Aromas de tabaco y caos Capítulo 10
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Capítulo 10

La muchacha subía Ruamayor casi con la lengua fuera. La mañana, además de desapacible climatológicamente hablando, lo había sido también a nivel personal. El encuentro con sus hermanas y el odio que les habían demostrado, habían dejado a ambas envueltas en un halo de desolación.

El remate, había sido el Monte de Piedad.

Se aprovechaban de la necesidad de la gente para hacerles poco menos que arrodillarse suplicando unos duros más para, al final, conseguir la mitad del valor, o incluso menos.

A pesar de todo, las gestiones no habían estado mal y, si bien aún les faltaba un poco de dinero, intentarían pedir prestado.

Consiguieron contratar a un joven abogado que les recomendó el párroco. El hombre se sentía de alguna manera culpable de la situación en la que ahora se encontraba Carmen e intentaba ayudarla de todas las maneras posibles.

Gonzalo Bermejo Aguirre, había trabajado como pasante en el despacho de uno de los letrados más afamados de Santander y, con la ayuda de la iglesia, benefactora del chico desde que era pequeño, había conseguido montar su propio bufete.

Los pleitos que defendían no eran ni mejores ni peores que los que pudieran llevar el resto de sus compañeros.

En cuanto al cobro de las minutas, ¡ese era otro cantar!

Los clientes de Gonzalo eran en su mayoría obreros, trabajadores de clase baja que llegaban hasta su despacho, siempre de parte de los curas de las parroquias más humildes de la ciudad.

Pero el joven, a pesar de trabajar duro, en la mayoría de las ocasiones a cambio de nada, desarrollaba su labor con tesón y diligencia y ya comenzaba a hacerse un nombre, aunque solo fuera entre la clase obrera.

Las explicaciones que el joven jurista les dio tranquilizaron a Carmen en gran medida.

Gonzalo les aseguró que, al no existir denuncia por parte de la parroquia y con el testimonio del Padre Fermín, el cual estaba dispuesto a declarar que Juan era un buen chico del barrio y que siempre colaboraba activamente, la pena no sería más que simbólica.

Aunque, lógicamente, el párroco, para no faltar a la verdad, debería alegar también que, últimamente, había adquirido la costumbre de beber en demasía y que inducido por el alcohol, sin ser consciente de sus actos, había cometido aquella pequeña falta.

Con ese testimonio, sería más que suficiente para que el juez le soltara, no exento de una pequeña multa.

La sirena estaba a punto de sonar. Atravesó el patio de la fábrica y subió rápidamente al vestuario. Debía espabilar, si no quería llegar tarde a su puesto.

Agotada y hambrienta, Aurora se dejó caer sobre la silla de trabajo.

Durante un momento, un pequeñísimo instante, sintió como todo su cuerpo se relajaba, tomó aire y lo soltó lentamente por dos o tres veces; aquello le hizo recobrar la normalidad.

Ya se disponía a comenzar su jornada, cuando apareció por la puerta del taller Ernesta.

Era una capataza con mal gesto, mandona, prepotente y desconsiderada, que no era santo de la devoción de casi ninguna cigarrera.

—¡Aurora! Ven conmigo. Necesito gente en el taller de Superiores.

—¿Yo?

—Sí, tú. No veo más Auroras por ahí ¡Date prisa, que es para hoy!

La joven recogió su bolsa y siguió a Ernesta. La encargada caminaba con paso rápido y firme, la cabeza erguida y los brazos cruzados. Aurora la seguía acelerada, intentando ponerse a la altura de la mujer.

—Ponte en la número ocho, ahora vendrá una compañera a decirte qué es lo que tienes que hacer.

—Pero... no tengo ni idea. Es la primera vez que estoy en una máquina.

—Ya lo sé. ¿Y?... ¿no piensas aprender nunca o qué?

—Sí, sí. No hay problema, pero...

—Ponte ahí y espera. ¿Dónde está esa maldita muchacha? —refunfuñaba la mujer mientras repasaba con la mirada todos los rincones del taller— ¡Dolores! ¡Ven p’acá !

Aurora sonrió al ver que era a su amiga a quien llamaba.

Lola llevaba mucho tiempo en máquinas. Las conocía todas, y esas en especial.

Eran las más modernas que había en la fábrica, pero desde que las habían instalado, trabajaba en ellas.

Por lo tanto, no guardaban ningún secreto, las conocía a la perfección.

Tiempo atrás, las mujeres se mostraron recelosas con la maquinaria, consideraban que aquella manera de trabajar terminaría de alguna forma con sus puestos de trabajo.

Durante algún tiempo, esa situación ocasionó disturbios y quejas por parte de las cigarreras, que se negaban a aceptar aquellos aparatos en la factoría.

Pero, al final, no les había quedado más remedio que acceder.

Conocieron por diferentes medios que compañeros de otras fábricas como Cádiz, Valencia o Logroño ya las utilizaban hacía tiempo y decidieron claudicar, y colaborar, con lo que llamaban los ingenieros “nuevas tecnologías”.

Pero de aquello ya hacía muchísimos años.

Realmente, Aurora, Lola y la mayoría de las jóvenes dieron sus primeros pasos en la fábrica entre “Vilasecas”, “Rapide”, “Pollard”, “Universal”, picadoras “Fombuena” y otras muchas.

Ahora, por fin, le tocaba a ella el turno.

Parecía que había llegado el momento de ponerse al frente de una Vilaseca.

Liar Superiores al cuadrado, la llenaba de orgullo.

De alguna manera, comenzaban a reconocer su trabajo.

Podría incluso decirle a su hermano que el cigarro que tenía entre sus dedos se lo había elaborado ella.

La idea le encantaba y estaba deseando aprender.

Además, según los comentarios de Lola, la incorporación de nuevos mecánicos, más preparados y jóvenes, había ayudado mucho a las operarias.

Las averías que se producían eran solventadas por ellos, quienes acudían a la máquina e intentaban solucionar el fallo lo antes posible.

Aunque, en ocasiones, la palabra rapidez no significaba lo mismo en unos y otros y las cigarreras protestaban si, por algún motivo, la máquina estaba parada mucho tiempo, porque eso reducía su producción diaria ya que el tiempo de detención le suponía a la trabajadora pérdida de salario, al rebajarse su prima productiva.

Lola se acercó a ella con una gran sonrisa en la boca.

Al llegar a su altura, escuchó atentamente las instrucciones que Ernesta le daba sobre el trabajo que debía realizar Aurora y le indicó el modo en que tenía que hacerlo.

Cuando las dos mujeres se quedaron solas, soltaron una pequeña carcajada que, afortunadamente, apenas sintió la capataza, la cual se había parado frente a la máquina de otra compañera, un poco más adelante, sin que estas se percataran de ello.

—¡Ya era hora, chica!, pensé que nunca te pondrían en máquinas.

—Ha sido una sorpresa. ¡Para nada lo esperaba! Lo único que... ha tenido que ser hoy, ¡con lo cansada que estoy! Pero bueno, no importa. ¡Venga, enséñame como va esto!

—Por cierto, ¿dónde te metiste? Te esperé, pero...

—¡Calla, calla, menuda mañana he tenido! Pero ahora explícame esto y de vuelta a casa te cuento la odisea.

Las dos mujeres pasaron la jornada sin apenas darse cuenta.

Las explicaciones de Lola eran seguidas con gran atención por Aurora.

A la mitad de la tarde, Ernesta volvió a aparecer por el taller y encontró a la chica produciendo tranquilamente.

Se sorprendió gratamente al ver cómo la muchacha desarrollaba su trabajo.

No desentonaba de las demás cigarreras que llevaban años haciéndolo.

Se puso detrás de ella y estuvo un rato observando la agilidad y maestría que Aurora tenía.

Posaba sobre la chapa de corte las hojas capa con delicadeza, llenaba la tolva de tabaco, quitaba la batea llena con cuidado y volvía a poner en su lugar otra vacía.

Le dio un par de palmaditas en el hombro y continuó su camino.

Si se detenía a pensar sobre lo que aquel día le había deparado, Aurora sería injusta diciendo que había sido negativo.

Contenta, aunque agotada, la jornada se cerraba con el cobro.

Afortunadamente era día de paga y, mientras esperaba en la cola de caja, miraba sus manos e intentaba limpiarlas con el delantal; estaban amarillentas, más que eso, tenían un tono marrón oscuro que no conseguía limpiar con el mandil.

Volvió la vista atrás al notar una voz conocida.

Para su sorpresa, se encontró con la cara de Manuel.

Llegó su turno y, apoyando los codos sobre la pequeña repisa de la ventana, observó como el ayudante de caja buscaba el pequeño sobre marrón que contenía su paga, lo cogió, miró el importe y el nombre que figuraban fuera y firmó la nómina donde el muchacho le señalaba.

A la izquierda del portón de entrada de la fábrica, apoyando su cuerpo a las frías piedras de la pared, con un jersey azul marino posado sobre su hombro derecho, las mangas de la camisa remangadas y fumando un cigarrillo “Ideal”, Manuel esperaba.

Él sabía que Aurora no era de las que tenía prisa por salir, había notado que lo hacía normalmente de las últimas.

Ese dato, le dio seguridad. De ese modo, serían menos los compañeros que se fijaran en ellos.

La noche acompañaba la posibilidad de un paseo. Un cielo cubierto de estrellas que escoltaban a la luna, llena y esplendorosa, formarían junto a él un excelente plantel para su cortejo.

Con lo que no contaba Manuel, era con la compañía de Lola.

Escuchó como ambas se acercaban platicando.

Por un momento, estuvo a punto de echar a andar y cejar de su empeño.

Pero las ganas de hablar con ella, de saber de ella, de ver su sonrisa, de sentir la mirada de esos ojos claros y brillantes, pudo más que la vergüenza y, cuando salió, la abordó tal y como tenía pensado.

—Buenas noches, guapas.

—Anda y tú ¿Qué haces aquí?, — le preguntó, sorprendida, Lola.

—Pues, ya ves, de espera.

—¿Sí? Y... ¿a quién esperas, si se puede saber?

—A Aurora.

Aurora miró boquiabierta a su compañera y esta sonrió con sorna, observando a su amiga.

—Pues... nada. Aquí tienes a la chavaluca.

Yo me voy, que tengo prisa. Guapina, mañana te veo.

Sobre las doce pasaré por tu casa. O... bueno ¿Por qué no quedamos antes y vamos juntas al mercado?

Ya sabes todo lo que tienes que contarme; sí, mujer.

.. lo de tu hermano. A las diez donde todos los días. Te espero.

Lola pronunciaba aquellas palabras irónicas, entre sonrisas y guiños. A la vez, lentamente, echaba a andar intentando guardar las distancias con ellos lo antes posible.

Manuel, consciente del favor que la chica le hacía, agradeció con un gesto disimulado el detalle.

—Pero... a ti... ¿quién te ha dicho que me esperes? ¿Y si tengo alguna cita?

—Pues la despachas y te quedas conmigo.

—¡Mírale, oye! Pues sí que eres un chulito. O sea ¿Que yo dejo lo que tengo y me voy de paseo con el señorito, ¿no?

—¿Y por qué no? Además, no te hagas la estirada que estás deseándolo tanto como yo.

O, ¿qué crees, que no he visto como me miras en el taller?

Igual que yo a ti, ¿eh? No pienses que no.

Venga, mujer, déjame que te acompañe. Te invito a un bocadillo de rabas, se dónde los ponen riquísimos. ¿Tienes hambre?

—¡Si supieras cuánto! no me invitarías. No he probado bocado desde esta mañana.

Enfilaron la calle Alta y bajaron por Héroes del Alcázar. Al llegar a la calle Burgos, atravesaron uno de los callejones que conducían a San Luis. Allí, un pequeño mesón, concurrido y animado, fue testigo de la primera cita que Aurora tuvo con Manuel.