Capítulo 15 La finca Valen
Darian
El portón de hierro forjado de la finca Valen no estaba cerrado con cadenas cuando alcanzamos la loma al filo de las diez de la mañana.
Estaba abierto de par en par, con los goznes recién engrasados con manteca de carnero para que no chirriaran al paso de nuestra vanguardia y dos hachones de brea humeando sobre los pilares de granito,
levantando penachos de humo negro que el viento del este dispersaba sobre los campos de rastrojo helado.
Tiré de las riendas de mi semental negro, deteniéndolo en el repecho de la calzada de grava.
A mi espalda, las dos compañías de la guardia real formaron en dos columnas disciplinadas, con las lanzas en alto, los gallardetes de la Corona azotados por la ventisca y el carromato cubierto de Iven Ardel avanzando con un crujido sordo de ejes congelados.
Treinta jinetes con cotas de malla bruñida y capas de paño oscuro, suficientes para sitiar una plaza menor, pero desplegados con la frialdad metódica de una inspección sanitaria.
Iven acercó su yegua torda a mi estribo derecho.
El médico real llevaba la capucha de lana calada hasta las cejas y los guantes de paño grueso sujetos a las muñecas con cinchas de cuero:
—Huele a hospitalidad forzada, Darian —dijo en voz baja, observando la casa solariega que se alzaba al fondo del patio de carruajes—. Vinagre caliente, resina de abeto en las chimeneas y cera nueva en las maderas nobles. Están intentando tapar el aire antes de que desmontes.
—Sé lo que intenta —respondí, sin apartar los ojos de las dos plantas de mampostería gris, las buhardillas bajo tejados de pizarra y el ala de establos que cerraba el flanco occidental—. Nos ofrece un banquete para no tener que abrir los libros de cuentas.
Me llevé la mano derecha al interior de la túnica, palpando sobre mi pecho la forma rígida y fría de la redoma de cuarzo donde descansaba la muestra del Solsticio, junto a los tres viales de neutralizador quelante que Iven había destilado con tanta urgencia.
Bajo el cuero de mi jubón, mi lobo primal se agitaba con un latido sordo, una tensión territorial que no nacía del peligro de una emboscada, sino de la certeza absoluta de que el rastro que habíamos seguido por los caminos del distrito, entre barro, nieve y sospechas, terminaba en este valle.
El capitán Riven Thorne espoleó su montura, colocándose al frente de la primera sección:
—Mi señor, sugiero apostar piquetes en la cancela trasera de las cuadras y en la acequia que bordea el bosque de abedules. Si hay sirvientes no censados o boticarios escondidos en las dependencias de servicio, intentarán cruzar hacia los pastos comunales en cuanto entremos en el zaguán.
Giré la cabeza hacia el oficial con una calma gélida:
—La finca Valen está bajo jurisdicción de inspección aduanera y sanitaria, Thorne, no bajo asedio militar.
Nadie rodeará esta casa con armas desenvainadas mientras no exista una orden de desacato firmada por mi mano.
Los soldados permanecerán en el patio exterior, mantendrán las armas enfundadas y no tocarán una sola puerta sin la presencia del doctor Ardel o del escribano real.
Thorne apretó los labios con una rigidez amarga, pero inclinó la cabeza:
—A sus órdenes, señor de Vhal.
Descendimos la cuesta al paso.
Los cascos de las monturas quebraban la costra de hielo de los charcos con un chasquido seco que rebotaba contra los muros de piedra seca.
Al entrar en el patio principal, mis ojos recorrieron con lentitud cada detalle del perímetro: las cuadras de piedra baja con las puertas entornadas, el pozo con el brocal cubierto de escarcha y, en el piso superior de la casa grande,
las ventanas estrechas de las buhardillas que miraban hacia los tejados de servicio.
En el cobertizo de las caballerizas, un mozo de cuadras anciano, encorvado y con las manos deformadas por los sabañones, fingía limpiar los arreos de un caballo tordo de labor.
Nuestras miradas se cruzaron durante una fracción de segundo.
El viejo no bajó la cabeza con el terror servil de los campesinos del río Siel; sostuvo mi atención con una firmeza cansada y prudente, propia de quien ha visto pasar demasiados regimientos por la calzada real y conoce de memoria el peso de las herraduras de guerra.
Desmonté de un salto ágil, dejando las riendas en manos de mi escudero.
La puerta principal de roble se abrió de par en par antes de que pusiera el pie en el primer peldaño de la escalinata.
Maevra Valen apareció en el umbral.
Vestía un traje de paño negro de corte impecable, con cuello alzado de terciopelo y una cruz de plata labrada sobre el pecho.
Su cabello canoso estaba recogido con severidad bajo una cofia oscura y su rostro, anguloso y pálido, componía una máscara de cortesía que no alcanzaba a ocultar la tensión vigilante de sus ojos grises.
A su lado derecho, vestida con un suntuoso manto de lana azul oscura ribeteado en piel de armiño, se encontraba su hija mayor, Celene.
La joven proyectaba su presencia Alfa con una urgencia calculada: la espalda erguida, la barbilla levantada y una sonrisa ensayada en los labios, diseñada para llamar la atención en los salones de la corte.
Dos pasos por detrás, casi invisible en la penumbra del recibidor, una muchacha más joven de cabello castaño y ojos temerosos mantenía las manos entrelazadas sobre un mandil sencillo de paño pardo.
—Soberano de Eryndor —dijo Maevra, inclinándose en una reverencia profunda que rozó las losas de piedra del zaguán—.
La casa Valen se honra con la presencia del señor de la Corona.
Los caminos de la meseta son duros en esta época del año; hemos dispuesto los aposentos del ala este, lumbre encendida y vino caliente para vuestra plana mayor.
—Agradezco la hospitalidad de la señora de la casa —respondí, deteniéndome a tres pasos de ella sin traspasar el límite del vestíbulo—.
Pero esta visita no responde a un viaje de recreo ni a una gira de cortejo.
Nos encontramos ejecutando el decreto de alerta sanitaria y control aduanero promulgado tras los incidentes del Solsticio de Invierno.
Celene dio medio paso al frente, bajando la cabeza con una gracia cortesana que buscaba mitigar la frialdad de mi entrada:
—Mi señor Darian… En Asteria tuvimos el honor de admirar vuestra templanza durante la gran gala.
Mi madre y yo comprendemos el celo con que la Corona vela por la seguridad de las manadas.
Esta hacienda siempre ha sido leal a la casa Corven; no encontraréis aquí sino orden, reverencia y puertas abiertas para cuanto dispongáis.
El aroma de Celene me llegó de golpe: almizcle dulce, lavanda prensada y el calor artificial de quien busca proyectar vigor territorial sin una base de sangre consolidada.
Mi lobo interior ni siquiera se inmutó. No hubo la menor chispa de interés, ni el mínimo tirón biológico en mis entrañas.
Era la misma indiferencia absoluta que había sentido ante las cuarenta candidatas presentadas por el Consejo de Ancianos en el salón de enlace de Asteria.
—El orden se demuestra en los libros y en las boticas, señorita Valen —dije con voz neutra, mirando a Maevra—.
La ley de emergencia no contempla excepciones de rango ni privilegios de cuna.
Antes de aceptar cualquier agasajo, revisaremos los registros de propiedad de la finca, los inventarios del dispensario doméstico y procederemos al examen aromático de todos los habitantes y sirvientes de esta casa.
El rostro de Maevra no perdió la compostura, pero percibí un destello metálico de alarma en el fondo de sus pupilas:
—Por supuesto, mi señor. Mi administrador, el señor Barel, ha preparado las carpetas de las rentas y los títulos en el despacho principal.
El doctor Ardel puede disponer de la antesala para examinar al personal cuando lo estime conveniente.
Celene, acompaña a los oficiales; Oria, ve a la cocina y avisa a Mina para que sirva el caldo a la escolta.
—El doctor Ardel no necesita acompañamiento familiar, señora Valen —intervino Iven con su habitual sequedad clínica, dando un paso al frente con su maletín de cuero negro—.
Mis ayudantes montarán la mesa de análisis en la galería de servicio.
Comenzaremos por los libros de la casa y continuaremos con el examen de los presentes.
El despacho de la finca Valen tenía las paredes marcadas por la humedad. Un par de obras de arte intentaban disimular lo evidente.
Me senté en el sillón de nogal que presidía la mesa de roble, desabrochándome los cierres de la capa para dejarla sobre el respaldo.
Frente a mí, Maevra permanecía de pie, con las manos cruzadas sobre el vientre y una rigidez que contrastaba con la soltura fingida con la que abría las carpetas de cuero sobre el tablero.
Thorne se apostó junto a la puerta cerrada con los brazos cruzados sobre la coraza, mientras el escribano real de mi séquito, un Beta anciano llamado Vael, extendía sus pliegos de pergamino, sus frascos de tinta y sus estiletes de comprobación.
—Aquí están las actas de producción del último lustro, señor de Vhal —dijo Maevra, deslizando un fajo de hojas selladas hacia el centro de la mesa—. Las cosechas de cebada, los diezmos entregados a la cancillería de Asteria y los contratos de labor de los quince colonos adscritos a la hacienda.
Pasé los dedos por los documentos.
La caligrafía era limpia, las cifras cuadraban con precisión matemática y los sellos de cera roja llevaban la impronta del halcón de los Valen.
Pero no era la producción de grano lo que me importaba.
—Quiero ver el título de propiedad original y los deslindes de la parcela este —dije, apoyando las palmas sobre la madera y clavando la mirada en sus ojos.
Maevra no parpadeó:
—La parcela este forma parte del patrimonio indiviso de la casa, mi señor.
Ante las dificultades del último invierno y el coste de mantener las acequias de riego, he iniciado conversaciones preliminares con el administrador comarcal para transferir el usufructo de esos pastos y asegurar el sostenimiento de mis hijas. Es una gestión estrictamente doméstica.