la calle del Sol, desde la distancia, observó como Aurora ya entraba en el portal.

La puerta del piso sonó como un trueno. Carmen salió acelerada de la habitación y encontró a Aurora desencajada y con los ojos llenos de lágrimas.

—¿Qué pasa? ¿Qué haces tan pronto de vuelta?

—Nada, no pasa nada, madre. ¡No pasa nada! El día que pase, ya se lo diré. Me voy a dormir. Estoy cansada.

Aurora besó a su madre en la mejilla y volteó la puerta de su habitación, dejando a Carmen pensativa y cabizbaja.

“Seguro que han sido ellas, estas dos nada bueno le pueden hacer. Mucho esconderse en la procesión para que no las viera. ¡Como si yo hubiera nacido ayer! Seguro que han sido ellas. Arpías... son igual que su puñetera familia”, pensó la mujer mientras volvía a meterse en la cama.