Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 15 La finca Valen #3
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Capítulo 15 La finca Valen #3

Se movía con una lentitud medida, con una disciplina corporal que intentaba imitar la debilidad de una enferma, pero bajo la tosquedad del paño pardo y la postura humilde, reconocí la tensión elástica de sus hombros, la línea firme de su cuello y la forma exacta de sus muñecas delgadas.

«Es ella».

No había ninguna duda en mi mente.

Era la misma mujer que había bailado en el Salón del Solsticio bajo una máscara de plata, la misma que había recorrido los corredores del alcázar con la ligereza de una sombra y la misma loba gris que había saltado la empalizada en medio de la noche de invierno.

El aire del patio me trajo su presencia.

Inhalé con atención contenida, buscando en el viento la explosión embriagadora de lluvia, piedra tibia y flor nocturna que me había quemado la sangre durante la Rueda de Invierno.

Pero lo que llegó a mis fosas nasales fue un aroma completamente distinto:

Olía a tela lavada con lejía, a humo de encina, a la fatiga de una fiebre reciente y a un rastro áspero y amargo de jabón de ceniza.

El mismo jabón de ceniza que había impregnado las mangas del jubón masculino que Iven analizó en la torre oriental.

El perfume Omega estaba apagado, sepultado bajo una capa tenue pero eficaz de supresión doméstica que amortiguaba su rango, haciéndola pasar por una Beta consumida por el frío de la meseta.

Iven se acercó a ella con la lanceta y la varilla de vidrio:

—Nombre.

La muchacha no levantó el rostro; respondió con una voz queda, ligeramente áspera por el desuso:

—Liora.

—¿Eres pariente o servidumbre de la casa, Liora? —preguntó Iven con un tono suave, casi compasivo.

—Sirvienta de labor en la cocina y lavadero, señor —dijo, sin mirar a nadie.

Iven acercó la varilla a su cuello, rozando con suavidad la piel detrás de su oreja izquierda.

Observé el movimiento de los dedos del médico: sus ojos se abrieron apenas una fracción de milímetro al percibir la dureza inflamada de la glándula bajo la piel, pero su rostro permaneció impasible como una máscara de mármol.

Depositó la muestra sobre la placa de porcelana y añadió una gota de reactivo de potasa.

La mezcla adoptó un color ámbar turbio y apagado.

—Reacción retardada por fiebre estacional y uso de decocciones de sauce —dictaminó Iven, limpiando la placa con un paño blanco—. Rango Beta. Estado de salud: debilidad moderada. No hay trazas de alcaloides de combate ni de resinas no reguladas.

Thorne frunció el ceño desde su puesto, dando un paso adelante con desconfianza:

—Doctor Ardel, esa mujer apenas puede sostenerse en pie. Podría estar ocultando una intoxicación por contrabando.

Iven se volvió hacia el capitán con una mirada fulminante:

—El que dictamina la toxicología de este distrito soy yo, capitán Thorne.

Esta muchacha sufre las secuelas de una infección pulmonar común, agravada por el trabajo en cuartos húmedos y la falta de alimento adecuado.

Si quiere contradecir mi informe médico, traiga un diploma de la escuela alquímica de Asteria o cállese la boca.

Thorne apretó los puños, pero retrocedió dos pasos sin atreverse a replicar.

—Puedes retirarte a la cocina, muchacha —le dijo Iven a Liora, guardando sus instrumentos con calma.

Liora hizo una inclinación de cabeza, dispuesta a girar sobre sus talones para cruzar la puerta de servicio.

Pero en ese preciso instante, una ráfaga violenta de viento del este sopló a través del patio, arrastrando una nube de nieve en polvo que hizo batir las colgaduras y obligó a los soldados a cubrirse el rostro con las capas.

El aire frío le arrebató el borde del mandil.

Liora trastabilló levemente sobre las losas heladas, levantando el mentón de forma instintiva para no caer.

Y durante dos segundos eternos, sus ojos se clavaron directamente en los míos.

El mundo exterior se desvaneció.

No eran los ojos sumisos de una criada castigada ni la mirada opaca de una Beta enferma.

Eran dos pozos de tormenta gris, brillantes de inteligencia indómita, orgullo herido y una determinación feroz que me cortó la respiración como un tajo de espada.

Una descarga eléctrica me atravesó el esternón de lado a lado.

Mi lobo primal dio un rugido ensordecedor en mis entrañas, reconociendo a su igual, a su pareja de sangre, a la única criatura en todo el reino capaz de sostener la mirada de un señor de Vhal sin doblar la rodilla.

Mis dedos apretaron la empuñadura de mi espada con tanta fuerza que el cuero del guante crujió en el silencio del patio.

El impulso primal —la bestia posesiva que llevaba semanas buscando a su compañera— me ordenaba avanzar tres pasos, tomarla de la cintura, apartarla del alcance de Thorne y declarar ante todos los presentes que esa mujer me pertenecía por derecho de sangre.

Pero la voz de mi propia razón, templada por el recuerdo de la herida en su palma y la advertencia de Iven sobre la fragilidad de sus órganos intoxicados, me clavó los pies en las losas.

«Si la reclamo ahora, la destruyo».

Si revelaba su identidad en este patio, Thorne enviaría un correo a Lord Odran esa misma noche acusándola de alta traición por la infiltración del Solsticio y el Consejo de Ancianos la convertiría en un rehén político para forzar mi abdicación.

Protección no era posesión.

Sostuve su mirada con una intensidad solemne, transmitiéndole a través del aire helado una promesa silenciosa y férrea que ninguna ley de manada podía quebrantar:

«Sé quién eres. Y no permitiré que nadie te haga daño».

Liora parpadeó despacio, bajó la vista de nuevo hacia las piedras y cruzó el umbral de la cocina sin apresurarse, cerrando la puerta tras de sí con un chasquido suave.

Me volví hacia Maevra y Celene, que nos observaban desde la galería alta con rostros tensos y expectantes.

—Señora Valen. —Mi voz sonó firme, resonando en el patio con la autoridad inapelable de la Corona.

—¿Mi señor?

—La inspección de esta finca ha revelado irregularidades graves en los títulos de propiedad de las tierras y la presencia de lotes de supresores adulterados en vuestro dispensario.

Maevra palideció visiblemente:

—Mi señor, os aseguro que…

—No he terminado —corté con dureza—. La ley me faculta para intervenir judicialmente esta hacienda. Sin embargo, no perjudicaremos las labores agrícolas de los colonos mientras la investigación esté en curso.

Miré a Thorne y luego a los soldados de la escolta:

—Capitán Thorne, ordene levantar un campamento militar en el prado norte, junto al camino real y a quinientos pasos de la linde de esta finca.

Estableceremos allí nuestro puesto de mando durante los próximos días para supervisar el distrito oriental e investigar la red de contrabando de supresores que abastece a esta comarca.

Celene dio un paso al frente con una expresión de sorpresa y alivio mal disimulado:

—¿Os quedaréis en nuestras tierras, señor de la Corona?

—Nos quedaremos en el campamento exterior, señorita Valen —respondí con sequedad—. Ningún soldado dormirá bajo este techo, pero ninguna carreta, ningún cargamento de grano y ningún habitante de esta casa abandonará el perímetro de la finca sin un salvoconducto firmado por mi escribano.

Maevra apretó las manos con una crispación desesperada.

Había intentado deslumbrarnos con banquetes y manteles de lino para alejarnos de su secreto en veinticuatro horas.

Y ahora se encontraba con dos compañías de la guardia real plantadas en su puerta, bloqueando cualquier intento de vender la tierra, retirar a un habitante de la finca o destruir las pruebas sometidas a revisión.

—Como el soberano ordene —murmuró la mujer, bajando la cabeza con una sumisión amarga.

Di media vuelta y caminé hacia mi caballo, sintiendo el aire helado de la tarde golpearme la nuca.

La cacería no había terminado.

Pero las reglas del juego acababan de cambiar para siempre.

Ya no estaba persiguiendo a un fantasma a través de los bosques de la niebla.

Estaba aquí, a pasos de su ventana, cuidando las puertas de una jaula.