Capítulo 20 Lluvia y sal #3
Iven tomó un frasco de vidrio pequeño con una muestra de líquido carmesí transparente:
—La intoxicación por plomo ha sido neutralizada por las sales de zinc, pero el reactivo que utilicé para calibrar el marcador genético de Soren Nhal ha dado positivo en la muestra de esta mañana.
Liora frunció el ceño, dejando la cuchara sobre el borde del cuenco:
—¿El marcador sigue activo dentro de mi cuerpo?
—Sigue latente en vuestra sangre —corrigió Iven con precisión meticulosa—.
Soren no diseñó una fórmula que se eliminara con la digestión común; incrustó una secuencia de proteínas de marea que se fija a las membranas de los glóbulos rojos.
En este momento no emite señal porque no está expuesta a un catalizador feromonal, pero la baliza está ahí, dormida en vuestras venas.
—¿Se puede eliminar con otro neutralizador? —pregunté, sintiendo una alarma fría recorrer mi espina dorsal.
—En este campamento de campaña, no —admitió el médico con franqueza—.
No dispongo de los alambiques de destilación fraccionada ni de los reactivos de cuarzo que tenemos en la torre oriental del alcázar.
Tendremos que trasladar a Liora a Asteria para someter la muestra a un análisis profundo de laboratorio.
Hasta entonces, desconocemos qué sustancia o qué orden puede hacer que esa señal entre en emisión abierta.
Liora miró el frasco en las manos del médico con una serenidad admirable, sin el pánico ciego que solía invadirla en el pasado:
—Soren dijo que la fórmula me devolvería a mi verdadera estirpe. No me advirtió que me convertiría en una diana para quien supiera leer la sangre.
—Nadie leerá esa sangre sin que nosotros lo sepamos primero —sentencié con una firmeza que no admitía dudas—. Mañana cerraremos la cuenta con Maevra en la casa grande, aseguraremos tus títulos ante la servidumbre y marcharemos hacia la capital con una escolta de infantería completa.
Liora asintió despacio, tomó el cuenco de caldo entre sus manos y me dedicó una mirada serena que llevaba una promesa implícita:
—En cuanto Iven me dé el alta, Darian. Entonces recuperaré mi nombre.
El amanecer del día setenta y ocho trajo una luz limpia, blanca y deslumbrante sobre los campos nevados de la finca Valen.
A las ocho de la mañana, entré de nuevo en la tienda médica con una capa de viaje de paño oscuro sobre el brazo y una carpeta de cuero con las tres ordenanzas definitivas que Vael había terminado de redactar a la luz de las velas.
Liora ya estaba sentada en el borde del jergón, con las botas de cuero pardo calzadas y el vestido limpio de lana gris ajustado al cuerpo con un cinturón sobrio de hebilla de plata.
Su rostro conservaba la palidez natural de quien acaba de superar una fiebre severa, pero sus mejillas tenían un rubor sano, sus ojos brillaban con una lucidez templada y la postura de su espalda era la de una mujer libre que se disponía a reclamar lo que era suyo por derecho de cuna.
Al verme entrar, se puso en pie sin tambalearse, apoyando las manos en los costados con una firmeza que me llenó de orgullo:
—Estoy lista.
Me acerqué a ella y le ofrecí la capa de viaje:
—Hace frío afuera. La nieve de la noche ha congelado los caminos de la huerta.
Liora tomó la prenda, dejó que la colocara sobre sus hombros y abrochó la fíbula de bronce bajo su cuello con dedos ágiles:
—He pasado diez inviernos durmiendo bajo un tejado roto, Darian. El frío de este prado no me asusta.
La miré a los ojos, sintiendo cómo el aroma a lluvia, piedra y sal marina llenaba el espacio entre nosotros con una armonía tan perfecta que por un instante todo el peso de la política, las intrigas del Consejo de Ancianos y las amenazas de guerra parecieron quedar en un segundo plano.
—Hay algo que debes tener claro antes de que crucemos esa cancela, Liora —dije en voz baja, asegurándome de que mis palabras tuvieran el peso de un juramento sagrado—.
Ante Maevra, ante Celene, ante Thorne y ante la servidumbre de esta comarca, yo seré tu espada y tu juez soberano. Pero no hablaré por ti.
Liora sonrió levemente, con esa chispa de orgullo salvaje y seco que había reconocido en ella desde la noche de la Rueda de Invierno:
—No esperaba menos de ti, señor de Vhal. Si quisiera a un hombre que hablara en mi nombre, me habría quedado en el desván de mi madrastra.
—Eres Liora Valen —dije, extendiéndole la carpeta de cuero con las actas de restitución y el dictamen médico de capacidad—. Señora de esta hacienda y dueña de tu propio destino.
Ella tomó los pliegos con ambas manos, los apretó contra su pecho con una respiración honda y me miró con una intensidad que me selló el corazón:
—Vamos a la casa grande, Darian. Es hora de que Maevra rinda cuentas ante la ley de mi madre.
Nos volvimos hacia la salida de la tienda médica, donde Iven, Vael y una guardia de honor de veinte infantes reales aguardaban formados en dos filas sobre la nieve brillante de la mañana.
El tiempo del silencio y las sombras había terminado.
El rastro de la loba de la meseta estaba a punto de convertirse en el veredicto definitivo de la casa Valen.