Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 12 La jaula #3
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Capítulo 12 La jaula #3

Cerró la puerta a su espalda con el talón de su zapato, pasó el pestillo de hierro y avanzó hacia el centro de la habitación.

—Esperaba que fueras más lista, Liora —dijo, dejando el candelabro sobre la mesa auxiliar con un golpe seco—. Pero supongo que la sangre de esa escoria del oeste siempre termina arrastrándose hacia el barro del que salió.

Sostuve su mirada, apretando las mandíbulas para que no me castañetearan los dientes:

—Ese documento no te pertenece, Maevra. Mi madre lo escribió para mí.

Maevra soltó una carcajada breve, desprovista de toda calidez, y dio otro paso hacia mí:

—Tu madre era una rebelde proscrita que huyó de los acantilados con el vientre lleno y se escondió en esta finca para que los tribunales de la Corona no le colgaran una soga al cuello.

Si este pliego sale a la luz, si un solo alguacil de Asteria lee lo que está escrito en esta tinta, no solo perderás la finca: serás arrestada por alta traición y ejecutada en el patíbulo del mercado como descendiente de un linaje de asesinos.

La mujer estiró la mano izquierda con una rapidez asombrosa, arrebatándome el pliego de pergamino de los dedos antes de que pudiera cerrarlos.

Dio un paso hacia la chimenea, sosteniendo el anexo sobre las brasas incandescentes del hogar.

El calor del fuego hizo que los bordes del pergamino comenzaran a combarse, despidiendo un olor a cuero caliente que me heló el alma.

—¿Sabes por qué no lo quemé antes? —preguntó Maevra, mirándome con desprecio absoluto—.

Porque necesitaba el sello intacto para demostrar ante el Consejo que la línea de Elayne estaba legalmente extinta si tú morías de fiebres en la buhardilla.

Pero ahora… ahora la guardia del soberano está a dos millas de mi puerta, buscando a una criatura que reventó el Solsticio con una fórmula prohibida.

La mujer me miró de arriba abajo, y por primera vez vi en sus ojos una chispa de sospecha terrible, una conexión que comenzaba a encajar en su mente perversa:

—El aroma que tienes… esa pestilencia ácida que no se apaga…

Dio un paso hacia mí, con el pergamino suspendido a tres dedos de las llamas:

—Dime qué hiciste en Asteria la noche del Solsticio, Liora.

Sentí que el aire se congelaba a mi alrededor.

Si confesaba, si dejaba que la palabra «Gala» saliera de mi boca, Maevra soltaría el pergamino en el fuego en ese mismo instante y llamaría a los criados para que me redujeran a golpes antes de entregarme a la guardia de Thorne.

Enderecé los hombros, levanté la barbilla y la miré con todo el odio contenido durante seis años de servidumbre:

—Fui al bosque a buscar raíces de sauce para no morirme de dolor mientras tú bebías vino en los salones de la corte —mentí, con una voz tan firme y gélida que su mano vaciló sobre las brasas—.

Quémalo si quieres, Maevra. Quémalo ahora mismo.

Pero si lo quemas, no tendrás nada con qué demostrarle al administrador Barel que tienes derecho a vender la tierra.

Y cuando la guardia de la Corona llegue mañana a revisar los libros, le diré al capitán que tú misma escondiste documentos proscritos en tu dormitorio para chantajear a los clanes del oeste.

Maevra me miró fijamente durante cinco segundos interminables.

El silencio en la alcoba era tan denso que solo se escuchaba el crepitar de la madera en la chimenea y el viento del norte azotando los cristales emplomados del ventanal.

Despacio, con una lentitud cargada de veneno, Maevra retiró el pliego de las brasas.

Dobló el pergamino con un movimiento brusco, lo guardó en el bolsillo interior de su corpiño y me señaló la puerta con un dedo índice afilado:

—Sal de mi vista —dijo, con una voz que vibraba con una furia sorda—.

Vuelve a tu buhardilla y reza para que la nieve tape el camino antes de que amanezca.

Porque si la guardia entra en esta casa y encuentro una sola mancha en tu mandil, te juro por la sangre de mis ancestros que tú misma verás cómo este papel se convierte en ceniza antes de que los soldados te lleven arrastrando a las minas de sal.

No respondí.

Caminé hacia la puerta con la espalda recta, pasé junto a ella sin apartar la mirada y abrí el cerrojo de hierro.

Salí al corredor oscuro y bajé la escalera de servicio descalza, con el frío de las tablas de madera quemándome las plantas de los pies y el corazón latiéndome en la garganta con la fuerza de un ariete.

No había conseguido el anexo. Estaba atrapada en una jaula que se estrechaba a cada hora que pasaba, vigilada por una madrastra dispuesta a destruirme y con mi propio cuerpo traicionándome en un silencio ciego.

Pero al llegar a mi buhardilla, mientras me arrodillaba junto al jergón para tocar la cláusula cosida en la paja, el eco del toque de los cuernos de la guardia resonó a lo lejos, sobre las lomas nevadas del camino real.

Eran tres notas largas, graves y resonantes.

La guardia de la Corona había llegado a los límites de la parroquia.

Los hombres de Darian Corven estaban a menos de una hora a caballo de mi puerta. Ignoraba si él marchaba con esa avanzadilla, pero la cacería de sombras acababa de alcanzar el umbral de mi casa.