Capítulo 17 El campamento
Darian
El viento de la meseta no daba tregua en el prado norte.
Durante tres días con sus noches, la ventisca barrió las lomas con una insistencia sorda, cubriendo de escarcha las lonas de las veinticuatro tiendas cónicas y congelando el barro de las rodadas hasta convertirlo en zanjas de piedra viva.
Permanecí de pie ante la mesa de campaña de la tienda de mando, con los nudillos apoyados en el tablero de pino sin desbastar y los ojos fijos en el mapa topográfico del distrito oriental.
A mi izquierda, un brasero de hierro forjado chisporroteaba con carbón de encina, levantando un calor seco que apenas lograba templar el aire a medio palmo de las brasas.
El olor a humo denso se mezclaba con el de la cera de abejas de los sellos rotos, el cuero engrasado de mis botas de montar y el vaho continuo que salía de mi boca a cada respiración.
El escribano Vael desdobló un pergamino llegado esa misma madrugada en la valija del correo de Asteria.
El anciano se ajustó las lentes de alambre sobre el puente de la nariz, carraspeó para aclarar una garganta castigada por el relente y leyó el párrafo marcado con tinta bermellón:
—«El Consejo de Ancianos recuerda al señor de Vhal que el despliegue de dos compañías de la guardia fuera de la capital devenga costes extraordinarios sobre el tesoro de invierno.
Habiéndose cumplido tres semanas desde el inicio formal de las pesquisas y no habiéndose presentado detenidos de alto rango ante la cancillería, Lord Odran solicita el repliegue inmediato del destacamento o, en su defecto,
la ratificación formal de los capítulos matrimoniales con la heredera de la casa Karr antes del primer deshielo».
Vael levantó la vista, esperando mi respuesta con la pluma suspendida sobre el tintero de cuerno.
—Redacta la contestación, Vael —dije, sin levantar la vista de las cotas de nivel del mapa—.
Informa a mi tío que la inspección aduanera y sanitaria en el corredor este ha revelado redes de distribución de alcaloides no registrados que comprometen la salud de la servidumbre y de los colonos de diez baronías.
La presencia militar en este distrito no es un gasto suntuario; es una medida de contención biológica amparada en los fueros fundacionales de la Corona.
—Lord Odran insistirá en que la fiscalización de boticarios rurales corresponde a los alguaciles del distrito, mi señor —apuntó el escribano con cautela profesional—. Alegará que mantener las compañías en estas tierras paraliza la corte.
—Que alegue lo que le plazca ante los bancos vacíos del salón de consejo —respondí, pasando el índice por la línea del río Siel que cortaba el camino hacia la finca Valen—.
Mientras el estado de alerta aduanera permanezca abierto con mi rúbrica, ningún magistrado puede disolver el campamento ni ordenar el regreso de los soldados.
Y añade una cláusula final: todo intento de convocar un tribunal de regencia sin la presencia física del soberano será tratado como delito de sedición contra la Corona.
Vael inclinó la cabeza, mojó la punta de metal en la tinta y comenzó a escribir con un rasgueo rítmico que llenó el silencio de la tienda.
La cortina de la entrada se descorrió con un chasquido brusco de anillas de bronce.
El capitán Riven Thorne entró en el recinto, trayendo consigo una ráfaga de aire helado y olor a caballo sudado.
Llevaba la capa de paño gris manchada de barro seco en el dobladillo y las mejillas encendidas por el frío cortante del exterior. Se detuvo a dos varas de la mesa, se quitó los guantes de cuero tachonado y los arrojó sobre el arcón de intendencia:
—Los centinelas de la posta sur han interceptado otro carromato procedente del molino, señor Corven. Transportaba sacos de centeno y dos cajas de tinturas para cueros. Nada de boticaría prohibida ni de armas clandestinas.
—¿Se revisaron los registros de carga conforme al protocolo? —pregunté, mirándolo de frente.
—Revisados y sellados por el sargento de guardia —replicó Thorne, cruzando los brazos sobre el peto de acero—.
Mis hombres llevan setenta y dos horas patrullando caminos vecinales donde solo transitan campesinos con sabañones y rebaños de ovejas famélicas.
El destacamento empieza a murmurar, mi señor.
No comprenden por qué mantenemos cercada una hacienda agrícola menor mientras los contrabandistas del río siguen operando a cinco leguas de aquí.
—La finca Valen no está cercada, capitán —dije con voz pausada y gélida—. Está bajo supervisión de intendencia. Y los soldados no están aquí para comprender la estrategia del mando, sino para ejecutar las órdenes que salen de esta mesa.
Thorne apretó los labios con una rigidez amarga:
—La señora Maevra presentó esta mañana una queja formal ante el oficial de guardia.
Sostiene que la presencia de nuestros piquetes junto a sus graneros espanta a los compradores de grano y arruina a su familia.
Pregunta cuándo podrá despachar a su hija Celene hacia Asteria para reanudar sus compromisos sociales.
—Dile a la señora Valen que su hija podrá viajar cuando el doctor Ardel concluya el inventario completo de los compuestos incautados en su dispensario —respondí, sosteniéndole la mirada sin pestañear—.
Y que mientras tanto, cualquier carro que cruce sus lindes sin el visado de mi escribano será confiscado en beneficio de los almacenes reales.
Thorne dio medio paso hacia adelante, bajando la voz con una insistencia tensa:
—Mi señor, si sospecha que esa mujer oculta cómplices de la Marea Gris o almacena drogas ilegales en los sótanos, permitidme registrar la casa grande de arriba abajo.
Con doce hombres armados derribaremos los paneles del despacho y las puertas de las bodegas en media hora.
Tendremos los papeles en la mano antes de que anochezca.
—No habrá registros con fuerza armada en esa casa, Thorne.
—¿Por qué tanta deferencia con una viuda de provincia, señor?
—soltó el capitán, con un filo de reproche que rozaba la insubordinación—.
En Asteria no dudasteis en ordenar controles en las residencias de los Alfas de alto linaje tras el Solsticio.
¿Qué tiene esta hacienda que justifique atar las manos de la guardia?
Me puse de pie con una lentitud deliberada.
Mi lobo primal despertó bajo mi piel con una vibración sorda y pesada, tensando los músculos de mi espalda.
El espacio entre los dos pareció encogerse. La presencia territorial que emanaba de mi cuerpo llenó la tienda con una densidad asfixiante, haciendo que el anciano Vael detuviera la pluma en el aire y que Thorne tensara los tendones del cuello de forma involuntaria.
—Esta hacienda tiene un proceso judicial abierto por fraude hereditario y manipulación de títulos bajo fuero de estirpe —dije, con un tono tan bajo que casi se confundía con el viento que azotaba la lona—.
Si tus hombres entran derribando puertas, Maevra quemará cualquier documento comprometedor en la primera chimenea y alegará que la guardia destruyó las pruebas de su inocencia. No le daré esa coartada.
Me acerqué a él hasta quedar a un palmo de su hombro:
—A partir de este momento, capitán, quedas relevado de la custodia del depósito de muestras del campamento.
Todo frasco, polvo o instrumento confiscado en este distrito pasará directamente a las manos de Iven Ardel y de la guardia personal de mi escolta.
Tú te limitarás a supervisar las rondas exteriores del camino real.
Thorne palideció; sus ojos buscaron los míos con una rabia sorda que apenas logró disimular tras una inclinación rígida:
—A vuestra orden, soberano.
—Retírate.
El oficial recogió sus guantes del arcón, dio media vuelta sobre sus talones y salió al vendaval, dejando la cortina ondeando tras de sí.
Iven Ardel entró diez minutos después por la abertura lateral que comunicaba con el carromato de laboratorio.
El médico real traía los puños de la camisa de lino arremangados sobre los antebrazos, revelando manchas tenues de reactivo de cobre en la piel, y una bandeja de madera con cuatro redomas de vidrio graduadas y dos crisoles de porcelana blanca.
Colocó la bandeja sobre el extremo limpio de mi mesa, apartando los mapas con un ademán seco:
—He terminado las pruebas de precipitación con las muestras del dispensario de Maevra, Darian.
Me senté de nuevo en el sillón de nogal, señalando los recipientes con la barbilla:
—No te andes con rodeos, Iven.
El médico tomó una varilla de vidrio y señaló la primera redoma, que contenía un líquido de tono verde oscuro con un sedimento plomizo en el fondo:
—Este es el contenido de los frascos incautados a Maevra y del que Thorne intentó guardarse en la capa.
Es un supresor doméstico de producción rústica.
La base está compuesta por extracto de corteza de sauce amargo, resina de enebro común, ceniza de encina y una concentración alarmante de acetato de plomo como fijador químico.
—¿Coincide con los residuos que extrajiste de la placa del collar en Asteria?
—Exactamente en la composición metálica —afirmó Iven, limpiando la varilla con un lienzo blanco—. El plomo y el cobre comparten la misma firma de fundición. Quienquiera que haya fabricado las dosis que Liora estuvo consumiendo en la finca utilizó el mismo lote de sal mineral adulterada.
—¿Y qué hay del compuesto de inversión? —pregunté, inclinándome hacia adelante con los codos apoyados en la madera—. ¿Encontraste trazas del bloqueador que tomó la noche de la Gala?
Iven negó con la cabeza con ademán tajante:
—Ni una gota. Ni en los anaqueles del almacén, ni en las boticas de la servidumbre, ni en los frascos viejos de la casa.
El bloqueador de inversión glandular —la resina fósil modificada que simuló su presencia Alfa durante el baile— no salió de las manos de Maevra ni de ningún boticario de esta comarca.
El médico tomó el segundo crisol, donde reposaba una lámina de cera sellada con una impronta circular:
—Y hay algo más grave, Darian. Algo que confirma la sospecha que anoté en la torre oriental tras analizar la muestra del patio bajo.
—Habla claro.
—El bloqueador que Liora ingirió en el Solsticio no era solo una droga de camuflaje —dijo Iven, bajando el tono de voz para que sus palabras no traspasaran la lona—.