Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 24 La señal en la sangre
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Capítulo 24 La señal en la sangre

Liora y Darian

El sol despuntó sobre Asteria como un disco de bronce pálido, abriéndose paso entre jirones de niebla fría que subían del cauce del río Siel.

Frente al espejo de plata de mi aposento en la torre este, contemplé mi reflejo mientras me ajustaba las mangas del vestido de ceremonia: un paño recio de lana azul medianoche forrado de seda gris, sobrio y sin adornos cortesanos, cortado con la austeridad práctica de las casas de la meseta.

Sobre la clavícula derecha, la piel conservaba una leve marca enrojecida del tamaño de una moneda de cobre.

No era una cicatriz deforme ni una herida abierta; era un trazo limpio, terso y caliente al tacto, un sello que irradiaba una pulsación constante y templada, acompasada al latido distante pero nítido del corazón de Darian.

La noche anterior, bajo el fuego de esta misma cámara, habíamos cruzado el umbral del consentimiento sin coacciones ni jerarquías.

Nos habíamos elegido como dos voluntades soberanas, y la marca incompleta descansaba sobre mi carne como un testimonio vivo de que mi cuerpo ya no pertenecía a la servidumbre de Maevra ni a las ordenanzas de tutela del Consejo de Ancianos.

Unos pasos mesurados sonaron en el umbral que comunicaba con el laboratorio contiguo.

Iven Ardel y el escribano Vael entraron en la estancia.

El médico vestía su casaca oscura de gala con el sello de plata del gremio sanitario al cuello, mientras Vael sostenía bajo el brazo el gran cofre de hierro con los pergaminos del testamento de mi madre y las actas de restitución de la cancillería.

—Todo está dispuesto en el patio de honor, señora Valen —dijo Vael, cuadrándose con una inclinación respetuosa—.

Los treinta procuradores de las manadas de Eryndor ocupan las gradas del estrado alto, y más de dos mil ciudadanos de Asteria se agolpan en las galerías bajas para presenciar el bando soberano.

Iven dio un paso adelante y me observó con atención clínica, buscando cualquier signo de agitación o fatiga en mis facciones:

—¿Cómo responde la resonancia dérmica, Liora?

—Late con calma —respondí, rozando la tela del escote con las yemas de los dedos—. Se siente como un río templado bajo la piel.

—La marca preliminar ha estabilizado vuestros niveles hormonales —asintió Iven con una leve sonrisa de alivio—. Vuestra loba respira en equilibrio. Sin embargo, no bajéis la guardia: la corte entera estará pendiente de cada gesto vuestro.

Salimos de la torre este escoltados por cuatro alabarderos de la guardia personal de Darian.

Al llegar a la galería alta de los leones, encontramos al soberano de Eryndor esperándonos junto al gran balcón que dominaba el patio de armas.

Darian vestía la cota de malla de escamas de acero bruñido, el jubón de terciopelo carmesí con el león de Vhal bordado en hilo de oro sobre el pecho y el manto ceremonial de armiño oscuro cayendo sobre sus anchos hombros.

Llevaba la espada de Estado ceñida al costado, pero su rostro no mostraba la altivez distante de los monarcas de la dinastía Corven; sus ojos dorados estaban fijos en el arco del corredor, esperándome con una intensidad silenciosa que me aceleró el pulso.

Cuando nuestras miradas se cruzaron a diez pasos de distancia, una oleada de calor limpio y vibrante recorrió la marca sobre mi clavícula.

Sentí su alivio inmediato, su orgullo contenido y la firmeza de un hombre que se preparaba para desafiar las tradiciones de su propio reino por sostener la verdad que habíamos pactado.

Darian avanzó dos pasos y se detuvo a mi lado, ofreciéndome el antebrazo izquierdo con un gesto solemne pero cargado de una intimidad inquebrantable:

—Buenos días, Liora.

—Buenos días, Darian —le respondí, apoyando los dedos sobre el cuero reforzado de su muñeca.

El aroma a cedro noble, hierro y humo limpio de su presencia envolvió el aire de la galería, fundiéndose con mi esencia de lluvia fresca y sal marina en una corriente perfecta que hizo que los cuatro centinelas enderezaran la postura con una reverencia instintiva.

—¿Estáis lista para hablar ante el reino? —me preguntó en un susurro que solo yo pude escuchar.

—He esperado diez años para reclamar el nombre de mi madre —respondí, mirándolo fijamente a los ojos—. No habrá nada en ese patio capaz de hacerme retroceder.

Darian apretó suavemente sus dedos sobre mi mano:

—Entonces bajemos.

El Patio de Honor del Alcázar de Vhal era un inmenso recinto octogonal de sillería de basalto, rodeado por arcadas góticas de doble piso y presidido por el estrado de mármol negro de la Corona.

Centenares de estandartes carmesíes y plateados ondeaban bajo el viento húmedo del mediodía.

En la tribuna norte, Lord Odran presidía la bancada del Consejo de Ancianos junto a Lord Karr y los emisarios de las cuatro manadas fronterizas; sus rostros exhibían una rigidez severa, midiendo cada paso de nuestra comitiva con el recelo de quienes ven tambalearse el monopolio de su poder.

En el flanco sur, alineados a lo largo de la barbacana baja, los soldados del destacamento de Riven Thorne formaban una barrera compacta con las lanzas en alto y los capotes de cuero bien ceñidos.

Thorne permanecía en pie junto al rastrillo de la poterna del río, con la mano crispada sobre la empuñadura de su espada corta y una extraña palidez tensándole las mandíbulas.

Cuando Darian y yo cruzamos el arco principal del palacio y avanzamos por la alfombra púrpura que conducía al centro de la plaza, el clamor de los clarines de plata rasgó el aire y dos mil personas guardaron un silencio absoluto y expectante.

Subimos las cuatro gradas del estrado presidencial.

Darian se situó en el centro del solio, soltó despacio mi brazo y desenvainó tres cuartas partes de la espada de Estado, apoyando la punta de acero contra el gran atril de piedra donde reposaban los libros de la ley.

Alzó la mano diestra y su voz de Alfa primal resonó con una autoridad demoledora que rebotó en los muros de las cuatro torres:

—¡Pueblo de Asteria, señores de manada y procuradores de Eryndor!

En virtud de los fueros soberanos de Vhal y de la verdad probada ante este Consejo, proclamo la nulidad de todas las actas de intervención dictadas sobre la meseta este.

Reconozco formal y perpetuamente a Liora Valen como señora soberana y legítima titular de la casa Valen y de todas sus tierras, libre de tutela forzada, curaduría o mandato matrimonial.

Un murmullo de asombro y respeto recorrió las gradas populares.

Darian se volvió hacia mí, y ante la mirada atónita de su tío Odran y de los treinta nobles del estrado, inclinó levemente la cabeza:

—Y ante los dioses y las manadas de este reino, proclamo que reconozco en Liora Valen a mi compañera de sangre y pareja destinada, elegida libremente por ambas partes en un pacto de mutuo respeto y soberanía compartida.

Un aplauso cerrado estalló en los sectores populares y en las filas de la infantería leal.

Lord Odran se puso en pie en la tribuna del Consejo, apretando la vara de plata de la cancillería con los nudillos blancos de furia, pero la ovación de la multitud ahogó cualquier intento de protesta protocolaria.

Di un paso al frente y me coloqué en el borde del estrado, sintiendo la brisa fresca del río alborotarme los mechones oscuros de la frente.

Mi voz no tembló; sonó clara, firme y rotunda ante los miles de ojos que me observaban:

—Acepto el señorío de las tierras de mi madre y asumo la responsabilidad de gobernarlas con justicia. No he venido a Asteria a pedir privilegios ni a buscar la protección sumisa de una corte, sino a ocupar el lugar que por derecho de sangre y de ley me corresponde. La casa Valen permanece en pie.

El escribano Vael desplegó el gran pergamino del bando real sobre el atril y Darian estampó el sello de cera roja con el león de Vhal, mientras yo firmaba con tinta indeleble bajo el escudo de las espigas de trigo.

La victoria legal era total y absoluta.

Pero en el instante exacto en que solté la pluma de ganso, una violenta sacudida eléctrica me atravesó el pecho.

No fue un dolor físico común; fue un estallido sordo y helado que nació en la médula de mis huesos y se expandió por mis venas como un torrente de salmuera ardiente.

La marca en mi clavícula comenzó a pulsar con una urgencia frenética y abrasadora, como si un carbón encendido se hubiera posado sobre mi piel.

Me tambaleé hacia atrás, llevándome la mano al cuello con la respiración entrecortada.

Darian se volvió hacia mí al instante, soltando el pergamino y sosteniéndome por los hombros con una mirada llena de alarma:

—¿Liora? ¿Qué ocurre?

—Iven… —logré susurrar, sintiendo cómo una náusea repentina y un zumbido ensordecedor me llenaban los oídos—. Algo… algo está quemando mi sangre.

En ese mismo segundo, Iven Ardel irrumpió en las gradas del estrado a la carrera, con el rostro desencajado por el terror y un tubo de ensayo humeante entre los dedos crispados:

—¡Mi señor! ¡Darian! ¡Evacuad el patio de inmediato!

—¿Qué sucede, Iven? —bramó Darian, interponiendo su cuerpo frente a mí mientras su lobo primal despertaba en una postura de combate feroz.

—¡El resonador de cuarzo del laboratorio ha estallado! —gritó el médico con la voz rota por el pánico—. ¡La baliza química de Soren Nhal ha entrado en emisión activa! ¡Un catalizador de matriz marina ha sido detonado dentro del perímetro del alcázar!

Antes de que Darian pudiera dar una orden a la guardia, un sonido pavoroso y gutural desgarró el aire de Asteria.

Eran cuernos de guerra.

Cuernos fabricados con enormes caracolas marinas y huesos de ballena, cuyo bramido bronco y lúgubre resonó desde los conductos subterráneos de intendencia y las esclusas bajas del río Siel, helando la sangre de los presentes.

Una serie de explosiones sordas sacudió los cimientos del Alcázar de Vhal.

De las rejas del alcantarillado y de los respiraderos de las caballerizas brotaron densas columnas de humo grisáceo y espeso, cargado con un olor asfixiante a salazón amarga, algas podridas y azufre líquido.

El pánico se apoderó del Patio de Honor en una fracción de segundo.