Aromas de tabaco y caos Capítulo 9
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Capítulo 9

Al abrir la puerta de casa, sintió en la cocina a su madre trasteando.

Se acercó hasta su habitación y, una vez dentro, respiró el aire húmedo y fresco de la estancia.

Sintió alivio al ver que, por fin, conseguía encontrarla recogida y ordenada, igual que la dejaba.

“Para mí sola. La tranquilidad no tiene precio”, pensó.

Carmen estaba sentada en la cocina y tenía sobre la mesa una pequeña caja de madera donde guardaba sus alhajas.

Joyas que apenas valía unos cientos de duros.

Una pulsera que había heredado de su madre, el anillo de casada, los pendientes y la medalla de la Virgen del Carmen, regalo de su madrina cuando hizo la comunión, eran las piezas que formaba el tesoro que aquella mujer guardaba con todo su cariño y que tenían para ella un gran valor sentimental.

Entre sus manos sujetaba una preciosa pulsera que a Aurora le encantaba.

Era un brazalete de oro, no muy ancho, del que colgaban cinco pequeñas medallitas.

Cada una de ellas tenía un significado. Carmen las había ido comprando con mucho esfuerzo y representaban aquellos momentos importantes de su vida.

La primera que tuvo, llevaba impreso los nombres de Felipe y Carmen; en el reverso, la fecha de su boda.

Las otras cuatro hacían referencia a sus hijos, una por cada uno.

Aurora se quedó mirando desde la puerta y, sabiendo lo que su madre estaba pensado, se acercó a ella, la besó en la mejilla y, colocando su mano sobre el hombro derecho, le dijo:

—Muy tarde andas tú levantada, “Manca”, ¿No tienes sueño?

Carmen levantó la cabeza, se giró hacia Aurora y contestó:

—Esta tarde vino Don Fermín. Me trajo noticias de Juanín.

—¿Y... eso?

—Tu hermano es un desastre, no ha tenido más ocurrencia el tonto de él que entrar en la Sacristía de la parroquia pa robar.

El padre Fermín escuchó ruidos y llamó a los guardias.

El hombre no se atrevió a pasar a la Sacristía, por miedo a que le pegaran y, cuando se dio cuenta de que era Juan el ladrón, ya los guardias lo habían apresado.

Se llevaba el dinero del cepillo y el cáliz de plata que estaba en la Sacristía.

Cuatro pesetas mal contadas. ¿Qué he hecho yo mal pa tener este hijo?

Y... aquí estoy, viendo qué podemos llevar al empeño para sacar los cuartos pa’l abogao .

El cura me ha dicho que intentó pararlo al ver que era él, pero los guardias se lo llevaron.

Me ha dicho que no ha presentado denuncia, como no se llevó nada, igual con un poco de suerte le sueltan pronto.

—Y... ¿cuándo ha sido eso?

—Hoy, de madrugada. El pobre hombre no me ha podido avisar antes. Bueno, dice que cuando vino por la mañana, no estábamos en casa. Después, él, con sus visitas y demás tareas, no ha podido acercarse hasta terminar la misa de por la tarde.

—Y Juan, ¿no te ha hecho llegar noticias de él?

—No. Por su parte no he sabido nada. Me he acercado al cuartel y no me han dado ninguna respuesta.

De vuelta, me encontré por el muelle con Fidel, el primo de tu padre, que ya sabes que trabaja de ordenanza en el Gobierno Civil y.

.. gracias a él me he enterao de algo. Le ha preguntao a un conocido suyo que está en Comisaría y le han dicho que estaba en los calabozos y que hasta pasao mañana no le vería el juez.

Eso es todo lo que sé, y gracias. Lo que sí me ha recomendao Fidel, según le ha dicho su amigo, es que preparemos un abogao .

Que ahora las cosas están muy mal y a la mínima lo mezclan con la política y a saber cómo puede terminar. ¿Ya me contarás qué vamos hacer?

—Pues tenemos un problema. No tenemos abogao , ni dinero para pagarle, claro.

—¡Ganas me dan de dejarlo ahí dentro! Así igual espabila de una puñetera vez. Tendré que empeñar la pulsera. Es lo que más valor tiene. Lo otro no creo que merezca la pena, aunque lo llevaré por ver que puedo sacar.

—Madre, ¿por qué no subimos mañana temprano al encuentro de Laura y la decimos si puede dejarnos algo?

—No sé, pa qué decirlas nada, ellas allí viven tranquilas, con que dancemos nosotras, es suficiente.

—¡Bueno! ¡Cómo no! ¡Para qué molestar a las niñas! ¡Pues también es su hermano y... no vamos nosotras solas a cargar con todo! ¿Por qué?... ¡Qué ayuden ahora ellas! ¡Primero lo he hecho yo sola, pues ahora... las toca apencar!

Aurora se había enfadado con la respuesta de su madre.

Carmen se sorprendió al verla de aquella manera, jamás había levantado la voz, ni tan siquiera había osado nunca a llevarle la contraria.

Pero, en aquella ocasión, no le faltaba razón; ella había ayudado a mantener a sus hermanos durante años, trabajando duro desde chiquilla, y no era justo que la mujer intentara protegerles ahora.

Ya había pasado ese tiempo, todos eran adultos y deberían ir pensando en ser responsables de sus vidas y de sus hechos.

Ciertamente, no era momento de acurrucarles de nuevo bajo el ala al calor de mama.

Tocaba arrimar el hombro y ella ya estaba cansada de tirar de todo.

Además, ahora que consciente de lo que realmente era o, más bien, de lo que no era en aquella familia, la responsabilidad que antaño había ejercido había perdido de golpe la firmeza primitiva con la que siempre había enfrentado los problemas.

Carmen levantó la mirada y, asintiendo con la cabeza, contestó.

—Está bien, hija. Tiene razón. Subiremos y... vamos a ver si nos ayudan o... nos dan la patada. ¡Que no me extrañaría nada!

Una mañana desapacible, típica de la primavera norteña, se apreciaba desde la ventana de la habitación de Aurora. Llovía a cántaros.

Las dos mujeres tomaron un poco de leche con achicoria y un trozo de bizcocho que Luisa les había traído la tarde anterior.

Aquella bebida caliente entonaría su cuerpo y las prepararía para el duro día que les esperaba.

En silencio, cada una de ellas, absorta en sus pensamientos, iba sorbo a sorbo paladeando la mezcla dulce y caliente que contenía su taza.

Aurora recordó a Manuel. Ella misma se sorprendió, enfrascada como estaba en aquel problema, y, sin embargo, su memoria de vez en cuando le regalaba flashes de su encuentro en el pasillo de la fábrica con aquel chico.

Tan solo unas contadas palabras que se habían repetido incesantemente en su cabeza durante el escaso tiempo transcurrido desde la primera vez que le había visto.

Sonrió para sí misma y bajó los ojos, avergonzada.

Cobijadas bajo sus paraguas negros, recorrieron el Paseo de la Concepción.

Los árboles que adornaban la avenida, aún no muy frondosos pero verdes, silbaban provocados por el viento.

Parecía que quisieran animar su caminata, y darles a su paso los buenos días.

En ocasiones, caían sobre su resguardo las gotas de lluvia que iban acumulándose, en las todavía escasas y pequeñas hojas, y que se derramaban por completo de vez en cuando ocasionando un sonido que, de golpe, rompía el silencio que acompañaba a las mujeres en su trayecto.

De las casas de la zona se veía salir e incorporarse al paseo a los niños que, acompañados de sus ayas, se dirigían a los colegios.

A pesar de la hora y del tiempo, la avenida estaba concurrida.

Era uno de los paseos preferidos de Aurora; le gustaba tanto que muchas veces lo había transitado aunque solo fuera por dar un paseo.

Disfrutaba admirando aquellas hermosas casas situadas a ambos lados.

¡Qué más daba que lloviese! Sigue siendo igualmente bello, se decía para sus adentros mientras levantaba el paraguas y admiraba algún detalle nuevo.

Ya en Miranda, parecía que amainaba la lluvia.

Cerraron el paraguas sin dejar de caminar y, decididas, continuaron hasta la plazuca.

Aurora entró y se dirigió a Fonso. Le preguntó si había visto por allí a su hermana esa mañana.

El hombre, amable y educadamente, le contestó que no, indicándole que aún era pronto para ella.

Según le dijo, Laura solía llegar sobre las nueve y media y, para esa hora, aún faltaba un buen rato.

Madre e hija se apoyaron en la fachada del mercado, con la vista puesta en dirección a la calleja por donde debía aparecer Laura.

No llevaban esperando más de diez minutos, cuando vieron asomar a las dos muchachas.

Sin esperar a que estas cruzaran, ellas fueron a su encuentro.

Las chicas, sorprendidas con la visita, se sobresaltaron al verlas.

Pensaron que algo malo había pasado con su hermano.

Después de ponerlas al día sobre el motivo de aquel inesperado encuentro, Adela, con aire altanero, se dirigió a su madre y le espetó de muy malas formas:

—Y... ¿qué pretendes? Nosotras solo hemos cobrado tres semanas, apenas tenemos dinero. Con lo que hemos cobrado, hemos aprovechado para comprar alguna que otra prenda que necesitamos, y... la verdad, no nos queda mucho más; y, lo que queda... lo necesitamos.

Aurora agarró a su madre del brazo y la echó un poco hacia atrás. Con los ojos abiertos como platos, inclinó su cuerpo hacia el de su hermana y le dijo:

—¡Sois... lo peor! ¡De la peor calaña! Madre os pide ayuda y vosotras... tenéis que comprar trapos e idioteces innecesarias. ¡Sois...!

—¿Qué? ¿Qué somos? ¡Somos lo que nos da la gana! ¿Y tú...? ¿Qué crees que eres tú? Una señoritinga que no tiene donde caerse muerta y va de lista y de divina como si fuera de otra clase. ¡Pues, que lo sepas! ¡Eres hija de pescadores, no de los marqueses de Pin Pan Pun!

Carmen, sin pensárselo dos veces, le soltó una bofetada a Adela que marcó el carrillo de la muchacha. Dejando la señal de sus dedos en la cara de su hija, se dio la vuelta y comenzó a bajar la calle a paso ligero.

Aurora miró a las muchachas con rabia y, sin decir ni media palabra, salió corriendo tras su madre.

—¡Lo sabía! no teníamos que haber venido. ¡Allá estas dos con su vida! Pero... una cosa te digo, ¡Que no vengan a por nada!, ¿eh? ¡Que no vengan! porque van a encontrar la puerta cerrada, igual que el otro sinvergüenza de hijo. ¡Vaya tres! Vaya tres elementos he parido.

—No te preocupes, madre, iremos a la casa de empeños y.

.. ya veremos que sacamos. Y si no, ya pensaremos en algo.

Si quieres voy a pedirle a la tía Juana algo.

Total, la abuela se murió y nunca más nos dieron señales.

Seguro que algo nos dejaría, al menos la parte que a padre le correspondiese, esa debe ser nuestra ¿no?

—¡A esas! A esas no las pido yo ni agua. Aunque me muera de sed.

Adela y Laura hicieron la compra del día y tomaron rumbo de nuevo a la casa. De camino, Laura andaba cansinamente, era como si una fuerza extraña tirara de ella hacia atrás. De repente se paró en seco y rompió a llorar.

—Y... a ti, ¿Qué coño te pasa ahora? ¡Pues vaya mañanita que tenemos, leñe!

—¿Por qué las has tratado así? ¿No había otra manera de decir que no? ¿Por qué no me dejaste a mí hablar? ¡Eres una idiota! ¡Una burra!

—¡Oye guapina, escucha! A mí no me va a amargar la vida nadie.

Estoy harta de vivir con lo justo. Quiero tener mis cosas.

Quiero salir cuando me dé la gana a donde quiera.

Como si quiero ir todos los días al teatro Pereda.

Mi dinero es mío. Yo me lo gano. No voy a soltar ni una sola peseta.

El que quiera peces, que se moje el culo.

O es que... ¿no tenemos que trabajar nosotras para poder comprarnos unas simples medias?

—Eres una egoísta. Ellas te han estado dando de comer hasta hace un mes. Y... ahora que nos necesitan, las tratamos como si fueran pordioseras que se acercan a pedir limosna.

—¡Escucha, guapa! Tú puedes hacer lo que te dé la gana. Yo no voy a darlas ni una perra chica.

—Pero... ¿Por qué las odias así? ¿Qué te han hecho?

—Pero, ¿tú no la has visto? No has visto su piel, su cutis, sus piernas, su pelo, ¡todo!

Es elegante, guapa, alta, educada, ¡todo, lo tiene todo la condenada!

Muchas veces me he preguntado si sería sangre como la nuestra la que recorre sus venas.

¡Juraría que no! O, ¿dime? ¿no lo ves? ¿No ves que no tiene nada que ver con nosotras, ni con madre, ni con Juan, con ninguno?

Y mama siempre protegiéndola, como si fuera una figurita de porcelana que pudiera romperse solo con mirarla. ¡Pues no! No pienso ayudarlas.

—Pero es Juanín quien necesita el dinero para el abogado. No ellas. Ellas solo se preocupan por ayudarle y... nosotras las hemos despreciado, las hemos echado de nuestro lado.

—¡Me da igual! ¡Te digo que no! No.

La envidia que durante años había acompañado a Adela afloraba de repente, cayendo como una losa sobre Aurora.

Era cierto que sus formas, sus dichos, sus hechos y sus maneras nada tenían que ver con las de ellas.

Pero jamás había hecho nada por perjudicarlas, siempre las había ayudado y apoyado.

Aquello, a la vista estaba, se había vuelto en su contra, y había ido creando en Adela un odio profundo y desmesurado que incomprensiblemente alcanzaba también a su madre.

Mientras, Carmen, “La Manca”, depositaba sobre una bandeja plateada su pulsera y observaba como el tasador la examinaba. Con profundo pesar, veía cómo iba a perder aquella joya que ella, con tanto esfuerzo, había conseguido y de la que ahora se desprendía por unas miserables pesetas.

Aurora le apretó la mano, intentaba trasmitir el apoyo que aquella mujer necesitaba en ese momento. Las pocas alegrías que la vida le había dado estaban representadas en aquellas monedas doradas y relucientes que colgaban de la pulsera y que, ahora, quedaban sobre aquella fría bandeja.