Capítulo 15 La finca Valen #2
—Ninguna transferencia de tierras de linaje es un asunto estrictamente doméstico durante un estado de alerta, señora Valen —intervino el escribano Vael, ajustándose sus lentes de lectura mientras examinaba un legajo antiguo—.
El registro general de Asteria consigna que la titularidad principal de esta hacienda pertenecía a Lady Elayne Valen, fallecida hace seis años.
—Tras la muerte de Elayne, su esposo se casó conmigo y Liora quedó bajo mi tutela.
Cuando él también murió, el juzgado del distrito me reconoció como viuda y administradora legal de esta herencia —replicó Maevra con una inflexión cortante, apenas velada por la etiqueta—.
Mis derechos están refrendados por esas sentencias.
—Muéstreme el testamento original de Elayne Valen —exigí, bajando la voz con una autoridad que hizo que la habitación entera pareciera encogerse.
El silencio cayó sobre el despacho como una losa de hielo.
Thorne descruzó los brazos, mirando de reojo a la mujer.
Maevra metió la mano en una faltriquera de cuero labrado que colgaba de su cinto y extrajo un pliego de pergamino amarillento, doblado en cuatro partes y sellado con una cinta de lino azul.
Lo colocó sobre la mesa con una lentitud calculada:
—El testamento fue redactado poco antes de su fallecimiento. Establece la custodia de los bienes en mi persona hasta que las cargas de la casa queden saldadas.
Tomé el documento y lo desdoblé.
Era un pergamino grueso, gastado por el tiempo.
En la cabecera figuraba la firma inclinada y elegante de Elayne Valen, reconocible por los trazos firmes de las letras capitales.
Pero al deslizar la vista hacia el cuerpo del texto, me detuve en seco: el borde inferior de la hoja principal había sido recortado limpiamente con una cuchilla de boticario, justo por debajo de la cláusula de administración temporal,
y las cláusulas sucesorias definitivas habían sido reemplazadas por una adenda notarial fechada tres años después de la muerte de la señora.
Acerqué el documento a la lámpara de aceite.
En el margen superior izquierdo, visible solo al trasluz, aparecía la impronta en relieve del sello personal de Elayne: una marca de agua que representaba una concha marina sobre tres líneas onduladas.
El símbolo de las mareas occidentales.
La confirmación me recorrió la espina dorsal como una corriente eléctrica.
Miré a Maevra con una frialdad implacable:
—Este documento está mutilado, señora Valen.
—Es una copia ejecutoria autorizada por el escribano local…
—No es una copia ejecutoria —corté, señalando con el índice la línea de corte irregular en la base del pergamino—.
La cláusula principal que designa a los herederos universales de sangre fue cercenada del cuerpo del acta.
Y según el fuero de la Corona de Eryndor, ninguna parcela de una hacienda fundada bajo fuero de estirpe puede ser enajenada, gravada ni dividida sin el consentimiento expreso y firmado del heredero directo al cumplir la mayoría de edad.
Maevra apretó la mandíbula con tanta fuerza que los tendones de su cuello se tensaron bajo el cuello de terciopelo:
—La única descendiente directa de Elayne es una muchacha enfermiza, una Beta que padece fiebres crónicas y carece de capacidad legal para administrar un patrimonio de labor. Yo he sostenido esta casa con mi propia dote mientras la Corona miraba hacia otro lado.
—La capacidad legal de un súbdito no la determina una mujer interesada en vender tierras comunales —respondí, devolviendo el pergamino a la mesa con un golpe seco—.
La determina un tribunal de sangre en presencia del soberano.
Hasta que el testamento íntegro y original sea presentado ante la cancillería de Asteria, cualquier contrato de compraventa con el señor Barel o con cualquier otro comprador queda declarado nulo y punible bajo cargo de fraude a la Corona.
El escribano Vael tomó nota en su libro mayor con rápidos trazos de pluma, mientras Maevra recogía el documento con dedos rígidos, conteniendo una furia venenosa que le crispaba las comisuras de la boca:
—Como disponga el soberano.
—Ahora —dije, poniéndome de pie y ajustándome el cinto de la espada—, pasemos al dispensario.
El almacén de boticaría y las despensas de la planta baja ocupaban un corredor umbrío que conectaba el zaguán con el patio de servicio.
El aire allí estaba impregnado de olor a salazón, manteca rancia, grano almacenado y al aroma penetrante de las hierbas secas colgadas de las vigas del techo: tomillo silvestre, manzanilla, ruda y hojas de sauce amargo.
Iven Ardel examinaba los anaqueles con la minuciosidad de un cazador avezado, descorchando tarros de cerámica, oliendo ungüentos y anotando cada compuesto en su cuaderno encuadernado en becerro.
Thorne caminaba dos pasos detrás de él, con la mano en la empuñadura de su espada, revolviendo con la punta de su bota los arcones de mimbre y las cajas de herramientas de madera.
De pronto, los ojos del capitán se fijaron en una pequeña repisa oculta detrás de un saco de harina de centeno.
Estiró el brazo con una rapidez sospechosa, tomando un frasco de vidrio oscuro sellado con cera parda. Antes de que Iven pudiera volverse, Thorne deslizó la mano hacia el bolsillo interior de su capa de paño.
—Capitán Thorne. —Mi voz resonó en el pasillo estrecho como un trueno contenido.
El oficial se quedó congelado en el acto, con los dedos aún dentro del forro de la capa.
Lentamente, giró la cabeza hacia mí:
—¿Mi señor?
Me acerqué a él a paso lento, hasta colocarme a un palmo de su hombro:
—Saca la mano de la capa.
Thorne tragó saliva; una sombra de desafío cruzó su semblante antes de que la disciplina militar lo obligara a ceder.
Retiró la mano despacio, sosteniendo el frasco entre el pulgar y el índice:
—Era solo una muestra descartada, señor. Un residuo de tónico doméstico. Pensé inventariarlo más tarde en la mesa exterior para no retrasar la labor del doctor Ardel.
—En esta inspección no hay muestras que se guarden en bolsillos particulares, capitán —dije, extendiendo la palma de mi mano enguantada—. Entrégaselo a Iven.
Thorne apretó el frasco con fuerza antes de depositarlo en mi mano.
Le entregué el recipiente al médico real, sin apartar los ojos del oficial:
—Si vuelvo a ver que retira una sola redoma, un solo papel o una pizca de polvo sin que conste en el acta oficial de la Corona, lo enviaré de regreso a Asteria a pie y bajo custodia de sus propios soldados. ¿Ha quedado claro?
—Completamente claro, mi señor —murmuró Thorne entre dientes, cuadrándose con una rigidez que desbordaba rencor.
Iven descorchó el frasco con destreza, humedeció una tira de papel reactivo en el líquido pardo y lo acercó a la luz de una vela de sebo.
El papel se tiñó de un azul plomizo casi instantáneamente.
El médico me miró de reojo, alzando las cejas en un gesto elocuente que solo yo pude interpretar:
—Supresor común de baja estofa, Darian —dictaminó Iven en voz alta, para que todos los presentes lo oyeran—.
Acetato de plomo, corteza de sauce y ceniza vegetal.
La misma bazofia adulterada que intoxica a la mitad de los campesinos de la meseta.
No hay alcaloides prohibidos ni resinas de inversión, pero es una sustancia peligrosa para el consumo humano.
Miré el anaquel vacío.
«Ella estuvo tomando esto», pensé con una punzada de dolor amargo en el pecho. «Años enteros envenenándose el hígado y las glándulas en esta casa para que nadie descubriera su sangre».
—Confisca todo el lote, Iven —ordené—. Que no quede un solo frasco de este veneno en las estanterías de la finca. Pasemos al patio. Es hora de examinar a la servidumbre.
El patio de servicio era un recinto empedrado de forma rectangular, encajonado entre el muro ciego de las caballerizas, el lavadero de piedra y la fachada posterior de la casa solariega.
El viento del norte barría las losas húmedas, levantando jirones de escarcha y arremolinando la ceniza de los fogones que salía por el cañón de la chimenea de la cocina.
Una docena de personas permanecían alineadas en una hilera silenciosa y aterrada: mozos de labranza con sayales remendados, lavanderas con las manos enrojecidas por el agua helada, el viejo Barek con su postura encorvada y Mina, la cocinera,
que se secaba compulsivamente las palmas en su delantal de sarga.
Al final de la fila, de pie junto al quicio de la puerta de servicio que daba al semisótano, se encontraba una figura delgada, vestida con una falda de lana gris basta, un corpiño pardo descolorido y un mandil de cáñamo atado con un cordón tosco a la cintura.
Llevaba el cabello castaño oscuro recogido en una trenza apretada sobre la nuca y la cabeza baja, con los ojos clavados fijamente en las juntas de mortero del suelo.
Sentí un vuelco salvaje en el fondo de mi pecho, un impacto sordo que me paralizó los pulmones durante un latido entero.
Mi lobo primal se puso en pie dentro de mi carne, clavando las garras en mis costillas con un aullido mudo que me tensó la garganta.
Me obligué a respirar despacio, apoyando la mano izquierda en el pomo de mi espada para no traicionar mi compostura.
Caminé detrás de Iven mientras el médico real montaba su pequeño trípode de madera y disponía las placas de porcelana, los reactivos de tornasol y las lancetas de plata sobre una mesa plegable.
Thorne y dos soldados de la escolta se apostaron a los lados de la formación, vigilando con miradas duras a los criados.
Iven comenzó el procedimiento con una calma metódica:
Tomaba una muestra de saliva con una varilla de vidrio, raspaba levemente la piel detrás del lóbulo de la oreja de cada individuo para recoger la secreción glandular y vertía dos gotas de líquido reactivo sobre la muestra.
Uno a uno, los sirvientes fueron declarados Betas sanos o Alfas de labor sin anomalías aromáticas.
Llegó el turno de la cocinera, Mina, que se sometió al examen temblando como una hoja de sauce.
—Limpia —dijo Iven, anotando su nombre en el registro—. Puedes volver adentro, mujer.
Y entonces, Iven hizo una seña con la mano a la última figura de la fila:
—La siguiente.
La muchacha dio dos pasos al frente.