Capítulo 21 El testamento de Elayne
Liora
Durante diez inviernos crucé el patio empedrado de la casa grande arrastrando barreños de ceniza y fardos de leña verde, con la cabeza gacha y el paso apresurado de quien teme que su propia sombra estorbe a los amos.
Esta mañana crucé ese mismo patio con una capa de paño azul oscuro sobre los hombros, el aire limpio de la meseta llenándome los pulmones y la carpeta de cuero de la cancillería de Vhal apretada con firmeza bajo el brazo izquierdo.
A mi izquierda caminaba Darian Corven, con la espada de acero negro ceñida al tahalí y el porte sereno y medido de un soberano que no necesita alzar la voz ni desenvainar para hacer retroceder a una guardia insubordinada; a mi derecha,
Iven Ardel cargaba su maletín de cuero con los reactivos de prueba y el escribano Vael sostenía contra el pecho la caja de hierro sellada con el triple lacre carmesí de la Corona.
Detrás de nosotros, veinte infantes reales de la guardia leal de Asteria avanzaban en dos columnas cerradas con las botas resonando sobre la nieve endurecida por la helada, formando un pasillo de lanzas bruñidas que cortaba cualquier paso hacia las cuadras o el camino bajo.
Junto al brocal del pozo, Mina dejó caer el cubo de madera con el que sacaba agua para el primer fregado del día.
El cubo golpeó el hielo con un chasquido sordo, derramando un reguero turbio sobre las piedras, y la cocinera se quedó inmóvil, con las manos enrojecidas por el sabañón pegadas a la tela áspera del mandil y la boca entreabierta en una mueca de incredulidad absoluta.
A su lado, Barek detuvo la carretilla de paja, se quitó despacio el gorro de lana grasienta con dedos temblorosos y clavó sus ojos cansados en los míos, inclinando la cabeza con una reverencia honda y solemne que no iba dirigida a los soldados reales, sino a la legítima hija de Lady Elayne.
Mi aroma ya no estaba asfixiado por el vinagre rancio, la lejía ni las sales de acetato de plomo.
Se expandía por el patio abierto con una limpidez profunda y salvaje: lluvia fría sobre granito tibio, flor nocturna que abre en la sombra y la sal punzante de las mareas occidentales.
Los mozos de cuadra, las lavanderas y los pastores que se asomaban por las tapias del corral retrocedieron medio paso por puro reflejo biológico, reconociendo en el aire la presencia viva de una Omega de estirpe pura a la que el régimen de la casa grande había intentado reducir a ceniza y
servidumbre.
No me desvié hacia la puerta baja de la cocina ni busqué el cobertizo de las herramientas.
Subí los cuatro peldaños de granito del porche principal, levanté el pestillo de hierro con mi propia mano y empujé con fuerza los dos batientes de roble labrado que daban acceso al gran salón de la hacienda.
El gran salón olía a leña de encina húmeda ardiendo con lentitud en la chimenea de piedra, a cera de abeja vieja sobre los artesonados y al perfume rancio de lavanda seca con el que Maevra intentaba disimular la decadencia material de la casa.
Mi madrastra estaba de pie junto al aparador de nogal, vestida con su túnica más suntuosa de terciopelo verde oscuro y el pelo grisáceo recogido en una redecilla de perlas falsas que temblaba levemente sobre su sien.
Tenía los ojos enrojecidos y hundidos tras tres días de arresto domiciliario estricto, la tez cenicienta y la mandíbula apretada con un rencor feroz, pero sostenía la barbilla alzada con la soberbia hueca de quien todavía cree que el aislamiento de la meseta la protegerá de los tribunales reales.
A su izquierda, Celene permanecía encogida en un sillón de cuero junto a la lumbre, sollozando en silencio con las manos crispadas sobre una falda de tafetán arrugada; en el descansillo de la escalera principal, Oria aguardaba de pie envuelta en su chal de estameña gris,
con la mirada fija en el umbral y los nudillos apretados contra la barandilla.
Y junto al ventanal este, el capitán Riven Thorne esperaba con el ceño fruncido, la coraza abrochada y los brazos cruzados sobre el pecho, flanqueado por dos sargentos de su destacamento que mantenían las manos alejadas de las empuñaduras bajo la mirada vigilante de los infantes de Darian.
Al verme entrar a la cabeza de la comitiva, vestida con ropa limpia y la frente descubierta, Maevra dio un paso violento al frente con los ojos desorbitados:
—¡Por fin traéis a esa desquiciada! —gritó con una voz agria que rebotó contra las vigas del techo—.
¡Soberano Darian, exijo que vuestros guardias le pongan grilletes de inmediato!
Esa bastarda forzó los cerrojos de mi desván, prendió fuego a la buhardilla y me atacó en mi propio dormitorio con un candelabro de bronce para saquear los cofres familiares.
Darian se detuvo a dos pasos de mi hombro, cruzó las manos a la espalda con una quietud imponente y clavó en ella una mirada de ámbar frío que pareció helar la estancia:
—La señora de la casa Valen tiene la palabra en esta sala, señora Maevra. Y vos guardaréis silencio hasta que el escribano mayor de la cancillería os requiera formalmente.
Maevra abrió la boca para replicar, pero la presencia del Alfa primal se expandió por la habitación como una losa de plomo, haciendo que el aire pesara y que los dos sargentos de Thorne bajaran la vista al suelo.
La mujer tragó saliva con dificultad, retrocediendo medio palmo hasta que el borde de su vestido rozó la pata del aparador.
Avancé tres pasos firmes, deteniéndome en el centro exacto de la alfombra donde durante diez años había servido vino con los ojos fijos en el calzado de los invitados.
Desabroché las hebillas de latón de la carpeta de cuero, extraje los dos pergaminos que Vael había secado y aplanado sobre fieltro y los deposité abiertos sobre el tablero de nogal:
—No soy ninguna criada desquiciada, Maevra. Y estas tierras jamás han pertenecido a tu linaje.
La mujer miró los pliegos y una palidez cadavérica le cubrió las mejillas:
—Esos… esos papeles no tienen fuerza ejecutiva. El juzgado de distrito de Asteria me otorgó la administración universal y la tutela patrimonial tras el fallecimiento de tu padre.
—Vuestra administración universal se obtuvo mediante la mutilación dolosa y el ocultamiento deliberado de un título de Corona —intervino el escribano Vael, dando un paso al frente con sus anteojos de alambre y abriendo su libro de registro foliado—.
El documento que Liora Valen acaba de extender sobre este tablero es la cláusula primera otorgada por Lady Elayne Valen ante el notario mayor de la cancillería de Vhal hace veintiún inviernos.
Vael carraspeó, ajustó los cristales sobre el puente de su nariz y leyó con voz clara y pausada, haciendo que cada sílaba cayera como un martillazo en el silencio del salón:
—«Declaro por única, universal y legítima heredera de todos mis bienes patrimoniales, fincas de labor, pastos altos de meseta y rentas de patronato a mi hija de sangre, Liora Valen. Esta disposición entrará en pleno vigor el día en que la heredera cumpla veintiún años de edad,
quedando expresamente prohibida cualquier venta, enajenación, arriendo a censo, gravamen o tutela impuesta que no cuente con su consentimiento libre, informado y ratificado en persona ante el tribunal de manada».
Maevra apretó las manos en puños temblorosos, señalando la mesa con un dedo crispado:
—¡Esa cláusula está viciada de nulidad porque carece del anexo de linaje! Elayne era una proscrita… ¡Una hembra que trajo la sangre de una manada rebelde a nuestras tierras! ¡La legislación de Asteria prohíbe taxativamente la transmisión de tierras a estirpes no registradas!
—El anexo de linaje está aquí, Maevra —dije con voz templada, señalando el segundo pergamino donde la tinta de nogal y el sello de las tres olas grises permanecían intactos—.
El mismo anexo que arrancaste del testamento original y que guardabas bajo llave en el cajón secreto de tu secreter para chantajearme, obligarme a tomar supresores y forzar la venta ilegal de la parcela oriental al administrador Barel.
Desde el ventanal, el capitán Thorne dio un paso al frente, apoyando la diestra en el cinto con tono marcial:
—Soberano Darian, si ese pergamino ostenta el sello proscrito de la Marea Gris, la portadora debe ser puesta bajo custodia militar inmediata por sospecha fundada de traición y conspiración armada contra la Corona.
Darian ni siquiera giró el cuerpo hacia él; le bastó un leve movimiento de cejas para que cuatro infantes reales bajaran sus lanzas al unísono, cerrando el paso a Thorne y encajonándolo contra la pared de piedra:
—El capitán Thorne parece olvidar que la ordenanza de excepciones aduaneras prohíbe encausar el linaje de una heredera legítima sin previa deliberación del Consejo de Ancianos —sentenció Darian con una frialdad cortante—.
Y vos no tenéis mando ni jurisdicción en esta sala, capitán.
Retiraos a la retaguardia si no queréis que ordene vuestro desarme por desacato a la Corona.
Thorne apretó las mandíbulas hasta que los tendones del cuello se le marcaron bajo la cota de malla, pero retrocedió dos pasos y guardó silencio.
Maevra comprendió que el cerco legal se cerraba sobre ella y recurrió a su último recurso.
Miró hacia la galería donde los mozos y fregonas se amontonaban tras los soldados y alzó los brazos con un gesto lastimero y teatral:
—¡Mina! ¡Barek! ¡Vosotros me conocéis desde hace veinte años!
Sabéis que Liora ha sufrido fiebres delirantes y desvaríos desde la infancia…
¡Todo lo que hice en esta casa fue por caridad hacia la memoria de su padre!
¡Le administré remedios boticarios para calmar sus accesos y protegerla de su propia naturaleza inestable!
—La única medicina que le diste a Liora fue veneno de plomo para apagarle la voz —resonó una voz temblorosa desde la escalera.
Todas las miradas se volvieron hacia los peldaños de roble.
Oria descendía despacio, con la espalda erguida, el rostro bañado en lágrimas y un paso firme que jamás le había visto dar en presencia de su madre.