Capítulo 18 Servir al Alfa
Liora
El neutralizador quelante de Iven Ardel sabía a tierra húmeda y a corteza de bardana.
Cada amanecer, antes de que la campana de la cocina rompiera el silencio del desván, destapaba el primer frasco de cristal ámbar que guardaba bajo una tabla suelta del suelo, medía una cucharada exacta del líquido espeso y la bebía con un trago de agua del cántaro.
El compuesto no adormecía mis sentidos ni me dejaba el regusto a plomo y tiza que durante años me había quemado la garganta.
Al revés: el ardor de mis glándulas comenzó a ceder desde el segundo día, la rigidez inflamada detrás de mis orejas se disipó y mi loba interior, comprimida durante tanto tiempo bajo capas de veneno, empezó a estirar las patas dentro de mi carne con una respiración sosegada y limpia.
Mi cuerpo estaba sanando.
Pero la calma de mis órganos no traía paz a la casa grande.
Maevra estaba desesperada.
Con los piquetes de la guardia apostados en la cancela y el administrador Barel negándose a firmar el contrato de compraventa mientras la cancillería de Asteria mantuviera abierta la investigación, mi madrastra convirtió la hacienda en un escenario de cortejo forzado.
Obligó a Mina a gastar los últimos sacos de harina de flor, abrió las tinajas de manteca de cerdo y mandó a Barek sacrificar dos carneros cebados para agasajar a la plana mayor de la Corona.
Y para asegurarse de que los soldados no tuvieran pretexto de insalubridad ni descuido, me impuso a mí la tarea de servir personalmente a los oficiales cada vez que cruzaban el patio de servicio para reunirse con el escribano en la galería baja.
«Sírveles el vino y mantén los ojos en las baldosas», me había advertido la víspera, clavándome las uñas en el hombro con una sonrisa venenosa. «Si ese soberano ve una sola mota de polvo en las jarras, nos clausurará los graneros antes del deshielo».
No sabía que cada vez que cruzaba aquel umbral, el hombre que presidía la mesa sabía exactamente quién era yo.
El primer encuentro ocurrió la tarde del día setenta, en la antesala de intendencia.
El aroma del pergamino viejo y de la cera caliente con la que el anciano Vael lacraba los informes para la capital llenaba la habitación.
Entré cargando una bandeja de madera con una jarra de peltre con cerveza caliente de centeno y tres cuencos de barro.
Darian estaba de pie junto a la ventana enrejada que daba a las caballerizas, vestido con su túnica oscura de paño grueso y el cinto de la espada terciado al pecho. Al oír el crujido de mis zuecos sobre las losas, se volvió despacio.
Nuestras miradas se cruzaron en medio del aire tibio de la sala.
Mi loba no se encogió. No hubo la alarma territorial que solía erizarme el vello ante los Alfas de la corte; hubo un latido firme, hondo y acompasado, una marea de reconocimiento silencioso que me templó el pecho.
Avancé hacia la mesa con paso medido, dejando la bandeja sobre el tablero:
—La cerveza de la tarde, señores.
Vael levantó la cabeza de sus pliegos, frotándose los ojos fatigados tras las lentes de alambre:
—Gracias, muchacha. Déjala junto a las actas de deslinde.
Darian no se acercó a la jarra. Dio tres pasos hacia la mesa y, con un movimiento tranquilo que pareció casual a los ojos del anciano jurista, deslizó uno de los pliegos recién redactados hacia el borde del tablero, justo frente a mis manos.
Bajé la vista.
El encabezado llevaba el sello grabado de la cancillería de Vhal y el título en tinta negra: *Restitución de titularidad y deslinde de bienes patrimoniales de la casa Valen*.
—El escribano ha fijado el límite oriental de la hacienda en la acequia del molino viejo —dijo Darian con voz neutra, como si estuviera evaluando un informe rutinario con su oficial de intendencia—.
Quería comprobar si los colonos reconocen esa linde o si las crecidas de primavera modifican el cauce de labor.
Leí las líneas con rapidez mientras retiraba los platos vacíos de la mañana.
Mi memoria de los registros de mi madre funcionó con precisión automática:
—La acequia se cegó hace cuatro inviernos, mi señor —respondí, manteniendo la voz baja y serena de una sirvienta de casa—.
El deslinde real de Lady Elayne seguía la hilera de mojones de granito blanco detrás del abedular.
Si fijáis la linde en el agua, la parcela este perderá tres fanegas de pasto comunal y los colonos de la cañada no tendrán acceso al abrevadero.
Darian miró a Vael con una ceja alzada:
—Modifica el trazado en el acta, Vael. Los mojones de granito blanco detrás del abedular.
El anciano jurista tomó nota con presteza, asintiendo sin discutir:
—Corregido, señor de Vhal.
Darian volvió a clavar sus ojos ámbar en los míos.
No había condescendencia en su semblante, ni el paternalismo arrogante con el que los señores de manada solían tratar a la servidumbre.
Había respeto. Me estaba mostrando el documento que devolvería mis tierras sin exigirme una genuflexión a cambio, aceptando mi testimonio como la autoridad legítima de la casa.
—¿Alguna otra discrepancia en el acta de rentas, muchacha? —preguntó él en un tono sosegado.
—Ninguna en el terreno, mi señor —dije, recogiendo la bandeja vacía y dando medio paso hacia la puerta—. Pero el señor Barel tiene dos pagarés falsificados con la firma de mi padre que Maevra no ha presentado en esta mesa.
—Los pediré mañana mismo en la audiencia del mediodía —aseguró Darian con una frialdad tajante—. Puedes retirarte.
Hice una inclinación de cabeza y salí a la galería exterior, sintiendo el aire frío del patio golpearme el rostro con un frescor que me devolvió el aliento.
Darian estaba cumpliendo su palabra. No solo me estaba protegiendo; me estaba entregando el control de mi propia herencia pliego por pliego.
Dos días más tarde, la reunión fue en el porche cubierto que conectaba el almacén de hierbas con el lavadero.
La nieve caía en copos lentos y pesados sobre las tejas bajas, amortiguando los ruidos del campamento exterior.
Iven Ardel estaba sentado en un banco de madera, examinando con una lupa de aumento los sedimentos de tres redomas de vidrio que había dispuesto sobre un arcón de mimbre.
Darian permanecía apoyado contra una de las vigas de roble, con un mapa de caminos de cuero encerado extendido entre sus manos enguantadas.
Me acerqué con un canasto de lienzos secos bajo el brazo.
Al verme llegar, el médico apartó la lupa y me señaló el banco contiguo con un gesto amable:
—Siéntate un momento, Liora. El pulso de tu cuello tiene mejor color que la semana pasada.
Dejé la cesta en el suelo y me senté en el extremo del banco, mirando de reojo el mapa que Darian sostenía abierto.
Sobre el cuero pardo se veían trazadas en tinta encarnada las rutas fluviales del río Siel, los caminos de herradura hacia los acantilados occidentales y un círculo amplio trazado con compás alrededor del distrito de Asteria.
—Iven ha terminado de calcular el radio de respuesta del marcador genético —dijo Darian, señalando el borde del círculo con la yema de su dedo índice—.
Diez leguas en condiciones de viento despejado si utilizan sabuesos alquímicos o reactivos de marea.
Desde esta finca hasta la desembocadura de la costa hay dieciocho leguas de terreno quebrado.
Miré las líneas del mapa, reconociendo los pasos de montaña que mi madre solía mencionar en susurros cuando yo era niña:
—La Marea Gris no utiliza los caminos de la Corona para cruzar la meseta —dije, señalando con el dedo la garganta de piedras que bordeaba el bosque de abedules—.
Utilizan las cañadas de pastores y las acequias de deshielo.
Si Soren Nhal activó la baliza genética, sus rastreadores no vendrán por el puente del río; bajarán por los desfiladeros del norte.
Darian me miró con atención concentrada, asimilando cada palabra con la mente rápida de un estratega militar:
—Eso explica los rastros que mis centinelas divisaron ayer en la arboleda oriental. No eran forajidos de camino; eran avanzadillas explorando los pasos de la garganta.
Se enderezó, dobló el mapa con cuidado y me miró a los ojos con una seriedad que no admitía rodeos:
—Iven necesita tomar una muestra de saliva para comprobar cómo responde tu sangre al tratamiento quelante. Puedes hacer la prueba ahora en este porche o podemos esperar a que termine la ronda y consultar a solas en el carromato médico. Tú decides.
El impacto de su ofrecimiento me caló hondo.
No me estaba ordenando extender la muñeca ni me estaba sometiendo a un examen público frente a los guardias que vigilaban la cancela.
—Hagámoslo aquí —respondí, mirando al médico—. Barek está en las cuadras y Maevra está encerrada con las costureras en el piso de arriba.
Iven tomó la varilla de vidrio, rozó con suavidad la comisura de mi boca para recoger la saliva y depositó la gota sobre una tira de papel de tornasol.
El papel viró a un verde pálido, limpio y sin trazas de turbidez plomiza.
—Las sales de zinc están eliminando el veneno de tus glándulas —dictaminó Iven con satisfacción visible—. En tres días más, la concentración circulante habrá descendido por debajo del umbral tóxico. El daño de los tejidos tardará mucho más en sanar.
—Gracias, doctor Ardel —dije, poniéndome de pie y recogiendo mi cesta de lienzos.
Darian dio un paso hacia mí, deteniéndose a dos palmos de distancia.
El aroma de su cuerpo me envolvió de nuevo: cedro oscuro, hierro frío y el humo limpio de las hogueras de enebro.
—Cuando no haya testigos de la corte ni soldados de la guardia delante, Liora —dijo en un susurro bajo que solo yo pude escuchar—, no necesitas llamarme «mi señor». Me llamo Darian.
Sentí una punzada ardiente en el pecho, un calor imprevisto que me tensó la garganta.
Sostuve su mirada con firmeza, manteniendo la distancia que mis años de servidumbre habían construido como una muralla de supervivencia:
—El señor de Vhal tiene dos compañías de infantería en el prado y una corona sobre la cabeza. «Mi señor» es el tratamiento que la ley exige a una criada de meseta.
Una sombra de reproche noble cruzó sus ojos ámbar, pero no insistió ni intentó quebrar mi negativa: