Capítulo 3
A lo lejos, Aurora divisó la silueta de Lola. Allí estaba su compañera. Como siempre, con los cuellos del abrigo subidos y el pañuelo de flores que ella misma le había regalado en su último cumpleaños cubriendo su cabeza.
La muchacha estaba apoyada en la pared del Popular Victoria.
Aquello le pareció extraño. Ella siempre estaba erguida; distante de la misma y observando atentamente los carteles de las películas que se proyectaban en aquella sala.
Lola era una apasionada del cine y, los lunes principalmente, le contaba con todo lujo de detalles el argumento, los vestidos, las frases, las imágenes y todo lo que tenía que ver con la película, que el día anterior había visto.
Tanta explicación daba que Aurora, muchas veces, si tenía intención de ver aquel film, le rogaba que no le contara absolutamente nada sobre el mismo.
Aurora, a medida que se acercaba a su amiga, la iba notando triste y decaída.
—Hola, guapina, ¿Qué tal estás? ¿Qué te pasó?
—Imagina... lo perdí.
—¡Qué dices! Y... ¿eso?
—No sé. Bueno tal vez sea mejor así. Bien pensao no era el momento de tener un crío. Además, el Paco no estaba muy ilusionao con la idea y, más que otra cosa, solo me hacía reproches sobre ello.
—Bueno, lo siento de todos modos. Yo sé que a ti... sí te hacía, ¿verdad?
—Sí. Pero... no importa. Ahora estoy bien, ¡Hala, vamos, que llegamos tarde y solo me faltaba eso!
Las dos mujeres caminaban a buen ritmo. No les gustaba llegar con el tiempo justo.
Subiendo Ruamayor se encontraron con otras compañeras que se incorporaban por la Rampa Sotileza, por la Cuesta del Hospital o por Garmendia.
Muchas iban acompañadas por algún hombre de su familia que, dada la hora temprana, protegían de alguna manera a sus mujeres.
De ellos, a medida que se acercaban a la puerta, se iban despidiendo.
Todas juntas, en tertulia a pesar del madrugón, comentaban la jornada anterior y se interesaban unas con otras por la salud de padres, hermanos, hijos y demás ya que, al ser tantas, siempre había alguien enfermo o algo que contar.
La algarabía iba en aumento según se acercaban a la fábrica.
Arremolinadas en la puerta, esperando su apertura, el portón de madera se abría siempre a la misma hora y así permanecía durante escasos minutos.
Transcurrido el tiempo oficial de entrada, aquel maravilloso acceso de madera, que ya soportaba casi trescientos años, quedaba cerrado de nuevo.
Durante el resto de la jornada, solo se mantenía abierta la cancela incrustada en la hoja derecha del portón.
Con la llegada del buen tiempo, las flores que adornaban la pequeña fuente del patio comenzaban a despuntar. Los capullos de rosas estaban a punto de aflorar y Soledad ya llevaba días ocupándose de su cuidado.
—¡Ay, hija! enseguida alguna... podrá colocar las rosas en la mesa del Ingeniero Jefe, se decían unas a otras entre risas y codazos.
Por todas era sabido que, cada mañana, Soledad, una de las porteras de registro, escogía las mejores y se las ponía en su despacho antes de que este llegara.
Las que quitaba de su mesa, se las colocaba a otro ingeniero de menor rango y, así, iban rotando de mesa en mesa los pequeños floreros hasta que llegaba al último de los oficiales de segunda.
Aquello era motivo de burla entre las operarias.
No estaba bien vista la servidumbre en las compañeras.
Eran conscientes de que venían a trabajar y lo hacían a destajo si era necesario cuando la producción lo requería, sin queja ni demora.
Pero no eran de su agrado los peloteos y pantomimas de algunas con los superiores.
Dado el puesto que ocupaba Soledad, nadie a su cara le decía nada.
Ser portera de registro no daba lugar a bromas.
Pero lo que no podía evitar, por más que quisiera, eran los comentarios y mofas de las cigarreras a sus espaldas.
De hecho, aquello le valió el mote de “La Dulce Espina”, ya que su manera de ser cuando se dirigía a ellos le hacía parecer refinada en demasía; al contrario que el trato propinado a las trabajadoras, que era recio y en exceso severo.
Mientras se despojaban de su ropa de calle y se colocaban la falda, la camisa y el mandil del uniforme de trabajo, Aurora escuchó a Dulce, “La Huevera”, cómo contaba que su hermano le había dicho que corriera la voz porque la Familia Faz de Trebyllente se había instalado definitivamente en Santander y buscaban niñera y cocinera.
Aurora pensó en sus hermanas, quizás allí quisieran trabajar. A la vez que iba colocándose el mantón sobre los hombros, procuró ponerse al lado de Dulce. Intentaría sacar algo más de información sobre lo que había escuchado.
—¡Dulce!... ¡Espera!
—Dime, Auroruca... ¿Qué quieres?
—Te he oído lo de la familia esa que busca chicas de servicio.
—¡Ah, sí!, es una familia mu buena, a mi hermanu se lo ha comentau el ama llaves. Por lo visto, llevaban muchos años en Madrí, pero ahora, al paecer , se vienen pacá .
—Es que... verás. Yo tengo dos hermanas que no tienen trabajo y lo mismo... las iba bien.
—¿Sí? Pos ... dilas que se pasen por el puestuco de mi hermanu , en la plazuca de Miranda, es el de verduras que hay ná más entrar pa la derecha, se llama Fonsu y él les pué informar.
—Gracias, Dulce, luego se lo digo, sin falta.
—¡Oye! esta es gente mu mu fina ehh. A ver... qué van a hacer tus hermanas.
—No te preocupes, mujer, que no vamos a dejar mal al Fonso.
—Ah por ciertu . ¿Cuántas docenas te traigu ? Mañana hacen el viaje pa la Esperanza y me van a dejar las que pida.
—Pues, tres. Pide tres. Ahora se lo digo a Dolores por si quiere alguna.
Aurora recogió sus cosas y bajo deprisa las escaleras del vestuario.
Ya en el patio, se paró delante de la ventana de uno de los despachos que daban al mismo, intentando ver el reflejo de su cabeza.
Allí se agarró una coleta y la metió bajo la pequeña gorra de color gris que mantenía aquella melena escondida.
Trabajaba más fresca, y con ella evitaba que el cabello cayera sobre su cara.
Además, formaba parte del uniforme y era obligatorio ponerla.
—¡Aurora! ¿Se puede saber qué haces?
—Nada, Don Pío, solo me colocaba la gorruca.
—¡Pues venga, tira!, que parece que estás fisgando por la ventana.
Don Pío, siempre en su puesto y atento a cualquier incidencia, permanecía entre la portería y el patio.
Mientras las mujeres iban accediendo poco a poco al interior, él iba dando vueltas de un lado a otro hasta que todas ellas estaban dentro.
Era un buen hombre, un poco cotilla y con un carácter endemoniado, pero Aurora, al igual de sus compañeras, estaba segura de que era una coraza que se ponía al entrar por la puerta para evitar que descubrieran al verdadero Pío.
Fuera de allí, era conocido por estar siempre dispuesto a ayudar a cualquiera que se lo pidiese.
Aunque él lo ignoraba, la plantilla conocía que dispensaba todo tipo de favores que, en muchas ocasiones, vecinos y amigos le solicitaban.
Aurora recordó, en ese momento, el primer día que había llegado.
El Portero Mayor llamó a Tina. Una mujer alta y muy delgada, seca y dura en sus formas y en sus hechos.
Las manos largas y huesudas de aquella señora pusieron sobre las suyas dos faldas, dos blusas y una gorra.
Sobre aquel vestuario, colocó una pequeña chapa.
—De un tablón a otro tienes que ponerla. Es el registro. No lo olvides o estarás fuera — le dijo.
Aurora no entendió ni media palabra. Ahora, bien sabía lo que aquello significaba.
Antes de pasar al interior de la fábrica, en la portería, las mujeres aguardaban la cola como todos los días para proceder al cambio de chapa.
Afortunadamente no había que buscarla. Cada una tenía su lugar.
Instintivamente, la agarraban sin apenas pararse a mirar el número que en ella figuraba, porque sabían de sobra donde estaba colocada cada una y, asiéndola sin mayor cuidado, la cambiaban de tablón.
Con ello indicaban que estaban presentes.
El 308 figuraba en la suya. Una chapa de metal, no más grande que una moneda de diez duros, con el número grabado, pintado de negro, y con un pequeño agujero sobre el cero, por donde debía colgarla.
Todas y cada una de las personas que allí trabajaban tenían la suya.
El número asignado era su distintivo a todos los efectos.
La mañana iba pasando sin mayores apuros.
Aurora trabajaba en el departamento de desvenado.
Allí, su rancho era considerado de los mejores y las hojas que ellas trabajaban formaban parte siempre de las destinadas a capa para los cigarros superiores manuales.
Su trabajo, aunque aparentemente sencillo, consistía en deshacer la manilla de hojas de tabaco, las cuales, una vez húmedas, tenían que ser tratadas con mimo y esmero.
Después, se extraía de ellas la vena o nervio central de la hoja, proporcionando a la misma un aspecto limpio y libre de impurezas.
Las manos de las desvenadoras, al final de su jornada, presentaban un aspecto ennegrecido.
Sobre todo los dedos pulgar e índice, así como las yemas de los otros tres.
El roce constante con la hoja, a pesar de los dedales que se encargaban de proteger la parte de la uña, terminaban ensuciándose en exceso.
Aurora se acercó a los servicios cercanos al taller donde habitualmente Lola trabajaba.
Lo hizo a propósito, quería ver como se encontraba su compañera.
Al llegar a la puerta, vio a su amiga cargar la tolva de una de las máquinas nuevas.
Echó un vistazo rápido a su alrededor, para comprobar que no había a la vista ninguna maestra, y se acercó hacia ella.
—¿Por qué no has pedido ir al desvenado? Maruja no ha venido hoy y podías haber estado mejor allí. ¡Todavía estás débil!
—No importa. Estoy bien. ¿Qué vas, al baño?
—Sí, ¿Quieres que le diga...?
—¡No! Estoy bien. Además, aquí gano un poco más.
—Bueno. Luego nos vemos, guapina.
Aurora salió preocupada. La cara de Lola reflejaba cansancio y, además, advirtió en sus brazos unos morados que no le gustaron lo más mínimo.
Cuando la sirena tocó, las mujeres se acercaron a la fila de salida.
El registro lo hacía hoy Soledad. La portera se tomaba su tiempo en el mismo.
Inspeccionaba bolsillos y bolsas con celo.
Lo hacía adrede. Demoraba en exceso el ojeo y, a pesar de los gritos de algunas pidiendo aligeramiento, la mujer hacía oídos sordos y continuaba al ritmo que ella misma se marcaba.
Si aparecía Tina, conseguían que la fila fuera más rápida, ya que esta contaba de tres en tres o de cinco en cinco, según le venía en gana, y solo exploraba a la que tocaba.
Pero ese día no hubo suerte, tuvieron que aguantar la fila lo más tranquilamente posible.
Los trabajadores, hombre y mujeres, cada uno en su fila correspondiente, caminaban en silencio.
Estaban cansados de la jornada y hambrientos.
Pero en el momento que pasaban el registro echaban a correr como locos hacía los vestuarios, más valía no encontrarse en ese momento en el patio, pues podían llevarse por delante a cualquiera.
Como cada viernes, Aurora y Lola se acercaron a la Plaza de la Esperanza. Aprovechaban para hacer acopio de alimentos para la semana siguiente y, además, Aurora acostumbraba a saludar a su tía Engracia, que tenía un puesto de quesos y embutidos en el mercado.
—Hola, tía ¿Qué tal la abuela?
—Mal. Quiere verte. Que sepas que está muy maluca, ¿eh?
—Mañana sin falta iré a verla, díselo.
—Ya estamos en la casa nueva, ¿sabes la dirección?
—Sí. Me la diste hace unas semanas. No te preocupes, encontraré bien el portal.
Las dos muchachas compraron las cuatro cosas que necesitaban y salieron deprisa hacia el tranvía. Por los pelos consiguieron cogerlo. Una vez dentro, Aurora miró a Lola a los ojos y le preguntó:
—Te dio una paliza, ¿verdad? Por eso perdiste el niño, ¿no?
—¿De qué estás hablando? ¿Te has vuelto loca?
—Sí, loca, sabes de sobra lo que te estoy preguntando, ¿qué crees?... ¿Que no te conozco? ¿Que no sé lo que pasa? Ese tipo es un idiota al que tú estás manteniendo. ¡Por Dios, Lola! ¿No lo ves? Déjale de una vez. Por favor.
El silencio se hizo entre las dos. Lola bajó los ojos y calló. Aurora mantuvo firmemente la mirada en su amiga y prosiguió hablando.
—Sé lo que estoy diciendo, ¿qué crees? He visto tus brazos, están llenos de cardenales. Y... las piernas, las he visto antes, mientras te cambiabas. ¡Hasta una herida tienes en la rodilla!
—Bueno, ¿Quieres dejarlo ya? Cállate, te están oyendo. Me da vergüenza. Ya hablaremos en otro momento. El domingo quedamos, vamos a misa y...
—El domingo, el domingo quién sabe, igual el domingo estés en Valdecilla por una paliza aún mayor.
La conversación quedó zanjada. Bajaron del tranvía y se despidieron como siempre en Puertochico.
Solo había dado unos pasos cuando se cruzó con su madre.
Aurora aprovechó la oportunidad. Le comentó rápidamente que había una posibilidad de trabajo para sus hermanas en una buena casa.
Dulce, “La Huevera”, le había hablado de ello.
Le pidió, con sigilo, que la ayudara a decírselo a Laura y a la Adela.
Nunca sabía cómo podían reaccionar. Pero si era Carmen quien se lo decía, la cosa iría mucho mejor.
A ella la respetaban y no se atrevían a contestarla.
En alguna ocasión y por diversos motivos, sin importarle la edad de las muchachas, Carmen se había vuelto y “había sacado el remo”.
Les había arreado un buen bofetón tras recibir, de parte de ellas, alguna mala contestación.
Desde aquello, las chicas no osaban rechistar a su madre.