Aromas de tabaco y caos Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Aurora intentaba tirar de la casa, pero el peso era demasiado grande.

Ella tenía su sueldo, el cual, para los tiempos que corrían, no estaba mal, pero su buen esfuerzo le costaba conseguirlo.

Los madrugones, acompañados de frío y agua durante el trayecto diario, unido a las horas en la fábrica a destajo, le proporcionaban un salario que, en su mayoría, aportaba en casa.

Por eso, le molestaba ver cómo sus hermanas holgazaneaban continuamente mientras ella se levantaba a las cuatro y media de la mañana; semana sí, semana también, lloviera o hiciese calor para, zapateando, recorrerse medio Santander hasta llegar a su puesto de trabajo.

Tanto a Adela como a Laura les había ofrecido la oportunidad de ir con ella a trabajar.

En la fábrica preferían emplear a familiares de trabajadores y eso era una oportunidad.

Nada más tenía que dar sus nombres al Portero Mayor y, en el momento que hubiera vacantes, las llamarían.

Además, Aurora se llevaba bastante bien con Sagrario, una de las porteras de registro, quien a su vez era sobrina de Don Pío, el Portero Mayor, y seguramente se encargaría de hablar en su favor para que este diera preferencia a las muchachas cuando de la Inspección le preguntaran.

Pero no era necesario pedir ese favor. Ninguna de las dos chicas estaba por la labor, no mostraban ningún interés en trabajar como cigarreras.

Tenían muchos pájaros en la cabeza y... para qué decir otra cosa; eran un poco vagas.

Adela y Laura se conformaban con sustituir a su madre en las labores de rederas.

Un oficio mal pagado y duro, no tanto para ellas ya que se repartían las jornadas.

En lugar de bajar las dos a diario, lo hacían un día cada una.

Según las últimas noticias que tenían, en breve deberían desplazarse hasta el Barrio Pesquero.

Allí se iba a concentrar, cuando estuviera todo dispuesto, incluido un grupo importante de viviendas para los pescadores, todo lo referente a la pesca y, por supuesto, las rederas formaban parte importante de aquel grupo.

El anuncio les sentó como una bomba, estuvieron días quejándose sin parar.

Les incomodaba en gran manera aquel cambio de ubicación.

A ellas les gustaba más en la Dársena de Molnedo.

Allí podían sentir constantemente el trasiego de personas, incluso tontear sin ningún éxito con los señoritos que paseaban y que, en ocasiones, se acercaban a ver cómo desarrollaban su trabajo.

En esos momentos, las dos se sentían importantes y ofrecían a los observadores todo tipo de explicaciones, las cuales, en su mayoría, no se correspondían para nada con la realidad, pero el desconocimiento del oyente les animaba a seguir con la patraña.

Su cabeza iba más deprisa que ellas y, qué decir tiene, aún más su lengua, que se disparaba sin pensar en las palabras que iba a pronunciar.

Aurora suspiró descaradamente y abrió la puerta de la vivienda.

La discusión que mantenían sus hermanos en la cocina le hizo dirigirse a la habitación sin mediar palabra.

La estancia que compartía con sus hermanas no era muy grande.

Tres camas de hierro que Aurora había comprado a su vuelta a casa, dos mesitas de madera, un par de sillas y un armario de cuatro cuerpos que apenas dejaba espacio para desenvolverse con soltura era todo el equipamiento del que disponía dicha habitación.

Aurora añoraba el tiempo que había pasado en casa de su abuela, donde el simple hecho de disponer de su propia parcela era motivo suficiente para alegrarse.

Se quitó la ropa y se colocó la bata. Sobre la cama de Adela vio posadas unas medias que le resultaron familiares. Lucían, hacia la mitad, una hermosa carrera. Las agarró con rabia y se dirigió a la cocina con ellas.

—¡Adela!, ¿Por qué has cogido mis medias?

—¡Bueno... ya llegó la señorituca! — dijo Juanín.

—¿Quieres contestarme? — solicitó de nuevo Aurora.

Adela continuó fregando los cacharros y ni contestó ni se giró siquiera a mirar a su hermana. La chica volvió a la habitación y cerró la puerta de un portazo.

—¡Jolín, Adela! Encima de que se las coges y las rompes, vas y las dejas sobre la cama — le reprochó Laura.

—¡Que no hubiera venido tan pronto! Olvidé quitarlas de allí. Alodemás, no las dejé en su cama. Lo hice en la mía — Adela se volvió hacia Juan y le lanzó una sonrisa socarrona.

Aurora continuó en la habitación hasta que escuchó que los tres salían de casa. Volvió a la cocina y se preparó algo de comer. Tan generosos como siempre, apenas habían dejado cuatro alubias y un trozo de chorizo en la olla. Hizo una tortilla de patatas y esperó a su madre para comer con ella.

Después del almuerzo, la muchacha advirtió cómo el tiempo daba un giro repentino.

Algo lógico en su ciudad en esa época del año, pensó.

El cielo se llenó de nubes negras. Unos nubarrones que cubrían el sol y, con ello, daban paso a la penumbra.

La luz que la había acompañado durante su trayecto ahora había desaparecido, igual que lo había hecho el buen humor con el que ella había realizado el paseo.

En vista del tiempo, extendió sobre la mesa de la cocina el patrón del “Burda” que le había dejado una compañera y comenzó a marcar la tela con la que pensaba hacerse una falda.