Capítulo 23 Elegir la marca #2
Redescubrir esos espacios con mis propios ojos no era solo un ejercicio de memoria; era una forma de comprender que Elayne no había sido una víctima pasiva de las intrigas de Asteria,
sino una mujer que había sabido moverse entre las sombras de un reino hostil por razones que nunca llegó a explicarme.
En el descansillo de la torre este me detuve junto a una tronera abierta para contemplar el patio de honor.
Allá abajo, bajo un cielo gris surcado por nubarrones que amenazaban con una nueva llovizna, cuadrillas de carpinteros montaban las gradas de madera y los reposteros carmesíes con el escudo del león de Vhal para la ceremonia del Día noventa.
Entre las columnas del pórtico norte vi a Lord Odran conversando en voz baja con Lord Karr y dos delegados de las manadas fronterizas; sus rostros mostraban una rigidez sombría y calculadora.
En el flanco sur, apostado en la barbacana junto a sus oficiales, el capitán Riven Thorne vigilaba las obras con los brazos cruzados y la mano apoyada en el pomo de su espada, como un halcón que espera el menor descuido para lanzarse sobre su presa.
La corte aceptaba mi restitución patrimonial porque los títulos y los dictámenes médicos eran inexpugnables, pero los ancianos del Consejo seguían viendo en mí una amenaza: una Omega sin linaje cortesano que poseía tierras estratégicas y que se negaba a ser tutelada por sus leyes matrimoniales.
Querían que la ceremonia fuera una ratificación de su poder, una exhibición donde el soberano presentara a una consorte domesticada que apaciguara los temores de los Alfas del norte.
Y sin embargo, cada vez que me cruzaba con Darian en los descansillos de la cancillería o en las galerías de guardia, el mundo exterior parecía desvanecerse en una quietud abrumadora.
No habíamos vuelto a besarnos desde aquella tarde en la finca, después del arresto de Maevra.
Él había respetado escrupulosamente mis estancias independientes, enviándome los informes de aduanas a través del escribano Vael y deteniéndose a dos pasos de distancia cada vez que nos saludábamos en presencia de los oficiales.
Pero en el cruce de nuestras miradas, en la forma en que su aroma a cedro oscuro, hierro frío y humo de enebro envolvía el aire a mi paso, había una tensión contenida y vibrante que hacía que el vello de mis brazos se erizara y que mi loba apoyara la cabeza contra mis costillas,
esperando una respuesta que solo yo podía darle.
Había una pregunta que llevaba ardiéndome en el pecho desde la noche del Solsticio de Invierno.
Un eco oscuro y confuso que había resonado en el fango del patio bajo, mientras la nieve caía sobre mi cuerpo transformado y los virotes de ballesta de Thorne hendían el aire a escasas pulgadas de mi lomo.
Aquella noche, cuando el bloqueador de Soren colapsó y mi disfraz de Alfa noble saltó en pedazos, Darian se había interpuesto entre las armas de la guardia y mi cuerpo herido, pero en el instante en que sus ojos ámbar se clavaron en mi forma animal,
una palabra áspera y posesiva había escapado de sus labios:
«Eres mía».
Durante semanas de huida, fiebre y encierro en la finca, esa frase me había atormentado como una segunda cadena.
¿Había salvado mi vida porque reconocía mi derecho a existir, o porque su bestia primal reclamaba un trofeo que consideraba de su propiedad?
Maevra me había tratado como a una bestia de carga durante diez años; el Consejo de Ancianos pretendía tratarme como a una pieza de ajedrez dinástico.
Si yo iba a cruzar el umbral del vínculo con Darian Corven, no sería bajo la sombra de una ordenanza de posesión ni bajo el mandato ciego de una biología impuesta.
Tenía que escuchar la verdad de su propia boca.
La lluvia regresó a Asteria con un susurro constante sobre los tejados de pizarra de la torre oriental.
El viento del oeste golpeaba los ventanales plomados, pero en el interior de mi aposento el fuego de la chimenea proyectaba sombras cálidas y doradas sobre los muros de piedra labrada.
Llevaba puesto un vestido sencillo de paño de lana gris con adornos de terciopelo azul en las bocamangas, el pelo oscuro recogido en una trenza floja que caía sobre mi hombro izquierdo y el cuello descubierto, libre de vendas, collares o ungüentos boticarios.
En el laboratorio contiguo, Iven Ardel trabajaba en silencio; la puerta entre ambas estancias permanecía entornada, ofreciendo una presencia cercana y una salida franca si en algún momento necesitaba interrumpir la entrevista.
A las ocho de la noche, tres golpes firmes y pausados sonaron en la puerta exterior del corredor.
Me acerqué despacio, apoyé la mano en el cerrojo de hierro forjado y descorrí la traba con un chasquido limpio.
Darian estaba de pie en el umbral.
No vestía la cota de malla ni el manto carmesí de soberano, sino un jubón de cuero flexible sin armadura, una camisa de lino oscuro abierta en la garganta y botas de montar limpias de barro.
No llevaba espada al cinto.
Se detuvo a dos palmos del marco de roble, con las manos abiertas a los costados y la mirada fija en mi rostro, esperando mi autorización antes de dar un solo paso hacia el interior:
—Buenas noches, Liora. ¿Me permitís entrar?
—Adelante —respondí, retrocediendo dos pasos hacia el centro de la sala para dejarle espacio franco.
Darian cruzó el umbral, cerró la puerta tras de sí con un movimiento suave y se detuvo junto a la mesa donde los libros de cuentas estaban ordenados.
Su aroma —cedro noble, corteza de enebro y ese matiz férreo y templado que anunciaba la presencia de un Alfa primal— llenó la estancia con una densidad tan rotunda y viva que el aire pareció ganar temperatura en un solo instante.
Mi aroma Omega —lluvia sobre granito, flor nocturna que abre en la sombra y la sal limpia de las mareas— respondió de inmediato, expandiéndose por la cámara como una marea silenciosa que buscaba y envolvía su presencia sin resistencia.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Solo se escuchaba el crepitar de las brasas y el rumor del agua resbalando por los canalones del tejado.
—Mañana al mediodía se celebrará la ceremonia en el patio de honor —dijo Darian en voz baja, rompiendo el silencio con un tono sereno y contenido—.
Los procuradores del norte y los emisarios de las manadas aliadas ocuparán las tribunas.
Odran intentará presentar el acto como un compromiso formal de Estado para exigir cuotas de soldados y garantías de frontera.
—Lo sé —respondí, manteniendo la vista fija en sus ojos de ámbar oscuro—. He visto a tu tío conspirar en los soportales con Lord Karr.
—Quería que supieras, antes de que amanezca, que no permitiré que utilicen esa ceremonia para condicionar tu futuro —añadió Darian con firmeza—.
Vael ha redactado el bando público: se te reconocerá como señora soberana de la casa Valen, con derecho pleno de voto en el tribunal de manada y exención absoluta de cualquier tutela forzada.
Si decides regresar a tu hacienda una vez concluido el acto, mi guardia personal escoltará tus carretas hasta los lindes de la meseta y nadie osará poner un pie en tus tierras.
Di un paso hacia él, acortando la distancia que nos separaba hasta que pude distinguir las finas líneas de cansancio alrededor de sus ojos y la cicatriz pálida que le cruzaba la mandíbula:
—¿Y qué ocurrirá con lo que hay entre nosotros, Darian?
Darian contuvo la respiración; su mandíbula se tensó levemente, pero sostuvo mi mirada sin vacilar:
—Lo que hay entre nosotros no pertenece al Consejo ni a los heraldos de la corte, Liora. No pienso utilizar lo que siento por ti como una moneda de cambio político para salvar mi corona.
—No me refiero al Consejo —dije con una voz templada, firme y clara que resonó en la quietud de la sala—. Me refiero a lo que ocurrió la noche del Solsticio en el patio bajo.
Darian frunció el ceño con una sombra de inquietud:
—¿La noche en que Thorne intentó dispararte?
—La noche en que mi máscara de Alfa colapsó y me transformé en loba sobre el barro —precisé, dando medio paso más hacia él, de modo que solo un palmo de aire frío nos separaba—.
Cuando te interpusiste entre los ballesteros y mi cuerpo herido, me miraste a los ojos y pronunciaste dos palabras que se me quedaron clavadas en la carne como espinas de hierro: dijiste «Eres mía».
El silencio cayó sobre la habitación con el peso de una losa de granito.
Las llamas de la chimenea vacilaron bajo el tiro del viento, proyectando sombras alargadas sobre el rostro esculpido del soberano.
Darian no bajó la cabeza ni intentó justificarse con evasivas de cancillería.
Cerró los ojos durante un largo instante, exhalando un suspiro bronco que parecía arrancado del fondo de su pecho, y cuando volvió a mirarme, en sus pupilas doradas no había rastro del gobernante orgulloso, sino la desnudez de un hombre que se enfrenta a su propia verdad:
—Me equivoqué, Liora.
Di un leve respingo ante la contundencia de su respuesta.
—Aquella noche —continuó Darian con una voz ronca y llena de una emoción contenida—, vi a la criatura que había bailado conmigo en el salón desmoronarse en el suelo, asfixiada por un veneno atroz y acorralada por seis ballestas tensadas a matar.
Sentí cómo el virote de Thorne hendía el aire directo hacia tu cuello y mi bestia primal enloqueció de terror y de furia.
Darian alzó la mano derecha y la mantuvo en el aire, a escasos milímetros de mi mejilla, sin llegar a tocarme, pidiéndome permiso con la mirada:
—En ese segundo de pánico ciego, mi lobo reconoció a su compañera de sangre y gritó para aferrarse a tu vida, no para adueñarse de ella. Fue el rugido de un animal que se negaba a verte morir en el fango. Pero la palabra fue injusta, Liora.
El calor de su palma suspendida en el aire irradiaba una fuerza templada que me aceleró el pulso.
—Durante diez años te trataron como a una sierva sin nombre —prosiguió Darian, y en su tono había un respeto tan hondo que me estremeció el alma—.
Te obligaron a esconder tu aroma, te arrebataron tu herencia y pretendieron convertir tu cuerpo en un instrumento dócil.