Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 13 Puertas abiertas #2
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Capítulo 13 Puertas abiertas #2

Me llevé la mano al bolsillo interior de la túnica, rozando a través del paño la forma redondeada y fría de la redoma de cuarzo donde custodiaba su aroma puro.

«Lluvia sobre piedra tibia. Flor de ribera. Sal de marea».

Recordé la advertencia clínica de Iven en la torre: la intoxicación por plomo era acumulativa y letal, y el colapso del bloqueador exigía un tratamiento de quelación urgente antes de que las glándulas se atrofiaran de forma irreversible.

Si mis soldados entraban en la finca Valen con la misma brutalidad ciega con la que Thorne había irrumpido en el telar de Joram, si alguien utilizaba la presencia de la guardia para denunciar a Liora como una impostora o si la muchacha intentaba huir de nuevo a través de la nieve con el cuerpo

envenenado, no sobreviviría a la noche.

—Capitán Thorne —dije, volviéndome hacia el oficial con una autoridad tajante.

—Mi señor.

—Quiero ver el libro de ruta de los registros para los próximos dos días.

Thorne vaciló durante una fracción de segundo antes de acercarse a la mesa de campaña y desplegar un cuaderno de cuero negro atado con una cinta escarlata.

Pasé las páginas despacio, examinando los itinerarios trazados para las tres compañías de la guardia.

En las notas del cuadrante norte figuraban las haciendas de los linajes menores, los molinos de agua y los almacenes de grano de la ribera. Pero al llegar a la sección de las grandes fincas de la meseta este, mis ojos se detuvieron en una serie de anotaciones marginales trazadas con tinta azul:

«Hacienda Karr: registro completado el día cuarenta y cuatro sin novedades».

«Casa solariega de los Sarr: inspección diferida por protocolo de cortesía».

«Finca Valen: registro asignado a la tercera compañía para el día cincuenta y ocho bajo supervisión del administrador comarcal».

Levanté la vista hacia Thorne:

—¿Por qué la finca Valen está programada para el día cincuenta y ocho si está a solo dos millas de este campamento?

—Es el orden geográfico natural de la meseta, señor —respondió Thorne sin pestañear—.

La tercera compañía está terminando de peinar los caseríos de la ribera baja.

Si avanzamos hacia la finca Valen antes de asegurar los vados del río, corremos el riesgo de que los sospechosos crucen hacia el distrito vecino sin ser detectados.

Tomé el cuaderno con ambas manos y lo acerqué a la luz de la lámpara de aceite.

Bajo la caligrafía oficial de Thorne, en el margen inferior de la hoja, divisé una pequeña marca trazada con estilete ciego: un código de tres números que correspondía al sistema de correos privados que Lord Odran utilizaba para comunicarse con los miembros del Consejo de regencia.

El itinerario de los registros no era un plan táctico de búsqueda.

Era una ruta filtrada.

Alguien en la cancillería de Asteria —o el propio Thorne desde este puesto de mando— había enviado una copia del calendario de inspecciones a las familias influyentes de la meseta, dándoles un margen de dos semanas para limpiar sus bodegas,

ocultar a sus criados no registrados y cuadrar sus libros de cuentas antes de que las patrullas reales llamaran a sus puertas.

En la finca Valen, quien tuviera pruebas, sirvientes no registrados o cuentas irregulares disponía de tiempo suficiente para ocultarlos antes de que los escribanos de la Corona llegaran a revisar los títulos.

Cerré el cuaderno con un golpe seco que resonó en la tienda como un disparo.

—El calendario queda anulado —anuncié.

Thorne frunció el ceño, dando un paso adelante con una alarma visible en los ojos:

—Mi señor, cambiar la ruta de las compañías sin avisar a los mandos de sector provocará un caos logístico en las líneas de suministro. Los intendentes de Asteria ya han dispuesto los relevos de caballos en los puestos del norte.

—Los intendentes se adaptarán a mis órdenes —corté—. Mañana al amanecer levantaremos este campamento. No iremos hacia los molinos del norte. Cruzaremos el puente de piedra y avanzaremos directamente hacia el cuadrante este.

—¿Hacia la finca Valen? —preguntó Thorne, con la voz cargada de una tensión tensa y peligrosa.

—Hacia todas las haciendas del distrito este —corregí, mirándolo a los ojos hasta que el oficial tuvo que desviar la mirada—.

Y no habrá avisos previos a los administradores ni protocolos de cortesía para las familias de linaje.

Cada casa, cada granero y cada buhardilla será examinada bajo la supervisión directa del doctor Ardel y de mi propia escolta personal.

Iven asintió despacio desde su rincón, guardando el frasco de muestra en su maletín de cuero con un gesto de aprobación silenciosa:

—Tendré preparados los reactivos de prueba al amanecer, mi señor.

—Capitán Thorne —añadí, colocándome frente al oficial—.

Transmita la orden a los sargentos. Si descubro que un solo jinete abandona este perímetro esta noche para llevar recados a las fincas de la meseta, el mensajero será colgado por insubordinación en el puente del río y el oficial que firmó su pase ocupará su lugar en la horca. ¿Ha quedado claro?

Thorne cuadró los hombros, apretando la mandíbula con una rigidez de piedra:

—Completamente claro, señor de la Corona.

El oficial hizo una reverencia seca y salió de la tienda con pasos apresurados, dejando tras de sí una estela de aire gélido que hizo bailar las llamas de las velas de sebo.

A medianoche salí de la tienda de mando para recorrer el perímetro del campamento.

La ventisca del norte había cesado por fin, dejando una noche limpia y helada como una plancha de acero pulido. Sobre las colinas de la meseta, la luna en cuarto creciente recortaba las siluetas negras de los bosques de abedules contra un cielo cuajado de estrellas pálidas.

Caminé hasta el borde del terraplén que dominaba el camino real.

A lo lejos, a dos leguas hacia el este, las luces débiles de las haciendas agrícolas parpadeaban en la penumbra como ascuas a punto de extinguirse en un hogar abandonado.

Me desabroché el cuello de la capa, dejando que el viento frío de la madrugada me golpeara la garganta desnuda.

Cerré los ojos e inhalé despacio.

En el aire helado no había rastro de humo cortesano ni de perfumes de baile. Había olor a tierra congelada, a savia de pino y a nieve.

Y debajo de todo eso, tenue como el murmullo de un arroyo bajo una capa de hielo, una vibración sorda en el centro de mi pecho: la misma llamada involuntaria que había sentido en la sala de mando del alcázar, el eco lejano de una bestia que resistía en la oscuridad sin pedir clemencia.

A lo lejos, en el puesto de guardia del puente, el vigía tocó tres notas secas con el cuerno de latón anunciando el cambio de guardia de la madrugada.

El cerco se estaba cerrando.

Pero esta vez, las puertas que íbamos a derribar no eran las de una prisión para una fugitiva, sino las de la jaula donde una manada entera había intentado enterrar la verdad.