Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 22 Una Omega ante el Consejo #3
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Capítulo 22 Una Omega ante el Consejo #3

Antes de que yo pudiera intervenir, Liora dio dos pasos firmes al frente, situándose en el centro mismo de la sala.

Su voz resonó clara, serena y afilada como una hoja de espada, quebrando el murmullo del estrado:

—La ley de Eryndor exige tutor a los menores y a los desvalidos, Lord Odran. Yo tengo veintiún años cumplidos, estoy sana según el testimonio de vuestro propio médico de corte y sé administrar las tierras que mi madre me dejó.

Liora recorrió con una mirada implacable los rostros de los treinta procuradores:

—Conozco el rendimiento de cada fanega de trigo de la meseta este, sé qué pastos soportan el ganado en el deshielo, conozco a cada familia de colonos por su nombre y sé cómo defenderme de quienes pretendían envenenarme para repartirse mis rentas.

No necesito que este Consejo me asigne un tutor para decirme cómo gobernar mi hacienda, ni permitiré que utilicen mi nombre como moneda de cambio para negociar soldados con el norte.

Un silencio sobrecogedor cayó sobre la Gran Sala.

Lord Karr se inclinó hacia delante en su sitial, observando a Liora con una mezcla evidente de asombro y respeto marcial, mientras varios procuradores bajaban la mirada avergonzados ante la contundencia de sus palabras.

Me adelanté dos pasos, colocándome al lado de Liora:

—Por los fueros de Vhal, ratifico en todos sus términos la plena titularidad, señorío y gobierno de Liora Valen sobre la casa Valen y todas sus tierras. Y ante este Consejo declaro públicamente que reconozco en ella a mi compañera de sangre destinada.

Los procuradores contuvieron la respiración ante la solemnidad de mi proclamación.

Miré fijamente a Odran y a los miembros de la mesa presidencial:

—Pero ese reconocimiento biológico no es una reclamación feudal ni una tutela matrimonial.

La señora Valen y yo decidiremos los términos de nuestro vínculo con absoluta libertad y cuando lo consideremos oportuno.

Este Consejo carece de jurisdicción para forzar una unión política o someter la voluntad de una señora soberana de su propia casa.

Odran miró a los ancianos a su alrededor y comprendió que la comparecencia impecable de Liora y la solidez de las pruebas habían anulado cualquier posibilidad de imponer la curaduría sin provocar un escándalo que fracturaría la autoridad del tribunal.

El viejo portavoz carraspeó con amargura y golpeó la mesa con la vara de plata:

—El Consejo toma razón de los documentos presentados y suspende la petición de curaduría forzada.

No obstante, para disipar cualquier incertidumbre sobre la estabilidad del reino y certificar la legitimidad de esta unión ante las manadas aliadas de Eryndor, se fija una ceremonia solemne de reconocimiento público en el patio de honor de este alcázar dentro de cinco días.

Hasta entonces, la señora Valen permanecerá bajo la salvaguarda de la Corona.

Odran levantó la sesión y los procuradores comenzaron a desalojar los escaños en un murmullo denso y agitado.

Al anochecer, la galería de la torre oriental estaba envuelta en una penumbra serena.

La llovizna había cesado por fin y a través de los ventanales abiertos se divisaban las primeras antorchas encendiéndose sobre los puentes de piedra que cruzaban el río Siel.

Liora y yo estábamos de pie junto a la balaustrada de granito, contemplando el fluir pausado del agua oscura hacia los valles del oeste.

—Hemos ganado la primera batalla, Darian —dijo Liora en voz baja, con el rostro iluminado por el resplandor de las velas de la galería.

—Hemos conquistado el derecho a que nadie decida por nosotros —respondí, apoyando una mano en la piedra fría—. Pero mi tío no se rendirá sin combatir. La ceremonia de dentro de cinco días será su última oportunidad para maniobrar con los linajes del norte y buscar una excusa para forzar la regencia.

Liora se volvió hacia mí, y por primera vez en muchos días vi en sus ojos grises una paz profunda y luminosa, libre de las sombras del miedo:

—No le temo a la ceremonia, Darian. Ya no tengo que esconder mi aroma bajo vendas ni tragar vinagre para silenciar mi verdad.

Guardamos silencio durante un largo y cálido instante.

El aroma de su presencia —lluvia limpia, flor nocturna y sal marina— llenaba la estancia con una calidez sosegada y viva que disipaba el peso de las intrigas cortesanas.

Iven había confirmado que los residuos del marcador de Soren seguían latentes en su torrente sanguíneo, silenciosos y a la espera de un catalizador desconocido, pero allí, en la quietud de la torre este,

solo existía la certeza incontestable de dos voluntades que habían aprendido a elegirse a través del rigor, la verdad y la libertad.

—Descansa esta noche, Liora —le susurré con ternura, inclinando la cabeza ante ella.

Liora me miró con una sonrisa dulce y franca que me llegó hasta el fondo del alma:

—Buenas noches, Darian.

Salí de la estancia cerrando la puerta tras de mí, con la certeza absoluta de que el reino podía hallarse al borde de una guerra entre manadas, pero que la mujer que acababa de desafiar al Consejo caminaría a mi lado como una igual.