Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 13 Puertas abiertas
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Capítulo 13 Puertas abiertas

Darian

El barro de la periferia este no olía a la piedra limpia de Asteria ni a los jardines de invierno del alcázar.

Olía a rastrojo podrido, estiércol de buey descompuesto bajo la escarcha y al humo agrio de las chimeneas de turba que los campesinos mantenían encendidas noche y día para que los recién nacidos no murieran de frío.

Hacía doce días que habíamos salido de la capital con dos compañías de la guardia y el carromato de boticaría de Iven Ardel.

El puesto móvil de mando era una tienda de lona encerada de cuatro varas de ancho, plantada en un recodo pedregoso del camino comarcal, a tiro de piedra del puente de madera que cruzaba el río Siel.

En el interior, una estufa de hierro colado devoraba leña de pino verde con chasquidos húmedos, llenando el espacio de un vapor denso que empañaba las copas de estaño y hacía gotear el fieltro del techo sobre el mapa de los distritos agrícolas extendido sobre la mesa de campaña.

Me quité los guantes de montar, dejándolos sobre el cuero del tablero, y me acerqué a la mesa donde Iven examinaba una hilera de doce frascos de barro cocido alineados sobre una tabla de roble.

—Dime que has avanzado, Iven —dije, apoyando los nudillos en el borde de la madera.

El médico real levantó la vista de su cuaderno de registro. Tenía la piel amoratada bajo los ojos y los dedos manchados de reactivo de nitrato de plata:

—De lo único que tengo certeza es de que tus soldados están aterrorizando a los labradores por nada, Darian.

De las cuarenta y dos boticas, molinos y casas de labranza que registramos entre el día cuarenta y tres y el día cincuenta, treinta y cinco solo tenían ungüentos para la sarna del ganado, orina de carnero para teñir paños y decocciones de corteza de fresno para el dolor de muelas.

—La orden era decomisar sustancias no reguladas, no la medicina de los viejos —respondí, con una frialdad cortante—. Thorne tiene instrucciones precisas de no tocar un solo saco de grano sin un acta firmada por tu mano.

—Las instrucciones sobre el papel son muy limpias, mi señor —dijo Iven, dejando su pluma sobre el tintero de cuerno—.

Pero cuando seis hombres con cotas de malla y alabardas entran en la cocina de un colono a las seis de la mañana, el colono no lee los sellos de la Corona.

Cree que hemos venido a degollar a sus hijos o a llevarse a sus hijas a los cuarteles de frontera.

Antes de que pudiera responder, la lona de la entrada se apartó con un crujido de correajes húmedos.

El capitán Riven Thorne cruzó el umbral.

Llevaba la capa de paño negro salpicada de barro seco hasta los hombros y el casco de hierro bajo el brazo izquierdo; en la mano derecha sostenía del cuello a un muchacho de unos dieciocho años, vestido con un jubón de sayal remendado y las manos atadas a la espalda con una soga de cáñamo.

—Tenemos un boticario clandestino en el caserío de los sauces, mi señor —anunció Thorne, empujando al prisionero hacia el centro de la tienda con una brusquedad que hizo que el joven cayera de rodillas sobre las esteras de paja.

El muchacho soltó un quejido ahogado, temblando con una violencia que hacía castañetear sus dientes en la penumbra.

Me volví hacia el capitán sin moverme de mi posición:

—¿Quién es?

—Se llama Joram, tejedor de lino en la parroquia baja —respondió Thorne, sacando de su faltriquera dos botellas de vidrio verdoso selladas con pez negra—.

Lo encontramos escondiendo estas redomas debajo del suelo de su telar cuando mi patrulla inició el registro de la manzana.

Llevaba encima tres monedas de plata sin cuño de Asteria y se negó a declarar el origen del líquido.

Thorne dejó las botellas sobre la mesa de Iven con un golpe sonoro:

—Es la misma mezcla que buscamos. Huele a resina y a químicos prohibidos. Propongo trasladarlo de inmediato al calabozo de la torre este para un interrogatorio formal antes de que los cómplices limpien el resto del taller.

Me acerqué al muchacho arrodillado.

Me incliné sobre él, apoyando una mano en su hombro tembloroso. A través de la lana áspera de su jubón, sentí el latido desbocado de su pulso, el olor a sudor rancio, a harina de avena y a pánico puro.

No había firma de Alfa en su sangre, ni la arrogancia territorial de un conspirador de la Marea Gris. Era un Beta humilde, consumido por el trabajo del telar y aterrado por la sombra de los uniformes.

—Mírame, Joram —ordené con voz tranquila.

El muchacho levantó el rostro despacio. Tenía los ojos hinchados por el llanto y una rozadura sangrante en la mejilla izquierda producida por el guantelete de Thorne:

—Mi señor… Por los espíritus del río, se lo juro por la memoria de mi madre… No he hecho nada malo.

—¿Qué hay en esas botellas?

—Es jarabe de raíz de malvavisco y aguardiente de manzana, señor —sollozó el joven, tragando saliva con dificultad—.

Mi hermana pequeña tiene la tos de invierno desde hace un mes.

Escupe sangre por las mañanas y el boticario del pueblo me cobró tres monedas por el preparado.

Lo escondí bajo las tablas porque los soldados estaban rompiendo las tinajas en la casa de mi vecino y temía que me quitaran la medicina de la niña.

Miré a Iven.

El médico real ya había descorchado uno de los recipientes. Humedeció la punta de una varilla de vidrio en el líquido oscuro, lo olió con atención y luego tocó la muestra con una gota de reactivo de potasa sobre una placa de porcelana.

La mezcla no cambió de color.

—Jarabe expectorante común —dictaminó Iven, mirando a Thorne con un desprecio apenas disimulado—. Azúcar de remolacha, raíz de malvavisco y alcohol de sidra. No hay plomo, no hay alcaloides de enebro y no hay resina de las turberas.

Me incorporé despacio, clavando la vista en el capitán de la guardia:

—Corta la soga, Thorne.

El oficial no se movió de inmediato; una sombra de resistencia tensó los músculos de su mandíbula:

—Mi señor, el protocolo de seguridad aprobado por el Consejo autoriza la detención preventiva de cualquier individuo que oculte sustancias no inventariadas durante un registro de emergencia.

—El protocolo sanitario lo dicto yo, capitán —respondí, bajando la voz hasta que cada sílaba sonó como el filo de una espada desenvainada—.

Y no lo autoriza a golpear a tejedores inocentes ni a confiscar el jarabe de una niña enferma.

Corta la soga y dale a este muchacho un salvoconducto de tránsito antes de que decida relevarte del mando de la vanguardia.

Thorne apretó los labios con una furia sorda, desenvainó su daga de servicio y cortó el cáñamo de las muñecas de Joram con un tajo seco.

—Puedes marcharte, muchacho —le dije al tejedor, tomándolo del brazo para ayudarlo a ponerse de pie—. Toma tus botellas y regresa a tu casa. Ningún soldado volverá a cruzar tu puerta mientras este campamento esté en pie.

El joven tomó sus medicinas con manos temblorosas, hizo una reverencia torpe que casi lo hizo tropezar con la estufa y salió de la tienda como si acabara de escapar de la boca de una fiera.

Cuando la lona de la entrada volvió a caer, el silencio en la tienda se volvió espeso y pesado.

Thorne se quedó de pie junto a la salida, con la mano apoyada en el pomo de su espada y la mirada fija en el suelo:

—El Consejo de Ancianos no verá con agrado que el soberano libere a sospechosos sin el visado del escribano real, Darian.

Lord Odran envió un mensajero esta mañana exigiendo resultados concretos.

Las casas Karr y Sarr amenazan con retirar sus carros de suministro si la guardia no presenta culpables antes del final de la semana.

—Odran puede quejarse ante el gran consejo cuando regresemos a Asteria —repliqué, dándole la espalda para examinar el mapa de la comarca—.

Mi deber no es ofrecerle cabezas de campesinos para justificar sus intrigas matrimoniales.

Mi deber es encontrar el origen del veneno que casi mató a una mujer ante cuatrocientas personas en el alcázar.

Iven se acercó a la mesa de campaña, trayendo consigo una pequeña caja de madera de nogal donde guardaba las muestras analizadas durante los últimos tres días en los caseríos ribereños.

—Darian —dijo el médico, llamándome en voz baja para apartarme de la presencia de Thorne—. Tienes que ver esto.

Me acerqué a la mesa auxiliar.

Iven abrió la caja y extrajo un frasco de cerámica blanca, sellado con un tapón de corcho viejo atado con alambre oxidado.

—Esta muestra fue incautada ayer por la tarde en una choza de carboneros abandonada, a dos leguas al norte de la linde de los abedules —explicó, vertiendo una gota del residuo pardo sobre una tira de papel impregnada en tintura de tornasol—.

La base es un supresor doméstico de baja estofa, elaborado con ceniza de roble y corteza de sauce amargo.

—Como las demás —dije.

—No como las demás —corrigió Iven, acercando una lámpara de aceite a la tira de papel—. La proporción de acetato de plomo y sales de cobre de este frasco es idéntica, hasta la última fracción de grano, a los residuos que extrajimos de la placa rota del collar en el laboratorio de la torre oriental.

Sentí una punzada helada en el pecho, un calor eléctrico que me tensó todos los músculos de la espalda.

—¿El mismo lote? —pregunté.

—El mismo lote y el mismo fabricante —afirmó Iven con rotundidad—. Quienquiera que preparó las dosis que esa mujer estuvo tomando durante años en la meseta no las compraba en los muelles de Asteria. Las compraba en este distrito. A menos de tres leguas de donde tenemos plantada esta tienda.

Miré el mapa extendido sobre la mesa.

La linde de los abedules, la choza de carboneros, el curso del río Siel y, más al este, sobre las lomas agrícolas que dominaban el valle, la silueta marcada en tinta roja de la hacienda de los Valen.

Liora estaba allí.

Cada fibra de mi carne, cada instinto de mi lobo primal que había permanecido despierto y vigilante desde la noche del Solsticio, me gritaba que la presa no estaba corriendo hacia las cumbres del norte ni escondida en las bodegas de los contrabandistas de la costa.

Estaba en su propia casa, atrapada entre quienquiera que la hubiera obligado a tomar ese veneno durante años y el cerco de mis propios soldados.