Capítulo 17 El campamento #2
La fórmula contenía un marcador genético sintético, una cadena de alcaloides diseñada para enlazarse con los receptores de sangre de los linajes de la Marea Gris.
Funciona como una baliza química latente.
Sentí una punzada de frío en la boca del estómago:
—¿Una baliza?
—Una señal de rastreo, Darian —explicó el médico con precisión clínica—.
Quien preparó esa sustancia para ella no pretendía únicamente ayudarla a entrar en el alcázar.
La marcó. Introdujo en su torrente sanguíneo un compuesto que reacciona a reactivos específicos y que permite a sabuesos o rastreadores adiestrados seguir su rastro a diez leguas de distancia cuando la fórmula se activa por completo.
Apreté los puños sobre el tablero de pino con tanta fuerza que la madera crujió bajo mis dedos.
«La utilizó», pensé con una furia abrasadora que me quemó la garganta. «Quienquiera que fuese, ese maldito se aprovechó de su desesperación para convertirla en un señuelo con patas».
—¿Liora sabe lo que lleva en la sangre? —pregunté.
—Lo dudo mucho —respondió Iven, guardando la varilla en su estuche de cuero—.
Si es tan inteligente como parece, no se habría arriesgado voluntariamente a entrar en un salón repleto de Alfas reales donde cualquier sabueso de aduanas podía detectarla.
Lo más probable es que creyera que compraba una máscara temporal; no sabía que le estaban cosiendo una diana en la espalda.
Miré a través de la abertura de la tienda hacia el prado norte.
A quinientos pasos, entre los abedules desnudos por el invierno, se alzaban las paredes grises de la casa solariega de los Valen.
Bajo aquel tejado de pizarra, una mujer joven que había sobrevivido a años de intoxicación y servidumbre guardaba en secreto la prueba que había arriesgado la vida por recuperar, creyendo que su único enemigo era la madrastra que intentaba despojarla de sus tierras.
—¿Cómo está su estado físico, Iven? —pregunté, apartando la mirada de la ventana—. Viste sus glándulas en el patio.
El médico suspiró, frotándose el puente de la nariz con cansancio:
—Mal. La loba interior debe de estar despierta, pero profundamente debilitada.
Las glándulas del cuello siguen inflamadas por la retirada brusca de las pastillas viejas.
Las sales acumuladas necesitarán varios días de quelación, y el daño que han causado en el hígado y las glándulas tardará meses en sanar.
Si no comienza a tomar el neutralizador que preparé en el carromato, sufrirá espasmos musculares y fiebre glandular en cuanto la temperatura suba unos grados.
Iven metió la mano en la faltriquera de su mandil y sacó dos frascos de cristal ámbar, sellados con cera neutra:
—Este es el neutralizador puro. Sales de zinc, decocción de raíz de bardana y extracto de malva silvestre. Limpiará los metales pesados de su sangre sin alterar su aroma ni forzar la transformación. Debe tomar una cucharada con agua cada mañana durante diez días.
Tomé los frascos entre mis manos.
El cristal estaba tibio, templado por el calor del cuerpo del médico:
—Se los entregaré hoy mismo.
—Ten cuidado, Darian —advirtió Iven, mirándome con una severidad que solo un amigo de la infancia podía permitirse—.
Liora Valen ha pasado toda su vida cubriéndose las espaldas frente a los Alfas.
Como amigo, te garantizo que, si vas a verla con la autoridad de un rey y le dices que está marcada por una red clandestina, pensará que buscas una excusa para manipularla y atarla a ti de alguna manera.
—No voy a ordenarle nada, Iven —respondí, guardando los frascos en el bolsillo interior de mi túnica—. Voy a darle los hechos. Lo que decida hacer con ellos será su propia elección.
Antes del mediodía, llamé de nuevo a Vael a la mesa de trabajo.
El anciano jurista extendió tres pliegos en blanco de pergamino con el sello real grabado en la cabecera:
—Indicadme los términos de la instrucción jurídica, señor de Vhal.
Me apoyé contra el borde de la mesa con los brazos cruzados:
—Quiero que prepares tres recursos independientes para presentar ante la cancillería de Asteria antes de que termine la semana.
Vael asintió, disponiendo las plumas:
—El primero.
—Restauración plena de la titularidad de la finca Valen a nombre de Liora Valen, en calidad de única descendiente directa y heredera universal de Lady Elayne Valen, con efecto retroactivo desde el día en que cumplió veintiún años.
—Para ejecutar esa restitución se requerirá el pliego original del testamento —advirtió Vael—. El acta del despacho estaba mutilada.
—El acta original completa aparecerá a su debido tiempo —corté con firmeza—. Mientras tanto, la sospecha fundada de fraude documental basta para suspender cualquier derecho de administración de Maevra y congelar todas las cuentas de la hacienda.
—Entendido. El segundo recurso.
—Una certificación médica oficial emitida por el doctor Ardel que declare la plena capacidad física, mental y jurídica de Liora Valen para administrar su patrimonio, anulando cualquier intento del tribunal comarcal de declararla incapacitada por razones de salud o linaje.
Vael anotó los términos con rapidez:
—¿Y el tercer pliego, mi señor?
—Una ordenanza soberana de prohibición de tutela forzada —dije, remarcando cada palabra con una gravedad solemne—.
Ningún consejo de linaje, ningún magistrado de distrito y ninguna autoridad de la Corona podrá imponer a Liora Valen un tutor legal, un administrador de bienes o un matrimonio concertado sin su comparecencia física y su consentimiento expreso y firmado ante el tribunal en pleno.
Vael levantó la cabeza despacio y me miró a través de sus lentes:
—Esa última ordenanza la libera de cualquier obligación impuesta por el Consejo de Ancianos, señor.
—Ese es exactamente el propósito —respondí—. Ninguna institución decidirá por ella sin permitirle comparecer. Redáctala para que no quede ningún resquicio.
Vael sostuvo mi mirada un instante. Después mojó la pluma en el tintero y empezó a redactar.
A las tres de la tarde, la ventisca amainó sobre la meseta. Bajo un cielo de plomo pálido, las lonas dejaron de restallar sobre los pastos nevados.
Salí de la tienda de mando vistiendo únicamente mi jubón de paño oscuro, botas de montar y una capa corta sin insignias ni cadenas de honor.
Iven caminaba a mi lado, cargando su maletín de cuero bajo el brazo.
Cruzamos el perímetro del campamento militar, dejando atrás las hogueras humeantes y las hileras de centinelas que montaban guardia con las picas apoyadas en el suelo helado.
Nadie nos siguió. Había ordenado expresamente a la escolta permanecer en el prado y mantener las ballestas enfundadas.
Caminamos hacia la linde sur, donde el terreno del campamento descendía suavemente hacia los campos de labor de la finca Valen.
Allí, en el límite exacto entre la jurisdicción militar y las tierras privadas de la hacienda, un murete bajo de piedra seca cubierto de líquenes separaba el pastizal de un arroyo que bajaba desde los bosques orientales con un murmullo sordo bajo una capa fina de hielo.
Junto al murete, de pie sobre la hierba congelada, dos figuras nos aguardaban contra el fondo blanco del paisaje.
La primera era el viejo Barek, que sostenía una horca de heno en la mano derecha con la postura relajada de un peón que vigila el ganado.
La segunda era Liora.
Llevaba un vestido de lana gris oscura, un mantón de paño pardo cruzado sobre el pecho y atado a la espalda, y guantes toscos de lana sin teñir.
El viento del este le alborotaba algunos mechones oscuros de la trenza, haciéndolos flotar alrededor de sus mejillas pálidas.
Al vernos llegar, Barek dio tres pasos hacia atrás, apoyando la horca contra un sauce desmochado y colocándose fuera del alcance de la voz, pero manteniendo la vista fija en el camino real para advertir de cualquier presencia inesperada.
Liora no retrocedió.
Permaneció inmóvil junto a las piedras del murete, con las manos entrelazadas sobre el mandil y la barbilla levantada, sosteniendo mi avance con unos ojos grises que brillaban con la frialdad serena de un lago en invierno.
Nos detuvimos a tres pasos de ella, con el murete de piedra como única frontera entre los dos.
El aire estaba tan limpio que pude percibir con nitidez los matices de su presencia:
El olor áspero de la lana lavada, el humo tenue de la cocina de la finca y, muy en el fondo, una nota sutil, casi imperceptible pero viva, de lluvia sobre piedra fresca.
Mi lobo interior apoyó las patas delanteras en mi pecho con un latido calmo y firme, reconociendo la presencia de su igual sin la urgencia ciega de los primeros días.
—Doctor Ardel —dijo Liora, dirigiendo su saludo primero al médico con una voz tranquila y educada—. Barek me dijo que teníais noticias sobre los inventarios del dispensario.
Iven dio un paso al frente, inclinando la cabeza con respeto:
—Tengo el informe toxicológico y el tratamiento que necesitas, muchacha.
El médico abrió su maletín, extrajo los dos frascos de vidrio ámbar y los depositó sobre una losa plana del murete:
—Es el neutralizador quelante que te prometí.
No contiene plomo, ni cenizas alcalinas, ni resinas de inversión.
Una cucharada con agua limpia cada mañana, antes de la primera comida.
En diez días, los residuos metálicos habrán salido de tus órganos y las glándulas de tu cuello recuperarán su textura normal.
Liora miró los frascos sobre la piedra con una prudencia instintiva, sin estirar la mano de inmediato:
—¿Y mi aroma?
—Tu aroma verdadero no desaparecerá, Liora —respondió Iven con franqueza profesional—.
Esta fórmula no es una máscara, muchacha; es una medicina para curar el hígado y limpiar la sangre.