Capítulo 4
Laura estaba sentada en la cocina, esperando a que Adela terminara de arreglarse. No sabía muy bien por qué, pero siempre tenía que esperar a su hermana.
—¿Quieres darte prisa? A este paso, cuando lleguemos a la plazuca, ya estará cerrada.
—Ya voy, mujer. Es que no sé que ponerme. Si voy muy arreglada, la señora pensará que no necesito el trabajo, y si voy... digamos que... bueno de otra manera... ¡Vamos, que no quiero dar pena, hombre!
—Pero si ahora solo vamos a hablar con el Fonso ¿Qué más te da?
—Nunca se sabe. Imagina que lo mismo el Fonso ese resulta un buen partido, hija.
Esa fue la contestación que Adela iba dando a su hermana mientras se presentaba en la cocina, ya preparada y con el bolso colgado de su brazo.
Las dos descendieron la Calle del Sol y enfilaron Tetuán.
Al subir por Barrio Camino, los tacones de Adela se iban clavando entre los adoquines de la calle.
La cuesta, endemoniadamente empinada, provocaba un pequeño ahogo en las muchachas a medida que ascendían.
Laura aceleraba el paso e intentaba marcar el ritmo a su hermana, pero no lo conseguía. Esta continuaba a la misma velocidad.
—¡Date un poco de prisa! ¿Quién te mandó poner esos zapatos? Vas a terminar rompiendo los tacones, ¡vamos! — le gritó Laura, que iba por delante de ella.
Mientras, Adela intentaba correr sin caerse de los altos soportes que tenían los zapatos elegidos para la ocasión.
—¡Joder, hija! ¡Qué pindia es esta puñetera cuesta!
No conocían la plaza, a pesar de la cercanía y de las veces que su madre les había hablado de ella.
Al entrar, les resultó recogida y coqueta.
Siguieron las instrucciones que su hermana les había dado y no les costó mucho encontrar el puesto de Fonso.
Sin apenas esfuerzo, se presentaron delante del frutero.
—Buenos días... ¿Fonso?
—Sí, efectivamente. Ese soy yo. Y... estas dos chavalucas tan guapas... ¿qué quieren de un hombre como yo?
Fonso resultó ser un joven apuesto, repeinado y de buen ver.
Su aspecto rudo contrastaba con el timbre de su voz, la cual, cantarina en demasía, le daba un aire muy santanderino.
Al contrario que su hermana Dulce, este había perdido el deje del interior de la provincia.
Quizá los años que llevaba en la ciudad habían refinado dicho acento.
El atuendo que vestía era el apropiado para cualquier buen tendero.
Consistía en un mandil blanco como la leche y, bajo el mismo, una bata azul añil recién estrenada.
Se notaba que lo estaba, porque conservaba intactos aún los dobleces en la misma y el brillo en su tejido, señal de que aún no había sido lavada.
—Somos Adela y Laura, las hermanas de Aurora. Ella es compañera de tu hermana en la Tabacalera y la dijo que conocías una casa por aquí cerca, en la que buscaban cocinera y niñera.
—¡Ah, eso! ¡Qué pena! Pensé que acababa de encontrar dos novias por falta de una.
—¿Es que no tienes? — se apresuró a preguntar Laura.
Adela le dio un codazo que hizo que esta soltara un grito de dolor. Fonso sonrió al darse cuenta del gesto y, sin contestar a la pregunta de la muchacha, continuó la conversación.
—¡Ah, vaya!... es eso. Bien, pues sí, así es.
El otro día, Doña Marcela me dijo que si conocía a alguna muchacha dispuesta y servicial.
Por eso se lo comenté a mi hermana. Parece una buena casa, al menos a mí me hacen un gasto extraordinario y, cuando me acerco a llevar el pedido, la pinta que tiene no está nada mal.
—Y... ¿sabes qué podemos hacer para ponernos al habla con ella? O... nos dices dónde es la casa y nos acercamos. No sé...
—No hay problema. Esta es gente de mucho dinero y tienen teléfono y todo. La Doña me dejó el número apuntado por si acaso.
Fonso sacó una pequeña libreta del bolsillo de la bata y buscó entre sus diminutas páginas.
—Sí. ¡Aquí está! Casa de los Faz de Trebyllente. Sí, este es. Llamar a este número. Preguntáis por Doña Marcela y la decís que os mando yo. Ella os indicará.
—Muchas gracias. Oye Fonso, tú crees... ¿qué ya habrán encontrado a alguna...?
—No, ¡qué va! No ves que sigue viniendo la Doña al mercado. Esa, en cuanto entre la cocinera por la puerta... no vuelve a pisar la plazuca. Tranquilas. Bueno, espero veros pronto con el uniforme de cuadros.
Las dos muchachas se dieron la vuelta y salieron sonrientes.
Ambas giraron la cabeza hacia la derecha y levantaron levemente su brazo; a la vez, dejaron caer sus párpados, despidiéndose de Fonso con una sonrisa provocativa y picarona.
Él, embobado, admiraba el contoneo de sus cuerpos e intentaba ver, al trasluz, la silueta de sus piernas.
Bajaban contentas a rabiar. En lugar de tomar Barrio Camino, decidieron bordear el mercado y hacerlo por Canalejas.
Ya que estaban por allí, saludarían a Sor Pilar en las Bernardas.
Tal y como su madre les había pedido, saludarían a la religiosa y le pondrían al corriente del posible trabajo.
La monja era una persona conocida y querida en la zona.
Siempre dispuesta a colaborar, en cuanto las chicas le contaron el motivo de su visita, no dudó un momento en ofrecer su ayuda y se puso a ello.
Escribió una carta de recomendación que no podía ser más convincente.
En ella, relataba con pelos y señales la vida de las muchachas; al menos, la parte bondadosa y educada que ella conocía.
Casi tres folios de verborrea que ambas calificaron de excesiva pero que, dado el puño por quien iba manuscrita, consideraron muy positiva.
Ellas carecían de otro tipo de informes y por todo el mundo era conocido que trabajar en una casa como aquella conllevaba la presentación de, al menos, un par de buenas recomendaciones.
Ya cerca de su casa, buscaron un teléfono para realizar la llamada. Quizá la hora de la comida no era la más indicada, pero tenían ganas de dejarlo resuelto. Al día siguiente era festivo, y ese sí que no era buen momento para hacerlo.
El teléfono sonó incesantemente durante un rato. Marcela andaba ocupada recogiendo los enseres de la comida. Además, acababa de acostar a las pequeñas para su siesta y en la casa se respiraba un silencio absoluto.
El timbre del aparato molestó en gran medida al señor y, en vista del resonar constante, decidió contestar él mismo la llamada.
—¡Dígame!
—Buenos días, ¿es la casa de Los Faz de Trebyllente?
—¡Serán buenas tardes y...! ¡No! esta es la casa de... ¡Los Señores Faz de Trebyllente!, ¿queda claro?
—Sí... señor. Verá, yo quería hablar con Doña Marcela.
—¡A ver! Manténgase al aparato. No sé dónde se ha metido esta condenada mujer — refunfuñaba el hombre mientras se alejaba del teléfono.
—Sí, sí... ¡Cómo no!, sin problema, yo... espero — contestó Adela, aunque al otro lado ya no había nadie que la escuchara.
El hombre, molesto por la interrupción y más aún por tener que haber contestado él mismo al teléfono, se acercó a las escaleras que daban paso a la cocina y, desde allí, propinó un grito a Marcela que le hizo plantarse frente a él en menos de un segundo.
—¡Coja el aparato! Una mujer pregunta por usted y... ¡A ver si estamos más atentas! He tenido que contestar yo mismo.
—Lo siento, don Nicanor. No volverá a suceder.
La mujer se acercó al teléfono y lo cogió con reparo. En voz muy baja, preguntó a su interlocutor.
—Diga, soy Marcela, ¿quién pregunta?
—Buenos días... digo, tardes. Buenas tardes. Soy Adela Guzmán, llamo de parte de Fonso, el tendero de la plazuca de Miranda. Era para el trabajo de cocinera y de niñera, tengo una hermana también y las dos estamos interesadas.
—Ah, muy bien. Pues si os parece... esperad un momento.
Marcela posó el teléfono y se dirigió al salón. Doña Fátima estaba tomando un café junto a la ventana, mientras ojeaba una revista.
—Doña Fátima, tengo al teléfono a una chica que está interesada en el trabajo. Bueno, a decir verdad, dos. Una para cocinera y otra para niñera.
—¡Estupendo! Ya era hora, pensé que no íbamos a encontrar servicio en esta ciudad, ¡Dios mío! —contestó la mujer a la vez que hacía gestos cansinos con las manos y con la cabeza.
—¿Estaría de acuerdo usted en recibirlas esta tarde?
—Sí, ¿cómo no? A ver si tenemos suerte y nos sirven. Así nos quitamos del medio este problema. Dígalas que vengan hoy a las seis de la tarde. ¡Ah, Marcela! —advirtió Fátima a la mujer cuando esta ya salía del salón— Deje bien claro que las veré a las seis. Ni un minuto más tarde.
Marcela, satisfecha, retomó la conversación con Adela.
—Oiga... ¿Me escucha?... ¿Cómo me dijo que era su nombre?
—Adela, señora, Adela Guzmán.
—Bien, Adela Guzmán, esta tarde, a las seis en punto, usted y su hermana serán recibidas por la señora Faz de Trebyllente. ¡A las seis en punto!
—De acuerdo, gracias, allí estaremos sin falta. ¡Perdone, perdone! ¿Podría decirme la dirección?
—¡Por supuesto! El chalet está en el paseo de Pérez Galdós, frente al Hotel Real. Tiene una torre alta cuadrada y otra redonda. Ustedes llamen por la puerta que da a la torre redonda. Es la puerta de servicio.
—Sí, ya sé cuál es, lo conozco. Gracias, hasta luego.
Conocían a la perfección la casa a la que debían ir para la entrevista.
Era de una familia de las de “toda la vida”, como se solía decir.
Pero según los comentarios que circularon tiempo atrás por la ciudad, durante la guerra había cambiado de manos.
Se rumoreaba que la familia anterior, muy afín al régimen, la había donado a la causa falangista.
La familia Faz de Trebyllente era poseedora de una de las mayores fortunas del país.
Aunque la señora también era conocida por sus desplantes y malos modos con el servicio, a Laura y a Adela no les importó lo más mínimo.
Ellas necesitaban el trabajo y, además, si los puestos eran para “fijas”, como así les habían informado, mejor todavía.
La puerta de entrada de servicio se abrió al instante de hacer sonar el timbre.
Tras ella no apareció nadie. Al fondo del camino por el que debían transcurrir, se podía ver a una mujer ya mayor, enfundada en un vestido negro con los cuellos y puños blancos, que las esperaba con los brazos cruzados y mal gesto en el semblante. Era Marcela, el ama de llaves.
—Sois Adela y Laura Guzmán, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Debéis saber que os recibo porque Fonso me ha hablado muy bien de vosotras.
Como es lógico, después de vuestra llamada me puse en contacto con él.
Por lo tanto, solo espero que, en caso de que la señora os acepte, nunca tenga que poner al muchacho la cara colorada por vuestra culpa.
Ahora, sentaos ahí, voy a avisar a Doña Fátima.
Pasadas dos horas, entre la espera y las entrevistas, las dos muchachas salían entusiasmadas de la casa.
Marcela les había dado una dirección a donde debían ir a probarse sus uniformes y las había instruido sobre su trabajo.
En tres días, estarían trabajando en la casa.
Laura como cocinera y Adela como niñera.
Tal y como les informaron, ambas deberían permanecer en la casa continuamente.
Librarían los domingos por la tarde. El ama de llaves les había mostrado sus habitaciones.
Laura dormiría en la parte de abajo de la casa, con ella.
Adela, en la zona de arriba, junto a las habitaciones de los niños.
Su cuarto era pequeñito, no tenía ventana, pero era mucho más caliente que la habitación fría y sobria que Laura iba a compartir con el ama de llaves.