Capítulo 18 Servir al Alfa #2
—La ley de este distrito cambiará muy pronto, Liora. Y tú no serás criada de nadie.
Se dio media vuelta y caminó hacia la cancela con paso firme, dejándome a solas en el porche con el crujido de la nieve cayendo sobre los tejados.
La tensión acumulada no tardó en estallar y lo hizo en el comedor principal.
Maevra había dispuesto la gran mesa de nogal con los mejores manteles de hilo de Flandes, la vajilla de plata labrada con el halcón de los Valen y seis candelabros de bronce con velas de cera blanca de abeja.
El fuego de la chimenea rugía con leños de encina y el aire de la sala estaba cargado de olor a carnero asado con romero, vino de las colinas del sur y al perfume asfixiante de lavanda y almizcle con el que Celene se había empapado el cuello y las muñecas.
Darian presidía la mesa por derecho soberano, flanqueado a su derecha por Maevra y a su izquierda por Celene, mientras Vael ocupaba el extremo inferior con su libro de cuentas y el capitán Thorne se sentaba dos puestos más abajo con una rigidez marcial que desbordaba rencor.
Yo permanecía de pie junto al aparador de roble, con una jarra de barro esmaltado con vino caliente en las manos y el mandil blanco impecable sobre mi falda gris.
—El asado está en su punto, señor de la Corona —dijo Maevra, inclinándose hacia Darian con una sonrisa melosa que no alcanzaba a disimular la crispación de sus ojos—.
En Asteria deben añorar las carnes criadas en los pastos altos de nuestra meseta.
Mi hija Celene supervisó personalmente la preparación de las especias.
Celene sonrió con una gracia ensayada, bajando las pestañas con un mohín cortesano:
—Es un honor modesto para quien sostiene la paz de nuestras manadas, mi señor Darian. En la corte se dice que la Rueda del Solsticio fue solo el preludio de una alianza más duradera para la casa Corven.
Darian tomó la copa de plata con dedos firmes, pero apenas la rozó con los labios antes de devolverla a la mesa:
—La paz de las manadas se sostiene con graneros llenos y fronteras seguras, señorita Valen, no con discursos de sobremesa.
Maevra carraspeó, disimulando el golpe con una risa forzada:
—Por supuesto, soberano. Y nadie vela mejor por la seguridad que una casa de rancio abolengo. Mañana pensaba enviar a Celene con una pequeña escolta hacia la capital para atender los compromisos de la cofradía de damas…
—Ningún miembro de esta familia abandonará la finca Valen hasta que la cancillería concluya la verificación de los títulos de propiedad —intervino Darian con una frialdad cortante que heló el ambiente de la mesa—.
El escribano Vael ha detectado discrepancias graves en la cesión de los pastos orientales.
Thorne dejó la copa sobre la madera con un golpe seco:
—Mi señor, el correo que llegó esta tarde desde Asteria trae advertencias severas de Lord Odran.
El Consejo de Ancianos está sesionando a puerta cerrada.
Se habla abiertamente de que si el soberano prolonga esta inspección sin presentar una consorte oficial de alta cuna, el tribunal podría nombrar una regencia temporal para atender los tratados con las casas del norte.
El silencio cayó sobre el comedor como una maza de hierro.
Celene palideció bajo sus polvos de arroz, mirando a su madre con una mezcla de pánico y frustración mal contenida.
Darian no parpadeó. Miró fijamente al capitán de la guardia con unos ojos dorados que brillaban con la frialdad implacable de una cuchilla de caza:
—Dile a mi tío Odran que si intenta convocar un tribunal de regencia mientras yo esté en el mando de estas tropas, entraré en el salón del alcázar con dos compañías de infantería y arrojaré sus decretos por las almenas. ¿Ha quedado claro, capitán?
Thorne tragó saliva con dificultad, apretó la mandíbula y bajó la cabeza:
—Completamente claro, mi señor.
Darian apartó el plato con un ademán sobrio y levantó la mano derecha:
—Más vino.
Maevra me clavó una mirada fulminante desde el otro extremo de la mesa:
—¡Liora, sirve al soberano!
Di tres pasos al frente con la jarra en las manos.
El corazón me latía con fuerza contra las costillas, donde el pergamino con la cláusula de mi madre seguía cosido al forro de mi corpiño.
Me acerqué al lado izquierdo de Darian, inclinando la jarra para verter el vino caliente en su copa de plata.
El aroma de su presencia me golpeó de lleno a esa distancia mínima:
Cedro oscuro. Hierro frío. Humo de enebro.
Y bajo su ropa, la vibración magnética de su lobo primal, un calor vivo y poderoso que resonó en mi propia carne con una intensidad tan abrumadora que mis dedos temblaron levemente sobre el asa de barro.
Una gota de vino cayó sobre el mantel de hilo blanco, abriéndose como una pequeña mancha encarnada junto a su plato.
—¡Torpe! —siseó Maevra, poniéndose medio en pie con los ojos inyectados en ira—. ¡Ni siquiera eres capaz de servir una copa sin manchar el lino de la casa!
—Déjela, señora Valen —ordenó Darian.
Su voz no fue un grito; fue un mandato de Alfa soberano, denso, pesado y cargado de una autoridad tan demoledora que Maevra se quedó paralizada en el acto, cayendo de nuevo sobre el respaldo de su silla sin atreverse a respirar.
Darian levantó la vista despacio.
Sus ojos ámbar se clavaron en los míos con una cercanía que me quemó la piel.
Durante dos segundos eternos, el comedor entero —Maevra, Celene, Thorne, las velas de cera y los platos de plata— pareció borrarse del mapa.
Solo estábamos él y yo.
Vi en el fondo de sus pupilas la misma certeza biológica que vibraba en mis propias entrañas: el reconocimiento salvaje de dos lobos destinados por la sangre, una fuerza antigua y primigenia que ninguna ley de hombres ni ningún tratado cortesano podía sofocar.
Mi loba dio un aullido sordo de respuesta en mi pecho, reconociendo a su compañero sin miedo, sin sumisión y con una calma que me estremeció de pies a cabeza.
Pero yo no era solo una loba.
Era Liora Valen. La mujer que había comido sobras en la cocina, la hija a la que habían robado su nombre y la fugitiva que no entregaría su libertad a cambio de una corona.
Sostuve su mirada con altivez, sin bajar la cabeza ni pedir perdón por la mancha de vino.
Darian tomó la servilleta de lino, limpió la gota del mantel con un movimiento pausado y me miró con una intensidad serena que llevaba una promesa grabada en cada línea de su rostro:
—Puedes retirarte a la cocina, Liora. El servicio de esta noche ha terminado.
Hice una inclinación de cabeza medida, di media vuelta con la jarra de barro entre los brazos y salí del comedor con el paso firme y la espalda recta.
A las diez de la noche, el comedor estaba a oscuras y el campamento del prado norte reposaba bajo una fina capa de escarcha.
Subí a mi buhardilla con las piernas cansadas por la jornada de trabajo, cerrando la puerta con el pestillo de madera.
Me senté en el jergón de paja, apoyando la espalda contra la pared de mampostería.
Me llevé la mano al pecho, palpando el crujido firme del testamento de mi madre sobre mis costillas.
Darian Corven era mi pareja de sangre.
Ya no podía engañarme a mí misma negándolo: la tranquilidad con la que mi cuerpo respiraba ante su presencia, la forma en que mi loba despertaba sin temor a su lado y el calor que me recorría la sangre cada vez que me miraba a los ojos eran las pruebas vivas de un vínculo destinado que la
naturaleza había forjado en mi sangre.
Pero una pareja destinada no era una jaula de oro.
Darian me había ofrecido la verdad sobre el marcador de Soren y había ordenado preparar la restitución de mis tierras y la defensa contra cualquier tutela forzada, renunciando a reclamarme por decreto para dejarme el derecho de elegir.
Estaba dispuesto a luchar por mí sin adueñarse de mi voluntad.
Unos pasos rápidos y pesados en la escalera de caracol interrumpieron mis pensamientos.
Me puse en pie de un salto, con los músculos en tensión y el instinto alerta.
La puerta de la buhardilla se abrió de golpe con un estrépito de madera rota.
Maevra entró en la habitación con una lámpara de aceite en la mano izquierda y el rostro desencajado por una furia histérica que le deformaba las facciones.
A su espalda, Celene permanecía en el descansillo llorando con la cofia torcida.
—¡Maldita bastarda! —gritó Maevra, cerrando la puerta de una patada y plantándose frente a mí con los ojos encendidos—. ¡Crees que no he visto cómo te mira ese hombre! ¡Crees que no me he dado cuenta de la farsa que tenéis montada con el escribano!
Retrocedí dos pasos hacia la claraboya, apretando los puños:
—Sal de mi cuarto, Maevra.
—¡Este cuarto es mío! —chilló la mujer, sacando un frasco de vidrio pardo de su faltriquera con dedos temblorosos—. ¡Y esta hacienda es mía! ¡Ese Alfa soberano no me quitará mis tierras por culpa de una criada enferma!
La mujer descorchó el frasco con los dientes, arrojando el corcho al suelo:
—¡Te vas a tragar este supresor ahora mismo! ¡Te vas a tomar la dosis entera para que tu asqueroso olor no vuelva a salir de este desván antes de que los notarios de Asteria lleguen a la finca!
Miré el frasco en su mano: el líquido pardo y espeso desprendía el hedor acre a vinagre podrido y a sales de plomo que durante años me había envenenado los pulmones.
Maevra avanzó hacia mí con el brazo extendido, dispuesta a forzarme la boca como había hecho tantas veces en el pasado.
Pero esta vez, mi loba interior se puso en pie con una fuerza indómita y salvaje que me encendió la sangre.
No habría más veneno.
No habría más silencio.
La tormenta que llevábamos semanas conteniendo acababa de estallar bajo el tejado de la finca Valen.