Aromas de tabaco y caos Capítulo 8
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Capítulo 8

Ya comenzaban a notarse los calores del verano y los talleres se convertían en hornos donde las mujeres no paraban de elaborar.

Sus cuerpos comenzaban a despojarse de ropas y mangas que durante nueve largos meses llevaban puestas.

Se desprendían de los mantones y chaquetas que en invierno utilizaban y remangaban sus camisas intentando sofocar el calor.

Pero el trabajo continuaba. Los rayos del sol que se colaban a través de las ventanas, situadas en lo alto de las paredes de algunos talleres, alegraban en gran medida la jornada y, en muchas ocasiones, hacían que la hilaridad de todas aquellas jóvenes trabajadoras fuera más patente.

Se agradecía la luz natural de aquellos meses, los cuales, lógicamente, nada tenían que ver con las largas tardes de invierno, cuando la oscuridad exterior, unida al sonido casi constante de la lluvia, proporcionaba a la plantilla, sin ellas querer, un carácter más seco.

Aunque en invierno también se producía, era en la época estival, sobre todo, cuando las mujeres, casi a diario, acompañaban su trabajo con cánticos.

Bastaba con que una entonara alguna nota de.

..”La Bien Pagá”, “La Revoltosa”, “Ojos Negros” o cualquier otra canción popular, la que sonara más en ese momento en la radio, para que el resto acompañara a la incitadora.

El taller se transformaba por un rato en un enorme escenario donde un coro perfectamente acompasado y animado distraía al resto de la fábrica con sus sones.

Así pasaban la jornada, sin cesar de elaborar ni un solo momento, pero siempre alegres y en su puesto.

Bien era cierto que a algunas el trabajo les apagaba la pena o la preocupación que pudieran tener fuera.

Se comentaban sus alegrías y sus tristezas.

Se ayudaban sin esperar nada a cambio. Siempre que alguna necesitaba de otra, la tenía al lado.

Formaban una gran familia, un gran equipo, no solo de trabajo, sino humano, donde las penas eran consoladas y las alegrías celebradas.

A medida que iban apareciendo máquinas nuevas, se iban incorporando a la fábrica más hombres.

Estos desempeñaban trabajos de mecánicos, albañiles, carpinteros; distintas profesiones que eran necesarias para acondicionar las diferentes salas de trabajo y mantener el buen funcionamiento de la maquinaria.

Aquello, evidentemente, era necesario, aunque iba en detrimento del proceso manual que hasta entonces había sido mayoritario.

Eso era algo que a las mujeres no les parecía del todo mal, había que estar con los tiempos y modernizar la fábrica.

Lo que no les resultaba agradable era la diferencia de salarios.

Ellas eran las que soportaban el peso de la producción, las que llevaban las riendas de su máquina, las que levantaban cada día aquella empresa y, sin embargo, sabían que sus salarios eran la mitad que los de los hombres; si un mecánico de segunda cobraba catorce pesetas al día, una operaria de primera recibía siete con cincuenta y, si bien era lo que había, no solamente en su fábrica, sino en otras muchas, siempre que tenían ocasión intentaban reivindicar aquella situación; aunque de nada les servía la queja.

La entrada en la factoría de chicos resultaba cada vez menos novedosa.

Aunque siempre hubo alguno, comenzaban a ser un grupo numeroso.

Pero la fábrica seguía siendo mayoritariamente femenina y las mujeres, apoyadas unas con otras, bromeaban e intentaban amedrentar a los jóvenes recién llegados.

Los hombres aguantaban pacientemente los comentarios que a voz en grito las cigarreras les propinaban cuando atravesaban algún taller.

Siempre, eso sí, en modo cariñoso pero, de alguna manera, haciendo notar que aquellas paredes estaban llenas de hormonas femeninas y que sus poseedoras estaban dispuestas a luchar y pelear por sus puestos de trabajo y por todo aquello que pudieran considerar una injusticia.

No obstante, aquello formaba parte de su juego, era otra manera de entretener la jornada.

Los requiebros que las mujeres propinaban eran más propios de ser escuchados en boca de los muchachos al piropear a las chicas por la calle pero, en la fábrica, al ser éstas mayoría, a viva voz y sin reparos, agasajaban a todos y cada uno de ellos en cuanto se ponían a tiro.

El blanco de sus miradas y de sus lindezas eran los cuerpos de aquellos muchachos que, con rostros amilanados, por allí aparecían.

Los más antiguos, conocedores de aquella “tradición”, en broma, y sabiendo lo que les esperaba, mandaban a los mozos atravesar un taller con la excusa de recoger o buscar algo.

Al entrar y sentirse el centro de todas las miradas y el objeto de los piropos, sorprendidos y en algunos casos asustados, bajaban la cabeza y, corriendo, cumplían el encargo.

Mientras, sus propios compañeros reían abiertamente la broma propinada por las cigarreras.

—¡Pero mira que niñuco nuevo tenemos!

—¡Si parece un pinceluco! ¡Vaya ojos... moreno!

—¡Guapetón!

—¡Dejadme sola, que voy! ¡Si me miras me derrito del sofoco que me cojo!

Frases de este tipo, ponían la cara colorada a los jóvenes y, salvo que fueran un poco chulillos, jamás rechistaban ni contestaban a las mujeres.

Aurora no podía evitar reírse como todas, pero le daba pena de ellos. El rato que pasaban era sobrecogedor para los chicos y tenían que soportar aquello durante al menos los dos o tres primeros días.

Aquella tarde de finales de mayo, Aurora estaba absorta en su trabajo. Inmersa en sus pensamientos, iba desvenando cuidadosa y esmeradamente las hojas de tabaco.

El revuelto se adueñó del taller, comenzaron los cuchicheos y, en un momento, resonaron las frases aduladoras y las risas. La mujer levantó la vista y vio como un joven rubio de ojos claros acababa de entrar tirando de una carretilla llena de manillas de tabaco.

El hombre se acercó al lugar destinado y descargó las hojas.

Al volverse, sus ojos se clavaron en los de la chica que, lejos de sonrojarse, le devolvió la mirada aguantando el gesto hasta que él se dio la vuelta y salió de la sala de desvenado.

Todo esto, entre piropos y frases provocativas que iban dirigidas al chaval, quién pareció no escuchar ni una sola de las palabras que le fueron propinadas.

Aurora continuó mirando hasta que, al doblar la esquina, lo perdió de vista. Inés, sentada a la izquierda de la muchacha, se había dado cuenta perfectamente de las miradas que ambos se habían propinado. Acercó su cuerpo al de ella y, sin dejar su trabajo, le dijo:

—Es el hijo de la Lupe. La que se jubiló el año pasado.

Tiene fama de mujeriego —le indicó acercándose aún más— Creo que estuvo fuera de España.

Se marchó con su tío al terminar la guerra; era un niñuco.

Me encontré a la Lupe el otro día y me lo contó.

La mujer estaba como loca de contenta con que el chaval pudiera trabajar en la fábrica.

Me dijo que donde estuvo estudió mecánica y que se le dan muy bien los coches, pero.

.. bueno, ya sabes también como era, un poco fanfarrona.

Lo suyo, hija, con eso de tener un hermano rico, siempre era lo mejor.

—Y... ¿cómo dices que se llama?, dijo Aurora.

—No lo he dicho, pero... se llama Manuel. Ahora, también te digo... ¡ojo al manojo! que... menudo pájaro está hecho el chavaluco, ¿eh?

Aurora miró a Inés, sonrió y continuó desprendiendo venas con destreza.

No lo podía negar; el tal Manuel le había gustado.

Lo notó seguro. No se había incomodado con las flores que sus compañeras le habían dedicado, como hacían la mayoría de los hombres y, sobre todo, sus ojos, esos ojos verdes que lucían cual faroles fuesen.

Esos ojos verdes la cegaron, la encandilaron sin ella darse cuenta.

Terminada la jornada, Aurora recogió su puesto de trabajo. Agarró su pequeña bolsa personal y se dirigió tranquilamente a la salida. Se había entretenido en exceso, como siempre, y ya la fila del registro estaba muy menguada.

A medida que se acercaba a la puerta, notó cómo alguien se incorporaba al pasillo desde el taller de mantenimiento.

Sin saber quién era, ya que no quiso volverse a mirar, notó cómo se colocaba a su espalda.

Al instante, sintió que susurraban en su oído: “Hola, guapa”.

Aurora volvió la cabeza hacia el lado de donde provenían aquellas palabras y se encontró con que no había nadie.

Rápidamente, la giró hacia el otro lado y casi rozó su cara con la del muchacho.

—¿Qué pasa? ¿Te gusta jugar? — dijo la chica, coqueta y vivamente.

—¿A ti no? — contestó Manuel, mientras le guiñaba el ojo.

A lo lejos, Sagrario les hacía señas con las manos para que avivaran el paso a la vez que les gritaba:

—¡Venga, aligerando! ¡Qué!... ¿pensáis quedaros aquí a dormir o qué? Y tú, chico, el nuevo, ¡a la fila de los hombres!

—Ya vamos mujer, ¡Qué prisas! Otros días bien que nos haces esperar — le contestó Aurora mientras se acercaba.

—Bueno, Manuel... ¿Te gustó el trabajo o acaso te han gustado más las trabajadoras?

—Me quedo con lo segundo, Sagrario. ¡Hasta mañana!

—¡Adiós, guapo! — le contestó la portera

Ya en el patio, Manuel seguía con la mirada a la chica, quien pausadamente se dirigía al vestuario.

Su caminar cansino no dejaba de ser sugerente y acompasado.

La muchacha, consciente de que era observada, se mantenía erguida y su boca iba dibujando sobre su rostro una gran sonrisa.

Ella, antes de entrar al pequeño portal, sin mirarle, sin volverse, le deseó buenas noches.