Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 24 La señal en la sangre #2
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Capítulo 24 La señal en la sangre #2

Los nobles del Consejo huyeron en desbandada hacia las puertas interiores, los procuradores del norte volcaron los sitiales de madera para cubrirse de los proyectiles y miles de ciudadanos se abalanzaron en masa hacia el arco de la Puerta del León entre gritos desgarradores y empujones desesperados.

—¡Guardia real, formad cuadro alrededor del estrado! —rugió Darian, desenvainando la espada de Estado con un brillo letal en la mirada—. ¡Capitán Thorne, sellad el rastrillo del río y defended la poterna baja!

Miré hacia la barbacana sur.

Riven Thorne no desenvainó su arma ni dio orden alguna a sus infantes.

El capitán de la guardia dio tres pasos hacia atrás, arrojó su capa al suelo y abrió personalmente el cerrojo de hierro del rastrillo bajo, franqueando el paso a una marea de sombras que emergía de las galerías fluviales.

—¡Traición! —gritó Vael desde la secretaría, cayendo al suelo mientras los primeros virotes de ballesta silbaban sobre nuestras cabezas.

De la poterna abierta y de los conductos de servicio surgieron decenas de guerreros envueltos en capotes de cuero aceitado y capas grises con el dobladillo teñido de salitre.

No eran bandidos comunes ni mercenarios desorganizados; avanzaban en cuñas de asalto impecables, cubiertos con yelmos cónicos de bronce oscuro y armados con espadas cortas de filo curvo y lanzas lastradas de pesca.

En sus pecheras de cuero brillaba el blasón proscrito que Maevra había intentado quemar y que Soren había ocultado en el bloqueador: el grabado circular de las tres olas de la Marea Gris.

El combate que estalló en el patio fue un torbellino salvaje de sangre, hierro y fuego.

Darian se transformó parcialmente en el estrado; sus músculos se dilataron bajo la cota de malla, sus ojos brillaron como dos brasas de oro líquido y sus colmillos de Alfa primal se alargaron en un rugido atronador que hizo vibrar las losas de piedra.

Con una ferocidad implacable, derribó a los primeros tres atacantes que intentaron subir las gradas, partiendo un escudo de fresno con un mandoble demoledor y arrojando a otro sobre la barandilla con un zarpazo brutal.

A su alrededor, diez infantes leales cerraron filas en torno al atril, repeliendo las acometidas con sus alabardas.

—¡Liora, quédate detrás de mí! —me gritó Darian con la voz desgarrada por la tensión—. ¡No te apartes de mi espalda!

Intenté mantenerme en pie, pero el humo que saturaba el patio no era humo ordinario; era el catalizador que Iven había temido.

Al inhalar aquella niebla marina, la baliza genética en mis glóbulos rojos ardió con la fuerza de una hoguera.

Mi cuerpo se sentía pesado, deslumbrado por una sobrecarga feromonal tan violenta que mi visión se tiñó de destellos plateados y las piernas me flaquearon bajo el vestido de lana.

No obstante, me negué a ser una carga inerte.

Recuperé del suelo una daga de parada que uno de los guardias había dejado caer al huir y me pegué a la barandilla de mármol, vigilando el flanco izquierdo.

Los asaltantes de la Marea Gris no buscaban masacrar a la corte ni conquistar el trono de Vhal.

Tenían un único objetivo, y avanzaban hacia el estrado con una determinación ciega e implacable que ignoraba cualquier otra amenaza.

—¡La heredera de la costa! —gritó una voz áspera y potente que dominó el estruendo de la batalla—. ¡Asegurad a la hija de Elayne!

Seis guerreros rebeldes rompieron el flanco derecho del cuadro defensivo usando redes con plomos y bombas de aceite incendiario que envolvieron en llamas los reposteros de seda carmesí.

Un guerrero alto y fornido, de cabellos plateados recogidos en trenzas marineras y una profunda cicatriz que le cruzaba la cuenca del ojo izquierdo, subió las gradas de dos zancadas.

Portaba una rodela de bronce con el dibujo de las olas y un garfio de abordaje en la diestra.

Darian rugió al verlo y se lanzó sobre él para cortarle el paso, trabándose en un duelo feroz de acero contra bronce que hizo saltar chispas al aire.

Pero mientras Darian contenía al líder, otros tres guerreros de la Marea Gris rodearon el estrado por la parte trasera, deslizándose por los arquitrabes de la torre oriental.

Uno de ellos me arrojó un manto pesado empapado en salmuera y resina anestésica.

Reaccioné con la rapidez que diez años de supervivencia me habían grabado a fuego: esquivé el primer lance y clavé la daga en el hombro del atacante más cercano, haciéndolo retroceder con un gruñido de dolor.

Sin embargo, el segundo guerrero me sujetó los brazos desde atrás con la fuerza aplastante de un Alfa curtido en las galeras de la costa.

—¡Quieta, muchacha! —me siseó al oído con un tono que no destilaba desprecio, sino una extraña y apremiante urgencia—. ¡No hemos venido a hacerte daño!

—¡Soltadme! —grité, forcejeando con todas mis fuerzas e intentando clavarle el tacón en la espinilla—. ¡Soy Liora Valen, señora de estas tierras!

El guerrero tuerto de las trenzas plateadas desarmó la guardia de Darian empujándolo con el broquel hacia las brasas de un repostero en llamas y se volvió hacia mí, clavando su único ojo gris en mis facciones con una mezcla abrumadora de reverencia y dolor:

—No eres ninguna Valen, niña. Tu nombre es Liora Mael, hija de la capitana Elayne y sangre de las mareas occidentales. Tu verdadera manada ha venido a sacarte de esta jaula de lobos.

—¡Darian! —grité con el alma en la garganta.

Darian se revolvió entre las llamas con un aullido de desesperación salvaje que partió el aire de Asteria.

Su bestia primal arremetió contra los atacantes con una furia desatada, derribando a dos guerreros y abriéndose paso a sangre y fuego hacia el borde del estrado.

Estiró la mano hacia mí; sus dedos ensangrentados rozaron los míos durante una fracción de segundo, tan cerca que pude sentir el calor ardiente de su piel.

—¡Liora!

Pero el guerrero tuerto arrojó una granada de fósforo blanco al suelo entre nosotros.

Una cortina de fuego cegador y humo espeso estalló entre nuestras manos, obligando a Darian a retroceder para no perder la vista.

El guerrero que me sujetaba me envolvió en el manto oscuro y me levantó en vilo sobre su hombro, mientras otros cuatro rebeldes formaban un muro de escudos curvos para cubrir la retirada hacia la poterna baja.

El catalizador químico saturó mis vías respiratorias; una oleada de frío glacial adormeció mis extremidades y el mundo comenzó a girar en un torbellino de sombras y gritos lejanos.

A través de la niebla que nublaba mi conciencia, busqué con desesperación el hilo invisible que me unía a Darian.

La marca en mi clavícula ardía con una intensidad desgarradora.

Apreté los dientes, resistiendo el desmayo mientras me repetía para no ceder: «Estoy viva, Darian. No me doblegarán». A través de la marca no viajaron palabras ni coordenadas; forcé mi pulso a sostener un latido firme, lo único que Darian podría percibir como prueba de vida y resistencia.