Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 12 La jaula
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Capítulo 12 La jaula

Liora

El aislamiento fingido duró exactamente setenta y dos horas antes de que la madera de la puerta retumbara bajo el mango de hierro del mortero de cocina.

—¡Abajo, Liora! —La voz de Maevra atravesó las tablas con la sequedad cortante de un sarmiento al partirse—.

Si puedes toser con tanta fuerza para no fregar los calderos, puedes bajar a sacar la ceniza del horno grande.

Mina no va a cargar los cubos de cal viva con la nieve llegándole a las rodillas.

Me incorporé despacio sobre el jergón, apretando los dientes para sofocar el crujido de mis costillas.

La fiebre había remitido tras tres días de sudar la resina entre las mantas ásperas, pero el cuerpo que me quedaba debajo parecía haber sido golpeado con barras de plomo envueltas en lana húmeda.

Cada articulación de mis tobillos y de mis rodillas protestaba con una rigidez sorda, y en la palma derecha, la herida que me había abierto con los barrotes del desagüe tiraba de la piel nueva, roja y tirante bajo el ungüento de llantén que Oria me había aplicado antes del amanecer.

Metí la mano por debajo del bastidor de pino, palpando a través de la tela de cáñamo la rigidez rectangular de la cláusula de mi madre.

Estaba allí, asegurada por las puntadas apretadas que habíamos cosido juntas.

Me puse el vestido de lana parda, me até el mandil gris a la cintura y me eché por los hombros el chal deshilachado de borra de oveja. Antes de abrir el cerrojo de madera, acerqué la muñeca a mi nariz e inhalé con fuerza.

No olí nada.

Ni el polvo de yeso del techo, ni el alcanfor rancio de las mantas, ni el vapor de cal que subía desde el patio de lavado.

El pánico me atenazó la garganta con la frialdad de una tenaza de herrador. Cerré los ojos y volví a aspirar, buscando el rastro familiar de mi propia carne, el perfume a tierra mojada y sal que durante seis años había intentado ahogar con pastillas adulteradas.

El vacío era absoluto. Mis glándulas aromáticas, abrasadas por la sobredosis de la fórmula de Soren y por el colapso del Solsticio, se habían cerrado en un silencio ciego, una anosmia total que me dejaba sorda y muda ante mi propio olor.

Estaba expuesta sin saber cuánto de mi verdad se derramaba en el aire.

Bajé la escalera de servicio apoyando la mano izquierda en la pared encalada para no tambalearme.

En el rellano del lavadero, el frío me golpeó el rostro con la violencia de una bofetada húmeda: el viento del este se colaba por los intersticios de los postigos mal ajustados, levantando remolinos de ceniza fina sobre las losas de piedra.

Maevra estaba de pie junto a la tina de remojo, con una pelliza de paño forrada de piel de zorro sobre los hombros y los guantes de cabritilla puestos.

Sus ojos grises, hundidos bajo unas cejas finas y afiladas, me recorrieron desde las botas embarradas hasta el nudo del chal con una lentitud quirúrgica.

Dio un paso hacia mí. Su pecho de Alfa se expandió en una inhalación honda, escudriñando el aire que nos separaba.

—Tienes un olor extraño —dijo, sin levantar la voz, pero con una dureza que hizo que los vellos de mis brazos se erizaran bajo la lana—. No es el hedor a rábano podrido de tus supresores habituales. Es ácido, como el vinagre de vino.

—Estuve enferma, señora —respondí, sosteniéndole la mirada con los ojos entrecerrados para disimular el temblor de mis párpados—. El pecho me quema desde la noche que cayó la gran helada.

—No me importa lo que te queme el pecho —cortó, sacando de su faltriquera un llavero de hierro pesado que tintineó con un sonido agudo—.

La guardia de Asteria ha instalado un puesto de registro en el cruce del molino.

El administrador Barel vino ayer a advertirme que los alguaciles están revisando los libros parroquiales y los censos de servidumbre en busca de prófugos y boticarios clandestinos.

No voy a permitir que una sirvienta inútil con fiebres dudosas llame la atención de los oficiales de la Corona sobre esta casa.

Caminó hacia el aparador empotrado donde guardaba las botellas de aceite de linaza, los frascos de láudano y las cajas de cartón con los supresores baratos que me racionaba cada mes.

Metió la llave en la cerradura, giró el pestillo dos veces y abrió la portezuela de roble.

Tomó la caja con mis pastillas, la metió en el bolsillo de su pelliza y volvió a cerrar el mueble con un golpe seco.

—A partir de hoy, no habrá más dosis —sentenció, guardándose la llave en el pecho—.

Si estás enferma de verdad, el sudor te limpiará los humores.

Si lo que tienes es pereza, el trabajo te devolverá el juicio.

No quiero ver una sola botella de medicina en tu buhardilla hasta que las patrullas del soberano se hayan marchado de la comarca.

Sentí una punzada de pavor en el fondo del estómago.

—Las glándulas se me van a inflamar si me quitas la dosis —dije, y la frase me salió más seca de lo que pretendía—. Si el olor cambia, los vecinos harán preguntas.

Maevra sonrió con una mueca fría que no le movió una sola arruga de las mejillas:

—Si tu olor cambia, te encerraré en el sótano junto a las patatas con una cadena al tobillo y le diré al capitán de la guardia que eres una prima lejana atacada por el mal de la rabia.

Ahora toma la pala y ve a limpiar los establos.

El mozo Barek tiene reuma en las manos y los caballos no van a dormir sobre su propia bosta porque a la señorita le duelan las muñecas.

Me quedé quieta un segundo, mirando la puerta cerrada del aparador.

—Puedo soportarlo —murmuré entre dientes, más para mí que para convencerla.

—Eso espero —dijo ella, dándose la vuelta hacia la cocina—. Porque si no lo soportas, Liora, descubrirás que la nieve del bosque es mucho más piadosa que yo.

Los siete días siguientes fueron un descenso metódico a una pesadilla de piedra, hielo y trabajo forzado.

Sin los supresores para adormecer el tejido glandular y con mi propio sentido del olfato completamente anulado por la intoxicación de la resina, vivía en una vigilia permanente de terror sordo.

No sabía si olía a Beta enferma, a ceniza de fregar o si mi verdadera naturaleza Omega se estaba filtrando por mis poros como una señal de humo en medio de una pradera desierta.

Trabajaba desde las cinco de la mañana hasta pasada la medianoche, intentando agotarme para que la loba en mi interior no tuviera fuerzas para protestar.

Vacié tres carros de estiércol congelado de las cuadras, rompiendo los terrones con una azada de hierro que me arrancaba ampollas de sangre en las palmas desnudas.

Acarreé cincuenta cubos de agua desde el pozo del huerto, rompiendo la costra de hielo con un mazo de madera antes de sumergir el caldero de cinc; el agua salpicaba mis faldas, congelándose en el dobladillo hasta convertir la tela en una tabla rígida que me golpeaba las espinillas a cada paso.

Fregué de rodillas las losas del comedor grande con lejía de ceniza de roble y arena de río, mientras Celene pasaba a mi lado sin mirarme, ajustándose las mangas de terciopelo azul de sus vestidos de corte y quejándose en voz alta de la tardanza de los correos de Asteria.

El día treinta y siete, mientras cargaba dos leños de encina hacia el fogón del salón principal, el mundo se detuvo.

Ocurrió en medio del corredor de la planta baja, justo frente al ventanal que daba al camino real.

No fue un dolor físico, ni un calambre muscular, ni el mareo habitual de la debilidad.

Fue una sacudida súbita en el centro del pecho: una presión ardiente, densa y autoritaria, como si una mano invisible de hierro caliente se hubiera cerrado sobre mi esternón, tirando de mí hacia el oeste con una fuerza brutal que me cortó la respiración de golpe.

Solté los leños.

La madera cayó sobre las losas con un estrépito sordo que rodó por el pasillo. Me apoyé contra el alféizar de piedra, jadeando, mientras un escalofrío abrasador me recorría la columna desde la nuca hasta el coxis.

En el fondo de mi garganta, la loba no gruñó de miedo: soltó un aullido mudo, una respuesta corporal tan violenta y limpia que sentí el sabor a humo de enebro, cedro oscuro y nieve batida en la base de la lengua.

«Darian», el nombre me cruzó la mente antes de que pudiera levantarlo como un muro de defensa.

No estaba allí. El alcázar de Asteria quedaba a diez millas de distancia a través de colinas boscosas y caminos bloqueados por el hielo.

Y sin embargo, la presencia de su bestia —aquel lobo primal que había detenido el virote en el patio bajo— resonó en mi carne con la claridad de una campana tañida a dos pasos de mi oído.

Estaba buscando. Podía sentir la tensión de su vigilia, la impaciencia contenida de un cazador que avanza paso a paso por la nieve cerrando un cerco invisible alrededor de la presa.

—¿Qué estás haciendo ahí tirada? —La voz chillona de Celene rompió el trance como un golpe de vara.

Mi hermanastra estaba en el umbral del salón, con una taza de porcelana humeante en las manos y el ceño fruncido con una irritación neurótica:

—Has dejado caer la leña y estás manchando la alfombra con tus botas mojadas. Mi madre te dijo que mantuvieras el tiro encendido antes de que llegara el señor Barel.

Me arrodillé en el suelo, recogiendo los troncos con dedos temblorosos mientras intentaba controlar el jadeo que me agitaba los hombros.

—Se me resbaló la madera —dije, con la voz rota.

Celene se acercó un paso, arrugando la nariz con un gesto de repugnancia fingida:

—Hueles a perro mojado y a sudor. Si los oficiales de la guardia entran en esta casa y te ven con ese aspecto, van a pensar que estamos apestados.

—La guardia no tiene por qué entrar en el piso de servicio —respondí, poniéndome de pie y abrazando los leños contra mi pecho.

Celene soltó una risa seca, sin una pizca de alegría:

—¿Crees que no? Las patrullas registraron ayer la hacienda de los Karr.

Revisaron los pajares, las bodegas y los contratos de todos los arrendatarios.

Dicen que el soberano no va a renovar las audiencias de consorte hasta que hayan limpiado los distritos de contrabandistas y traidores.

¡Todo por culpa de ese monstruo que reventó la Gala del Solsticio!