Aromas de tabaco y caos Capítulo 14
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Capítulo 14

La casa parecía un cementerio. Carmen deambulaba por ella absorta en sus pensamientos.

Una mezcla de pena, dolor, rabia y desconsuelo, había apagado la alegría de aquella mujer.

Se responsabilizaba de lo ocurrido. Sentía pesares por no haber educado a sus hijos de otra manera.

Afortunadamente, tenía el apoyo y el cariño de Aurora.

Aurora, esa persona que aun sin ser hija suya, la trataba como ninguno de sus hijos naturales.

Esa mujer que ignoraba su procedencia, que se había criado en la mentira, a la que ella había recogido sin ganas, sin cariño, solo por dar gusto al que era su marido.

Esa era la única persona en el mundo que estaba a su lado y seguía pendiente día y noche de sus actos y de sus movimientos, de sus penares y de sus lamentos.

Apartó con una mano la taza de achicoria que se había tomado y acercó la caja de cartón negra que los guardias del penal habían posado sobre el féretro de Juan.

La destapó despacio y la vació sobre la mesa.

El contenido de la misma se esparció sobre la tabla de golpe.

Allí quedaron tiradas las pertenencias de su hijo.

El corazón se le encogió de nuevo. Pocas cosas formaban aquel tesoro:

Un reloj. Ella lo reconoció enseguida, se lo había entregado cuando cumplió los dieciocho años, era lo único que su padre había dejado en casa.

Un paquete de Superiores al cuadrado. Carmen lo cogió y aspiró el olor de los cigarros que aún quedaban en su interior; apenas cinco o seis.

Todo lo que tuvo de danzar Fonso para conseguir la cartilla de fumador, y.

.. ¡menos mal que lo tenían a él! Si no, no hubiera podido enviar el tabaco.

Solo los hombres podían tenerla y, además, con una serie de requisitos que clamaban al cielo.

Fonso tuvo que ir al Ayuntamiento a pedir la expedición de la misma; para ello, necesitó la partida de nacimiento, y una declaración jurada de buena conducta suscrita por el párroco.

“Pobre Fonso”, pensó “La Manca”, con las vueltas que dio, para utilizar la dichosa tarjeta apenas dos veces.

Una novela de Estefanía, el título era como una premonición “Morirán todos”.

La mujer recordó que, cuando la compró, no se molestó en mirar tan siquiera los ejemplares que la Cruza había puesto sobre la repisa.

A su cabeza, de repente, volvieron las palabras que aquella mujer le dijo, “no te hagas mala sangre, que el niñuco pronto saldrá”.

Carmen había levantado la vista y había asentido con la cabeza en señal de resignación.

Simplemente tomó el primero que cayó y pagó la peseta con cincuenta céntimos que costaba.

En ese momento, no podía imaginar que iba a ser la última que le llevara y que las palabras de la Cruza iban a ser tan acertadas.

Pronto saldrá. Un par de duros. Dos pequeños tornillos.

Una argolla grande con tres llaves, una de ellas reconocida, la de casa antes de cambiar la cerradura.

Carmen las cogió y las metió en el bolsillo del delantal.

El escapulario de la Virgen del Carmen. Ella, todos los años, compraba uno para cada hijo.

El hilo fino que sujetaba las pequeñas imágenes envueltas en un trocito de plástico y cosido con pequeñas puntadas de color se estropeaba enseguida, y aquel estaba intacto.

Juanín no se lo colgaba nunca, lo llevaba metido siempre en un bolsillo del pantalón.

La mujer se quitó el que llevaba puesto y, en su lugar, se colocó el de su hijo.

Ese era todo el contenido de aquella caja negra de cartón.

Al volver a poner las cosas dentro, la novela del Oeste se abrió hacia el centro.

Doblado por la mitad, había un papel que cayó al suelo.

Carmen desdobló la misiva y leyó las líneas que, emborronadas y descoloridas como si sobre ellas hubiera caído agua, eran casi ilegibles.

Juan:

Por última vez te digo que murió hace unos meses. No es que no quiera darle tu recado, simplemente es que no puedo hacerlo.

Lamento la situación en la que te encuentras y, a mi regreso a Santander, intentaré ayudarte en la medida de lo posible. Ahora, te ruego que no vuelvas a escribir. Yo me pondré en contacto contigo cuando me sea posible.

Se despide de ti...

La firma no le decía nada, no conseguía leer con claridad el apellido o el nombre que en ella se estampaba. Estaba fechada en Veracruz, a 30 de Mayo de 1950. ¿A quién conocía su hijo en Veracruz? ¿Qué significaba aquella carta?

Aurora apareció en la cocina. Estaba guapísima.

El vestido negro estampado de pequeñas florecitas de colores pastel le sentaba de maravilla.

No sabía si hacía bien poniéndoselo, estaba aún muy reciente la muerte de su hermano y lo normal hubiera sido vestir de negro, en señal de luto.

Pero Carmen la animó, una fiesta como era aquella merecía que luciera guapa y lozana.

Ya no se podía hacer nada por él, el luto se llevaba en el corazón, no en la vestimenta, le había dicho su madre.

Eso sí, con la boca pequeña, pero siendo consciente de que la muchacha bastante hacía.

La chica se percató del papel que su madre tenía en las manos.

—¿Qué está haciendo?

—Nada, la guardé cuando me la dieron el día del entierro de tu hermano y hoy decidí abrirla. La Virgen del Carmen me ha dado fuerza. ¿Sabes?, he conseguido hacerlo sin echar ni una sola lágrima. Ah, por cierto, mira esto. Estaba dentro de la novela de la Estefanía.

—¿Qué es?

—Una carta. Pero no sé de quién puede ser. Llegó de Veracruz... eso, ¿dónde está?

—¿Veracruz? En México, o eso creo. A ver, déjemela.

Nada más echarle la vista encima, reconoció la letra.

Era la misma caligrafía que la nota que ella guardaba, aquella que tantas veces había leído.

El semblante de la muchacha se tornó pálido en un instante.

Levantó la vista hacia su madre y comprobó que esta estaba de espaldas a ella, enredando en el fregadero.

Se tranquilizó. Tomó un taburete y se sentó a leer lo que allí estaba escrito.

—¡Qué! ¿Qué piensas? ¿De quién será? ¿Será de la chusma esa con la que iba? Y... ¿Quién será el muerto? — le preguntó Carmen.

—No sé, no tengo ni idea. Ya sabe que Juan conocía a mucha gente, andaba todo el día por la calle. Será algún amigo que emigró. No sé. Bueno, no será nada.

Le devolvió a su madre la carta y se dirigió hacia la habitación.

No había duda, era la misma letra. La letra de aquel hombre.

Pero... entonces, ¿su hermano Juan sabía.

..? al menos, dónde estaba su padre. Si no, ¿cómo pudo escribir pidiendo ayuda a aquel hombre?

Que, por cierto, ella continuaba sin saber cómo se llamaba, sin saber quién era, sin saber absolutamente nada.

Lo que ahora sí sabía era que Lipe estaba muerto.

Al menos, eso indicaba la misiva. O ella así lo interpretaba.

Afortunadamente, tal y como estaba escrita, a su madre no le daba ninguna pista.

No podía saber quién era realmente la persona fallecida.

Cogió su bolso y fue en busca de su madre. Ya estaba cercana la hora de misa.

Aurora se situó frente al espejo de la entrada para colocarse la mantilla de color negro sobre su cabeza.

Era lo único que su abuela le había regalado.

Recordó, en ese momento, el día que lo había hecho y la cara que su tía Engracia había puesto.

Le faltó poco para quitársela de las manos, pero el talante de la anciana hizo que, con una sola mirada, desistiera de ello.

La mujer la había tejido en su juventud, su madre la había ayudado a hacerla, el hilo utilizado había llegado de la India, había sido el regalo de un tío suyo marino al que solamente en aquella ocasión vio.

El caso era que tenía un gran valor, conservaba intacto el brillo del torzal y las flores que formaban su diseño, colocadas estratégicamente, hacían que la prenda resultara única.

A Aurora le encantaba lucirla. Siempre que lo hacía, alguien le preguntaba por su procedencia, incluso en alguna ocasión le habían ofrecido dinero por ella.

Las dos mujeres escucharon misa y, después, se dispusieron a acompañar la procesión.

La Virgen del Carmen era paseada a hombros, como todos los años, desde la Calle del Sol hasta Puertochico, con la correspondiente parada frente al edificio de la lonja del pescado.

Las mujeres acompañaban a la imagen en su recorrido mientras oraban incansables todo el trayecto.

El sonido de la Salve Marinera emocionaba a Carmen desde que sonaba la primera estrofa. ..

“Salve, estrella de los mares, de los mares iris, de eterna ventura...”

Todo su ser se estremeció al escuchar aquella canción.

Las lágrimas brotaron de sus ojos más amargas que nunca.

La presencia de la talla creada por Francisco Font, recogida, íntima, más joven y bella que ninguna, parecía que la miraba intentando serenarla.

La Santa Madre, orgullo de pescadores, cofrades y devotos, que con sus modestas aportaciones habían conseguido que luciera en la Parroquia de los Carmelitas, no era suficiente amparo para el desconsuelo de la cigarrera.

Adela y Laura bajaron discutiendo sobre qué hacer, tenían la tarde libre.

La señora Fátima, sabedora de su devoción a la Virgen, tuvo el gesto de concederles el permiso.

Marcela influyó en gran manera en aquella decisión y se comprometió a suplir el trabajo de las muchachas durante las horas que estas estuvieran fuera.

Alejadas del cortejo, sentadas en el muro de la iglesia, las dos hermanas admiraban la procesión. No se atrevieron a incorporarse a ella.