Aromas de tabaco y caos Capítulo 32
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Capítulo 32

La hermana Clementina se despidió de todo el personal del hospital con el que había trabajado. Entró en la habitación de Adela y le explicó que la monja que había venido a sustituirla era justo la que necesitaban.

Le contó cómo iban a proceder con su huida.

Sor Inés, por la tarde, dejaría en el armario, dentro de una bolsa bien tapado para que nadie pudiera descubrirlo, un hábito de la congregación.

Adela tenía que ponérselo para salir del hospital.

Con los hábitos puestos, nadie le iba a llamar la atención ni despertaría ningún tipo de sospecha.

En la calle, ella la estaría esperando en un coche en el que viajarían toda la noche en dirección al convento.

Adela no tenía muy claro todo aquello, pero no podía dejar pasar la oportunidad.

La monja tenía razón, dónde iba a estar más protegida, y mejor escondida, que en un convento de clausura.

Al caer la tarde, Sor Inés entró en la habitación. Tal y como Sor Clementina quería, fue a ella a quien encomendaron la custodia de Adela. La monja colocó el hábito en el armario, siguiendo las instrucciones de su compañera.

Durante un par de horas, las dos estuvieron hablando.

Cuando se dejaron de oír voces, idas y venidas, la monja se asomó para comprobar si estaba desalojado el pasillo.

Adela, mientras, miró por la ventana y observó un coche que estaba justo debajo de la misma, en el lugar que Sor Clementina le había indicado.

Sor Inés entró y la comunicó a la muchacha que era el momento.

La ayudó a vestirse la saya y el hábito pero, sobre todo, la toca y la esclavina que debían quedar perfectamente, tenía que parecer una monja de verdad.

Una vez dispuesta, Adela salió de la habitación.

Caminaba con la cabeza erguida y llevaba un pequeño maletín que sujetaba con una mano sudorosa que temblaba constantemente, igual que sus piernas, que parecían dos palillos incapaces de soportar el peso de su cuerpo.

En el largo y tenue pasillo se cruzó con un médico que, distraído con algo que traía entre las manos, apenas la miró, solo le deseó una buena noche.

Al doblar la esquina, dos monjas que vestían hábitos diferentes al que ella llevaba hablaban en tono muy bajo a la puerta de una habitación.

Al llegar a su altura, bajó la cabeza y las saludó con un susurro.

En cuanto se sintió sola, aceleró el paso.

No encontraba el final; bajaba escaleras y continuaba atravesando pasillos.

Por fin, pudo respirar con tranquilidad.

La luz de las farolas que alumbraban la entrada del sanatorio le indicó que el camino había terminado, pero, al aproximarse, vio a un militar que protegía la puerta de entrada.

Caminaba de un lado a otro haciendo guardia.

No podía titubear, se lo habían advertido ambas hermanas.

Adela respiró hondo y, con decisión y confianza, empujó la puerta de salida.

El militar hizo un pequeño movimiento de cabeza en señal de saludo y continuó con su guardia.

Un poco más adelante, el coche esperaba con las luces encendidas. La puerta se abrió desde dentro y pudo ver cómo Sor Clementina le sonreía feliz.

Fueron casi cinco horas de trayecto. Estaba amaneciendo cuando las puertas del convento se abrieron y fueron recibidas por una monja muy mayor que se ayudaba de un bastón con empuñadura de nácar para caminar. Sor Clementina la abrazó efusivamente.

Adela portaba las dos maletas de la monja, que pesaban al menos un quintal y, aunque no le dijeron nada, siguió detrás de las hermanas en dirección para ella totalmente desconocida.

Llevaban recorridos unos metros cuando Sor Clementina se volvió y se excusó con la chica por no haberla presentado a la monja que las había recibido.

Continuaron caminando. Al llegar a una de las estancias, la monja le indicó que esperara fuera un momento.

La puerta de madera tallada se abrió y Adela, desde fuera, observó a un grupo numeroso de hermanas sentadas alrededor de una enorme mesa.

El olor a café recién hecho le recordó que estaba cansada y hambrienta.

Durante el viaje, ella no había pegado ojo, no así Sor Clementina, que durmió como una niña durante un montón de horas.

No sabía la hora que era ni el tiempo que llevaba allí esperando; se sentó en un banco que estaba a su vera y el sueño la pudo.

Recostada sobre aquella dura y fría tabla, sumida en el más profundo y dulce de los sueños estaba cuando sintió cómo alguien agitaba su cuerpo. Al abrir los ojos, se vio rodeada completamente. Un grupo numeroso de monjas la observaban, Adela se levantó asustada.

—Hermanas, esta es la nueva novicia. Evidentemente, cambiaremos sus hábitos y nos encargaremos de guiar su alma hasta Dios nuestro Señor. Debe purgar sus culpas, limpiar su alma y rogar por su perdón. Es del todo innecesario que les diga que nosotras debemos ayudarla en tan ardua tarea.

Sor Clementina se quedó mirando, pensativa, un momento a la muchacha y dictaminó:

—Soledad. Sí, desde este momento ese será tu nombre. Ahora, acompaña a la hermana Trinidad, ella te mostrará tu celda y te dirá cuáles serán tus labores diarias.

Adela siguió a la hermana Trinidad. La joven advertía en la mirada de aquella mujer desprecio y odio. No la gustaba como la observaba. Durante todo el trayecto, no le dirigió ni una sola palabra, de vez en cuando se volvía y la miraba mal.

Por fin, la monja se paró. Colgando del cordón de su vestimenta llevaba un manojo de llaves. Escogió una y abrió la puerta.

—Pasa, esta es tu celda. Sobre el camastro tienes lo que serán tus vestidos a partir de ahora. Cubre tu cuerpo con ellos, que tu aspecto al menos sea puro, ya veremos cómo limpiamos tu alma. Te espero aquí, no tardes.

Adela cerró la puerta y dejó que su cuerpo se apoyara sobre una cama desnuda que ocupaba en gran medida toda la estancia.

No por su tamaño, sino por lo reducido del habitáculo.

Un espacio pequeño, sin ventana, oscuro.

Todo lo que contenía podía contarse con los dedos de una mano.

Un camastro, un minúsculo armario, una silla y una mesa.

Ese era todo el mobiliario. Olía a humedad y el ambiente era frío y triste.

¿Dónde se había metido? Quizás hubiera sido preferible ir a la cárcel, aquello era peor, ella no estaba preparada para estar en un lugar así.

Tuvo de repente un presentimiento que heló sus venas. Nunca saldría de allí.

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Laura estaba feliz, había recobrado la relación con su hermana y su madre y, además, iba a salir por primera vez con Fonso.

Se mostraba nerviosa, nunca pensó que iba a llegar ese momento.

No acertaba con el vestido que ponerse, no sabía si iban mejor los zapatos marrones o los negros, no daba con el pañuelo adecuado y, para colmo, cuando fue a coger el abrigo, ya casi a punto de llegar el muchacho, uno de los botones se descosió y cayó.

Marcela entró en la habitación para avisarla de que ya estaba esperando Fonso en la puerta.

Pero, al verla de rodillas buscando algo, no pudo evitar reírse, no por la situación en la que la muchacha estaba, sino porque justo fue a posar su mirada en el lugar donde estaba el dichoso botón.

La mujer cogió el costurero y lo cosió rápidamente.

Laura le agradeció el gesto con un pellizco en la mejilla y salió corriendo.

El teléfono de la mansión de los señores Faz De Trebyllente comenzó a sonar. Marcela corrió a contestar. No había nadie más en la casa, los señores habían salido a comer a casa de unos conocidos y regresarían bien entrada la tarde. Descolgó el aparato y pronunció las palabras de siempre:

—Buenas tardes, casa de los señores de Trebyllente, ¿dígame?

—¿Marcela, es usted verdad? Soy...

Marcela no dejó que continuase:

—¡Hermana! ¡Qué alegría! ¡Cuánto tiempo sin saber de usted! ¿Qué tal está? ¡Dios mío, qué alegría!

—Muchas gracias, yo también me alegro de escucharla. ¿El señor está en casa?

—No, hermana, ellos han ido a comer a casa de los señores Muñoz de Pablo, pero, dígame, yo encantada les daré su recado.

—No. No es necesario. No le diga nada, yo volveré a llamar o, si no, mejor le llamo a la fábrica mañana por la mañana. Pero usted no diga nada, por favor. Así, mañana, cuando contacte con él, le daré una sorpresa.

Laura estaba muy guapa, el tiempo que había dedicado a prepararse había merecido la pena.

Cuando salió por la puerta de servicio, Fonso estaba apoyado en la verja de la casa de enfrente.

Al verla, se puso derecho y se estiró la americana.

En la mano llevaba una gabardina gris que se puso mientras la muchacha se acercaba hasta donde él estaba.

Después de los saludos de rigor, comenzaron a caminar.

No se preguntaron nada el uno al otro, ni dónde ir, ni qué camino tomar, ambos tiraron hacia la izquierda y, al llegar a la altura de la Cuesta de las Viudas, bajaron por ella.

La conversación fue fluida desde el primer momento.

Él le iba contando cómo funcionaba la frutería.

Ella le contaba el trabajo que desarrollaba en la casa.

Fonso le pregunto por Adela y, antes de que contestara, señaló:

—La verdad, no es que me importe mucho. Solo quiero tener la seguridad de que no va aparecer por ninguna esquina, te va a enganchar por un brazo y te va a llevar pa casa.

Laura sonrió y se sintió halagada y feliz con el comentario.

Tal y como Fonso le había dicho, con voz melosa, acaramelada y tímida a la vez, apreció que los sentimientos de ambos eran similares y eso la llenó de gozo.

La chica le contó que Adela ya no trabajaba en la casa — algo que él ya sabía — pero se notaba que no quería dar demasiadas explicaciones.

Fonso, respetando la prudencia de su pareja, cambió el tema, liberando a la mujer de aquella plática que se advertía desagradable para ella.