Capítulo 21 El testamento de Elayne #2
En la mano derecha sostenía la llave de latón con cabeza de halcón y en la izquierda un frasco de vidrio pardo idéntico al que Maevra había llevado a la buhardilla la noche de la tormenta.
—¡Oria, cállate la boca! —bramó Maevra, abalanzándose hacia ella con las manos extendidas como garras, pero dos soldados cruzaron sus escudos de roble forrado en hierro, frenándola en seco—. ¡Cállate si no quieres que te eche a la nieve sin un céntimo de dote!
Oria no pestañeó ni se detuvo.
Llegó a la base de la escalera, cruzó el salón sin mirar a su madre y depositó la llave de latón y el frasco de veneno sobre la mesa de nogal, junto a los pergaminos de mi madre:
—Durante años vi a mi madre encerrarse en el dispensario para moler pastillas de acetato de plomo y mezclarlas con jarabe de sauce para Liora —declaró Oria con una voz que empezó quebrada y se fue llenando de una entereza serena—.
Vi cómo le apretaba el collar de latón al cuello hasta dejarle llagas vivas en la piel y cómo le quitaba el pan para que no tuviera fuerzas de rebelarse.
La noche de la tormenta, mi madre bajó al desván con este frasco para provocarle una sobredosis letal antes de que los notarios de Asteria llegaran a examinarla.
Oria se volvió hacia Darian y Vael, haciendo una reverencia respetuosa:
—Yo le entregué la llave a Liora para que abriera el secreter. Yo la ayudé a sacar el anexo porque me negué a ser cómplice de un asesinato.
Un murmullo bronco y encendido recorrió a los criados en el pasillo.
Mina se cubrió la cara con el mandil, sollozando con una culpa amarga, mientras Barek asentía despacio con la cabeza, mirando a Maevra con un desprecio profundo que llevaba diez años madurando en silencio.
Iven Ardel dio un paso al frente, abrió su maletín y colocó sobre la mesa tres frascos de reactivos junto a un pliego sellado con el escudo de la cancillería médica:
—He examinado el contenido del frasco incautado y los residuos biológicos extraídos del organismo de la paciente durante su tratamiento en la tienda médica —dictaminó Iven con la precisión rigurosa de su oficio—.
Certifico que Liora Valen ha padecido un cuadro de intoxicación crónica por plomo y alcaloides supresores durante un lapso no menor a diez años, destinado a atrofiar sus conductos aromáticos e impedir el desarrollo de su forma animal.
Certifico asimismo que su casta secundaria es la de una Omega de linaje puro y que sus facultades cognitivas, memoria y discernimiento jurídico se encuentran en perfecto estado de lucidez.
El silencio que cayó sobre la sala fue tan denso que solo se escuchaba el crepitar de las brasas en la chimenea.
Celene rompió a llorar con gemidos convulsos, tapándose la cara con el chal al comprender que todas sus aspiraciones cortesanas y el pretendido estatus de su familia se habían derrumbado sin remedio.
Maevra se apoyó pesadamente contra el aparador, con la respiración entrecortada y la mirada fija y vacía en las losas del suelo.
Darian dio dos pasos firmes hacia el centro de la sala, situándose a mi lado.
Su presencia de soberano llenó el gran salón con una autoridad incontestable:
—Por los fueros ancestrales de la Corona de Vhal y la potestad jurisdiccional que ostento como árbitro supremo de las manadas de Eryndor —proclamó con una voz honda y vibrante que retumbó en cada rincón de la hacienda—, declaro a Liora Valen plenamente restituida en la titularidad, gobierno,
rentas y posesión absoluta de esta finca y de todos los bienes muebles e inmuebles pertenecientes al patrimonio de la casa Valen.
Darian se giró hacia Maevra, y en sus ojos dorados brilló una severidad implacable:
—Asimismo, decreto el arresto formal de Maevra Valen por los delitos graves de suplantación de tutela, falsificación de títulos de Corona, envenenamiento continuado y homicidio en grado de tentativa contra una heredera legítima.
Será trasladada bajo escolta armada a las prisiones del alcázar de Asteria para ser juzgada por el tribunal mayor del reino.
Dos infantes reales avanzaron con grilletes de hierro forjado.
Al sentir el metal frío cerrarse sobre sus muñecas, Maevra levantó la cabeza con una mueca desencajada y salvaje, clavando sus ojos inyectados en sangre en los míos:
—¡Crees que has vencido, bastarda! —chilló con una risa rota y venenosa mientras los soldados tiraban de las cadenas hacia el umbral—.
¡Crees que ese soberano te lleva a la corte por justicia!
¡Elayne huyó de su propia sangre porque eran monstruos!
¡Esa marca de marea que llevas en las venas es una maldición que atraerá a los lobos del oeste hasta las almenas del palacio!
¡No podrás esconderte de ellos, Liora! ¡Nadie escapa a su propia sangre!
Los soldados la empujaron a través de la puerta principal y sus alaridos se fueron apagando bajo el viento frío del patio, hasta que solo se escuchó el chirrido metálico del carromato celular poniéndose en marcha sobre la cellisca.
Me quedé inmóvil en el centro del salón, sintiendo cómo una pesadez inmensa se desprendía de mis hombros.