Aroma de medianoche (Cuentos de hadas de la manada 1) Capítulo 11 Regresar enferma #2
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Capítulo 11 Regresar enferma #2

Me llevé la mano izquierda al pecho de inmediato, con el pulso desbocado.

El saco de arpillera no estaba.

Me incorporé de golpe, ignorando el mareo que me nubló la vista durante un segundo, y metí los dedos por debajo del borde del colchón de paja, buscando en el hueco entre las tablas del bastidor de madera.

Mis dedos tocaron el bulto plano, duro y áspero del paño encerado.

Solté el aire retenido en una exhalación temblorosa, apoyando la espalda contra la pared encalada. El documento estaba allí, intacto, escondido en la hendidura que yo misma había tallado hacía tres años bajo el cabecero para guardar mis viejas cartas.

La puerta de la buhardilla se abrió con un crujido leve.

Oria entró de lado, empujando la hoja de madera con la cadera mientras sostenía con ambas manos un cuenco de barro humeante y un paño doblado.

Llevaba su vestido sencillo de diario de lana parda, con el mandil gris atado a la cintura y unas ojeras profundas marcadas bajo unos ojos claros que se abrieron de par en par al verme sentada en la cama.

—¡Estás despierta! —susurró, cerrando la puerta a su espalda con el pie y pasando el pestillo de madera con un movimiento rápido y silencioso.

Se acercó al jergón, dejó el cuenco sobre la banqueta de pino y se arrodilló a mi lado, tocándome la frente con el dorso de la mano con una delicadeza que me encogió el corazón.

—La fiebre ha bajado —dijo, soltando un suspiro de alivio tan hondo y sincero que me dejó sin palabras—. Anoche ardías como una brasa en el fuego, Liora. Tuve que subir a cambiarte las compresas cuatro veces antes de que dejaras de temblar y delirar en sueños.

La miré a los ojos, tratando de asimilar la realidad de lo que estaba viendo en esa buhardilla helada:

—¿Fuiste tú? ¿Tú me trajiste hasta aquí?

Oria bajó la vista hacia sus rodillas, frotándose las manos sobre el mandil con un nerviosismo evidente:

—Te encontré tirada junto a la leñera a las tres de la madrugada.

Salí a buscar astillas secas para encender los fogones de la cocina antes de que Mina bajara a amasar y vi un bulto oscuro en la nieve.

Cuando vi que eras tú… que no podías ponerte de pie y que tenías la mano ensangrentada y el cuerpo ardiendo…

Hizo una pausa, tragando saliva con dificultad mientras se le humedecían los ojos.

—Te arrastré por la escalera del lavadero —continuó en un susurro entrecortado—.

Pesabas una barbaridad, Liora. Tuve que subirte peldaño a peldaño en la oscuridad, rezando a todos los espíritus de la casa para que mi madre o Celene no se despertaran con los crujidos de la madera vieja.

Te quité ese saco inmundo que llevabas puesto, quemé los harapos en el horno de pan antes de que amaneciera y te limpié la sangre del brazo con agua tibia de pozo.

Me quedé mirándola, incapaz de articular palabra durante varios segundos.

Oria era la hija menor de Maevra: la muchacha tímida que siempre bajaba la cabeza cuando su madre me insultaba en el comedor, la que se refugiaba en los bordados de flores para no presenciar las humillaciones en el lavadero de piedra.

—¿Por qué lo hiciste, Oria? —pregunté, con la voz áspera y raspada por la falta de agua—. Si tu madre se entera de que me ayudaste a entrar, te encerrará en las cuadras durante un mes y te quitará tus vestidos de fiesta.

Oria apretó los labios con una firmeza insólita en ella, sosteniéndome la mirada:

—Porque sé lo que pasó en el alcázar.

Un frío súbito me recorrió la nuca.

—¿Qué sabes?

—Celene y mi madre regresaron de Asteria hace dos días, furiosas como dos gatas escaldadas —explicó Oria, acercándome el cuenco de caldo caliente de cebolla y tomillo—.

Mi madre no para de gritarle a los criados y Celene se pasa las tardes encerrada en su alcoba llorando porque la Gala del Solsticio se canceló antes de la medianoche.

Dicen que un Alfa desconocido se infiltró en el palacio con una máscara de plata, forzó los baúles de la cancillería baja y obligó al soberano a bailar ante la corte entera antes de huir transformado en bestia por los desagües del patio bajo.

—¿Y no preguntaron por mí?

—Les dije que habías caído con las fiebres del invierno y que yo misma te había aislado en la buhardilla —admitió Oria—.

Dejé un cubo de vinagre en el rellano y bajé cuencos vacíos para que pareciera que comías.

A mi madre le aterra el contagio; no pasó del primer tramo de la escalera.

No sabía cuánto tiempo podría sostener la mentira.

La muchacha me miró fijamente a los ojos, con una lucidez que nunca antes le había visto en el rostro:

—Mi madre revisó el baúl grande en cuanto los carros llegaron a la finca. Pasó media hora revolviendo entre sus legajos y después bajó al despacho con la cara blanca como la cal, murmurando que los escribanos reales le habían robado un pliego sellado del fondo del arca.

Oria señaló con la barbilla hacia el colchón de paja:

—Fuiste tú, ¿verdad? La llave de latón que te di en el carrete de hilo… Entraste en el baúl y recuperaste el testamento de tu madre.

Sostuve su mirada sin pestañear.

Sabía que admitirlo en voz alta era un riesgo mortal; una sola palabra dicha a destiempo en esa casa bastaba para que Maevra llamara a los alguaciles del distrito y me entregara con grilletes en las muñecas.

Pero miré la venda limpia en mi mano, las compresas húmedas en la palangana y el caldo caliente que humeaba entre mis dedos.

Asentí despacio.

—Recuperé la cláusula que me nombra única heredera legítima de Elayne —dije en un susurro—. El anexo que menciona a la manada proscrita sigue en poder de tu madre.

Oria soltó un jadeo ahogado, llevándose ambas manos a la boca.

—¡Estás loca, Liora! —susurró con los ojos llenos de lágrimas—.

¡La guardia de la Corona ha tomado los caminos de la meseta!

Hay carteles sellados clavados en las puertas de la taberna y en el molino de agua.

El capitán de la guarnición anunció que registrarán todas las casas de labor en busca de contrabando y que cualquier persona que oculte a un intruso será acusada de traición al reino.

—Darian no autorizó ejecuciones —dije antes de poder frenar mis propias palabras.

Oria me miró con desconcierto y sorpresa:

—¿Cómo dices?

—El soberano —corregí, bajando la voz y midiendo cada sílaba—.

El bando que leíste en el pueblo habla de alerta sanitaria y decomiso de sustancias ilegales, no de ahorcamientos sumarios ni de jaurías de presa.

Está buscando el origen de los bloqueadores clandestinos, no organizando una matanza de siervos.

Oria frunció el ceño, estudiándome con una mezcla de asombro y recelo:

—Hablas como si conocieras al señor de Vhal. Celene dice que es un monstruo despiadado que la ignoró en el salón para humillar a nuestra casa ante todos los señores de la meseta.

—No es un monstruo —respondí, y la certeza de mis propias palabras me sorprendió tanto a mí como a ella—. No permitió que sus oficiales me mataran.

Bebí dos sorbos del caldo caliente. El líquido salado y aromático me devolvió una chispa de calor a las entrañas, aliviando la sequedad atroz de mi garganta y calmando el temblor de mis manos.

Me llevé la mano vendada a la base del cuello, palpándome las glándulas laterales bajo la piel.

La inflamación había disminuido gracias a las cataplasmas de Oria, pero el tejido seguía tenso, caliente y dolorido al tacto. Acerqué la manga de mi camisón a la nariz y aspiré hondo.

El hedor a brea y resina química casi había desaparecido, pero lo que quedaba debajo no era el silencio aromático neutro que los supresores baratos solían otorgarme durante seis años de encierro.

Era mi propio aroma verdadero.

Lluvia de primavera sobre piedra caliente. Flor silvestre de ribera. Y ese matiz salino inconfundible que se filtraba a través del lino a cada latido de mi pulso, tenue pero vivo, incapaz de someterse a la ceniza de los hornos.

«La fórmula de Soren me rompió la coraza para siempre», comprendí con un estremecimiento que me heló la sangre. «Las dosis viejas ya no podrán apagar esto. Si Maevra entra en este cuarto y se acerca a dos pasos de mi cama, sabrá en un solo segundo lo que soy».

—Oria —dije, agarrándola de la muñeca con los dedos temblorosos—. Necesito que me ayudes a coser el forro del jergón.

—¿Para qué?

—Para que el documento no se mueva de ahí aunque registren la habitación entera —respondí, señalando el costurero de madera que descansaba sobre la repisa—.

Y necesito que no dejes que nadie suba a esta buhardilla durante los próximos tres días.

Si Mina o tu madre preguntan por mí, diles que tengo las fiebres del invierno y que estoy tosiendo flemas negras.

A Maevra le da pánico contagiarse; no se acercará a esta escalera mientras crea que hay peste en el piso alto.

Oria asintió con gravedad, poniéndose de pie para buscar la aguja de ensalmar y el hilo de cáñamo encerado en su costurero.

—Maevra no subirá —aseguró la muchacha mientras enhebraba la aguja con manos firmes y precisas—.

Está demasiado ocupada recibiendo al administrador Barel en el salón de abajo.

Quieren cerrar la venta de la parcela este antes de que la guardia llegue a la finca, pero el notario de la comarca se niega a firmar las escrituras mientras el distrito esté bajo la alerta de la Corona.

Una chispa de esperanza se encendió en mi pecho en medio de la fatiga.

La intervención de Darian en la capital —su decisión de dictar la alerta sanitaria en lugar de la ley marcial— había paralizado la burocracia de los distritos, impidiendo que Maevra consumara el despojo de mis tierras antes de que yo pudiera recuperarme.

Me recosté sobre la almohada de borra mientras Oria se arrodillaba junto al bastidor para coser la hendidura del jergón con puntadas apretadas y seguras.

A lo lejos, en el camino real que bordeaba los campos de labor, el toque lejano de los cuernos de la guardia anunció el avance de las patrullas hacia el siguiente caserío.

Estaba atrapada en una buhardilla helada, con el cuerpo envenenado y la guardia real avanzando hacia mi puerta, pero por primera vez en seis años, el testamento de mi madre estaba bajo mi colchón y mi loba no estaba dispuesta a volver a callar.