Capítulo 21 El testamento de Elayne #3
No sentí rabia ni el estallido de júbilo que durante años de encierro había imaginado para este momento.
Sentí un alivio sobrio, hondo y limpio, como la tierra negra que emerge tras el deshielo.
La casa de mi madre volvía a ser mía.
Miré a Celene, que temblaba en el sillón sin atreverse a levantar los ojos:
—Puedes recoger tus pertenencias personales y trasladarte a la casa de labor de los pastos bajos hasta que pase el invierno, Celene —le dije con voz tranquila, sin encono ni desprecio—. Pero no volverás a entrar en esta casa principal ni tendrás potestad sobre la servidumbre.
Celene asintió entre sollozos, se levantó con torpeza y abandonó la sala con la cabeza gacha.
Me volví hacia Oria y le abrí los brazos.
Mi hermanastra corrió hacia mí y me abrazó con una fuerza desesperada, hundiendo el rostro en mi hombro mientras lloraba con un desahogo que le limpiaba el alma:
—Perdóname, Liora… Tardé tanto en hablar…
—No tienes nada que perdonarte, Oria —le susurré al oído, acariciándole el pelo con ternura—.
Me diste la llave cuando más lo necesitaba.
Esta hacienda seguirá siendo tu hogar. Barek asumirá la intendencia de las tierras y Mina continuará al frente de la cocina bajo tu supervisión.
Nadie volverá a tratarte como una moneda de cambio.
Al día siguiente, en el atardecer del día setenta y nueve, un orden sereno reinaba en la finca Valen.
Los graneros habían sido inventariados, las deudas ilegales impuestas a los colonos habían quedado anuladas por los decretos de Vael y los criados trabajaban con una ligereza en el paso que nunca antes se había visto en estos patios.
Yo estaba de pie en el porche cubierto que daba a los jardines de invierno, envuelta en mi capa de viaje y contemplando cómo las laderas de la meseta comenzaban a perder su manto de nieve bajo una llovizna templada.
El sonido pausado de unas botas sobre la madera me indicó que Darian se acercaba.
El Alfa se detuvo a dos palmos de mí, apoyando una mano enguantada en la barandilla de roble.
Su aroma —cedro oscuro, hierro templado y humo limpio de enebro— envolvió el ambiente con una calidez tan firme que mi loba interior exhaló un suspiro de sosiego contra mis costillas.
—Las carretas de intendencia y la escolta están preparadas en la explanada —dijo Darian en voz baja, mirando hacia el camino real que descendía hacia el valle—. Partiremos hacia Asteria mañana a primera hora.
Me giré hacia él, sosteniéndole la mirada con la seguridad que estos días de restitución me habían devuelto:
—Iven me explicó que en el alcázar de Vhal disponéis de laboratorios herméticos para analizar el residuo que Soren Nhal dejó en mi sangre.
—Así es —asintió Darian con semblante grave—. En la capital tenemos los reactivos necesarios para aislar la secuencia genética y averiguar qué estímulo o qué sustancia podría activar la baliza que llevas dentro.
Hice una pausa, midiendo mis palabras con la lucidez de quien sabe que entrar en la corte de Asteria entraña peligros políticos tan letales como las intrigas domésticas de Maevra:
—Iré a Asteria contigo, Darian. Pero no como una fugitiva ni como una sierva rescatada. Iré bajo mis propias condiciones.
Una chispa de respeto genuino brilló en sus ojos dorados, sin rastro de arrogancia ni condescendencia:
—Dime cuáles son tus condiciones, Liora.
—Las mismas que he defendido aquí: mi cuerpo, mis tierras y mi voz seguirán siendo míos.
Darian sostuvo mi mirada sin vacilar.
—Acepto.
Darian acortó la distancia entre nosotros, deteniéndose a la distancia justa que preservaba mi espacio pero me permitía percibir la intensidad viva de su presencia:
—Yo no busco una consorte para apaciguar a mi Consejo, Liora. Busco a la compañera que eligió arrastrarse por una acequia helada para entregarme su verdad en lugar de doblegarse.
Un calor hondo y vibrante me recorrió el pecho, disipando la última barrera de recelo que había levantado para protegerme.
Lo miré directamente a los ojos y pronuncié su nombre con una confianza plena, libre y consciente:
—Entonces marchemos a Asteria, Darian.
Una sonrisa templada y sincera suavizó las facciones austeras del soberano.
Por primera vez en años, dejé que mi cuerpo persiguiera un deseo que no nacía del miedo. Acorté la distancia y uní mi boca a la suya sin titubear.
Era la primera vez que besaba a alguien. El calor de sus labios bastó para hacerme comprender por qué había quienes cometían las mayores locuras por un instante así. También me reveló algo más sencillo: aquel era un lugar al que deseaba volver.
La sorpresa lo inmovilizó apenas un latido. Después, una de sus manos se cerró con cuidado sobre mi cintura y la otra se posó en mi nuca. Me atrajo hacia su calor sin impedirme apartarme.
Cuando nos separamos, el aire frío me rozó los labios húmedos. Permanecí junto a él.
Contemplé por última vez las tierras de mi madre bajo la luz dorada y húmeda del crepúsculo.
El tiempo de la sumisión y las sombras había terminado.
Y ante nosotros se abría la marcha hacia el alcázar de Vhal, donde la verdad de mi estirpe estaba a punto de medirse con el poder de todo un reino.