Capítulo 2
Los peldaños de madera de aquella escalera blanquecina y desgastada por el uso, el estropajo y la arena de fregar, se habían convertido en su desahogo diario.
La pisada cada vez más aguda que Aurora infringía sobre ellos a medida que ascendía no era ni más ni menos que la consecuencia del enojo que le producía escuchar todos los días, nada más poner los pies en el portal, el sonido de los gritos de sus hermanos.
Juan, Adela y Laura. Ellos, siempre buscaban cualquier excusa para propinarse reproches constantemente.
—¡Como siempre! — exclamó.
Aurora era la mayor de los cuatro y, además de tener que trabajar duro, había cargado sobre sus hombros con todo tipo de responsabilidades.
Era el pilar de aquella casa donde los demás, en lugar de ayudar, en la mayoría de las ocasiones provocaban disgustos y sofoquinas que hacían sufrir a la joven.
Su naturaleza protectora y seria era incompatible con la de ellos.
No parecían de la misma familia. Sus formas, su físico y su trato eran diferentes, más propios de “otra clase” y así, un día tras otro, sus hermanos se lo reprochaban.
Los cuatro habitaban con su madre, que a pesar de no ser una mujer mayor, la vida y las condiciones en las que había trabajado desde niña habían hecho mella y habían ido causando problemas de salud que solventaba como podía.
Sus huesos estaban resentidos y frágiles.
Carmen, “La Manca”, siempre había sido una mujer trabajadora y fuerte, y aún lo era.
El apodo le venía dado por su abuelo. Un herrero al que unos forajidos sesgaron la mano izquierda, una mañana al negarse este a forjar sus caballos, cuando aún era un chiquillo.
A pesar de aquello, el hombre se las ingenió para fabricar una especie de puño articulado que sujetó a su muñón.
Ese “apaño” le permitió seguir trabajando en su oficio toda la vida, pero aquel suceso le proporcionó el sobrenombre, el cual había ido pasando de generación en generación hasta el día de hoy, pues también los hijos de Carmen recibían aquel apelativo.
Aunque, para su suerte, cada vez eran menos las personas que utilizaban el mote al dirigirse a ellos.
Los largos, húmedos y fríos inviernos del Cantábrico, habían calado en “La Manca”.
Los años no pasaban en balde y la mujer había ido perdiendo agilidad en sus manos.
Unos dedos totalmente anómalos, producto de la artrosis, no le permitían desarrollar su trabajo de redera con la misma agilidad y destreza que antes.
Este trabajo, desempeñado durante más de treinta años, había ido entumeciendo sus dedos y a la vez deformándolos.
Además, su espalda dolorida por la posición adoptada tanto tiempo, acompañada de la humedad constante que la cercanía del mar proporcionaba, no permitía a “La Manca” seguir sentada sobre aquella esterilla y colocarse encima de sus piernas la pesada red en una postura que, a medida que pasaba la jornada, iba encorvando su columna.
El gesto monótono y repetitivo de acercarse la red hasta sus manos y pasar la larga aguja con hilo entre las mallas de ambos extremos de la rotura era un trabajo para el que ya no estaba capacitada.
Cierto era que, a pesar de ser una dura faena, le proporcionaba libertad.
Al no estar sujeto a horarios y aunque el salario era variable dependiendo del rendimiento, si bien escaso, servía para ir comiendo y le permitía desarrollar otras labores.
Lo que sí continuaba haciendo Carmen “La Manca” era vender pescado.
Cada mañana, el mismo ritual. A las puertas de la almotacenía, después de escoger el género, enroscaba su pañuelo haciendo con él una especie de almohadilla, y lo colocaba en lo alto de su cabeza.
Luego, cogía el capacho del suelo con ambas manos y lo posaba en su rodilla derecha un instante mientras cambiaba la posición de sus manos.
A continuación, y de una sola vez, lo subía a su cabeza dejando libres ambos brazos que, “en jarras”, colocaba sobre sus abultadas caderas.
Soportaba aún con bravura el peso del pescado sobre su testa y recorría las calles de la ciudad ofreciendo a voz en grito su género:
—“¡Abajar, abajar...Lirios, sardinucas, bocartes, jargos! ¡Todo fresco! ¡Recién pescao ! ¡Venga niñuca! ¡Que lo tengo del día!”
Repetía incesantemente este pregón mientras caminaba por los barrios.
Así, día tras día, enfundada en su falda azul añil de grandes bolsillos, el pañuelo en pico sobre los hombros y sus alpargatas negras, la mujer había conseguido sacar a sus hijos adelante, ya que su marido se había embarcado años atrás en un pesquero que hizo escala en el puerto de Santander y nunca más se supo de él.
Lipe, su marido, con la excusa de que el jornal que le ofrecían era tres veces mayor al que tenía en ese momento, le planteó un buen día a Carmen que iba a embarcarse. “La Manca” se quedó con cuatro chiquillos casi recién paridos, como ella solía decir.
Además de ser redera y pescadera, la mujer se había dedicado durante años al estraperlo.
La escasez de alimentos obligaba a buscarse la vida y, a pesar de correr el riesgo de ser pillada, por las noches se arrimaba a los barcos y se procuraba cualquier tipo de mercancía que pudiera ser vendible.
Para evitar que la gente se enterase, ya que era muy conocida en la capital, se subía a primera hora en un tren y se acercaba por los pueblos de la provincia donde ya era esperada.
Solía vender sus productos a otras mujeres y estas, a su vez, lo revendían en poblaciones aún más alejadas.
Aquello no le llevaba mucho tiempo y le reportaba una parte importante de los ingresos que tenía.
También le permitía disponer de alimentos que, a modo de pago, le hacían en los pueblos ya que, además de la mercancía propia para el estraperlo, Carmen solía realizar algún que otro mandao en la ciudad.
Aquellos recados los ganaderos y agricultores los agradecían con un sinfín de productos; huevos, leche, carne, gallinas, tomates, verduras y todo aquello que fuera comestible.
En Santander, la mujer trapicheaba de nuevo con ello y ofrecía aquellos géneros obtenidos por sus servicios a sus vecinos del barrio, dejándoselos a buen precio.
Una superviviente nata era “La Manca”. Quizá la necesidad obliga a buscarse la vida o, quizás, el carácter forjado en parte a fuerza de palos le hizo desde niña ganarse las alubias.
Características estas que no habían heredado sus hijos.
Salvo Aurora, los otros tres no eran capaces de nada, solo de vaguear y protestar continuamente.
Juan era el segundo, el niño mimado. Tanto su madre como sus hermanas consentían en demasía al muchacho, conscientes del problema que este tenía.
La pena pudo con ellas y eso llevó al joven a una situación nada beneficiosa para él.
Durante la entrada de los nacionales en la ciudad, Juanín tuvo la mala suerte de toparse con una granada.
La chutó y su pierna tuvo que ser amputada a la altura de la rodilla.
Ahora, y amparado en aquel suceso, a lo único que se dedicaba era a pasear por el muelle y a tomar chiquitos con unos y otros, que en la mayoría de las ocasiones le invitaban para reírse de sus gracias y sus cánticos cuando el nivel de alcohol le hacía perder todo signo de vergüenza.
En más de una ocasión tuvieron que ir a buscarle a la tasca, bien porque su borrachera era tan fuerte que no le permitía tenerse sobre las muletas, o bien porque su boca provocadora y faltona había incitado la ira de algún compañero de barra que, harto de sus insultos, amenazaba con partirle la cara.
A pesar de los intentos de “La Manca” para que buscara un trabajo, este no se mostraba nunca dispuesto a ello.
Tiempo atrás, la mujer estuvo hablando con Tomás, el zapatero.
El hombre disponía de una clientela fija y buena y necesitaba de algún muchacho que le ayudara, sobre todo, con las entregas por Castelar, Reina Victoria y zonas cercanas, donde las familias adineradas de la ciudad que eran parte de su clientela vivían y a las cuales, a pesar de tener en su inmensa mayoría servicio, él personalmente entregaba a domicilio.
El buen hombre se comprometió a enseñarle todo lo que sabía sobre el oficio.
Su avanzada edad empezaba a dificultar su trabajo y confiaba en encontrar algún sucesor para el mismo; ya que, si bien el negocio no daba para hacerse rico, tenía la ventaja de ser autónomo y de no tener que soportar el mandato de nadie en el trabajo.
Juanín ni se molestó tan siquiera en ir a visitar a Tomás.
Pasaba por delante de la ventana de su bodega y lo saludaba como si tal cosa.
Se ofendió mucho cuando su madre le insinuó que él podía ser esa persona que el zapatero estaba buscando.
Era un trabajo cómodo y en un lugar caliente, además de que su discapacidad no era para nada incompatible con ese tipo de labor.
Pero Juanín no estaba dispuesto a ponerse a trabajar.
En lugar de eso, a lo que dedicaba el tiempo era a convertirse en un borracho que cuando entraba en casa con algún que otro chiquito de más, algo que ya era constante, se llevaba por delante todo aquello que encontraba a su paso y en más de una ocasión, aprovechando la ausencia de sus hermanas, le sacudía a su madre algún que otro “sopapo” a fin de que esta sacase de la faltriquera las pocas pesetas que tenía y se las entregara para sus vicios.