Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 17 El campamento #3
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Capítulo 17 El campamento #3

Mientras la tomes, el perfume Omega permanecerá contenido de forma natural por la propia fuerza de tu cuerpo, sin que necesites envenenarte para no delatarte ante la casa.

Liora levantó despacio los ojos hacia mí.

Había una pregunta muda en su mirada, una evaluación certera que buscaba la trampa detrás de la medicina:

—El señor Corven no ha venido hasta este arroyo solo para hacer de boticario.

—No —respondí, dando un paso hacia el murete sin invadir su espacio—. He venido a decirte lo que Iven descubrió en el laboratorio. Algo que debiste saber antes de entrar en la Gala del Solsticio.

Liora tensó levemente los hombros bajo el mantón:

—Sé que el bloqueador colapsó a medianoche. Sé que la fórmula me provocó fiebre y me obligó a transformarme en el patio.

—Eso fue solo la mitad de lo que esa droga te hizo, Liora —dije con voz grave—. El boticario que te la vendió introdujo un marcador genético en la fórmula que bebiste.

Ninguno habló. Bajo la escarcha, el agua crujió sobre las piedras.

Liora frunció el ceño con una extrañeza que se transformó rápidamente en una sombra de desconfianza:

—¿Un marcador? Me dijo que el sello del frasco era una marca de grado alquímico.

—Te mintió —intervino Iven con sequedad—. Era el sello de la Marea Gris. Un reactivo sintético que se acopla a los linajes de la costa occidental y emite una señal que sabuesos adiestrados pueden rastrear a diez leguas.

La sangre abandonó el rostro de Liora. Bajó la vista hacia los frascos y apretó los labios:

—Soren… El hombre que me lo vendió me pidió dos viales de sangre. Dijo que eran para calibrar la dosis con mi peso y mi temperatura.

—Esa sangre era para vender tu rastro a quienes financian su laboratorio clandestino —dije, apoyando la mano enguantada sobre la piedra seca—.

No te entregó una fórmula para salvar el testamento de tu madre, Liora.

Te convirtió en una baliza viva para que otros pudieran encontrarte después de la Gala.

Liora clavó la mirada en la hierba congelada. Sus dedos se cerraron dentro de los bolsillos del mantón; el temblor le subió hasta las muñecas.

—¿Por qué me decís esto? —preguntó, levantando la cabeza—. Podíais haberos guardado esta información. Podíais haber utilizado ese marcador para justificar mi arresto ante el Consejo de Ancianos o para obligarme a aceptar la protección de vuestros soldados.

—Porque si te oculto la verdad sobre tu propio cuerpo, estaría haciendo exactamente lo mismo que Maevra y que ese tal Soren —respondí con una firmeza que no admitía dudas—. Y no voy a construir la seguridad de este reino sobre la mentira que te tiene encerrada en esta casa.

Liora sostuvo mi mirada.

El viento sopló entre nosotros, levantando briznas de nieve que flotaron sobre las losas del murete.

—He ordenado a mi escribano preparar tres ordenanzas para la cancillería de Asteria —continué, bajando el tono de voz—.

La restitución de tus tierras, la certificación de tu capacidad legal y la prohibición absoluta de que el Consejo o cualquier otra autoridad te imponga una tutela o un matrimonio sin tu consentimiento en audiencia pública.

Liora parpadeó una vez:

—Me estáis dando las herramientas para no deberos nada, señor Corven.

—Te estoy dando las herramientas para que seas libre de decidir, Liora —dije—. Lo que hagas con tus tierras, con tu linaje y con tu vida a partir de este momento será una elección tuya. De nadie más.

Liora dio un paso al frente, acercándose al murete de piedra.

Estiró la mano derecha y tomó los dos frascos de vidrio ámbar, guardándolos en el bolsillo interior de su mantón con un movimiento seguro y decidido:

—Acepto la medicina del doctor Ardel. Y acepto que mantengáis vuestro campamento en el prado norte mientras Maevra conserve el anexo de mi madre en su corpiño.

Hizo una pausa y clavó sus ojos grises en los míos:

—Pero quiero un compromiso de vuestra parte, soberano de Eryndor.

—Pide.

—Ninguna decisión que afecte a esta hacienda, a los documentos de mi madre o a la investigación sobre ese boticario se tomará a mis espaldas. Si descubrís quién pagó ese marcador genético, vendréis a decírmelo a esta misma linde. No seré el peón de vuestra guerra contra el Consejo.

Asentí:

—Trato hecho, Liora Valen.

La muchacha asintió con una leve inclinación de cabeza, se volvió hacia Barek y comenzó a caminar de regreso hacia los establos de la finca con un paso firme y sereno sobre la nieve.

Me quedé junto al murete de piedra, observando su figura alejarse bajo el cielo plomizo de la tarde.

El aire trajo desde los bosques orientales un crujido lejano de ramas quebradas, un rumor sordo que hizo que mi lobo primal levantara las orejas con una atención repentina.

Miré hacia la espesura de abedules que cerraba el horizonte este.

Entre los troncos blancos y las sombras desnudas de la arboleda, percibí una anomalía sutil en el viento: un rastro ajeno a mis patrullas, una presencia que vigilaba las lomas con la paciencia fría de quien espera el momento exacto para saltar.

La cacería no había terminado.

Liora ya sabía qué llevaba en la sangre. Yo sabía qué límite no cruzaría.

Me ajusté la capa corta sobre los hombros y volví hacia las hogueras sin dar la espalda al bosque.