Capítulo 22 Una Omega ante el Consejo
Darian
El carruaje de la cancillería cruzó el rastrillo de la Puerta del León al caer la tarde del día ochenta y uno, bajo una llovizna fría que convertía el empedrado de Asteria en un espejo de plomo líquido.
A ambos lados de la calzada real, los vecinos de los barrios artesanos y los mozos de los talleres de curtiduría se apiñaban bajo los aleros de madera para ver pasar el convoy: la infantería leal con los capotes empapados y las puntas de las lanzas brillando bajo la cellisca,
el carromato celular con las rejas encadenadas donde Maevra Valen viajaba custodiada por cuatro guardias con ballestas al cinto, y la larga hilera de carretas de intendencia que transportaba los libros de deslinde, los arcones de registro y las muestras boticarias incautadas en la meseta este.
Desde mi montura a la cabeza de la columna, sentía el murmullo tenso y denso que recorría las calles de la capital.
Los rumores sobre la inspección habían galopado más rápido que nuestros caballos de posta: en las tabernas y en los corredores del alcázar se decía ya que la venta de la finca Valen había sido anulada por orden soberana,
que la viuda administradora venía presa por falsificación de documentos reales y que yo traía al corazón de Eryndor a la misteriosa fugitiva de la Rueda de Invierno, despojada de su máscara de ceniza y revelada como la legítima heredera de una estirpe proscrita.
En el patio de armas del Alcázar de Vhal, el capitán Riven Thorne desmontó de su semental negro con una rigidez marcial que apenas lograba disimular la cólera que le endurecía los rasgos.
Me acerqué a él a pie antes de que pudiera cruzar el arco hacia las dependencias de los oficiales:
—Capitán Thorne, vuestro destacamento entregará los libros de ruta en el cuerpo de guardia bajo y quedará acuartelado en el flanco sur del alcázar hasta nueva orden —le ordené con una voz baja y pausada que no admitía réplica—.
No os acercaréis a los calabozos del foso ni a la torre oriental sin un salvoconducto firmado por mi propia mano.
Thorne apretó la empuñadura de su espada hasta que el cuero crujió bajo sus guantes de montar, pero cuadró los hombros y clavó la vista en mis botas:
—Como ordene el soberano.
Dejé a Thorne bajo la vigilancia de los centinelas de palacio y me volví hacia el carruaje de la cancillería.
Liora descendió despacio, ajustándose la capa de paño azul oscuro sobre los hombros para protegerse del viento húmedo que bajaba de las almenas.
Tenía el rostro fatigado por los dos días de marcha sobre caminos convertidos en cenagales, pero sus ojos grises recorrían los muros ciclópeos y los arcos góticos con una lucidez serena que no mostraba el menor indicio de intimidación ante el poder de la Corona.
A su lado, Iven Ardel descargó con sumo cuidado los estuches de reactivos y los crisoles de ensayo, mientras dos infantes de mi guardia personal se situaban a ambos lados para formar una escolta de honor.
—Las estancias del ala oriental están dispuestas —le dije, deteniéndome a la distancia convenida para que mi presencia de Alfa no desatara la oleada de deseo que me consumía desde que su boca me tomó por sorpresa en la finca—.
Tendrás llave propia, servicio de doncellas de la cancillería y paso franco a los archivos de intendencia y a los jardines altos.
Iven ocupará la cámara contigua con el laboratorio de cuarzo.
Liora me miró a los ojos, y en su mirada brilló un reconocimiento sobrio y templado que no requería fórmulas cortesanas:
—Gracias, Darian.
El sonido de mi nombre de pila en sus labios, pronunciado con una calma limpia y sin el escudo defensivo del tratamiento feudal, templó el aire gélido del patio con una intimidad tan rotunda que mi lobo interior apoyó el hocico contra mi pecho, apaciguado por su certeza.
Durante la mañana, Iven Ardel instaló sus hornillos de cobre y sus retortas de vidrio soplado en el laboratorio anexo a las habitaciones de Liora.
Subí a la torre este cuando el médico terminaba de filtrar una muestra de sangre bajo la luz fría de los ventanales.
El olor a alcohol destilado, sales de zinc y vinagre de abedul impregnaba la estancia de piedra.
—Los glóbulos rojos conservan la alteración química que Soren Nhal introdujo con el bloqueador —me explicó Iven en voz baja, sosteniendo un tubo de cristal ante la llama de un candil de aceite—.
Las capas de plomo y los alcaloides supresores han desaparecido por completo gracias al tratamiento quelante, pero el marcador genético de la Marea Gris está incrustado en las membranas celulares.
Permanece latente, mudo y sin emitir señal alguna, pero no podemos destruirlo sin destruir la sangre de la paciente.
—¿Qué podría activar esa baliza, Iven? —pregunté, observando el líquido bermellón a través del cristal.
—Un reactivo enzimático específico, una sobrecarga feromonal descontrolada o la presencia cercana de un catalizador elaborado con la misma matriz genética —respondió el médico con gravedad—.
Mientras Liora permanezca en el alcázar y no entre en contacto con emisarios de la costa, la señal seguirá dormida.
Pero la red rebelde sabe que la baliza existe; solo necesitan acercarse lo suficiente para encenderla.
Liora apareció en el umbral que comunicaba con su alcoba, vestida con un jubón de lana gris oscura y una falda sencilla que los sastres reales habían ajustado a su talle.
Había escuchado las últimas palabras del médico, pero no había miedo en su semblante, sino una determinación fría y analítica:
—Soren me dijo en su sótano que el linaje siempre encuentra la forma de reclamar a los suyos —dijo Liora, apoyando los dedos en el marco de roble—.
No sé por qué mi madre huyó de la costa ni qué quiso proteger al ocultarme mi linaje.
Pero no voy a permitir que una manada rebelde ni un Consejo de nobles decidan mi destino.
La miré en silencio, admirando una vez más la fuerza indómita que ninguna dosis de veneno ni diez años de humillación habían logrado doblegar.
La tormenta política estalló en la cancillería privada del palacio.
Mi tío Odran Corven entró en la estancia sin aguardar a que los pajes anunciaran su llegada, arrojó su capa de terciopelo forrada de piel de marta sobre un sillón de nogal y apoyó las dos manos huesudas en el borde de mi escritorio de caoba.
Tenía el rostro encendido de cólera y las sienes palpitándole de indignación contenida:
—¿Se puede saber qué pretendes, Darian? —siseó con una voz áspera que cortó el silencio de la sala capitular—.
La corte es un hervidero de rumores venenosos.
Has traído a una sirvienta de la meseta a las cámaras reales, has encerrado a una noble viuda en los calabozos del foso como si fuera una salteadora de caminos y has despojado del mando de patrulla a Riven Thorne ante toda la guarnición de la Puerta del León.
Me mantuve sentado tras la mesa, repasando con una pluma de ganso los legajos foliados por Vael:
—Maevra Valen no es ninguna noble intachable, tío. Es una usurpadora que mutiló un documento de Corona, ocultó un testamento durante diez años y administró sales de plomo a una heredera legítima para forzar una venta fraudulenta.
—¡Eso era competencia del juzgado de distrito de Asteria, no de una expedición armada encabezada en persona por el soberano!
—bramó Odran, golpeando el tablero con los nudillos—.
Lord Karr y los emisarios de las cuatro manadas del norte han convocado una sesión extraordinaria del Consejo.
Exigen saber si su soberano va a cumplir su juramento dinástico contrayendo matrimonio con una candidata de alto linaje o si piensa desposar a la hija de una proscrita vinculada a los rebeldes de la Marea Gris.
Dejé la pluma en el tintero de peltre y levanté la mirada, clavando mis ojos en los suyos con una frialdad glacial:
—La señorita Valen posee un título legítimo y tierras reconocidas por la cancillería de mi abuelo. No es ninguna intrusa.
—Esa hembra carece de reconocimiento ante este Consejo —contraatacó Odran, inclinándose sobre el escritorio con expresión implacable—.
Si te obstinas en mantenerla en el alcázar y rechazas la alianza con la casa Karr, el Consejo invocará la ordenanza de minorías inestables.
Declararemos a Liora Valen incapacitada por intoxicación crónica y pondremos su hacienda y su persona bajo la curaduría forzada de un tutor designado por la corte.
Y si utilizas tu veto soberano para bloquear la tutela, promoveré de inmediato una votación de regencia temporal por conflicto de sangre.
Me puse en pie despacio, apoyando los puños sobre el tapete de terciopelo.
Mi presencia de Alfa primal se expandió por la habitación con una densidad tan aplastante que las llamas de los candelabros vacilaron y el viejo noble dio un paso involuntario hacia atrás, con la respiración entrecortada:
—El Consejo no declarará incapaz a nadie sin escuchar su testimonio en audiencia pública, Odran.
La ordenanza sanitaria de excepciones prohíbe de forma terminante imponer curadurías a cualquier ciudadano que comparezca en sala abierta y demuestre su plena lucidez.
Y en esa sesión, Liora Valen hablará ante todos vosotros.
Odran apretó la mandíbula con un gesto de amargo desprecio y dio media vuelta hacia la galería:
—Ten cuidado, muchacho. Los ancianos no permitirán que una criada sin título destruya la paz de Eryndor.
Liora se encontraba en la galería alta de la torre oriental.
Permanecía junto al balcón que dominaba el curso del río Siel, con el libro de cuentas de su madre abierto sobre una mesa auxiliar y una taza de infusión humeante entre las manos.
—Tu tío no ha perdido el tiempo —dijo Liora al oírme entrar, volviéndose con un semblante tranquilo pero alerta—. He visto a los procuradores de las manadas del norte cruzar el patio vestidos con sus togas ceremoniales.
—Intentarán arrinconarte con la figura de la curaduría —le expliqué, deteniéndome junto a la chimenea—.
Argumentarán que diez años de supresores te han privado de discernimiento para gobernar una hacienda y que el anexo de la Marea Gris te convierte en un peligro público para la estabilidad del reino.