Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 22 Una Omega ante el Consejo #2
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Capítulo 22 Una Omega ante el Consejo #2

Liora dejó la taza sobre la mesa y me miró con una firmeza que brillaba como acero limpio:

—Sé perfectamente lo que busca tu Consejo, Darian. Quieren arrebatarme las tierras de mi madre para que no pueda sostenerme por mí misma y obligarte a elegir entre una regencia forzada o una esposa impuesta por sus linajes.

—No permitiré que te arrebaten nada —respondí con rotundidad—. Pero hoy no comparecerás como mi protegida ni como una aspirante a la corte. Comparecerás como Liora Valen, señora indiscutible de tu propia casa. Vael expondrá los documentos de Vhal e Iven presentará el dictamen médico de tu capacidad.

Liora avanzó un paso hacia mí, acortando la distancia con una naturalidad que me aceleró el pulso:

—¿Y qué responderás cuando pregunten por el vínculo que nos une?

El aroma límpido de su cuerpo —lluvia fresca sobre piedra, flor nocturna y sal marina— llenó el espacio entre nosotros con una verdad biológica que ninguna ley escrita podía falsear.

La miré a los ojos grises y le respondí con la honestidad que habíamos pactado en el porche de su hacienda:

—Les diré que reconozco en ti a mi compañera de sangre destinada, pero que el destino no otorga a ningún soberano el derecho de mandar sobre tu voluntad ni concede al Consejo potestad para gobernar tu vida.

Una suave inflexión de ternura asomó a los labios de Liora.

Extendió la mano y rozó con sus dedos la piel de mi muñeca, transmitiéndome una calma firme que disipó toda la tensión acumulada en mi pecho:

—Entonces bajemos a esa sala, Darian. Y enseñémosles cómo habla una señora de la casa Valen.

La Gran Sala del Consejo de Ancianos era una nave inmensa y solemne de sillería de basalto, iluminada por tres hileras de blandones de cera que despedían un humo espeso con fragancia a laurel y sebo de buey.

En el estrado semicircular elevado sobre cuatro gradas de granito, treinta señores de manada y procuradores de las grandes casas de Eryndor ocupaban sus sitiales de roble tallado, envueltos en sus mantos de pieles de lobo y luciendo sus pesados collares de plata y hierro.

En el ala derecha, Lord Karr y los emisarios de las manadas del norte cuchicheaban con expresión sombría; en el centro de la mesa presidencial, Lord Odran sostenía la vara de plata de la cancillería sobre los legajos de deliberación; y en la galería baja,

el capitán Thorne permanecía en pie junto a seis guardias armados con alabardas ceremoniales.

Cuando los grandes batientes de bronce se abrieron de par en par, el murmullo de las conversaciones se extinguió en un silencio expectante.

Crucé el umbral con el manto carmesí de soberano sobre mi cota de malla y me situé ante la mesa del tribunal.

A mi derecha, Liora avanzaba con la cabeza erguida, la capa azul cayendo con elegancia sobre su jubón gris y un porte de dignidad absoluta que hizo que varios procuradores se enderezaran en sus asientos.

Detrás de nosotros, Vael e Iven Ardel se colocaron junto al estrado de secretaría con sus libros de registro y sus cajas de sellos.

Odran se puso en pie, golpeando la mesa con la vara de plata para abrir la sesión:

—Soberano Darian, el Consejo de Ancianos se reúne en convocatoria extraordinaria para examinar los graves desórdenes acaecidos en la meseta este.

Se os requiere formalmente por haber suspendido ordenanzas aduaneras, intervenido una hacienda privada sin orden judicial y traído a este alcázar a una mujer que se infiltró enmascarada en la Gala del Solsticio bajo una falsa identidad Alfa.

Odran extendió la vara hacia Liora con un gesto acusador:

—Esta mujer carece de estado legal reconocido ante la Corona.

Los informes constatan que ha consumido sustancias químicas clandestinas durante años y que su madre pertenecía a la facción rebelde de la Marea Gris.

En virtud de las leyes tradicionales de Eryndor, este Consejo solicita formalmente que Liora Valen sea declarada incapacitada por daño toxicológico y puesta bajo la curaduría forzada de un tutor designado por este tribunal para su custodia en un santuario tutelado.

Un murmullo de asentimiento recorrió los escaños de los ancianos nobles.

Di un paso al frente y alcé la diestra, haciendo que mi voz resonara con una autoridad aplastante bajo las bóvedas de piedra:

—El Consejo solicita una curaduría sin haber examinado los títulos de propiedad ni haber permitido que la titular de las tierras ejerza su derecho de defensa. El escribano mayor de la cancillería de Vhal tiene la palabra.

Vael dio dos pasos adelante, se ajustó los anteojos de alambre y abrió el gran libro de registros sobre el atril de secretaría:

—Por mandato soberano, doy fe pública de que el documento depositado ante este tribunal es el testamento original otorgado por Lady Elayne Valen ante la cancillería de Vhal veintiún inviernos atrás.

La cláusula primera instituye como única, universal y legítima heredera de todos sus bienes patrimoniales a su hija de sangre, Liora Valen, al alcanzar los veintiún años de edad, prohibiendo de forma expresa cualquier tutela forzada o enajenación sin su consentimiento explícito.

Vael levantó el segundo pergamino, mostrando a la asamblea el sello intacto de las tres olas:

—Asimismo, consta en autos que la viuda administradora Maevra Valen mutiló dolosamente este pliego y ocultó el anexo de linaje para usurpar las rentas familiares, incurriendo en delito flagrante de falsificación de documentos de Corona.

Iven Ardel avanzó a continuación, desplegando su informe sellado por el gremio médico:

—Certifico ante este Consejo que he completado el tratamiento de desintoxicación de la paciente mediante sales quelantes.

Liora Valen es una Omega de linaje puro cuyas facultades cognitivas, juicio crítico y memoria se encuentran en perfecto estado de lucidez.

No existe fundamento médico ni fisiológico para declarar su incapacidad jurídica.

Odran apretó los labios con furia al ver desmontada la acusación clínica, pero intentó una última maniobra legalista:

—Aunque el testamento sea auténtico, una hembra Omega no puede gobernar tierras fronterizas sin un consorte o tutor reconocido por las manadas aliadas.

Si el soberano no la reclama formalmente bajo un matrimonio de Corona que garantice la paz con el norte, la ley exige que el Consejo administre su hacienda.