Capítulo 23 Elegir la marca #3
Si yo pretendiera reclamarte por la fuerza de mi rango o por el mandato de una biología ciega, no sería mejor que Maevra ni que los ancianos que buscan encerrarte en un santuario tutelado.
Darian bajó despacio la mano y la apoyó sobre su propio pecho, sobre el latido firme de su corazón:
—Tu cuerpo es tuyo, Liora. Tus tierras son tuyas, tu voz es tuya y tu destino te pertenece por entero.
Jamás serás mi posesión ni la de ningún soberano.
Y si algún día decides caminar a mi lado y compartir tu vida con la mía, será porque tú me eliges a mí conociendo quién soy, no porque mi sangre mande sobre la tuya.
Las palabras cayeron en la estancia con una limpidez absoluta, disolviendo la última coraza de desconfianza y miedo que había construido alrededor de mi corazón durante diez inviernos de servidumbre.
No había arrogancia en su porte; no había cálculo ni coacción.
Había un hombre dispuesto a renunciar a la certeza de su poder para ofrecerme la libertad de decidir.
Y en ese instante comprendí que mi deseo por él, la llamada salvaje y luminosa que vibraba en mis venas cada vez que respiraba su aroma, no era una condena biológica impuesta por la luna ni una trampa de la naturaleza.
Era una elección.
Una elección nacida de cada acto de rigor, de cada límite que él había respetado cuando pudo haberme sometido, de la forma en que había bajado su espada ante mi disfraz en la Rueda de Invierno,
del cuidado con que me había acogido en su campamento sin tocarme durante la fiebre y de la valentía con que se había puesto a mi lado para desafiar a todo su reino.
Lo miré a los ojos y di el último paso que nos separaba, apoyando las palmas de mis manos sobre el cuero áspero de su pecho.
Sentí bajo mis dedos el golpe sordo y acelerado de su corazón, un latido potente que buscaba el compás del mío.
—Darian —susurré, alzando el rostro hacia el suyo.
Darian apoyó con infinita delicadeza sus manos en mis caderas, conteniendo la fuerza inmensa de su cuerpo para no apresurarme, permitiendo que fuera yo quien marcara cada segundo del acercamiento.
—Dime qué deseas, Liora —respondió con la voz quebrada por una ternura inmensa—. Solo lo que tú desees.
—Deseo elegirte —dije con una firmeza que no admitía dudas ni sombras—. Deseo que sellemos la primera fase del vínculo. Esta noche. Antes de que el reino intente hablar en nuestro nombre.
Un estremecimiento hondo recorrió los hombros del soberano.
Sus ojos ámbar se encendieron con un brillo dorado y líquido, pero no hubo arrebato ni violencia en su gesto; deslizó los dedos por mi espalda con una lentitud reverente, atrayéndome hacia su cuerpo hasta que el calor de su pecho se fundió con el mío.
Nuestros aromas chocaron y se entrelazaron en el aire de la estancia como dos corrientes de agua pura encontrándose en un estuario: el cedro profundo, el humo limpio y el hierro frío de su presencia abrazaron la lluvia fresca, la flor nocturna y la sal salina de mi piel,
creando una armonía tan densa y embriagadora que un suspiro entrecortado escapó de mis labios.
Levanté la mano izquierda y desabroché despacio los tres botones de nácar del cuello de mi vestido, apartando la tela hacia un lado para descubrir la curva suave de mi garganta y la piel tersa que cubría la glándula aromática sobre la clavícula.
Darian tragó saliva con dificultad, contemplando la piel expuesta con una veneración absoluta.
—Iven me explicó el proceso —le susurré al oído, sintiendo el calor abrasador de su respiración rozándome la mejilla—. Sin mordida profunda. Solo el roce de la piel, el aliento y la sangre superficial. Una resonancia compartida.
—Una resonancia compartida —repitió Darian como un juramento sagrado.
Con dedos firmes pero increíblemente suaves, Darian desabrochó el cordón de cuero de su camisa oscura, apartando la tela para dejar al descubierto el costado derecho de su cuello y la base de su hombro, ofreciéndome su propia piel con la misma vulnerabilidad que yo le entregaba.
Inclinó la cabeza hacia mi cuello.
El primer contacto fue una caricia tibia y temblorosa de sus labios sobre el punto donde mi pulso latía con fuerza desbocada.
Un relámpago de calor líquido me recorrió la espina dorsal, encendiendo cada terminación nerviosa de mi cuerpo con una intensidad tan dulce y abrasadora que mis dedos se hundieron en el pelo oscuro de su nuca, sujetándolo contra mí.
Mi loba interior alzó la cabeza y soltó un aullido silencioso de júbilo puro en el centro de mi pecho.
Darian abrió la boca despacio y rozó con la punta de sus colmillos la epidermis sobre mi glándula.
No hubo dolor; solo una punzada breve, aguda y ardiente cuando el filo del marfil quebró la superficie de la piel, liberando una única gota de sangre que se mezcló al instante con el calor de su saliva y la esencia pura de su aroma.
En ese mismo segundo me incliné hacia su garganta expuesta, abrí los labios y presioné mis propios dientes contra la curva tersa de su cuello, quebrando la piel con un mordisco leve y decidido que selló la reciprocidad absoluta del pacto.
El mundo exterior se disolvió por completo.
Una descarga de energía viva, cálida y luminosa estalló en el centro de mi pecho y se expandió por mis venas como un torrente de fuego blanco.
Sentí el pulso de Darian latiendo dentro de mi propia sangre; sentí la fuerza incontenible de su lobo primal inclinándose ante mí con una devoción sin límites; sentí su alivio, su asombro y la paz inmensa que inundó su espíritu al saberse correspondido y elegido.
Un hilo de resonancia vital, invisible y tenso como el acero templado mientras ambos lo sostuviéramos, se tendió entre nuestros cuerpos, capaz de transmitir dolor y calma sin aprisionar la voluntad de ninguno de los dos.
Darian cerró los ojos, apoyó la frente contra el hueco de mi hombro y me rodeó con los brazos, estrechándome contra su cuerpo con una fuerza protectora y serena que me hizo sentir más libre y poderosa de lo que jamás había sido en mi vida.
Permanecimos abrazados durante largos minutos frente al fuego, escuchando el latir acompasado de nuestros corazones mientras la lluvia de la medianoche lavaba los muros del alcázar.
La marca incompleta ardía suavemente sobre mi clavícula como una caricia tibia, un sello de verdad que ningún Consejo podría impugnar y que ninguna intriga de corte lograría quebrar.
Alcé la mano y acaricié la mejilla de Darian, sintiendo la aspereza de su barba incipiente bajo mis yemas.
El Alfa abrió los ojos y me miró con una ternura infinita, depositando un beso suave y prolongado en la comisura de mis labios:
—Gracias por elegirme, Liora.
—Siempre que sea libre para hacerlo, Darian —le respondí con una sonrisa templada que me iluminó el rostro.
Darian asintió despacio, sellando nuestro acuerdo con una mirada que no necesitaba más juramentos:
—Mañana nos presentaremos ante el reino como dos voluntades soberanas. Y después de la ceremonia, cuando tu cuerpo haya sanado por completo en la primavera, decidiremos juntos el siguiente paso de nuestras vidas.
Apoyé la cabeza contra su pecho, respirando la paz profunda de su presencia mientras las brasas de la chimenea se teñían de un rojo sosegado.
Mañana el patio de honor de Asteria sería un escenario de tensiones políticas y miradas hostiles, y la sombra del marcador latente en mi sangre seguía esperando su hora en la oscuridad.
Pero esta noche, bajo el abrigo de la torre oriental, la fugitiva de ceniza y el soberano de la Corona habían sellado su propio destino.
Y no había poder en todo Eryndor capaz de arrebatarme la verdad de lo que habíamos conquistado.