Aromas de tabaco y caos Capítulo 5
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Capítulo 5

Aurora sacó un bocadillo de sardinas que se había traído y lo comió en el vestuario. Con ello, ganaba tiempo. Al no ir a su casa a almorzar, podría dirigirse antes a visitar a su abuela; tal y como había prometido.

Doña Rita ya era mayor y, por la cara que puso Engracia, no debía de estar muy bien.

Sus achaques eran cada vez más continuos.

Además de la escasa fuerza que tenía en las piernas, las cuales hacía tiempo le habían dejado de responder, ahora había que ir añadiendo dolencias propias de la edad que agravaban su estado.

En ese momento, se le vino a la cabeza el comentario de su tía —“quiere hablar contigo”— ¡Qué raro!

Hasta ese momento no se había parado a pensar en ello.

Igual quiere dejarme la herencia, pensó mientras sonreía.

Recogió el uniforme de trabajo y lo metió en la bolsa de tela que ella misma había confeccionado.

No le quedaba más remedio que cargar con ello.

Con el fin de semana, tocaba lavarlo. Podría aguantar otra semana, muchas lo hacían, pero ella prefería darle un agua.

El roce de las hojas húmedas de tabaco ensuciaba e iba formando una pequeña capa que, con el paso de las horas, al secarse, formaba una fina costra que la molestaba al tacto y a la vista.

Además, el olor impregnado en las prendas se hacía más intenso con el paso de los días.

Aunque ella, a estas alturas, ya había conseguido acostumbrarse al aroma intenso del tabaco mojado que al principio raspaba su garganta como una lija.

Habituada al recorrido diario hasta su casa, el trayecto hacia donde su abuela le resultó un paseo.

En apenas quince minutos estaba en el Grupo Pereda.

Se detuvo un momento frente al edificio donde vivía su familia y se aseguró de que fuera la dirección correcta.

Admiró el inmueble; el aspecto que ofrecía nada tenía que ver con su casa.

La fachada blanca y reluciente, las ventanas adornadas con flores que comenzaban a brotar y los portales, más amplios y claros que los antiguos, resultaban agradables a la vista de Aurora.

Tuvo que llamar dos veces a la puerta. Su tía Juana abrió. Le indicó silencio, poniendo el dedo índice sobre los labios.

—Está dormida. Pero... pasa, tomaremos un café mientras.

—¿La tía Engracia no ha llegado?

—Uf, ¡Qué va, hija! Esa... Esa no se preocupa de nada. ¡Está su madre muriéndose! Y ella... ¡como si tal cosa!

—¿Pero está muy mal la abuela?

—Pues, claro. ¿Qué piensas? Son casi ochenta y muy trillados, ¿eh? Bastante que aún aguanta. No sé cómo puede con todo lo que tiene encima. Pero ahí está todavía, tirando del carro. Bueno, y tú... ¿qué tal hija? ¿Cómo va la fábrica? ¿Estás a gusto? Cuenta... ¿tienes noviuco?

Aurora sonrió ante la última pregunta de su tía. Ella era consciente de que, para Juana, el novio era lo más importante. Nunca había llegado a casarse a pesar de ser una moza guapa.

La envidia de su hermana Engracia había generado en la relación que Juana mantenía con un mozo de Guriezo una polémica que, al final, terminó en abandono.

Su hermana le llenaba la cabeza con habladurías sobre el muchacho y esta creía todo lo que le contaba.

Cuando el chico bajaba a la ciudad de paseo los domingos, Juana le echaba en cara las cosas que su hermana le había dicho.

Así, un domingo tras otro hasta que, al final, se hartó de tanta historia infundada y la dejó plantada a pocos meses de la boda.

—¡Qué va, tía! No tengo novio, ni visos de tenerlo. Pero estoy muy bien, todavía soy joven y... bueno, para cargar con alguno, siempre estoy a tiempo, ¿no te parece?

—No creas, guapina. Y... si no, mira lo que me pasó a mí. ¡Ay, si no hubiera sido tan tonta! ¡Ay!... ¿por qué le hice caso a esa bruja?

Desde el fondo del pasillo, una voz apagada y débil reclamaba la atención de Juana.

—Voy a ver qué quiere y la digo que estás aquí. Espera un poco. ¡Come un poco, mujer! Acabo de hacerlos...

Aurora se quedó sentada en la cocina, terminando la taza de café con leche.

Su tía había colocado sobre la mesa un par de sobaos que tenían un aspecto inmejorable.

Su aroma y su tacto al coger uno, hicieron que su boca se volviera agua en un instante.

Acercó el dulce a sus labios, recordando el sabor de aquellos que desayunaba todos los días cuando vivía con la abuela.

Los hacía como nadie, ni tan siquiera los que compraba en la plaza los días de mercado eran tan exquisitos como aquellos.

“La materia prima, hija, la materia prima”, le decía la abuela siempre.

Y era cierto. El olor a mantequilla se impregnó en el piso de Méndez Núñez y en ella; de tal manera, que aún hoy Aurora era capaz de sentir ese aroma cuando veía los sobaos en los puestos.

Mientras saboreaba el último trozo, su tía entro en la cocina y la avisó de que podía pasar a ver a la abuela.

El pasillo de la vivienda, aunque pequeño, era claro y alegre. Las paredes blancas estaban adornadas con retratos de la familia. Aurora se detuvo ante uno de ellos. En él, aparecían su padre y su madre el día de la boda. Le llamó la atención y, en gran medida, le extrañó verlo allí colgado.

—Y... ¿esto? — le preguntó sorprendida a su tía.

—Cosas mías. Para eso es... el único que se ha casado.

La muchacha sonrió y besó en la mejilla a Juana. Su otra tía, la Engracia, odiaba a su madre y, a buen seguro, el hecho de verla ahí plantada le revolvería el hígado.

La anciana se alegró mucho al verla. Cogió sus manos con toda la fuerza que pudo y la atrajo hacia ella. Besó su cara con dulzura; como nunca lo había hecho, y le pidió que tomara asiento sobre la cama.

—¡Qué guapa estás... niña! ¡Cuánto me alegro de que hayas venido! No estaba yo muy segura de que esa te diera el recao .

—Yo también me alegro de verla. La encuentro bien, abuela.

—Calla, calla mujer. Soy una vieja chocha, dolorida y moribunda. Todo llega, niña. Todo. A mí ya me está llegando la hora. Pero... no me importa, ya hice en este mundo mi papel de mala... demasiadas veces, pero... ¡qué le vamos hacer! Pagaré donde deba pagar el daño que haya causado, ¿no te parece?

—¿Por qué dice eso, mujer?... ¿Que fue usted mala? ¡Vaya tontería! Ha sido una mujer buena y trabajadora.

—No, no digas eso. Sabes mejor que nadie que no es cierto.

He tenido una nuera a la que nunca he querido ver.

Eso, teniendo en cuenta que el único hijo que tuve la dejó tirada como a un perro.

Yo, que pude ayudarla, nunca lo hice. Y.

.. debí hacerlo, aunque solo fuera para pagar las culpas del sinvergüenza de Lipe.

Dejar tirada a una mujer con cuatro hijos, ¡cuatro!

y, encima, una... sin serlo. Así y todo te ha criado como a los demás.

Claro que tú no eres como ellos. Ellos son como su puñetero padre; egoístas, vividores, fanfarrones. .. todo, hija, lo tiene todo.

—Pero, abuela... ¿qué está diciendo?

—Lo que son. Eso, ni más ni menos.

—No, no. No me refiero a eso. Ha dicho usted... ¿que mi madre ha criado un hijo que no es de ella?

—Sí.

Doña Rita desvió su mirada de los ojos de la joven y soltó por un momento sus manos.

—Eso es lo que he dicho. Tú... no eres su hija.

—Pero abuela, ¿acaso se volvió loca? ¿Cómo puede decir eso? Si soy la mayor. Voy a empezar a pensar que... que ha perdido usted la cabeza por completo.

—Más quisiera que tenerla perdida. Así, el peso de la culpa se hubiera borrado. Tengo la cabeza en su sitio y lo que digo es verdad, niñuca. Tan cierto como que voy a morirme sin tardar.

—Pero... entonces... ¿quién soy yo? ¿De dónde he salido?

—¡Ay, niñuca, niñuca!

Dirigió la mirada hacia la cómoda y le pidió a Aurora que sacara, del primer cajón, una caja de latón con dibujos de flores en la tapa. Aurora se la acercó.

De ella, la mujer sacó una carta. Estaba dentro de un sobre amarillento y roído.

—Esto estaba junto al cuévano dónde estabas metida. Lee — le dijo.

La chica, conmocionada, sin comprender aún nada de lo que su abuela le decía, desdobló el fino y envejecido papel, que apenas contenía tres líneas, y leyó.

Lipe:

Tienes que deshacerte de esto. Nadie debe saber que nació.

A cambio, te cedo una finca en México con casa y mil cabezas de ganado. Podrás disponer de ella dentro de cinco años. Allí te espero.

Aurora levantó la mirada y encontró a su abuela con los ojos llenos de lágrimas.

—No sabes cuánto lo siento. Tu padre me pidió que no dijera nada.

Yo he sabido durante todo este tiempo de él.

Allí vive, en México. Aunque ahora, al cambiar de dirección, hace años que no recibo correo y las cartas que él me enviaba se quemaron en el incendio y perdí la dirección del remite.

Tus tías tampoco saben nada. Ni de esto, ni de la correspondencia que yo mantenía antaño con él. Como ves, no fue capaz de matarte.

Apareció un día por casa contigo y me contó lo que había pasado; me entregó la carta para que la guardara y me dijo que callara.

Luego, aprovechó que acababa de casarse y te llevó a casa.

Yo le insistí para que te dejara en la inclusa pero.

.. no quiso. Si te preguntas si tu madre sabe de eso, por supuesto que lo conoce.

Claro que lo sabe, ¿cómo no lo va a saber?

Felipe te presentó como hija suya y de una fulana que.

.. había muerto al parirte. Y Carmen, buena y enamorada como estaba de mi hijo, te acogió como suya, pero creyendo que realmente eras hija de mi Felipe.

La chica, en silencio, solo miraba a su abuela. No tenía palabras. Un nudo se formó en su estómago, que la aprisionaba las entrañas.

—Pero... yo tengo partida de nacimiento. ¡Sé que existe! ¡Yo misma la he tenido en mis manos! Pero... es más, he tenido que llevarla a la fábrica cuando me contrataron.

—Claro, por supuesto. Lo sé. Yo misma acompañé a tu padre al registro para dejar constancia del nacimiento.

—Y... ¿qué hago? ¿Yo qué hago ahora? ¿Por qué me ha dicho esto? ¡Ha arruinado mi vida, abuela! ¿Y mi madre... sabe que mi padre...?

—No ¡Qué va a saber! No sabe si está vivo o muerto. Sabe lo que sabemos todos. Que... embarcó en un pesquero.

—Y, con esto, ¿qué quiere que haga? ¿Qué busque a un padre que no es el mío? ¿Qué le cuente a mi madre esta aventura? O... ¿qué sufra toda la vida lo que usted ha sufrido?

—No, niña, no lo tomes a mal. Por favor, perdóname.

Yo solo quería que supieras la verdad. Te quiero tanto, incluso más que a mis verdaderos nietos.

No quiero que le busques. No lo merece. No quiero que se lo digas a tu madre.

Tampoco lo merece. Pero, por encima de todo, no quiero que tú sufras, mi niña.

—¿Entonces? No entiendo nada, ¿por qué me lo dijo? Al menos, deme más datos. El nombre de mi madre. El nombre del cobarde ese que escribe la nota. La ciudad donde vive mi pa... Lipe, en México. Algo, ¡dígame más cosas!

—A todo eso no puedo responderte. No sé quién era ese hombre.

Tu padre solía ir por los pueblos cercanos a la capital a segar los praos de algunos y atendía también el ganado.

Sé que eran familias pudientes que vivían en la ciudad.

Él, para ganar unas “perras” más, se dedicaba a arreglar jardines y huertos los días que no había pesca.

Desconozco qué familia era. Él no me lo dijo y, como ves, en la carta no pone nombre, ni tan siquiera firma.

—Pero... ¿entonces?

—De verdad, niñuca. No insistas. Nada más sé que decirte. Y, de verdad, no he querido hacerte daño. Ahora... lo siento, pero... estoy muy cansada.

La anciana apretó la mano de Aurora y dejó caer sus párpados. Ella se acercó muy despacio a la frente de la mujer y posó un débil beso sobre la misma. Cogió su bolso y guardó la nota. Luego, procurando no hacer ruido, salió de la habitación.

Su tía trajinaba en la cocina. Aurora se acercó lentamente a ella y, sin apenas contestar a las preguntas que la mujer le hacía, se despidió con un abrazo fingido.

La joven deambulaba entre calles. No tomó el camino más corto, ni mucho menos, para regresar. Después de unos minutos de desconcierto, y sin apenas darse cuenta por dónde había bajado, se encontró en los jardines de Pereda.

No era capaz de pensar. No podía ni sabía cómo asimilar las palabras que había escuchado.

¿Cómo había estado tan ciega? ¿Cómo aquella mujer había callado durante más de veinte años aquel engaño?

Se dejó caer en un banco. Enfrente, la grúa de piedra.

El nordeste penetró hasta sus huesos y sintió un escalofrío que terminó de congelar sus pensamientos.

Quieta, totalmente inmóvil; igual que aquella grúa anclada desde hacía años sobre el muelle de Maura.

Sintió deseos de quedarse para siempre allí, sentada como Concha Espina lo estaba a pocos metros de donde ella se encontraba.

Soportando el aire frío sobre su cuerpo, cerró los ojos.

Al hacerlo, su cabeza le ofreció de nuevo aquellas tres líneas escritas sobre el papel fino y amarillento.

Ella no era de piedra y, para su desgracia, llevaría impreso en su memoria de por vida un texto que le indicaba que sus raíces nada tenían que ver con lo que ella pensaba.

La sangre que corría por sus venas, ahora helada, hizo que se sintiera huérfana; sola y abandonada.

Jamás conocería a la mujer que la trajo al mundo.

Ni sabría su nombre. Ni podría besar su cara.

Se sintió condenada de por vida a pagar una pena por un delito que ella no había cometido.

Por sus mejillas comenzaron a deslizarse lágrimas que brotaban incontroladas, cegando sus ojos.

Unas lágrimas que morían en la comisura de sus labios, y que nunca antes le habían parecido tan llenas de ira, tan desoladoras, tan perdidas, tan crueles, tan devastadoras y tan amargas.