Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 16 Los ojos de la desconocida
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Capítulo 16 Los ojos de la desconocida

Liora

La noche convirtió el prado norte en una constelación de fuego y hierro.

Desde la claraboya de mi buhardilla, con la frente apoyada en el cristal empañado por mi propia respiración, conté veinticuatro hogueras de campamento ardiendo en hileras regulares sobre la hierba congelada.

A quinientos pasos de mi ventana, las tiendas cónicas de la guardia real se recortaban contra la nieve como dientes de sierra oscuros; los centinelas caminaban en parejas a lo largo del vallado con las alabardas al hombro y los penachos de humo de pino verde subían rectos hacia un cielo despejado,

cuajado de estrellas duras y frías como esquirlas de pedernal.

Me llevé la mano al costado izquierdo.

Bajo la lana gris de mi vestido de labor, el pergamino encerado con la cláusula de mi madre crujía levemente contra mis costillas a cada movimiento de mis pulmones.

Estaba viva.

El examen de Iven Ardel había concluido sin cadenas, sin gritos de traición y sin que los sabuesos de la Corona me despedazaran en el patio empedrado.

La última pizca de comprimido rancio, ingerida antes del alba, había hecho su trabajo en el laboratorio de campaña, engañando a las placas de porcelana con la firma torpe de una Beta debilitada.

Pero no había engañado a Darian Corven.

Cerré los ojos, sintiendo un escalofrío eléctrico recorrerme la nuca al recordar los dos segundos en que el viento del este nos había desnudado en medio del patio.

Aquella mirada no era la de un juez que sospecha, ni la de un capitán que calcula una recompensa.

Era la mirada de un lobo primal que había visto a través de la lana húmeda, del olor a ceniza y de los años de silencio, reconociendo a la fiera que había bailado frente a él bajo las lámparas de cristal del alcázar.

«Sé quién eres», me había dicho sin pronunciar una sola palabra.

Y sin embargo, no había dado la orden de prenderme.

No había llamado a Thorne para que me colocara los grilletes de hierro frío, ni había permitido que Maevra me encerrara en la bodega bajo llave.

Había plantado a dos compañías de soldados en la puerta de mi casa, arrebatándole a mi madrastra el control de los caminos y convirtiendo la meseta entera en un tablero de guardia.

El crujido de un peldaño en la escalera de caracol me sacó de mis pensamientos.

Me aparté de la ventana y me senté en el borde del jergón de paja, alisándome la falda con las manos enrojecidas.

La puerta de madera se entreabrió con un roce cauteloso.

Oria se deslizó en la buhardilla, cerrando el pestillo tras de sí con un chasquido ahogado. Traía una manta de lana gruesa bajo el brazo y un tazón de barro humeante con caldo de nabos y grasa de tocino:

—Mi madre está en el despacho con Celene —susurró, arrodillándose junto a mi lecho y extendiendo la manta sobre mis piernas—. Ha cerrado los postigos de la planta baja y no para de revisar las actas con una vela en la mano. Está fuera de sí, Liora.

Tomé el tazón con ambas manos, dejando que el calor del barro me devolviera la sensibilidad a las yemas de los dedos:

—¿Qué dijo sobre el testamento?

—Dice que el soberano ha venido a despojarla —respondió Oria, bajando la voz hasta convertirla en un hilo apenas audible—.

Escuché a Celene llorar porque el señor Corven apenas la miró durante la recepción.

Mi madre le gritó que si no lograba que el Alfa la invitara al campamento antes de que termine la semana, el administrador Barel anulará el contrato de la dote y nos quedaremos sin crédito en toda la comarca.

Bebí un sorbo largo de caldo. El líquido caliente me bajó por la garganta como un bálsamo reconfortante, templando la acidez amarga que aún persistía en el fondo de mi lengua:

—Darian no va a invitar a Celene a su tienda, Oria.

Mi hermanastra levantó la vista, mirándome con una mezcla de asombro y miedo contenido:

—¿Cómo puedes estar tan segura? Celene es una Alfa de buena cuna y lleva el mejor vestido de la casa.

—Porque ese hombre no vino a la meseta a buscar una esposa de salón —dije, mirando hacia la claraboya donde parpadeaban las ascuas del prado norte.

A las seis de la mañana, la campana de la cocina no sonó con la furia habitual.

Maevra no se atrevía a levantar la voz en el patio ni a mandar azotar a los mozos de cuadras.

Dos guardias de la Corona con tabardos amarillos y lanzas de parada estaban apostados junto a la cancela principal, anotando en una tabla de cera cada carro de leña y cada cántaro de leche que cruzaba el linde de la hacienda.

La presencia de los soldados había invertido la jerarquía doméstica con una sutileza implacable: los criados ya no caminaban pegados a las paredes con la cabeza gacha; se movían con un paso medido y tranquilo,

sabiendo que bajo la mirada de los oficiales de Asteria ningún capataz podía levantar una vara sin arriesgarse a una investigación por abuso de servidumbre.

Bajé al lavadero exterior con una cesta de paños de lino y un caldero de agua caliente.

El aire de la mañana era tan limpio que quemaba los pulmones al inhalar: olía a nieve fresca, a humo de encina de las chimeneas bajas y al rastro lejano de los caballos de guerra que abrevaban en el río Siel.

Barek estaba junto al pozo, desmochando ramas de sauce para reparar los cestos del grano.

Al verme llegar, el viejo mozo de cuadras dejó la navaja sobre el brocal y me miró con sus ojos acuosos y sabios:

—El señor de la Corona estuvo en las cuadras al alba, muchacha.

Dejé la cesta en el suelo de piedra, conteniendo un temblor en las muñecas:

—¿Qué quería?

—Revisó al tordo de labor —dijo Barek, con una media sonrisa que le arrugó las cicatrices de la mejilla—.

Los mozos del alcázar lo devolvieron con el convoy de tu madrastra dos días después del Solsticio; Maevra aceptó que algún peón lo había llevado a la capital sin permiso.

El soberano pasó la mano por el lomo del animal, miró las herraduras y me preguntó cuánto tiempo hacía que no salía de la finca.

Le respondí que desde la gran helada, cuando lo bajamos al molino bajo para traer tres sacos de harina.

Apreté las manos contra el mandil:

—¿Y qué dijo él?

—Me miró a los ojos, asintió despacio y me dijo: «Un buen animal para cruzar diez millas de nieve en una sola noche». Luego me dio una moneda de plata con el cuño de su padre y me ordenó que le pusiera doble ración de avena.

Tragué saliva despacio.

Darian no estaba perdiendo el tiempo. Estaba uniendo cada cabo suelto, cada huella en el barro y cada detalle que yo había dejado tras de mí en mi huida desesperada desde el alcázar.

—Ten cuidado en el cobertizo de la leña, Liora —añadió el anciano, volviendo a tomar su navaja—. El capitán Thorne ha estado rondando por la tapia trasera desde que salió el sol. Ese hombre tiene ojos de comadreja y no le gusta que el soberano mande más que su espada.

Asentí en silencio, recogí mis paños y caminé hacia la leñera que quedaba al abrigo del muro norte de la casa grande.

El cobertizo de la leña era un espacio angosto y umbrío, protegido del viento por tres paredes de mampostería y un tejadillo de tablas cubiertas de musgo.

En el interior, los troncos de roble y abedul se apilaban en hileras ordenadas hasta la altura de un hombre, despidiendo un aroma denso a corteza húmeda, resina vieja y serrín helado.

Me arrodillé junto al tocón de partir madera, colocando mi cesta en el suelo para cargar los leños que Mina necesitaba para el fogón del mediodía.

Tomé un tronco de encina con la mano derecha.

Al hacer fuerza para levantarlo, la cicatriz reciente en el centro de mi palma —el corte profundo que me había producido la reja del desagüe antes de la transformación— tiró de la piel sensible, arrancándome un siseo de dolor contenido entre los dientes.

Solté el tronco, mirándome la mano.

La herida estaba cerrada, pero el tejido nuevo era una línea rojiza y tirante que contrastaba con los callos oscuros del trabajo doméstico.

—Esa marca no la hizo una astilla de encina, Liora.

La voz sonó a mi espalda, baja, profunda y tan cercana que el vello de mis brazos se erizó al instante.

Di media vuelta en un movimiento rápido, pegando la espalda contra los troncos apilados.

Darian Corven estaba de pie en la entrada del cobertizo.

No llevaba la capa de gala ni la coraza de parada que había vestido durante la inspección del día anterior.

Vestía una túnica de paño oscuro con ribetes de cuero simple, pantalones de montar ceñidos y botas de cuero negro sin espuelas de oro.

Sin la armadura de soberano, su figura parecía aún más imponente: ancho de hombros, con la mandíbula cuadrada sombreada por una barba corta de tres días y unos ojos ámbar que brillaban en la penumbra del cobertizo con la intensidad incandescente de un fuego de fragua.

El aroma de su presencia me envolvió de golpe, barriendo el olor a serrín y a musgo:

Cedro oscuro. Hierro frío. Humo de enebro.

Y debajo de todo eso, el calor vivo y magnético de su bestia primal, una vibración sorda que hizo que mi propia loba se revolviera dentro de mis costillas, arañándome el pecho con un anhelo salvaje que me cortó la respiración.

Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas para no perder el control.

—Mi señor —dije, forzando a mi voz a mantener el tono sumiso y apagado de una criada de meseta, mientras bajaba los ojos hacia sus botas—. Este cobertizo es área de servicio. La señora Maevra tiene dispuesto el salón principal si deseáis…

—Basta, Liora —interrumpió él, dando un paso adelante.

El espacio entre los dos se redujo a menos de dos varas.

El calor que emanaba de su cuerpo era una marea templada en medio del aire helado de la mañana:

—No estamos en el patio de carruajes, ni están Maevra o Thorne para escuchar lo que tengamos que decirnos. Mírame a la cara.

Tragué saliva, sintiendo el crujido del testamento cosido a mi corpiño como una advertencia silenciosa.

Levanté el rostro despacio.

Sostuve su mirada de frente, sin pestañear, dejando que la máscara de sumisión cayera de mis facciones como un trapo inútil.

Durante un instante interminable, ninguno de los dos habló.