Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 16 Los ojos de la desconocida #2
64%

Capítulo 16 Los ojos de la desconocida #2

El viento soplaba sobre las tejas del cobertizo con un gemido suave, levantando briznas de serrín que flotaban entre nosotros en la luz grisácea de la mañana.

Darian bajó la vista hacia mi mano derecha, que permanecía apoyada sobre el tocón de madera:

—Esa cicatriz en la palma tiene poco más de cinco semanas. La piel está tirante y el corte tiene la forma exacta de una punta de hierro forjado.

—Fue un accidente con un caldero en el lavadero, mi señor —respondí con una frialdad cortante—. Las criadas tenemos las manos torpes cuando el agua se congela en las artesas.

Una sombra de reproche, casi de ironía amarga, cruzó las comisuras de sus labios:

—No te vi torpe cuando cruzaste las terrazas del alcázar con tres ballesteros pisándote los talones. Ni cuando abriste la Rueda de Invierno frente a cuatrocientos nobles sin que te temblara un solo músculo de la espalda.

Sentí una punzada helada en el estómago, pero no di un paso atrás:

—Si habéis venido a arrestarme por alta traición y suplantación de rango, llamad al capitán Thorne. Tiene las sogas preparadas en el prado y dos compañías de soldados para arrastrarme hasta los calabozos de Asteria.

Darian frunció el ceño; una chispa de cólera contenida encendió el fondo de sus pupilas doradas:

—¿Crees que he recorrido los caminos del distrito a través del barro y la nieve para entregarte a los verdugos del Consejo de Ancianos?

—No sé a qué habéis venido, señor Corven —repliqué, sosteniéndole la mirada con una altivez que no pedía clemencia—.

Sé lo que los Alfas hacen cuando descubren a una Omega sin tutoría legal.

La registran, le ponen un collar de la Corona y la encierran en una torre para que su sangre justifique sus tratados de paz.

Maevra lo intentó con drogas; vuestro tío Odran lo intentará con leyes. No veo la diferencia.

Darian dio otro paso adelante, deteniéndose a solo un palmo de mí.

Podía sentir el calor de su aliento rozándome la frente, el latido regular y poderoso de su pecho y la tensión de sus músculos contenidos bajo el paño negro.

No intentó tocarme. No levantó una mano para sujetarme el brazo ni utilizó su presencia territorial para obligarme a inclinar la cabeza:

—La diferencia, Liora, es que yo no he venido a quitarte nada.

Metió la mano en el bolsillo interior de su túnica con un movimiento lento y deliberado, para no alarmarme.

Extrajo un objeto pequeño y lo depositó sobre el tocón de madera, entre mi cesta y el montón de leña.

Miré el objeto.

Era el frasco de vidrio oscuro sellado con cera parda que Thorne había intentado ocultar en su capa durante el registro del dispensario.

—Reconozco el olor de este veneno —dijo Darian en voz baja, con una gravedad sombría que me heló la sangre—. Es el mismo supresor adulterado con acetato de plomo y sales de cobre cuyos residuos Iven extrajo de la placa rota de tu collar en la torre oriental.

Levanté los ojos hacia él, desconcertada por el gesto.

—Llevas años tomando esta porquería para ocultar tu rango —continuó él, clavando su mirada en la mía con una urgencia que no admitía mentiras—.

Iven analizó los residuos del fango: la exposición acumulada al plomo ya está dañando tus glándulas y tu hígado.

El bloqueador que tomaste en el Solsticio destrozó la poca resistencia que le quedaba a tu cuerpo.

Si sigues tragando estas pastillas caducadas para esconderte de mí, tus órganos colapsarán antes de que llegue la primavera.

El aire se volvió espeso entre los dos.

Recordé la lata oxidada en el almacén de hierbas, el sabor a tiza y a metal rancio que me había dormido la lengua y la agonía de la fiebre en la choza de carboneros.

—No tengo otra opción —murmuré, con la voz quebrándose levemente antes de recuperar la compostura—. Sin una dosis, mi aroma se desbordará por toda la hacienda en pocas horas. Maevra lo sabrá, Celene lo sabrá y la guardia de Asteria tendrá la prueba que necesita para degollarme en el patio.

—No tocarás otro frasco de este lote —ordenó Darian, con una firmeza que no sonaba a mandato de amo, sino a una barrera de hierro levantada contra la muerte—.

Iven tiene preparado un neutralizador quelante en el carromato médico.

Una fórmula pura, sin plomo y sin resinas de inversión, que limpiará tus glándulas sin destruir tu cuerpo.

Lo miré con desconfianza, sintiendo el viejo recelo de la servidumbre cerrarme la garganta:

—Nada es gratis en Eryndor, mi señor. ¿Qué me pediréis a cambio de vuestra medicina? ¿Que me someta a la tutela del Consejo de vuestra corona?

Darian me miró durante un largo silencio, y en el fondo de sus ojos ámbar no encontré la arrogancia de la corte ni el cálculo frío de los Alfas de linaje.

Había dolor. Un dolor antiguo, contenido y noble, propio de quien ha tenido que gobernar sobre las ruinas de su propia sangre:

—Te pido que no te mueras, Liora —dijo en un susurro áspero—. Te pido que dejes de castigar tu cuerpo por miedo a lo que harán otros si saben quién eres.

El impacto de sus palabras me golpeó el pecho con más fuerza que cualquier mandato territorial.

Sentí una punzada ardiente detrás de los ojos, una mezcla de rabia y alivio que me obligó a tragar saliva para no quebrarme.

—Ese día… —Me detuve para decidir si valía la pena correr el riesgo.

Mi loba no se encogía ante él; caminaba bajo mi piel, alerta, pero sin pedirme que huyera.

Confié en ese instinto—. Ese día fui a buscar algo que me pertenece.

Maevra tiene el anexo del testamento de mi madre.

Lo lleva cosido en el bolsillo de su corpiño de viaje.

Es la prueba de que mi madre descendía de la Marea Gris.

Si ella descubre que vosotros sabéis la verdad, quemará el pergamino en el fogón antes de que podáis dar un paso.

Darian bajó la vista un instante hacia el frasco, como si ajustara una pieza que hasta entonces le había faltado:

—Vi la marca de agua de las mareas en el pliego mutilado del despacho, pero no sabía que Maevra llevara el anexo consigo.

No he registrado sus aposentos con soldados armados.

Ella cree que el campamento en el prado norte es una maniobra de inspección comarcal para investigar el contrabando de boticaría.

Mientras crea que tiene el control de sus papeles, no se atreverá a destruirlo porque lo necesita para negociar con Barel.

—¿Y qué haréis cuando el Consejo de Ancianos exija resultados?

—Ganar tiempo —respondió Darian con una frialdad estratégica que demostraba su maestría en el mando—.

Odran no puede forzar una regencia mientras yo mantenga el estado de alerta aduanera en este distrito.

Mis compañías permanecerán en el prado norte.

Ningún carruaje saldrá de esta hacienda sin mi sello, y ningún soldado de Thorne cruzará la puerta de tu cocina sin la presencia de Iven Ardel.

Dio medio paso hacia atrás, restableciendo la distancia de seguridad entre los dos, pero su mirada continuó clavada en mi rostro como un juramento grabado en piedra:

—Quédate en la casa, Liora. Cumple tus labores, mantén la cabeza baja ante tu madrastra y no salgas del perímetro de la finca. Yo me encargaré de vigilar las puertas de esta jaula hasta que tengamos las pruebas necesarias para romperla de una vez por todas.

Se volvió hacia la salida del cobertizo, pero antes de cruzar el umbral se detuvo y miró por encima del hombro:

—Y no vuelvas a esconder tus ojos cuando me veas pasar. No tienes nada de lo que avergonzarte en esta tierra.

Caminó hacia el patio de carruajes a paso firme, perdiéndose tras la esquina de las cuadras antes de que pudiera pronunciar una sola palabra más.

Me quedé inmóvil en la penumbra de la leñera durante varios minutos, escuchando el crujido de sus botas alejándose sobre la gravilla helada.

El viento del norte soplaba entre las tablas del techo, pero el frío ya no calaba en mis huesos con la misma aspereza de antes.

Miré el tocón de madera.

El frasco de vidrio oscuro descansaba sobre el serrín, con su sello de cera parda intacto.

Lo tomé con la mano derecha.

El vidrio estaba frío, pero mis dedos no temblaban.

Caminé hacia el fondo del cobertizo, donde se amontonaban los sacos de cal apagada y los cascotes de tejas viejas.

Levanté una losa partida del suelo, cavé un hoyo pequeño en la tierra helada y arrojé el frasco en el fondo de la fosa.

Cubrí el veneno con un puñado de tierra negra, coloqué la losa en su sitio y la pisoteé con la bota hasta que no quedó el menor rastro de la excavación.

No volvería a tragar plomo para comprar mi supervivencia.

No volvería a mutilar a mi loba para complacer el miedo de los demás.

Me ajusté el mandil de cáñamo, palpando el crujido firme del pergamino de mi madre contra mis costillas, y cargué la cesta con cinco leños gruesos de encina.

Salí al patio de servicio con la espalda recta y el mentón levantado.

A lo lejos, sobre la loma del prado norte, los estandartes amarillos de la Corona ondeaban sobre las tiendas de campaña, recortándose con orgullo contra el horizonte blanco de la meseta.

La cacería de sombras había terminado.

El soberano de Eryndor sabía mi nombre, conocía mi secreto y había plantado su espada frente a mi puerta no para capturarme, sino para sostener el peso de una verdad que pronto sacudiría los cimientos de todo el reino.

El invierno aún no había cedido su dominio sobre los campos.

Pero bajo la nieve endurecida y el hielo de las acequias, las raíces antiguas de la tierra comenzaban a despertar.

Acto III

La marca incompleta