Capítulo 11 Regresar enferma
Liora
La nieve me entraba en la boca en copos ardientes que se disolvían en la lengua con un sabor a ceniza, cobre y savia amarga.
Corrí sin rumbo claro durante cuatro días, guiada únicamente por el instinto animal de alejarme del alcázar, de los faroles humeantes de la guardia y del zumbido metálico de los virotes.
Durante las primeras horas de la madrugada avancé sin detenerme; los días posteriores se dividieron en breves tramos de carrera, desmayos bajo los matorrales y despertares en lugares que no recordaba haber alcanzado.
Mis patas delanteras se hundían hasta los corvejones en la nieve; a cada salto, el paño encerado que protegía la cláusula de mi madre crujía entre mis colmillos, húmedo de saliva espesa y escarcha,
clavándose contra las encías con una rigidez dolorosa que me recordaba a cada zancada que seguía con vida.
Pero dentro de mi carne, el fuego del bloqueador colapsado no me daba tregua.
La resina fósil que Soren me había hecho tragar en el callejón del Clavo se había transformado en un veneno abrasador que me quemaba las entrañas.
Sentía los músculos de los flancos agarrotados por calambres continuos, duros como cuerdas de arco tensadas al límite, y en el fondo de mi garganta la loba soltaba jadeos cortos, roncos, incapaz de refrigerar una sangre que hervía a más de cuarenta grados.
El mundo exterior era un borrón de troncos pálidos, ramas bajas que me azotaban el hocico y sombras que giraban a mi alrededor como una rueda desquiciada.
Al romper el alba, el bosque se abrió en una hondonada pedregosa batida por el viento del este.
Divisé entre los troncos caídos la silueta ruinosa de una choza de carboneros: cuatro paredes de troncos de alerce carcomidos por el musgo, un techo de turba hundido por el peso de los inviernos y una puerta descolgada que chirriaba sobre sus goznes de cuero reseco.
Me arrastré hacia el interior sobre el vientre, raspándome los costados contra el marco de madera podrida.
El suelo de la cabaña estaba cubierto por una capa gruesa de virutas de pino viejas y polvo. Caí de costado sobre los escombros, soltando el pergamino encerado sobre un lecho de hojas secas antes de que un espasmo brutal me arqueara el espinazo hacia atrás.
La transformación inversa me partió el cuerpo en dos.
No fue el cambio fluido y silencioso de las noches de luna llena, cuando la carne se desliza sin esfuerzo entre dos naturalezas.
Fue un desgarro atroz, una fractura viva: mis huesos crujieron al acortarse, las articulaciones de mis rodillas giraron hacia adentro con un chasquido sordo y mi piel humana emergió empapada en un sudor viscoso y pútrido.
Grité contra la tierra helada, enterrando los dedos en la ceniza mientras una arcada violenta me vaciaba el estómago en un vómito verde y amargo que me abrasó el esófago.
Me quedé tendida en la penumbra de la choza, temblando de frío y de fiebre, desnuda sobre el mantillo de pino descompuesto.
En la mano derecha, la herida que me había hecho con la reja del desagüe latía con una hinchazón purulenta; el corte en la palma estaba abierto, cubierto de costras de sangre seca y barro, rodeado por un halo amoratado que me subía por la muñeca hacia el antebrazo.
Alcancé el envoltorio encerado con dedos torpes y entumecidos.
El documento de Elayne estaba intacto. Lo apreté contra mi esternón desnudo, sintiendo la textura áspera y fría de la cera contra mi piel quemada por la fiebre.
Cerré los ojos mientras la oscuridad del delirio me cubría la mente como una marea negra.
En medio de las sombras que giraban en mi cabeza, la misma imagen volvía una y otra vez con una insistencia demoledora: Darian Corven en medio del lodazal del patio bajo, interponiendo su propio brazo protegido por plata contra el virote del capitán Thorne.
«Eres mía», había dicho su voz en la nieve.
Apenas había sido un susurro, pero la vibración de su mandato había atravesado el vendaval como un trueno de invierno.
Y sin embargo, no me había agarrado. No había ordenado a sus soldados que me cercaran con redes de hierro, ni había proyectado el peso aplastante de su presencia de Alfa primal para obligar a mi loba a humillarse en el barro.
Había detenido el fuego letal de su propia guardia y me había cubierto la retirada con su espalda.
Toda mi vida me habían enseñado que un señor de manada solo conocía dos formas de tratar a una Omega: encerrarla bajo llave en una buhardilla o reclamarla como una posesión territorial para afianzar un linaje.
Maevra me había drogado durante seis años para borrar mi nombre; el Consejo de Ancianos utilizaba registros y certificados para tasar a las mujeres como parcelas de cultivo.
Darian me había mirado a los ojos en el barro y me había dejado huir.
Me acurruqué contra la pared de troncos, tapándome con un saco de arpillera mohoso que encontré en un rincón de la choza, y dejé que la fiebre me arrastrara hacia el fondo de un sueño sin descanso.
Permanecí dos días enteros en el refugio de carboneros, atrapada en una frontera borrosa entre el delirio y la vigilia.
Cuando la sed me quemaba la lengua hasta dejarla como un trozo de cuero seco, me arrastraba con las uñas hasta la entrada de la choza para recoger puñados de nieve sucia y metérmelos en la boca.
Mi cuerpo tiritaba con sacudidas tan violentas que los dientes me castañeteaban en la oscuridad; en mis venas, la resina del bloqueador seguía purgándose en oleadas de sudor frío que empapaban la arpillera, dejando en el aire de la cabaña un hedor químico que me revolvía las tripas.
El tañido sordo de las campanas de Asteria me despertó cuando el sol estaba en pleno apogeo.
Eran toques espaciados, graves y metálicos, que viajaban a través de las colinas nevadas anunciando el estado de alerta en los distritos de la meseta.
Me incorporé con un esfuerzo que me arrancó un quejido seco de la garganta. La cabeza me daba vueltas; sentía la boca amarga y las piernas me temblaban tanto que tuve que apoyarme con ambas palmas en los troncos de la pared para no caer de bruces sobre las virutas.
La fiebre había remitido apenas un grado, transformándose en una pesadez muscular aplastante que convertía cada paso en una batalla contra mi propio peso.
Examiné mi cuerpo en la penumbra: tenía las rodillas despellejadas, la palma derecha caliente y palpitante bajo una costra oscura, y costillas que me dolían a cada respiración profunda por la compresión de la faja reventada durante la Gala.
Me envolví en el saco de arpillera, atándolo a mi cintura con un trozo de cuerda de cáñamo que recogí del suelo, y até el paquete encerado con el testamento directamente contra mi pecho, apretado contra la piel bajo la tela basta.
Salí de la cabaña arrastrando los pies sobre la nieve congelada.
Era un mediodía pálido y ventoso. A media legua al sur, por encima de la linde de los sauces deshojados, divisé el camino real que conectaba la capital con las fincas agrícolas de la meseta este.
Una patrulla de seis jinetes de la guardia de la Corona avanzaba al paso por la calzada, con las capas negras azotadas por el viento y gallardetes amarillos en las lanzas.
No llevaban ballestas armadas en las manos; portaban faroles de latón apagados y tablillas de madera con pliegos de registro, deteniendo a los carretones de leña, a los tratantes de ganado y a los campesinos que viajaban hacia el molino comarcal.
«Están buscando», comprendí, agachándome detrás de un murete de piedra seca con el corazón golpeándome en la garganta. «No con jaurías de sangre. Con escribanos y puestos de aduana».
La orden de Darian en el patio había impedido una cacería salvaje en el bosque, pero había desplegado una redada metódica que estaba cerrando todas las salidas del valle.
Si intentaba cruzar los campos abiertos a plena luz del día vestida con un saco de grano y la mano vendada con jirones de tela sucia, cualquier patrulla me interceptaría antes de alcanzar la acequia de la finca.
Esperé agazapada entre las zarzas congeladas hasta que el sol cayó detrás de las colinas occidentales.
Cuando la noche del día treinta cubrió los campos con un manto de sombras heladas y el viento del norte comenzó a aullar sobre los rastrojos, me deslicé por el cauce seco de la acequia de riego.
El barro del fondo estaba cubierto por una costra fina de hielo que se rompía bajo mis rodillas a cada paso, empapándome la piel con un agua fangosa que me cortaba la respiración.
Me arrastré durante tres horas a lo largo del canal, guiada por la silueta familiar de los álamos negros que marcaban el límite norte de las tierras de mi madre.
A medianoche divisé el tejado a dos aguas de la casa principal, las chimeneas apagadas recortándose contra el cielo estrellado y el patio de lavado donde los tendederos de madera se alzaban como esqueletos en la penumbra.
Llegué al cobertizo de leña arrastrándome sobre los codos, con las uñas rotas por la grava congelada.
El esfuerzo final me vació los pulmones por completo. La vista se me nubló por una lluvia de destellos blancos; sentí que el suelo de nieve subía a golpearme la frente y mis brazos cedieron, dejándome tendida en la oscuridad junto a la pila de troncos de abedul.
Lo último que registré antes de que la inconsciencia me tragara fue el sonido suave de unos zuecos de madera corriendo sobre la nieve y dos manos pequeñas que me agarraban por los hombros para arrastrarme hacia la sombra de la escalera de servicio.
Desperté con el olor a jabón, cera de abejas y vapor tibio de infusión de manzanilla.
Abrí los ojos despacio, parpadeando contra la claridad.
La luz grisácea de la mañana se filtraba por el tragaluz inclinado de mi buhardilla, dibujando un rectángulo pálido sobre las vigas de roble del techo.
Estaba acostada en mi jergón de paja, cubierta por dos mantas de lana limpia que olían al alcanfor de los baúles de verano.
Llevaba puesto mi camisón de lienzo crudo, lavado y seco; en la mano derecha, una venda de lino blanco sujetaba una cataplasma tibia de hojas de llantén machacadas que olía a tierra fresca y calmaba el ardor punzante de la herida.