Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 12 La jaula #2
48%

Capítulo 12 La jaula #2

La muchacha dio un sorbo a su infusión, con los ojos clavados en el camino exterior donde los sauces deshojados se mecían bajo la ventisca:

—Si esa bestia hubiera querido morir con honor, se habría arrojado por las almenas. Ahora todos los linajes de la meseta estamos bajo sospecha mientras eso se esconde como una rata en algún agujero.

Apreté los leños contra mis costillas con tanta fuerza que la corteza rugosa me traspasó la lana del vestido:

—A lo mejor no se está escondiendo —dije, mirándola fijamente a los ojos—. A lo mejor solo está esperando a que pase el invierno.

Celene me miró con una sombra de desconcierto, pero antes de que pudiera replicar, la campanilla del recibidor sonó con tres toques apresurados anunciando la llegada de las visitas.

El día cuarenta trajo una tregua en las nevadas, pero el frío se endureció hasta convertir el fango de los caminos en crestas de piedra negra que quebraban las herraduras de las monturas.

Por la tarde, mientras doblaba sábanas de lino en la antesala del piso alto, Oria se deslizó por el corredor con la cautela de una sombra.

Se detuvo junto al cesto de mimbre, fingiendo examinar las costuras de un sobrecama, y me habló sin mirarme directamente a la cara:

—Mi madre cambió los papeles de sitio —susurró, con los ojos fijos en la escalera principal.

Dejé las manos quietas sobre el lino doblado:

—¿Qué papeles?

—El anexo de tu madre —respondió Oria, bajando aún más la voz—.

El pliego que arrancó del testamento grande antes de ir a Asteria.

Ya no está en el cajón falso del despacho de abajo.

Ayer por la noche, mientras Celene discutía con ella sobre el dinero de la dote, vi a mi madre subir con una bolsa de seda negra y meterla en el secreter de palisandro de su dormitorio.

Un calor súbito me recorrió el pecho:

—¿En el secreter?

—Sí. En el compartimento superior, el que se cierra con la llavecita de corazón de plata. La guarda en el fondo de su joyero, debajo de las perlas falsas de mi abuela.

Miré a mi hermanastra. Su rostro pálido y redondo reflejaba una mezcla de lealtad desesperada y terror absoluto:

—Oria… Si te descubre ayudándome—

—No me va a descubrir si eres rápida —me interrumpió, agarrándome la manga con dedos fríos—.

Esta noche vendrá el señor Barel a cenar para revisar las cuentas del grano.

Mi madre mandó a Mina a preparar el asado de carnero y bajará al comedor a las ocho en punto.

Estarán abajo al menos dos horas. Celene se quedará con ellos para intentar convencer a Barel de que le preste dinero para sus vestidos de primavera.

—Estaré sola en la planta alta —deduje, sintiendo que el corazón me daba un vuelco salvaje.

—Estarás sola —asintió Oria—. Pero tienes que tener cuidado, Liora.

Mi madre está desesperada. El notario de la comarca le envió esta mañana una carta formal diciendo que no puede registrar la venta de la parcela este sin una copia certificada del testamento original de Elayne.

Sabe que le falta la cláusula principal y teme que los escribanos reales descubran que estuvo cobrando las rentas de tus tierras sin autorización legal.

Si encuentra una excusa para culparte, no dudará en destruirte antes de que la guardia llegue a la puerta.

—No le daré ninguna excusa —dije, doblando la última sábana con un movimiento firme—. Solo necesito recuperar lo que es mío.

Oria me miró un segundo más, apretó mi brazo a través de la tela y se marchó por el pasillo hacia su habitación antes de que los pasos pesados de Maevra comenzaran a subir por la escalera de honor.

A las ocho y media de la noche del día cuarenta y uno, la casa grande quedó sumida en un rumor sordo de vajilla, copas de vino y risas forzadas que subía desde el comedor de la planta baja.

Me descalcé en el rellano de servicio, dejando los zuecos de madera junto a la barandilla, y avancé por el corredor de la planta alta descalza sobre las alfombras raídas.

La puerta del dormitorio principal estaba entornada.

Me deslicé en el interior con la ligereza de una alimaña nocturna, empujando la hoja de roble lo justo para pasar mi cuerpo antes de volver a ajustar el vano sin hacer crujir los goznes.

El dormitorio de Maevra olía a lavanda seca, polvo de arroz y a la grasa de las velas de cera de abeja que ardían sobre la repisa de la chimenea.

Las brasas del hogar proyectaban sombras rojizas sobre la cama con dosel de cortinajes de damasco oscuro y sobre el secreter de madera de palisandro que descansaba en la esquina este, junto al ventanal.

Caminé hacia el mueble sin hacer el menor ruido.

Sobre el tablero inclinado de cuero repujado descansaban varios libros de cuentas encuadernados en pergamino, una pluma de ganso en su tintero de peltre y el joyero de terciopelo verde donde Maevra guardaba sus alhajas familiares.

Levanté la tapa del joyero con dedos firmes.

Aparté los collares de perlas de vidrio y las peinetas de concha de carey, buscando en el fondo del forro de raso. Mis uñas tropezaron con un borde metálico diminuto: una llavecita de plata con el ojo tallado en forma de corazón.

La tomé, la introduje en la cerradura del compartimento superior del secreter y la giré hacia la derecha.

El cerrojo cedió con un chasquido suave, casi inaudible.

La portezuela de madera se abrió hacia abajo, revelando un hueco estrecho donde reposaba un envoltorio de seda negra atado con una cinta de lino crudo.

Desaté la cinta con el pulso acelerado.

Dentro de la seda había un único pliego de pergamino grueso, amarilleado por los años pero perfectamente conservado. La caligrafía inclinada y elegante de mi madre, trazada con tinta de nogalina, destacaba con una nitidez dolorosa bajo la luz de las brasas.

Mis ojos recorrieron las líneas superiores:

«Anexo reservado al cuaderno de partición y tutela de la casa Valen. En testimonio de la sangre y pertenencia de mi hija Liora…».

En el margen izquierdo, estampado sobre la cera encarnada, divisé el mismo sello que había visto en el frasco de Soren: dos líneas onduladas paralelas coronadas por una media luna invertida.

La Marea Gris.

El texto continuaba más abajo, nombrando los fueros de los clanes de los acantilados occidentales y la alianza sellada antes de mi nacimiento entre mi madre y el linaje de las mareas.

Extendí los dedos para tomar el pliego.

—Qué lástima que tus ojos de ladrona no puedan leer en la oscuridad, querida.

La voz sonó detrás de mí, fría y pausada como el roce de una navaja sobre un cuero de afilar.

Me volví de golpe, pegando la espalda contra el secreter.

Maevra estaba de pie en el umbral de la alcoba.

Llevaba su vestido de terciopelo granate de las ocasiones formales, con las mangas recogidas y un candelabro de bronce de tres brazos en la mano derecha.

Las llamas de las velas iluminaban su rostro huesudo, dibujando sombras cavernosas bajo sus pómulos y haciendo brillar sus pupilas con una ferocidad de Alfa que no se molestó en disimular.