Capítulo 24 La señal en la sangre #3
La oscuridad cayó sobre mis ojos mientras los asaltantes me introducían en el conducto de agua hacia las barcazas del río, perdiéndose en las corrientes rápidas del Siel rumbo al delta occidental.
El silencio que siguió a la tormenta en el Patio de Honor del Alcázar de Vhal fue más aterrador que el estruendo de las armas.
Permanecí arrodillado en el centro del estrado de mármol negro, con la espada de Estado mellada y ensangrentada apoyada sobre el empedrado y la respiración desgarrándome el pecho en estertores roncos.
A mi alrededor, el alcázar ardía.
Los tapices carmesíes de la dinastía Corven colgaban convertidos en jirones humeantes; las gradas de madera del Consejo estaban reducidas a cenizas y vigas calcinadas; y una docena de cadáveres de centinelas reales y guerreros de la costa yacían esparcidos entre charcos de sangre y aceite negro.
En las almenas altas, los cuernos de la guarnición sonaban a rebato, pero era demasiado tarde.
Las barcazas rápidas de la Marea Gris habían aprovechado la corriente crecida del río Siel para superar las cadenas de la esclusa cuatro —abiertas dolosamente por la facción de Thorne— y ganar las aguas abiertas hacia los estuarios de la costa occidental.
Lord Odran apareció bajo las arcadas del pórtico norte, con la túnica desgarrada, la cara tiznada de hollín y una escolta de ocho procuradores aterrorizados:
—¡Es una catástrofe, Darian! —gritó el viejo noble con la voz temblorosa por una mezcla de cólera y miedo cerval—.
¡El capitán Thorne ha desertado con la mitad de la guardia del sur!
¡Los rebeldes han quemado los almacenes de la cancillería y se han llevado a la hembra que pretendías coronar!
¡El reino entero está en peligro de invasión!
No me moví.
No levanté la vista hacia mi tío ni respondí a sus reproches.
Mi presencia de Alfa primal se replegó hacia el interior de mi cuerpo con una densidad gélida y letal que hizo que Odran enmudeciera y diera dos pasos hacia atrás, temiendo por su propia vida.
Iven Ardel subió las gradas despacio, cojeando de la pierna derecha y sosteniendo un paño ensangrentado contra su frente herida.
A su lado, el escribano Vael cargaba milagrosamente con el cofre de hierro del testamento, rescatado de entre las llamas del atril.
—¿Iven? —pregunté con una voz tan baja, rasposa y fría que no parecía humana.
El médico se arrodilló a mi lado en la piedra calcinada y apoyó una mano temblorosa sobre mi hombro:
—Soren Nhal… Soren huyó de los suburbios de Asteria anoche, señor.
La fórmula que le administró a Liora en el callejón del Clavo no era solo un bloqueador; era una baliza de sincronización de sangre diseñada por los alquimistas de la Marea Gris para rastrear a la heredera de Elayne.
Han utilizado la ceremonia pública para localizarla y extraerla del corazón de Eryndor.
Levanté despacio la mano izquierda y me toqué el cuello, deslizando los dedos por la piel caliente donde Liora había dejado la impronta de sus dientes la noche anterior.
La marca incompleta latía con una quemadura viva, punzante y amarga.
No me otorgaba una visión mágica de su paradero ni me permitía escuchar sus pensamientos a través de las millas que nos separaban.
Pero transmitía una verdad irrefutable: su corazón seguía latiendo con fuerza indómita en algún lugar de la costa oeste; sentía su miedo ante el secuestro, pero también el eco firme y luminoso de su determinación, recordándome que nuestra elección seguía intacta en medio de la catástrofe.
Me puse en pie despacio, enderezando mi cuerpo ensangrentado bajo el cielo cubierto de ceniza.
Envainé la espada de Estado con un chasquido metálico que resonó como una sentencia de muerte en el patio devastado.
Miré a Lord Odran, a Vael y a los oficiales que comenzaban a agruparse en torno al estrado:
—Convocad a todos los señores de manada de Eryndor y ordenad el acuartelamiento general de la infantería leal —dictaminé con una serenidad implacable que heló el aire de la plaza—. Se declara el estado de guerra abierta con las mareas occidentales.
Subí las escaleras hacia la cancillería alta sin mirar atrás.
Al entrar en la gran sala de mapas, me detuve ante la mesa de roble donde descansaba el gran pergamino hidrográfico de las costas de Eryndor: los acantilados de basalto, los estuarios proscritos y las rutas marítimas de la Marea Gris.
Apoyé las palmas de las manos sobre el mapa, sintiendo el dolor de Liora vibrando en el centro de mi pecho como una brasa inextinguible.
Mi lobo interior rugía de rabia por acudir a la costa y destrozar a cada guerrero que se interpusiera en su camino.
Pero mi mente de gobernante y el juramento que le había hecho a Liora en su aposento sostenían el timón de mi voluntad.
No marcharía hacia el oeste para cazar a una posesión perdida ni para someter a una rebelde a la tutela de mi corona.
Marcharía hacia el mar para librar una guerra por la supervivencia de mi pueblo y para rescatar a la mujer que me había elegido libremente como su igual.
El Alcázar de Vhal ardía a mis espaldas bajo la ceniza del deshielo, pero la llama de nuestro vínculo acababa de encender la batalla más grande de nuestras vidas.