Capítulo 19 El cuerpo dice no
Liora
El brazo de Maevra bajó hacia mi rostro con la rapidez y la saña de una víbora acorralada.
El cuello del frasco de vidrio pardo apuntaba directo a mis labios, goteando aquel fango espeso de vinagre amargo, resina de enebro y sales de plomo que durante diez inviernos me había adormecido los sesos, quemado las entrañas y secado la garganta.
Durante diez inviernos, mi cuerpo había aprendido a encogerse, a tragar el castigo en silencio y a buscar en la sumisión la única rendija para mantenerme viva bajo el techo de la casa grande.
Pero esa noche mis pulmones estaban limpios.
Cinco días continuos de sales de zinc, raíz de bardana y agua pura administrados por el médico de la Corona habían reducido el veneno circulante en mi sangre, y cuando vi el brillo enfermizo y desquiciado de los ojos de mi madrastra bajo la luz temblorosa de la lámpara de aceite,
el miedo no me congeló las piernas.
Mi mano derecha subió como un resorte de hierro forjado.
Agarré la muñeca de Maevra en el aire antes de que el cristal tocara mi barbilla.
El chasquido del impacto de hueso contra hueso resonó en el maderamen del desván.
La mujer soltó un bufido de sorpresa, abriendo los ojos desorbitados al sentir la firmeza y la violencia de mi presa.
Sus uñas largas y afiladas intentaron clavarse en el dorso de mi mano para hacerme soltar, pero apreté los dedos contra sus tendones con una fuerza nacida de semanas de aire puro, de comida caliente y de una loba despierta que ya no aceptaba cadenas ni castigos.
Giré su muñeca hacia afuera con un golpe seco de cadera.
El frasco se le resbaló de los dedos y cayó contra las losas del suelo junto a la pata del jergón, reventando en una docena de esquirlas oscuras que salpicaron el zócalo.
El líquido pardo se desparramó por las junturas de la madera, despidiendo un vapor acre, denso y sulfuroso que me raspó las aletas de la nariz:
—¡Maldita loba bastarda! —aulló Maevra, abalanzándose sobre mí con las dos manos extendidas hacia mi cuello con la furia ciega de quien ve desmoronarse una década de mentiras—. ¡Te vas a lamer el suelo si hace falta, pero no saldrás viva de esta casa para arruinarnos ante la Corona!
Me eché a un lado esquivando su embestida con la agilidad que el plomo me había robado durante años.
El hombro de Maevra chocó contra la pared de piedra seca, volcando el candelero de latón. La llama prendió en una esquina de la manta de lana vieja que cubría mi jergón, soltando una humareda densa, negra y picante que llenó la buhardilla en cuestión de segundos.
En el descansillo de la escalera, Celene soltó un chillido agudo y echó a correr hacia el piso inferior, con las faldas de seda golpeando los peldaños en una huida desesperada.
Maevra se revolvió en el suelo con la boca torcida por la rabia, arrancándose una astilla clavada en la manga:
—¡Crees que ese soberano te va a coronar!
—gritó, tratando de bloquearme el paso hacia la puerta abierta con los brazos abiertos y la respiración rota—.
¡Para Darian Corven solo eres una ramera de cocina!
¡Un expediente sucio de contrabando que enterrará en el foso de Asteria en cuanto tenga los títulos de la finca en la mano!
¡Una loba deforme que ningún tribunal de manada reconocerá jamás!
—Darian ya me mostró los pliegos de cancillería, Maevra —dije con una voz tan helada, profunda y firme que el eco retumbó entre las vigas carcomidas del techo—. Sé lo que firmó mi madre antes de morir. Sé lo que mutilaste en el archivo del juzgado. Y no volveré a tragar una sola gota de tu veneno.
Avancé un paso decidido hacia ella.
Mi loba interior no esperó: soltó un gruñido sordo, gutural y cavernoso que no salió de mi boca humana, sino que vibró en el aire de la habitación con el peso aplastante y físico de una presencia territorial que ya no podía contenerse.
Maevra retrocedió un palmo, tropezando con el madero de la claraboya.
El pánico cruzó su semblante por primera vez en toda su vida: no estaba viendo a la criada dócil que fregaba calderos de cobre; estaba viendo a la legítima heredera de Elayne Valen en pie de guerra, respaldada por la sangre de una casta que no conocía la servidumbre.
Aproveché su titubeo para esquivarla con un quiebro rápido, cruzar el umbral del desván y lanzarme escaleras abajo por los peldaños de caracol.
En el descansillo del primer piso, el humo del desván no había llegado todavía, pero la casa entera crujía bajo una tensión insoportable.
La puerta del dormitorio principal estaba entornada, dejando escapar el resplandor rojizo de las brasas de la chimenea.
Al llegar al pie de la escalera, una mano menuda y fría me agarró con fuerza de la manga del vestido gris y me arrastró hacia la sombra espesa del pasillo de servicio.
Me revolví por puro instinto, con los colmillos rozándome el labio inferior y los músculos en tensión, pero me detuve en seco al reconocer los ojos anegados en lágrimas de Oria.
La muchacha temblaba de pies a cabeza, vestida únicamente con su camisa de dormir de lino blanco y envuelta en un chal de estameña raído:
—¡Liora! —susurró con un hilo de voz entrecortado, señalando con el dedo hacia el interior de la habitación de su madre—.
Maevra bajó antes de la cena con el baúl de viaje…
Estaba fuera de sí. Dijo que si los cancilleres de Asteria intervenían los libros de rentas mañana por la mañana, no dejaría ni una sola ceniza que demostrara de dónde venías ni qué sangre llevas en las venas.
Quería arrojarlo todo a las brasas de la alcoba.
Oria abrió la palma de su mano temblorosa frente a mis ojos.
Sobre su piel brillaba la pequeña llave de latón con cabeza de halcón que abría el secreter de nogal de mi padre, la misma con la que yo había abierto el baúl de Maevra durante la Gala.
—Tómala —dijo con la voz quebrada por el llanto y el terror—. Vete al campamento del prado norte, Liora. Si te quedas aquí hasta el amanecer, mi madre llamará a los mozos de cuadra y al capitán Thorne. Te encerrarán en la bodega del grano y dirán a los soldados que sufriste un ataque de locura.
Apreté la llave entre mis dedos, sintiendo el metal frío clavarse en mi palma como un salvoconducto de libertad, y le sostuve la mirada con gratitud honda:
—Ven conmigo, Oria. Darian tiene guardias leales en la empalizada. No permitirá que te toquen un solo pelo por haberme ayudado.
Oria negó con la cabeza con una sonrisa triste, retrocediendo hacia la sombra de los cortinajes del corredor:
—Yo soy su hija legítima, Liora. A mí no me matará, solo me encerrará a coser ajuares… Pero a ti te destruirá. Sal de esta casa ahora mismo. ¡Corre!
No perdí un segundo más.
Crucé el umbral de la alcoba de Maevra sin hacer ruido con los zuecos.
El olor a lavanda rancia, a perfume de tocador y a leña de roble quemada impregnaba el aire caldeado de la estancia.
Junto a la chimenea de mármol pardo, el gran secreter de nogal tenía la tapa abatida. Sobre el tapete de terciopelo verde había tres carpetas de cuero forzadas, varios pagarés del administrador Barel y una pila de cartas arrugadas listas para ser arrojadas al fuego.
Me acerqué al mueble con el pulso martilleándome en las sienes, introduje la llave de latón en la cerradura del cajón secreto inferior y giré el mecanismo hacia la izquierda.
La madera noble cedió con un chasquido seco que sonó como un trueno en el silencio de la habitación.
Dentro del compartimento forrado de seda azulada no había monedas de oro ni joyas familiares.
Había un pliego doblado en cuatro partes, de pergamino grueso, amarillento y encerado, atado con una cinta de cáñamo oscuro y sellado con una gruesa oblea de cera gris que llevaba grabada la cresta inconfundible de tres olas superpuestas.
El anexo de la Marea Gris.
El documento proscrito que Maevra había arrancado del testamento principal para ocultar mi casta y sostener su fraude durante diez años.
Metí la mano en el cajón y agarré el pergamino con los dedos temblorosos.
La cera gris estaba tibia por la cercanía de la chimenea y cedió apenas bajo mi pulgar. Volví a ajustar la cinta de cáñamo para no dañar el sello.
Guardé el anexo con presteza dentro del bolsillo interior de mi corpiño de trabajo, apretándolo contra la cláusula original que llevaba cosida sobre las costillas desde la noche de la Gala del Solsticio.
Los dos pliegos que componían el legado entero de mi madre volvían a estar juntos después de diez años de expolio y mentiras.
—¡Ladrona! ¡Hija de ramera!
El grito furioso retumbó en la puerta del dormitorio.
Maevra estaba plantada en el umbral, con un atizador de hierro forjado en la mano derecha, el pelo canoso revuelto sobre los hombros y la falda manchada del hollín y el barro de la buhardilla.
—¡Devuélveme ese documento o te abriré la cabeza contra las losas del suelo!
La mujer alzó el hierro con ambas manos y se lanzó contra mí con un aullido de rabia descompuesta.
El atizador zumbó en el aire helado de la alcoba, rozándome la oreja izquierda y estrellándose contra el lateral del secreter con un impacto brutal que partió la moldura de madera en dos astillas largas.
No me detuve a forcejear ni a defenderme.
Agarré el candelabro de bronce de tres brazos que reposaba sobre la mesa auxiliar y lo arrojé con todas mis fuerzas contra sus piernas. El golpe en las espinillas la desequilibró por completo, haciéndola caer de rodillas sobre la alfombra con un grito de dolor.
Giré sobre mis talones, salí como una exhalación de la alcoba al corredor principal y corrí hacia las escaleras traseras de servicio que daban a la cocina y a la despensa baja.
El aire de la noche me golpeó en el rostro como un latigazo de agua congelada en cuanto empujé el cerrojo de la despensa y salí al patio de labor.
La nieve caía en ráfagas finas y cortantes, arrastrada por un viento del norte que aullaba con violencia entre los aleros de los cobertizos y las cuadras de piedra.
Apreté ambos brazos con fuerza contra mi pecho para asegurar los pergaminos bajo el corpiño de lana y eché a correr hacia el portón de madera que separaba las huertas de labor del prado comunal.