Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 14 Una dosis más
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Capítulo 14 Una dosis más

Liora

El toque de las campanas de la parroquia de San Judas cambió de ritmo en la mañana del día cincuenta y seis.

Ya no eran los tañidos lentos y espaciados de los días de ventisca, sino tres golpes dobles, metálicos y urgentes, que rebotaban contra los tejados de pizarra de la meseta anunciando que la columna de la guardia real había cruzado el puente del río Siel y avanzaba hacia los linderos de nuestras

tierras.

Maevra no esperó a que los mensajeros del concejo comarcal llegaran a la verja principal.

A las ocho de la mañana, la casa entera ya estaba impregnada del aroma a hollín proveniente de las tres chimeneas encendidas a la vez.

Mi madrastra había mandado sacar las vajillas de peltre fino, las colgaduras de lana cardada para el ala de invitados y los manteles de lino blanco que solo se utilizaban durante las cosechas de San Miguel.

—¡No quiero ver una sola mota de polvo en los peldaños del zaguán!

—gritaba desde el descanso de la escalera, con el pelo recogido en una cofia de terciopelo negro y el delantal de seda sobre su mejor vestido de paño—.

Celene, baja a revisar que los mozos hayan puesto paja limpia en los pesebres de la entrada.

Si el señor de la Corona decide alojar a su plana mayor en esta hacienda, ningún oficial de Asteria podrá decir que los Valen no sabemos recibir a un soberano.

Yo estaba arrodillada en el suelo del almacén de hierbas, en el semisótano húmedo que quedaba detrás de la despensa de las patatas.

El frío allí abajo era una masa densa y pegajosa.

Apoyé la espalda contra las tablas de una estantería carcomida, respirando despacio por la boca.

Mi sentido del olfato, apagado durante más de dos semanas por la quemadura química de la resina de Soren, estaba empezando a despertar con una violencia dolorosa: no como una percepción limpia y ordenada, sino como una puñalada de sensaciones inconexas que me martilleaban las sienes.

Podía percibir el óxido de los clavos de la pared, la grasa rancia de las trampas de ratones, el polvo de cal que caía de las vigas y, sobre todo, la acidez punzante que manaba de mi propio cuello.

Me toqué la base de la mandíbula con dedos temblorosos.

Las glándulas laterales estaban calientes, hinchadas como dos habas duras bajo la piel tirante.

Sin los supresores que Maevra me había confiscado hacía más de tres semanas, el cuerpo humano estaba perdiendo la batalla contra la sangre Omega.

A cada latido de mi corazón, una nota salina y dulce, semejante al agua de lluvia sobre la piedra caliente y a la flor de ribera, pugnaba por abrirse paso a través de mis poros.

«Si Darian Corven entra por esa puerta mañana y estoy así, no necesitará sabuesos ni reactivos de laboratorio», pensé con una punzada de pánico que me heló el estómago. «Lo sabrá en cuanto pise el salón».

Revolví en el fondo de un arcón de mimbre viejo, donde mi madre guardaba los tarros de barro descartados y los atillos de manzanilla de hacía tres veranos.

Mis dedos tropezaron con una lata oxidada de tabaco de pipa, enterrada bajo un fardo de estopa mohosa.

La abrí con la uña del pulgar.

En el fondo de la lata reposaban tres pastillas de supresor doméstico, olvidadas allí desde hacía al menos cuatro años.

El compuesto estaba degradado por la humedad: la superficie grisácea de los comprimidos mostraba grietas diminutas cubiertas por una eflorescencia blanquecina de sales de plomo y azufre, despidiendo un olor acre, a cal quemada y orina de caballo, que me revolvió el estómago en una arcada seca.

Eran veneno puro.

Un preparado sucio, rancio y caducado que en otras circunstancias me habría destrozado el hígado en menos de doce horas.

Tomé una de las pastillas con dos dedos.

La lógica del miedo —la voz cobarde que seis años de servidumbre habían grabado en mi cabeza— me ordenaba meter el comprimido entero en la boca, tragarlo con un sorbo de agua helada y forzar a mi loba a callar a cualquier precio, aunque me costara días de vómitos negros en la buhardilla.

Acerqué la pastilla a mis labios.

La loba en mi interior se revolvió con un gruñido sordo, raspándome el esternón con una furia desesperada, negándose a dejarse sepultar otra vez bajo una losa de plomo oxidado.

Me quedé quieta en la penumbra del sótano, con el brazo suspendido en el aire.

Recordé el momento en que me arrastraba por la nieve hacia la cabaña de carboneros, el sabor a sangre y ceniza en la boca, el dolor lacerante de una transformación fracturada.

«Si sigo matándome para que ellos no sospechen, no quedará nada de mí cuando llegue la primavera».

Fue la primera vez en mi vida que decidí no obedecer al terror.

Tomé un trozo de pizarra afilada del suelo, apoyé el comprimido sobre una viga de roble y corté la pastilla con cuidado, separando apenas una cuarta parte del volumen total: una migaja diminuta, del tamaño de una semilla de cáñamo.

Con el borde de la pizarra dividí también los comprimidos restantes y envolví cada cuarto por separado.

No volvería a tragar una dosis completa: si necesitaba contener el aroma durante las horas de una inspección, tomaría la menor cantidad posible al amanecer y dejaría que el efecto se agotara antes de repetirla.

Me metí la pizca en la lengua.

El sabor era espantoso: una mezcla de tiza amarga, ceniza y metal rancio que me durmió de inmediato la mucosa de la boca y me dejó un regusto metálico en la garganta.

Salí al patio trasero y me acerqué al brocal del pozo.

El viento del norte soplaba entre los sauces deshojados con un silbido agudo, levantando copos finos de nieve que se pegaban a las piedras cubiertas de musgo.

Giré el torno de madera, bajando el caldero de cinc hasta el fondo del agua. La cuerda de cáñamo, tiesa por la escarcha, me raspaba las palmas mientras el cubo subía chorreando agua limpia y negra.

Bebí dos tragos largos, dejando que el frío helado me arrastrara el polvo amargo hacia el estómago.

Esperé cinco minutos con la frente apoyada contra la madera húmeda del brocal.

El efecto no fue el apagón salvaje de las dosis completas.

Fue una amortiguación suave: la quemadura en mis sienes remitió un palmo, la hinchazón de las glándulas cedió lo suficiente para contener el desborde aromático y la loba en mi pecho no se ahogó en la oscuridad. Se quedó allí, quieta, alerta y viva, pero recogida en la sombra de mis costillas.

Y en ese mismo instante, la sacudida de calor que me había golpeado el pecho durante los últimos días —aquel tirón somático que me empujaba hacia el camino real— se transformó en una calma extraña, un latido firme y templado que me recorrió los brazos como una promesa de guardia.

El vínculo no respondía a la desesperación ni a las drogas de los boticarios.

Respondía a la verdad de mi propio cuerpo.

A media tarde del día cincuenta y siete fui a las cuadras a llevar un fardo de heno seco para el caballo tordo.

Barek estaba sentado en un taburete bajo, engrasando los arreos de cuero con una mezcla de sebo y cera de abeja. El viejo mozo de cuadras tenía las manos deformadas por los sabañones y los ojos acuosos fijos en la puerta del corral.

Dejé el heno en el pesebre y me acerqué a él.

—Barek —dije en voz baja.

El anciano no levantó la vista de la cincha, pero sus dedos se detuvieron sobre la hebilla de hierro:

—La guardia del soberano está en el molino, muchacha. Los mozos de posta dicen que el señor Corven viene al frente de dos compañías y que no se fía de los informes de los alguaciles.

—Lo sé —respondí, arrodillándome a su lado para recoger un trapo limpio—. Maevra quiere ofrecerles los aposentos del ala este.

Barek soltó un bufido seco por la nariz, un resoplido amargo que olía a tabaco de hoja y a cuero viejo:

—Tu madrastra cree que puede comprar a un lobo primal con un lecho de plumas y tres jarras de vino especiado.

No sabe lo que es un señor de Vhal. Yo vi al padre de Darian cuando bajó a la meseta hace veinte años: no miraba los tapices ni las copas de plata.

Miraba las esquinas, las cuadras y a los hombres que bajaban la vista al pasar.

El mozo me miró de reojo, con una lucidez que me encogió el ánimo:

—Si las cosas se tuercen mañana, Liora… Si los soldados empiezan a forzar puertas y a separar a la servidumbre en el patio, no te quedes en la cocina.

La cancela trasera del corral tiene el cerrojo roto por la helada; empujas la madera, sales a la acequia de riego y en trescientos pasos estás dentro del bosque de abedules.

Apreté el trapo de cuero entre mis dedos:

—No voy a huir al bosque, Barek.

—La última vez casi no regresas con vida —murmuró el anciano, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—. Te vi llegar arrastrándote en la noche de la gran helada. Oria cree que nadie se dio cuenta, pero yo vi la sangre en la nieve junto a la leñera.

Lo miré a los ojos, sosteniéndole la mirada con gratitud y firmeza:

—Si huyo, Maevra quemará el testamento y venderá la tierra antes de que termine el invierno. Esta finca es de mi madre. Si tengo que defenderla frente al soberano de Eryndor, lo haré de pie en este patio.

Barek asintió despacio, volvió a frotar el cuero de la cincha y no pronunció una sola palabra más.

El día cincuenta y ocho amaneció con un cielo de plomo bajo y una llovizna helada que convertía el camino en un lodazal intransitable.

En el comedor grande, Celene se probaba por tercera vez el vestido de lana azul oscura con ribetes de armiño que Maevra había mandado arreglar de urgencia.

—Las mangas me quedan demasiado ajustadas en las muñecas, madre —se quejaba la muchacha, mirándose en el espejo de tres cuerpos mientras Oria le sujetaba el dobladillo con alfileres de cabeza de perla—.

Si tengo que servirle la copa de bienvenida al soberano con los brazos agarrotados, voy a parecer una campesina de los valles.

Maevra estaba sentada ante la mesa grande, revisando por quinta vez la lista de víveres y las actas de propiedad de la casa:

—El señor Corven no se fijará en tus muñecas, Celene.

Se fijará en tu linaje, en la calma de tu presencia y en la lealtad que esta casa puede ofrecer a la Corona.